jueves, 2 de abril de 2026

Una primera comunión de muerte

A finales del siglo XIII, en la misma época en la que Alfonso X de Castilla y de León tutelaba la magna obra Cantigas de Santa María, los cristianos de todos los reinos estaban absolutamente convencidos de que los judíos cometían asesinatos rituales con niños bautizados para vengarse de Cristo, desencadenando así su liberación y vuelta a la Tierra Prometida. Además, también se decía que robaban hostias consagradas para profanarlas y finalmente clavarlas sobre una tabla, recreando así la crucifixión de Jesús. A mayores, también existía el rumor de que sustraían de las iglesias imágenes marianas y crucifijos para escupir sobre ellos y posteriormente cubrirlos de excrementos. Es decir, que los judíos, por lo visto y siempre según los cristianos, no paraban de hacer "judiadas", sustantivo que todavía pude escuchar durante mi infancia.


Cantiga XXXIV - Judío robando un icono mariano para luego tirarlo en una letrina en connivencia con el Demonio.

Por otro lado, estaba también el peliagudo asunto del Talmud, esa “infame” colección de libros con la que los judíos medievales habían relegado la sagrada Torá y sus enseñanzas, coincidentes con las de la Biblia. Precisamente, en París, en el año 1240, se organizó una disputa pública para juzgar el contenido del Talmud. Durante la misma salieron a relucir una serie de pasajes que, se creía, incitaban a los judíos a hacer todo el mal posible a los cristianos: se ordenaba “matar al mejor de los cristianos”, se estipulaba que “un cristiano que observa el sabbat o estudia la Ley merece la pena de muerte”, que no era pecado “engañar a un cristiano de cualquier manera”, “que Dios dio a los judíos todas las posesiones de los gentiles”, o que "los cristianos son inmorales y bestias".


Dos diablos llevándose a un judío en la cantiga XXXIV.

En los reinos de Alfonso X a todo esto habría que sumarle el punto de inflexión que supuso para los judíos que en 1279 el monarca ordenara la ejecución de su almojarife mayor, el hebreo Zag de la Maleha. El rey castigaba así a su recaudador por el uso indebido que este había hecho de las rentas de la corona, al consentir dedicar parte de ellas, a petición del infante mayor Sancho, a pagar las deudas contraídas por la estancia de la reina Violante en Aragón, que hacía un año que había puesto tierra de por medio entre ella y su irascible y violento marido. Esas rentas deberían haber sido destinadas a la campaña de conquista de Algeciras, que precisamente fracasó por falta de recursos, lo que enfureció al rey Sabio, que también hizo que pagaran justos por pecadores, mandando encerrar temporalmente a todos los judíos en sus sinagogas y doblando la cantidad que las aljamas debían pagar anualmente.


Cantiga LXXXV- La Virgen le muestra a un judío cual es el destino de las almas de aquellos que no se convierten a la fe verdadera. 

Así las cosas, no es de extrañar que nos encontremos cantigas en las que los judíos son tratados como aliados del Diablo, infanticidas, profanadores, deicidas o avariciosos. De hecho, la cantiga IV, en la que precisamente se narra un infanticidio, es un tanto especial, ya que, para variar, la víctima no es un niño cristiano, sino el hijo de un judío que, imitando a sus compañeros de escuela, había tomado la comunión sin ser consciente de lo que hacía.


La primera escena muestra a un maestro escuela que está leyendo un libro a sus alumnos, que están sentados en el suelo. Todo es paz y tranquilidad en el aula, sería porque era la Edad Media, porque lo que es ahora... Nadie podía ser consciente de la tragedia que estaba a punto de desencadenarse.


Al terminar la lección, el maestro llevó a los niños a misa, y como era interino y no conocía bien la clase, no se dio cuenta de que uno de sus alumnos, de nombre Abel, era judío. El caso es que la Virgen aprovechó el despiste del docente y durante el momento de la comunión, cobrando vida su figura, ella misma, la muy pilla, colocó la hostia consagrada en la boca del pequeño hijo de Judá.


De vuelta a casa, el incauto niño sefardí, que acababa de hacer la primera comunión a causa de la ignorancia del maestro al respecto del pin parental, contó todo lo ocurrido durante la cena familiar.


