martes, 10 de marzo de 2026

Las aventuras de Robin de Bracquemont, capitán de la guardia del Papa Luna

En una entrada anterior ya conté que no era casualidad que el primer apellido del caballero normando Robert de Bracquemont y Hannecourt (1355-1419) fuera también el de la localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte; el hecho es que el monsieur Robin casó a su hija Juana con Álvaro de Ávila, primer señor de Peñaranda, prefiriendo los hijos fruto de este matrimonio emplear el apellido materno castellanizado, dado el gran prestigio alcanzado por su abuelo francés y con intención de distinguirse de otras ramas de la familia paterna. También os hablé del blasón del linaje Bracquemont, que parece que tiene su origen en la heráldica primigenia del siglo XII, la parlante, la que era como un jeroglífico, y que en este caso presentaba un mazo sobre un monte, “hablándonos” así, probablemente, de un antepasado guerrero al que apodaban el Rompemontes.


Hoy lo que pretendo es contaros algunas de las azarosas aventuras vividas por este militar y diplomático normando genearca de los Bracamonte, destacando sobre todas ellas su participación en la huida nocturna del papa aragonés Benedicto XIII del castillo de Aviñón, en el que llevaba casi cinco años cercado por tropas del rey de Francia. Por cierto, precisamente esta semana sale a la venta la última novela de José Ángel Mañas, titulada El enigma del Papa Luna, en la que a buen seguro se narra magistralmente dicho episodio.


Robin de Bracquemont comenzó su carrera militar a los diecinueve años, en 1374, como escudero en el ejército del rey Carlos V de Francia. Unos años después estaba al servicio del hermano del monarca, el duque Luis I de Anjou, con el que participó en la campaña liderada por este para invadir el reino del Napolés, cuya corona reclamaba. La operación fue un absoluto desastre militar y financiero que terminó con el duque muriendo en 1384 en Bari sin corona y sin blanca.

De vuelta a su tierra, Bracquemont recibió la orden de integrarse en otra expedición para reclamar un trono y que también supuso una verdadera debacle para el pretendiente. Carlos VI, rey francés desde 1380, lo envió junto a otros nobles a auxiliar al rey Juan I de Castilla y de León, que pretendía hacerse con la corona portuguesa por el hecho de estar casado con la única descendiente viva del monarca luso Fernando I, fallecido en 1383. No sabemos si Bracquemont estuvo enrolado en la flota francesa que asediaba Lisboa esperando la invasión de Portugal por parte de Juan I o si luchó en la batalla de Aljubarrota, librada el 14 de agosto de 1385, que supuso el fin del sueño portugués del rey Trastámara. De lo que tenemos certeza es de que el normando sí que sacó algo de provecho de esa campaña, el hecho de trabar amistad con Pedro González de Mendoza, mayordomo mayor del monarca castellano y leonés, miembro de uno de los más importantes linajes vizcaínos y padre de la que se convertiría en su primera esposa, Inés de Mendoza y Ayala, con la que tuvo dos hijos y dos hijas, una de ellas Juana de Bracquemont, la primera señora de Peñaranda.


Retrato de Robert de Bracquemont, pintado en el siglo XVIII y custodiado en el Museo del Palacio de Versalles.

Está documentada la presencia de Robin como embajador del rey de Francia en la corte castellana y leonesa entre 1391 y 1405. Su primer cometido como diplomático fue la firma de un tratado entre ambos reinos. Junto al normando aparece también como testigo del acuerdo Fernán Álvarez de Toledo, “el Tuerto”, segundo señor de Valdecorneja y padre de su segunda esposa, Leonor de Toledo, con la que no tuvo descendencia. Bracquemont sabía hilar fino, lo demuestra entroncando con dos de los linajes de trayectoria más ascendente a comienzos del siglo XV y cuyo éxito estuvo determinado por su estrecha vinculación con los Trastámara: primero con los Mendoza, futuros duques del Infantado, y en segundas nupcias con los Álvarez de Toledo, futuros duques de Alba, entre otros títulos que alcanzarán estas dos familias nobiliarias.

