Cuando Fernando II de León y de Galicia murió en enero de 1188 dejó tras de sí uno de esos marrones sucesorios tan habituales en la Edad Media. El caso es que dicho monarca tuvo dos hijos varones que podían aspirar al trono leonés, ya que eran de diferente madre: Alfonso, nacido de su primera esposa, Urraca de Portugal, y Sancho, nacido de una relación adúltera mantenida con la noble Urraca López de Haro, con quien el rey acabaría uniéndose en terceras nupcias en 1187, habiendo sido su segunda esposa la noble gallega Teresa Fernández de Traba.
Alfonso era el primogénito, así que, en principio, contaba con la legitimidad dinástica, aunque hay que tener en cuenta que el matrimonio de sus padres había sido anulado por el papa en 1175, dado el grado de consanguinidad existente entre ellos, el propio de unos primos segundos. Esta anulación, por tanto, convertía a Alfonso en hijo ilegítimo, lo que supuestamente le hacía perder sus derechos como heredero. Sancho contaba con el respaldo de su madre, miembro de la poderosa familia de los López de Haro, un linaje de origen navarro-riojano que se convirtió en uno de los grandes de la aristocracia castellana. La audaz Urraca pidió ayuda a su hermano Diego López II de Haro, el señor de Vizcaya, pero nada pudo evitar que el que se llevara el félido al agua fuera Alfonso, por entonces un muchacho de diecisiete años al que hoy en día conocemos como Alfonso IX de León y de Galicia.
Curiosamente, la derrota de Sancho —bueno, más bien la de su madre, ya que en 1188 él tenía tan solo dos años— no le convirtió necesariamente en enemigo de su medio hermano. El tiempo, que lo cura todo, trajo la reconciliación, permitiendo a Alfonso IX de León aprovechar al máximo las destrezas militares y políticas de Sancho, cuya madre, años atrás, le había querido quitar la corona. De hecho, el infante recibió los castillos y señoríos de Aguilar y Monteagudo, localizados en la montaña oriental leonesa y que eran parte de las arras de su madre.
Heráldica imaginada del infante Sancho Fernández de León, con el félido púrpura de su padre en el centro y los lobos negros del linaje de su madre en la bordura.
El 16 de julio de 1212 se libró la batalla de las Navas de Tolosa, que concluyó con la gran victoria de los reyes de Castilla, Navarra y Aragón sobre los almohades. Alfonso IX de León, siempre metido en disputas con su primo Alfonso VIII de Castilla, no participó en la misma, pero sí permitió que huestes leonesas lo hicieran. Al frente de ellas estuvo su medio hermano Sancho, que en esa gloriosa jornada para los cristianos combatió junto a su tío el señor de Vizcaya y su primo Lope Díaz II de Haro.
Los dos lobos negros sobre campo de plata de los López de Haro tienen su origen, probablemente, en un juego heráldico con el nombre Lope, derivado del latín lupus (lobo). El motivo ya aparece documentado en la familia a finales del siglo XII, ya que el sello de Diego López II de Haro de 1198 muestra este emblema. Con el tiempo se incorporaron los corderos en las fauces de los lobos y la bordura de gules cargada de aspas de oro, dando lugar al conocido blasón de la Casa de Haro.
En 1213, con veintisiete años, Sancho fue nombrado alférez de su medio hermano el rey de León, y de 1214 a 1218 desempeñó el cargo de mandante Salamanca sub manu regis, es decir, el de tenente de la ciudad del Tormes. Precisamente en 1217 las relaciones entre los reinos de León y de Castilla volvieron a tensarse, ya que, al morir el joven rey castellano Enrique I sin descendencia, Alfonso IX de León consideró que el trono de Castilla debía ser suyo. El leonés se quedó con dos palmos de narices, ya que su intrépida e inteligente exesposa, Berenguela de Castilla, se las apañó para que el nuevo monarca de Castilla fuera el hijo de ambos, al que conocemos como Fernando III.
El rey Alfonso IX de León y su medio hermano y alférez el infante Sancho Fernández de León. El alférez del rey portaba el estandarte real en las campañas y ejercía el mando militar cuando el rey no dirigía personalmente determinadas operaciones. Imagen generada con IA.
En este contexto de conflicto entre exesposos la frontera entre León y Castilla se convirtió en un punto caliente. Uno de los enfrentamientos que se produjeron en ella lo conocemos a través de la Crónica de la población de Ávila. El caso es que Sancho, siendo tenente de Salamanca, avanzó hasta la población castellana de Arevalillo, situada muy cerca de Piedrahita, al frente de unos trescientos caballeros de las milicias concejiles de Salamanca, Toro, Alba de Tormes y Salvatierra de Tormes. Allí se enfrentaron con las fuerzas del concejo de Ávila. En un primer momento la suerte favoreció a los leoneses, puesto que mataron a algunos de sus adversarios y apresaron a varios caballeros castellanos, entre ellos, según la crónica, a un tal Gonzalo Mateos. Los abulenses resistieron, reaccionaron y terminaron obligando a los leoneses a retirarse hacia su territorio.
No sabemos a causa de qué, pero los medio hermanos Alfonso y Sancho terminaron partiendo peras en 1218, año en el que el infante dejó de ejercer el cargo de tenente de Salamanca. Este abandonó el reino de León junto a su hueste, parece que con la intención de servir como mercenario de alguno de los señores del Magreb, algo que era habitual entre caballeros cristianos cuando estos se rebotaban con su rey. Tampoco sabemos por qué, pero el caso es que Sancho nunca pisó tierras norteafricanas, algo le hizo cambiar de planes y terminó arrebatando a los moros el castillo de la población cacereña de Cañamero, donde estableció su señorío y desde donde atacó tanto a musulmanes como a cristianos.
Sancho no tuvo mucho tiempo para disfrutar de sus dominios, ya que, en agosto de 1220, según nos cuentan los Anales Toledanos, salió al monte a cazar y se topó con un oso. El animal hizo trizas al infante que, a pesar de que era león por parte de padre y lobo por parte de madre, no tuvo ninguna opción. Pocos días después, la hueste musulmana de Badajoz tomó Cañamero y pasó a cuchillo a toda la guarnición cristiana.
Los restos mortales de Sancho fueron trasladados al hoy desaparecido monasterio de Santa María de Perales, en Palencia. Según la descripción del erudito del siglo XVIII Juan Antonio Pellicer, recogida por el heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués, el sepulcro era de piedra blanca y mostraba al infante con un venablo en la mano luchando contra un oso. En él aparecían también escudos con las armas reales de León.
Sancho Fernández de León y de Haro, el hombre que había podido ser rey, combatido en Las Navas de Tolosa, ostentado la tenencia de varias ciudades del reino leones y combatido en las guerras de la frontera leonesa-castellana, al final sería recordado como ese infante leonés al que mató un oso, y es que nemo scit quid sibi hora novissima ferat.
Miguel Ángel Martín Mas





















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