El padre de Abel, que era un judío dedicado a la fabricación de vidrio y que, por lo tanto, tenía un potente horno en casa, lanzó al pobre muchacho a las llamas en un ataque de ira. Lo mismo hubiera sido más conveniente para todos pedir una reunión al maestro, pero es que el hombrito ya estaba hasta los huevos del insistente proselitismo de los cristianos, que por aquel entonces eran tan pesados como lo son ahora los de la secta de los testigos de Jehová. La madre y la tía del zagal, a las que tampoco le agradaban mucho los cristianos, pero a las que tampoco les hizo ninguna gracia lo del ver al desgraciado niño asándose como un pollo, se pusieron a gritar como posesas, atrayendo así la atención de sus vecinos bautizados.


Estos entraron en la casa y fueron testigos del milagro de como la Virgen María salvó al muchacho judío de las llamas sin que este hubiera sufrido ni la más mínima quemadura.


El que terminó en el horno para no salir, tras un juicio ultrarrápido por violencia vicaria, fue el padre. La madre y Abel fueron bautizados, salvándose así ambos de las llamas del Infierno, que consumirían para la eternidad el alma del vidriero judío tras haber sido su cuerpo consumido por las del horno de su taller.



Miguel Ángel Martín Mas

martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa y violencia medieval - Salir a "matar judíos"

Los cristianos del Medievo lo tenían meridianamente claro: los judíos no fueron solamente los instigadores de la muerte de Jesús, sino también los ejecutores materiales del crimen. No hay más que ver la quinta viñeta de la cantiga de Santa María CXX, una escena de la crucifixión en la que se puede ver a seis personajes de narices aguileñas, símbolo de su obstinación por mantener su "trasnochada" fe, uno de ellos sosteniendo un mazo y otro una lanza. Ni rastro de Longinos o de otros legionarios, ya que, desde que el Imperio romano legalizara el cristianismo en el año 313 y luego lo adoptara como religión oficial en el 380, se convirtió en absolutamente inconveniente que los romanos aparecieran en el relato oficial, los Evangelios, como los responsables del deicidio. De hecho, el episodio del lavado de manos de Poncio Pilato, narrado en el Evangelio de San Mateo, fue el punto de partida de esta exculpación y el nacimiento de un sentimiento de odio antijudío entre los cristianos que perduraría durante siglos.


Calvario representado en la Cantiga XII. Obsérvese cómo Jesús, Juan y María, a pesar de ser tan judíos como el resto de los personajes que aparecen en la escena, no tienen narices aguileñas, lo que significa que han aceptado la conversión.


Lavado de manos de Pilato por Duccio Di Buoninsegna. 

Para más inri, nunca mejor dicho, los judíos no se achicaron ante el avance imparable del proselitismo cristiano y crearon textos como el Sefer Toledot Yeshu (Libro de la historia de Jesús), una antigua narración que ofrecía una versión alternativa, satírica y polémica de la vida del profeta apocalíptico galileo, que se popularizó durante la Edad Media y que levantó ampollas entre los cristianos. No es de extrañar, ya que en él se cuentan lindezas tales como que María quedó embarazada de Jesús tras la violación de un legionario romano, que el Nazareno era un hechicero y que, de resucitar nada de nada, puesto que lo que había ocurrido realmente es que un paisano, que tenía su huerta junto al santo sepulcro, se hartó de ver cómo durante tres días los acólitos estuvieron pisándole las lechugas y se llevó el cadáver a otro lado.

En fin, que unos por otros, las relaciones entre cristianos y judíos de la Edad Media nunca fueron buenas; de hecho, los primeros soportaban mejor a los musulmanes, que es verdad que, según ellos, profesaban una fe equivocada, pero a su favor tenían que veneraban a María, la única mujer mencionada por su nombre en el Corán y considerada como una de las mujeres más puras y santas de la creación y la madre virginal del reconocido profeta Jesús.

En las Cantigas de Santa María aparecen varios episodios de odio a los judíos, destacando entre todos ellos el que se narra en la cantiga XII, y que comienza con una escena en la que el arzobispo de Toledo está celebrando la misa del día de la Asunción de la Virgen.



En el momento culmen de la consagración del pan y el vino, con toda la iglesia en completo silencio, se oyó una voz femenina procedente de la figura de la Virgen que acusaba a los judíos de haber matado a Cristo y de ser todavía sus principales enemigos.