En 1393 encontramos a Bracquemont en la corte de Enrique III y Catalina de Lancaster repartiendo entre la nobleza castellana y leonesa dieciséis collares de la Orden de la Cosse de Genêt, delicadas piezas de orfebrería elaboradas con oro y decoradas con esmaltes que servían como reconocimiento de alianza y lealtad por parte del monarca francés Carlos VI.


Catalina de Lancaster y Enrique III de Castilla (Cartagena, c. 1530: 37r). Imagen procedente de la Biblioteca Nacional.

Monsieur Robin, al que terminaron castellanizando como Mosén Rubí, se convirtió de este modo en miembro de esa comunidad caballeresca de diplomáticos que participó en las relaciones entre Francia y los reinos hispánicos al hilo de la Guerra de los Cien Años y en los distintos acontecimientos bélicos que acaecieron en la península ibérica en paralelo o en relación con ese enfrentamiento entre ingleses y franceses.



Caballeros luciendo el collar de la Orden de la Cosse de Genêt, creada en 1387 por el rey Carlos VI de Francia para recompensar a sus cortesanos más fieles.

El duque Luis de Orleans, hermano del rey galo, incorporó a su servicio al experimentado, diligente y confiable caballero Bracquemont, al que encargó la que sería su misión más importante, la de capitán de la guardia del papa Benedicto XIII, el aragonés Pedro de Luna, que residía en su sede de la ciudad francesa de Aviñón, a la par que otro papa, Bonifacio IX, ejercía otro pontificado desde Roma. Lo de que la iglesia católica tuviera dos papas era un enorme problema que había surgido en 1378 con los pontífices Clemente VII y Urbano VI y el asunto no iba de diferencias doctrinales, sino de cuál de los dos era el legítimo. El caso es que rey Carlos VI de Francia apoyó al papa Luna hasta 1398, año en el que, harto de la obstinación del maño al negarse a renunciar y poner fin al cisma de una vez, puso bajo asedio el palacio papal de Aviñón. Su hermano el duque de Orleans, por el contrario, mantendría el apoyo al pontífice aragonés y con él la guardia personal comandada por Bracquemont que le había proporcionado en su día.


El papa Benedicto XIII retratado como san Pedro por Juan Rexach
(siglo XV, iglesia de Santa María la Mayor de Morella)

La noche del 12 de marzo de 1403, tras casi cinco años de cerco y a punto de iniciarse el asalto definitivo a la fortaleza, el papa Luna puso en marcha el plan secreto que había acordado con el embajador del rey de Aragón Martín I y con el cardenal de Pamplona. El pontífice de Aviñón reunió a los los familiares y amigos que le acompañaban en el trance para tranquilizarles y le pidió a Robin de Bracquemont que iniciara la operación de fuga a través de los pasadizos subterráneos. Al final de un largo corredor, los hombres del normando retiraron los sillares que tapiaban una puerta cercana a la casa del deán de la catedral y salieron a la calle, dirigiéndose de inmediato a una posada en la que esperaban, llenos de incertidumbre, un grupo de caballeros aragoneses. La corriente del río Ródano y una barcaza de catorce remeros enviados por el cardenal de Pamplona permitió a la comitiva alcanzar el puerto de Arlés y de ahí la seguridad del reino de Aragón, donde terminaría sus días el Papa Luna refugiado en su castillo de Peñíscola.


Palacio papal de Aviñón.

No es de extrañar esta fidelidad de Bracquemont al papa Luna, que además iba en contra de los intereses de su rey, ya que, apenas dos meses antes de la arriesgada huida de Aviñón, el pontífice aragonés había otorgado indulgencias a todos aquellos que participaran en la empresa de conquista de las islas Canarias, a la par que establecía el futuro régimen eclesiástico que habría de establecerse en el archipiélago. ¿Y qué le iba a Bracquemont en todo eso? Pues mucho, porque había convencido al rey Enrique III de Castilla y de León de que acogiera bajo su protección esta aventura, que iba a ser liderada por su sobrino Juan de Bethencourt, al que había prestado la sustanciosa suma de siete mil libras para invertir en el empeño. Los ambiciosos y emprendedores tío y sobrino normandos buscaban el monopolio del comercio exterior de las islas mediante la concesión, por parte del monarca, del quinto sobre las mercancías procedentes de las mismas, lo que les iba a hacer de oro.


