Ya sea en tiempos de las Cantigas de Santa María, del Quijote, en el siglo XXI o en las venideras centurias, siempre ha habido y habrá un bobito enamorado dispuesto a complacer y atender constantemente a una mujer con la que tiene cero posibilidades de establecer una relación, ya sea de tipo romántico o que conduzca a "hacer el acto". Este es precisamente el caso del pagafantas protagonista de la Cantiga XVI, un Homo poco sapiens en un estado de imbecilidad transitoria, que le hizo desconectar su cerebro para darle unas vacaciones indefinidas a la lógica y sustituir así el sentido común por hormonas descontroladas.
La Cantiga del rey Sabio no nos cuenta por qué la dama se mostraba renuente al amor: puede que no le gustara el caballero, que a su vez ella estuviera enamorada de otro, que aspirara a un mejor partido, que fuera lesbiana o que, simplemente, no tuviera gana ninguna de atarse a un tipo que roncaba, masticaba haciendo ruido y que jamás iba a aprender a poner lavavajillas, aunque, ahora que lo pienso, dicho artilugio no se había inventado en el siglo XIII.
Cantiga XVI, cuyo título es DE COMO SANTA MARÍA CONVIRTIÓ A UN CABALLERO ENAMORADO QUE SE DESESPERABA PORQUE NO PODÍA CONSEGUIR A SU AMADA y cuyo estribillo reza "Quien mujer hermosa y buena quiera amar, / que ame a la Gloriosa y no podrá errar".
Siglos después Miguel de Cervantes sí va dar voz a la mujer y, ¡rediez!, menudo discurso se marca Marcela, una joven huérfana y rica que renuncia a la vida en la ciudad y al amor para vivir libremente como pastora en el campo. El caso es que, al igual que en la Cantiga XVI, también hay un enamorado irredento, un imbécil, vamos, cuyo nombre es Grisóstomo, que muere de tristeza y desamor. En el funeral de este desgraciado, sus amigos culpan a Marcela de su muerte, apareciendo ella de forma inesperada para defenderse de tan injusta acusación con una brillante disertación que aquí sólo puedo reproducir parcialmente:
…Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por solo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía; las claras aguas destos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa!
El famoso discurso de Marcela se da en el capítulo XIV de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Claro, en las Cantigas, una obra medieval en la que la Virgen intercede ante cualquier problema, la mujer objeto del amor del caballero no podía responder como responde Marcela en una obra humanista como es el Quijote, así que, ante el silencio de su amada, el doliente galán marchó a confesarse con un santo abad, al que le rogó que rezase para que Dios hiciera que su amada dejara de darle calabazas.
El abad santo, viendo al caballero loco de amor, enseguida se dio cuenta de que el asunto debía de ser cosa del Demonio, así que se propuso buscar el modo de sacarlo de aquella situación desesperada. Es por ello que le dijo: "Amigo, creedme, si a esta mujer queréis, haced lo siguiente: pedídselo a santa María, que es poderosa y os la podrá conceder. Y la forma en que debéis pedírselo es que doscientas veces al día digáis, sin engaño, el Avemaría, de hoy a un año, sin fallar, de rodillas ante el altar".
El caballero hizo lo que se le mandó y durante todo un año rezó los avemarías, aunque falló algunos días por estar embebido en las exigencias de sus lucrativos y variados negocios.
Consciente de sus faltas y deseoso de cumplir escrupulosamente con lo que se le había encomendado, pensando que así iba a poder por fin abrazar y besar a su señora, cabalgó hasta una ermita que estaba bajo la advocación de la Virgen para rezar de corrido todas las oraciones que se había saltado. Y mientras estaba en esta tesitura, mostrando a santa María su pena y su dolor, se le apareció la madre de Dios, tan hermosa y tan brillante, que no podía mirarla, pero sí escuchar sus palabras: “Quítate las manos de delante de la cara y mírame, que yo no traigo velo. Entre yo y la otra mujer, la que más te plazca escoge, según tu parecer”.
Y el caballero le dijo: “Señora, Madre de Dios, tú eres la cosa más hermosa que estos ojos míos han visto nunca, por eso, sea yo de tus siervos que amas y voy a dejar a la otra". Y entonces le replicó la Virgen: "Si por amada quieres tenerme, es tan fácil como que durante este año reces por mí de nuevo, tanto como has rezado por la otra". No sé qué pensaréis vosotros, pero yo lo flipo con Nuestra Señora, por lo menos con la de la época de Alfonso X el Sabio.
Como veis, ante el mismo problema, dos soluciones muy distintas, la de finales del siglo XIII y la de principios del siglo XVII. En la Cantiga, todo depende de la intervención de la Virgen, que representa la misericordia y el orden moral cristiano. En cambio, la seiscentista Marcela rechaza ser considerada responsable del sufrimiento de Grisóstomo y afirma que nadie está obligado a corresponder un amor no deseado. Por lo tanto, la Cantiga presenta el amor desde una perspectiva religiosa y ejemplarizante, donde la Virgen actúa como mediadora y salvadora. Por el contrario, en El Quijote, Cervantes ofrece una reflexión humanista sobre el amor como un sentimiento libre que no puede imponerse.
Eso sí, os lo advierto, en ambos casos el enamorado acabó yéndose al otro barrio como el gallo del tío Kirico, sin plumas y cacareando, y, por supuesto, sin haberle dado una alegría al cuerpo salvo la que hubiera podido darse a mano propia. Aunque, al fin y al cabo, como lo que cuenta es el alma, fijaos lo amorosamente que recoge la Virgen la del caballero para depositarla sobre el lienzo que sujetan dos ángeles, que la transportarán hasta el Cielo en una de las elevatio animae más bonitas que he visto nunca, tanto o más que la que eleva el alma de la reina Beatriz de Suabia en la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca.