En principio aquello causó un sentimiento de temor, pero rápidamente se pasó al de indignación, calentando el arzobispo los ánimos aún más si cabía, alentando a la gente a marchar sobre la aljama a darle su merecido a los pérfidos judíos. 



La escena que se encontraron los cristianos que buscaban venganza mil trescientos años después de la muerte de su dios iba a iniciar un episodio de violencia desbocada. Resulta que un grupo de judíos había hecho una figura de cera de Cristo y la estaba golpeando y escupiendo sobre ella.

Además, habían construido una cruz para recrear el episodio de la crucifixión, la gota que colmaba el vaso, así que se desenvainaron esas espadas de hoja muy ancha y de un solo filo, arma típica de la plebe y la milicia medieval, y la sangre de los hijos de Jacob corrió a raudales ese día por la calles del barrio judío de Toledo.


Por supuesto, cuando llegaba la Semana Santa, inevitable entonces y ahora, los ánimos se exacerbaban hasta el máximo entre los cristianos. De hecho, hoy en día se mantiene en la ciudad de León la tradición de salir a "matar judíos". Sí, así tal cual es la expresión que, por supuesto, lejos de su significado literal, hoy se utiliza para referirse a una práctica festiva como es salir a beber con la cuadrilla la típica limonada leonesa, una mezcla de vino con frutas y azúcar. Sin embargo, detrás de esa costumbre inofensiva seguramente pervive un relato transmitido durante generaciones que remite a un episodio de violencia en los tiempos del León medieval.

Nada de esto ha de resultar extraño a los ojos del presente, sobre todo si tenemos en cuenta que en el código legislativo de las Siete Partidas, concretamente en su Ley II, se establecía la pena de muerte para todos aquellos judíos que se burlaran del episodio de La Pasión de Cristo durante la jornada del Viernes Santo. Igualmente se les obligaba a recluirse en casa durante ese día, bajo la amenaza de que las autoridades en ningún caso juzgarían a los cristianos que los agredieran cuando los vieran fuera de sus hogares. Esto se debía a la creencia popular de que durante la Semana Santa los judíos perpetraban robos y asesinatos de niños cristianos para practicar rituales propios de su secta. No había pruebas de esto, desde luego, pero bastaban los rumores que tuvieron su origen en la Inglaterra del siglo XII. El autor del bulo fue un monje benedictino llamado Tomás de Monmouth, que en su obra De vita et passione sci Willelmi martiris Norwic (1173) relató el asesinato de un niño en la ciudad de Norwich. De hecho, esta fue la primera acusación de sacrificio ritual judío, generándose así un profundo sentimiento antisemita en Inglaterra, lo que finalmente condujo a la expulsión de la comunidad hebrea de aquel reino en 1290, doscientos años antes de que esta se llevara a efecto en los de León, Castilla y Aragón.


Una imagen de judíos siendo golpeados procedente de un manuscrito inglés del siglo XIII. Las figuras con ropajes azul y amarillo llevan la insignia con la forma de las Tablas de la Ley, identificándolos así como hijos de Judá.

Afortunadamente, ningún cristiano siente a día de hoy odio hacia los judíos, sino indignación y asco ante los crímenes cometidos por el estado de Israel que preside Benjamín Netanyahu, que de semita no tiene nada y que es un judío askenazi que, como tal, proviene de unos antepasados germanos convertidos al judaismo que jamás pisaron la provincia romana de Judea y mucho menos Galilea, la patria chica de Yeshua ben Yosef, al que un judío visionario romanizado de nombre Saulo convirtió en Jesucristo.

Miguel Ángel Martín Mas

domingo, 22 de marzo de 2026

Las pinturas medievales del Real Convento de Santa Clara de Salamanca - Capítulo I

Entre los años 1220 y 1230 unas mujeres salmantinas lideradas por una tal Urraca, de la que nada más sabemos aparte de su nombre, bastante común en esa época en el reino de León, se reunieron para vivir como hermanas en religión en el entorno de una ermita hoy desaparecida. Dicho grupo, que básicamente buscaba mutuo apoyo y seguridad, estaba formado, principalmente, por esposas viudas e hijas huérfanas de caballeros villanos salmantinos; estos habían perecido en la guerra que el rey Alfonso IX estaba librando para arrebatar las principales ciudades de la Extremadura leonesa a los musulmanes. Fue de este modo como nació el beaterío de las Dueñas de Santa María, situado en el mismo lugar en el que se encuentra el Real Convento de Santa Clara de Salamanca, en la ladera sur de un promontorio sobre el que se alza la iglesia de San Cristóbal, templo que fue propiedad de la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro.


Capitel del antiguo claustro del Real Convento de Santa Clara de Salamanca.

Lo siguiente que podemos afirmar a ciencia cierta es que, en 1238, cuando en Castilla y en León correinaban Fernando III y su madre, Berenguela la Grande, la nueva comunidad salmantina ya convivía bajo la misma regla que seguía Clara de Asís (1194-1253) en la iglesia de San Damián, advocación de la que deriva el nombre Damianitas, con el que se conoció a sus seguidoras en los comienzos de su obra. Se regían aquellas mujeres por unas normas que el cardenal Ugolino de Segni les había redactado hacia 1218, dado el disgusto que provocaba entre la curia eclesial la proliferación de beaterios femeninos que no contaban con una regulación aprobada por la Iglesia. No sería hasta el 9 de agosto de 1253, poco tiempo antes de la muerte de Clara Scifi, cuando el papa Inocencio IV promulgaría la regla monástica de unas hermanas que en el futuro se conocerían como Clarisas.

La documentación que se conserva en el archivo de este cenobio salmantino también nos cuenta que en el año 1245 su iglesia monacal ya estaba abierta al culto, pudiendo disfrutar los feligreses que levantaran un poco la vista de una techumbre de par y nudillo decorada con más de un centenar de emblemas heráldicos y que, milagrosamente, todavía se conserva en todo su esplendor. La investigación sobre el origen y el significado de este impresionante conjunto iconográfico está disponible tanto en nuestro blog hermano La chova piquirroja como en un artículo recientemente publicado por la Universidad de Córdoba y que se puede descargar a través del siguiente enlace.







Techumbre de la iglesia del Real Convento de Santa Clara de Salamanca. Está decorada con emblemas heráldicos que hacen referencia las casas reales de León y de Castilla en tiempos de Berenguela la Grande (1180-1246).

Aparte de esta techumbre única en su género, alberga este cenobio salmantino otro tesoro medieval, las pinturas del coro bajo, datadas en su mayoría como de comienzos del siglo XIV, y de las que os iremos hablando en sucesivas entradas de este blog.

Se trata de un conjunto pictórico que en su mayor parte es de estilo franco-gótico y que hay que ubicar cronológicamente entre las realizadas en 1262 por Antón Sánchez de Segovia en la Capilla de San Martín de la Catedral Vieja y las que desde 1350 decoraron las paredes del convento de Santa Clara de la ciudad zamorana de Toro que, por cierto, tienen cierto parecido con las salmantinas.


Pintura situada sobre la entrada de la capilla de San Martín de la Catedral Vieja de Salamanca.



Dos ejemplos de las pinturas del convento de Santa Clara de Toro, que fueron trasladadas a la iglesia de San Sebastián de los Caballeros, donde se pueden ver actualmente.

La gran mayoría de personajes representados en estas antiguas pinturas conservadas en Salamanca son santos y santas mártires que se nos muestran en una especie de cómic de superhéroes medievales, dibujado y coloreado sobre las paredes del coro bajo del convento. De hecho, en un tiempo en el que las novelas de caballería todavía no se habían convertido en un bestseller, la lectura favorita para matar el tiempo en los monasterios y las cortes medievales fue una obra titulada Leyenda áurea, una compilación de relatos hagiográficos reunida por el dominico Santiago de la Vorágine, arzobispo de Génova, a mediados del siglo XIII.


Leyenda áurea, circa 1290, Biblioteca Medicea Laurenziana, Florencia.


Miniatura contenida en una edición del siglo XV de  la obra Leyenda áurea.

La primera superheroína de la que vamos a hablaros hoy es santa Bárbara, representada en el extremo derecho del muro sur del coro bajo con uno de sus principales atributos, la torre con tres ventanas, una por cada miembro de la Santísima Trinidad. Ahí la encerró su padre, Dióscoro, gobernador de Nicomedia, para alejarla de sus pretendientes y de los misioneros que predicaban el cristianismo.


A la izquierda de santa Bárbara nos encontramos a santa Clara de Asís junto a un extremadamente deteriorado san Francisco, ambos bajo un exótico árbol que representa que ellos dos son las ramas principales del tronco del que nace el fructífero movimiento franciscano.


Debajo tenemos a san Ambrosio de Milán y san Agustín de Hipona, ambos padres de la Iglesia. Cuenta la Leyenda áurea que un día, siendo Ambrosio muy pequeño, mientras estaba en la cuna con la boca abierta, un enjambre de abejas entró y salió de su boca para luego alejarse y desaparecer. El padre, testigo del milagroso suceso, se convenció de que su hijo llegaría a ser una persona de mérito. Se cree que esta leyenda es debida al juego de palabras entre el nombre propio Ambrosio y ambrosía, el alimento de los dioses elaborado a base de miel.

San Agustín, que había vivido una juventud turbulenta y disipada, se enmendó precisamente gracias a la enseñanzas de san Ambrosio, que, además, le bautizó. Fue el autor, entre otras, de la monumental obra teológica La ciudad de Dios, de ahí que le podamos ver sosteniendo unas construcciones con su mano derecha. Cuenta la leyenda que, paseando Agustín por una playa a la par que meditaba intentando entender la esencia de la Santísima Trinidad, este se encontró con un niño que jugaba en la arena. El santo le preguntó que qué hacía, a lo que la criatura le contestó que estaba sacando toda el agua del mar para meterla en un hoyo que había cavado. Agustín le dijo que eso era imposible y el niño le replicó: "Más difícil es que llegues tú a entender el misterio de la Trinidad".


En el siguiente grupo de pinturas, situado a la izquierda del anterior, podemos ver representados a san Miguel Arcángel, san Andrés, san Jerónimo y santo Domingo de Guzmán. 


San Miguel Arcángel está atravesando con una lanza a Lucifer, al que va a arrojar a lo más profundo del Averno al tiempo que santa Clara ora arrodillada dando gracias por la magna victoria del bien sobre el mal. 


A la derecha del Arcángel está san Andrés, que aparece crucificado, pero no con clavos, sino con cuerdas, ya que su verdugo, el procónsul romano Egeas, a cuya esposa había convertido al cristianismo, mandó que lo ataran a la cruz para que su sufrimiento se alargara hasta lo indecible y las aves carroñeras se comieran su cuerpo estando vivo.


En la siguiente escena, una de mis favoritas de todo el conjunto pictórico del coro bajo, aparece san Jerónimo junto a su discípula santa Paula, una noble y rica viuda romana a la que había convertido al cristianismo. También se narra el episodio de la curación del león que llegó cojeando hasta el monasterio de la localidad de Belén en el que residía el santo. Este, a pesar del pavor del resto de monjes, se acercó al animal y le quitó la espina que tenía clavada en la pata. El félido se quedó en el cenobio como animal de compañia que, a mayores, realizaba tareas domésticas, de ahí que en nuestras pinturas se le muestre acarreando un haz de leña. 


Y terminamos este primer capítulo dedicado a estas pinturas con las viñetas en las que aparece representado el santo burgalés Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores (los Dominicos), un gran amigo de san Francisco de Asís. Antes del nacimiento de Domingo, su madre, la beata Juana de Aza, soñó que de su vientre salía un perro con una antorcha encendida que iluminaba el mundo, simbolizando que su hijo llevaría la luz de Cristo a las naciones, convirtiéndose así en el Domini canis (el perro del Señor).



Perros ladrando a unos cerdos, alegoría de los dominicos en su lucha contra los herejes, escena representada en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Nuestra Señora de la Soterraña en Santa María la Real de Nieva (Segovia).

Este santo de hábito negro y blanco, casi contemporáneo de la fundación del monasterio damianita de Salamanca, llevó a cabo varias misiones diplomáticas bajo las órdenes del rey Alfonso VIII de Castilla, padre de la reina Berenguela de Castilla y de León, que, casualmente, fue la gran promotora de las Damianitas. En uno de los viajes que Domingo hizo como embajador conoció la herejía albigense y decidió luchar contra ella. En 1206 se trasladó al Languedoc para predicar contra estos apóstatas franceses. Para demostrar la falsedad de la herejía, arrojó al fuego un libro herético y otro ortodoxo, y sólo ardió el primero, episodio que parece estar representado arriba a la izquierda.


Otro milagro que se atribuye a este santo castellano es la expulsión de demonios empleando el rosario, lo que solía terminar con la conversión de muchos testigos, episodio que pudiera estar representado abajo a la izquierda, aunque la escena resulta difícil de interpretar, ya que Domingo parece estar saliendo de un ataúd al más puro estilo de Drácula. El caso es que en la portada de la iglesia del monasterio dominico de Santa María la Real de Nieva podemos ver esculpida esa misma escena, que quizá represente un episodio de la vida de santo Domingo que no ha llegado hasta nosotros o que, más bien, yo desconozco.



No me gustaría cerrar esta entrada sin destacar que en las pinturas del coro bajo de las Claras de Salamanca se pueden ver reproducidos algunos de los emblemas heráldicos que aparecen en la techumbre de la iglesia. Este es el caso en estas viñetas dedicadas a santo Domingo, en las que podemos ver el córvido relacionado con santo Tomás de Canterbury, aunque el artista no se molestó en esta ocasión en pintarle el pico y las patas de color rojo, y dos emblema más que también aparecen ubicados en el arrocabe trasero. Supongo que aquí, pintados más de cincuenta años después de que se pintaran los de la techumbre, sí son mera decoración. Curiosamente, en las pinturas del convento de Santa Clara de Toro, fundado por monjas que procedían del cenobio homónimo salmantino, también aparecen algunos de los emblemas de la techumbre, entre ellos la chova piquirroja.




Tres escudos localizados en el arrocabe trasero de la techumbre de la iglesia y en las pinturas del coro bajo.


Detalle de las pinturas murales que se conservan en Toro.


Miguel Ángel Martín Mas

martes, 10 de marzo de 2026

Las aventuras de Robin de Bracquemont, capitán de la guardia del Papa Luna

En una entrada anterior ya conté que no era casualidad que el primer apellido del caballero normando Robert de Bracquemont y Hannecourt (1355-1419) fuera también el de la localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte; el hecho es que el monsieur Robin casó a su hija Juana con Álvaro de Ávila, primer señor de Peñaranda, prefiriendo los hijos fruto de este matrimonio emplear el apellido materno castellanizado, dado el gran prestigio alcanzado por su abuelo francés y con intención de distinguirse de otras ramas de la familia paterna. También os hablé del blasón del linaje Bracquemont, que parece que tiene su origen en la heráldica primigenia del siglo XII, la parlante, la que era como un jeroglífico, y que en este caso presentaba un mazo sobre un monte, “hablándonos” así, probablemente, de un antepasado guerrero al que apodaban el Rompemontes.


Hoy lo que pretendo es contaros algunas de las azarosas aventuras vividas por este militar y diplomático normando genearca de los Bracamonte, destacando sobre todas ellas su participación en la huida nocturna del papa aragonés Benedicto XIII del castillo de Aviñón, en el que llevaba casi cinco años cercado por tropas del rey de Francia. Por cierto, precisamente esta semana sale a la venta la última novela de José Ángel Mañas, titulada El enigma del Papa Luna, en la que a buen seguro se narra magistralmente dicho episodio.


Robin de Bracquemont comenzó su carrera militar a los diecinueve años, en 1374, como escudero en el ejército del rey Carlos V de Francia. Unos años después estaba al servicio del hermano del monarca, el duque Luis I de Anjou, con el que participó en la campaña liderada por este para invadir el reino del Napolés, cuya corona reclamaba. La operación fue un absoluto desastre militar y financiero que terminó con el duque muriendo en 1384 en Bari sin corona y sin blanca.

De vuelta a su tierra, Bracquemont recibió la orden de integrarse en otra expedición para reclamar un trono y que también supuso una verdadera debacle para el pretendiente. Carlos VI, rey francés desde 1380, lo envió junto a otros nobles a auxiliar al rey Juan I de Castilla y de León, que pretendía hacerse con la corona portuguesa por el hecho de estar casado con la única descendiente viva del monarca luso Fernando I, fallecido en 1383. No sabemos si Bracquemont estuvo enrolado en la flota francesa que asediaba Lisboa esperando la invasión de Portugal por parte de Juan I o si luchó en la batalla de Aljubarrota, librada el 14 de agosto de 1385, que supuso el fin del sueño portugués del rey Trastámara. De lo que tenemos certeza es de que el normando sí que sacó algo de provecho de esa campaña, el hecho de trabar amistad con Pedro González de Mendoza, mayordomo mayor del monarca castellano y leonés, miembro de uno de los más importantes linajes vizcaínos y padre de la que se convertiría en su primera esposa, Inés de Mendoza y Ayala, con la que tuvo dos hijos y dos hijas, una de ellas Juana de Bracquemont, la primera señora de Peñaranda.


Retrato de Robert de Bracquemont, pintado en el siglo XVIII y custodiado en el Museo del Palacio de Versalles.

Está documentada la presencia de Robin como embajador del rey de Francia en la corte castellana y leonesa entre 1391 y 1405. Su primer cometido como diplomático fue la firma de un tratado entre ambos reinos. Junto al normando aparece también como testigo del acuerdo Fernán Álvarez de Toledo, “el Tuerto”, segundo señor de Valdecorneja y padre de su segunda esposa, Leonor de Toledo, con la que no tuvo descendencia. Bracquemont sabía hilar fino, lo demuestra entroncando con dos de los linajes de trayectoria más ascendente a comienzos del siglo XV y cuyo éxito estuvo determinado por su estrecha vinculación con los Trastámara: primero con los Mendoza, futuros duques del Infantado, y en segundas nupcias con los Álvarez de Toledo, futuros duques de Alba, entre otros títulos que alcanzarán estas dos familias nobiliarias.

En 1393 encontramos a Bracquemont en la corte de Enrique III y Catalina de Lancaster repartiendo entre la nobleza castellana y leonesa dieciséis collares de la Orden de la Cosse de Genêt, delicadas piezas de orfebrería elaboradas con oro y decoradas con esmaltes que servían como reconocimiento de alianza y lealtad por parte del monarca francés Carlos VI.


Catalina de Lancaster y Enrique III de Castilla (Cartagena, c. 1530: 37r). Imagen procedente de la Biblioteca Nacional.

Monsieur Robin, al que terminaron castellanizando como Mosén Rubí, se convirtió de este modo en miembro de esa comunidad caballeresca de diplomáticos que participó en las relaciones entre Francia y los reinos hispánicos al hilo de la Guerra de los Cien Años y en los distintos acontecimientos bélicos que acaecieron en la península ibérica en paralelo o en relación con ese enfrentamiento entre ingleses y franceses.



Caballeros luciendo el collar de la Orden de la Cosse de Genêt, creada en 1387 por el rey Carlos VI de Francia para recompensar a sus cortesanos más fieles.

El duque Luis de Orleans, hermano del rey galo, incorporó a su servicio al experimentado, diligente y confiable caballero Bracquemont, al que encargó la que sería su misión más importante, la de capitán de la guardia del papa Benedicto XIII, el aragonés Pedro de Luna, que residía en su sede de la ciudad francesa de Aviñón, a la par que otro papa, Bonifacio IX, ejercía otro pontificado desde Roma. Lo de que la iglesia católica tuviera dos papas era un enorme problema que había surgido en 1378 con los pontífices Clemente VII y Urbano VI y el asunto no iba de diferencias doctrinales, sino de cuál de los dos era el legítimo. El caso es que rey Carlos VI de Francia apoyó al papa Luna hasta 1398, año en el que, harto de la obstinación del maño al negarse a renunciar y poner fin al cisma de una vez, puso bajo asedio el palacio papal de Aviñón. Su hermano el duque de Orleans, por el contrario, mantendría el apoyo al pontífice aragonés y con él la guardia personal comandada por Bracquemont que le había proporcionado en su día.


El papa Benedicto XIII retratado como san Pedro por Juan Rexach
(siglo XV, iglesia de Santa María la Mayor de Morella)

La noche del 12 de marzo de 1403, tras casi cinco años de cerco y a punto de iniciarse el asalto definitivo a la fortaleza, el papa Luna puso en marcha el plan secreto que había acordado con el embajador del rey de Aragón Martín I y con el cardenal de Pamplona. El pontífice de Aviñón reunió a los los familiares y amigos que le acompañaban en el trance para tranquilizarles y le pidió a Robin de Bracquemont que iniciara la operación de fuga a través de los pasadizos subterráneos. Al final de un largo corredor, los hombres del normando retiraron los sillares que tapiaban una puerta cercana a la casa del deán de la catedral y salieron a la calle, dirigiéndose de inmediato a una posada en la que esperaban, llenos de incertidumbre, un grupo de caballeros aragoneses. La corriente del río Ródano y una barcaza de catorce remeros enviados por el cardenal de Pamplona permitió a la comitiva alcanzar el puerto de Arlés y de ahí la seguridad del reino de Aragón, donde terminaría sus días el Papa Luna refugiado en su castillo de Peñíscola.


Palacio papal de Aviñón.

No es de extrañar esta fidelidad de Bracquemont al papa Luna, que además iba en contra de los intereses de su rey, ya que, apenas dos meses antes de la arriesgada huida de Aviñón, el pontífice aragonés había otorgado indulgencias a todos aquellos que participaran en la empresa de conquista de las islas Canarias, a la par que establecía el futuro régimen eclesiástico que habría de establecerse en el archipiélago. ¿Y qué le iba a Bracquemont en todo eso? Pues mucho, porque había convencido al rey Enrique III de Castilla y de León de que acogiera bajo su protección esta aventura, que iba a ser liderada por su sobrino Juan de Bethencourt, al que había prestado la sustanciosa suma de siete mil libras para invertir en el empeño. Los ambiciosos y emprendedores tío y sobrino normandos buscaban el monopolio del comercio exterior de las islas mediante la concesión, por parte del monarca, del quinto sobre las mercancías procedentes de las mismas, lo que les iba a hacer de oro.


Juan de Bethencourt.

Con su sobrino como señor de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro y receptor de grandes rentas, Robin se dispuso a seguir viviendo aventuras, siendo la siguiente conducir seis naos hasta el golfo de Vizcaya, de donde partiría una expedición que obtendría una clara victoria cerca de Gibraltar frente a una flota combinada de los reinos de Granada, Túnez y Tremecén. Hábil en la guerra tanto en tierra como en el mar, Bracquemont tuvo desde 1405 un papel destacado en el mantenimiento de la flota franco-castellana y leonesa que habría de contrarrestar el poder naval inglés, llegando así a ser nombrado almirante de Francia en 1417, cargo desde el que favorecería la colaboración naval castellana y leonesa con Francia en el Atlántico frente a los ingleses.

En 1410 luchó hombro con hombro junto a su futuro cuñado Álvaro de Ávila y el infante Fernando de Trastámara contra los nazaríes de Granada. De esa campaña, cuyo episodio principal sería la toma de Antequera, saldría el matrimonio de su hija Juana y la estrecha relación con el hermano del rey castellano y leonés, que al poco tiempo iba a convertirse en rey de Aragón con el apoyo, entre otros, de Benedicto XIII. El papa y el normando, al que le debía la libertad y probablemente también la vida, se volverían a encontrar en la ceremonia de coronación de su común amigo Fernando el de Antequera, celebrada el 11 de febrero de 1414 en Zaragoza.


Detalle de la coronación de Fernando I de Aragón, hermano de Enrique III de Castilla.

Mientras tanto, en Francia se libraba una guerra civil desde 1407; en este contexto, la ocupación de París en 1418 por parte del bando que apoyaba a la casa de Borgoña frente al de la casa de Orleans, a la que había servido Bracquemont, provocó que este perdiera su título de almirante de Francia y la confiscación de todos sus bienes en su tierra natal. A pesar de la amargura que le supondrían estas pérdidas, no tenía de qué preocuparse, puesto que llevaba años al servicio de los Trastámara de Castilla, León y ahora de Aragón, así que no le iba a faltar de nada.

Robin de Bracquemont redactó testamento en Madrid el 4 de abril de 1419, dejando un legado cuantioso, sin olvidarse de sus sirvientes franceses. Murió ese mismo mes en la localidad toledana de Mocejón, siendo enterrado en la iglesia de San Pedro Mártir de Toledo y luego en la capilla mayor del convento de San Francisco de Ávila, dando lugar al linaje de los Bracamonte, cuya historia es, sin duda, el patrimonio inmaterial más importante del que goza la localidad salmantina de Peñaranda.


Miguel Ángel Martín Mas

Una primera comunión de muerte

A finales del siglo XIII, en la misma época en la que Alfonso X de Castilla y de León tutelaba la magna obra Cantigas de Santa María , los c...