Juan de Bethencourt.

Con su sobrino como señor de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro y receptor de grandes rentas, Robin se dispuso a seguir viviendo aventuras, siendo la siguiente conducir seis naos hasta el golfo de Vizcaya, de donde partiría una expedición que obtendría una clara victoria cerca de Gibraltar frente a una flota combinada de los reinos de Granada, Túnez y Tremecén. Hábil en la guerra tanto en tierra como en el mar, Bracquemont tuvo desde 1405 un papel destacado en el mantenimiento de la flota franco-castellana y leonesa que habría de contrarrestar el poder naval inglés, llegando así a ser nombrado almirante de Francia en 1417, cargo desde el que favorecería la colaboración naval castellana y leonesa con Francia en el Atlántico frente a los ingleses.

En 1410 luchó hombro con hombro junto a su futuro cuñado Álvaro de Ávila y el infante Fernando de Trastámara contra los nazaríes de Granada. De esa campaña, cuyo episodio principal sería la toma de Antequera, saldría el matrimonio de su hija Juana y la estrecha relación con el hermano del rey castellano y leonés, que al poco tiempo iba a convertirse en rey de Aragón con el apoyo, entre otros, de Benedicto XIII. El papa y el normando, al que le debía la libertad y probablemente también la vida, se volverían a encontrar en la ceremonia de coronación de su común amigo Fernando el de Antequera, celebrada el 11 de febrero de 1414 en Zaragoza.


Detalle de la coronación de Fernando I de Aragón, hermano de Enrique III de Castilla.

Mientras tanto, en Francia se libraba una guerra civil desde 1407; en este contexto, la ocupación de París en 1418 por parte del bando que apoyaba a la casa de Borgoña frente al de la casa de Orleans, a la que había servido Bracquemont, provocó que este perdiera su título de almirante de Francia y la confiscación de todos sus bienes en su tierra natal. A pesar de la amargura que le supondrían estas pérdidas, no tenía de qué preocuparse, puesto que llevaba años al servicio de los Trastámara de Castilla, León y ahora de Aragón, así que no le iba a faltar de nada.

Robin de Bracquemont redactó testamento en Madrid el 4 de abril de 1419, dejando un legado cuantioso, sin olvidarse de sus sirvientes franceses. Murió ese mismo mes en la localidad toledana de Mocejón, siendo enterrado en la iglesia de San Pedro Mártir de Toledo y luego en la capilla mayor del convento de San Francisco de Ávila, dando lugar al linaje de los Bracamonte, cuya historia es, sin duda, el patrimonio inmaterial más importante del que goza la localidad salmantina de Peñaranda.


Miguel Ángel Martín Mas

miércoles, 4 de marzo de 2026

Lo que escondía Toledo: treinta y cinco tablas policromadas con escenas figurativas de época medieval

Año 2018, Toledo, durante la rehabilitación de un edificio en la calle Bajada del Pozo, en el barrio de los Canónigos, junto a la catedral, apareció un conjunto de treinta y cinco tablas policromadas con escenas figurativas datadas hacia el año 1300. Integradas como base del forjado de una casa, de ese modo con las pinturas fuera de la vista, estaba claro que habían sido reutilizadas para la construcción de un inmueble que además destacaba por la calidad de sus elementos ornamentales de época posterior. En principio se puede pensar que estas tablas fueron parte de la estructura de una techumbre, pero, dado el tamaño y la disposición de las escenas representadas, tienen más bien pinta de haber concebidas para ser colocadas en vertical forrando una pared o, quizá, como decoración de una gran tarima construída con motivo de alguna celebración o acto regio. Estoy pensando ahora mismo en la proclamación en 1284 en Toledo de Sancho IV como rey de Castilla y de León o en su matrimonio con María de Molina, celebrado en la catedral de dicha ciudad en dos años antes. Y también me viene a la mente que Fernando IV, fruto de este matrimonio, fue proclamado rey en Toledo tras la muerte de su padre en 1295, pero por entonces este era un niño de diez años, y entre las imágenes conservadas aparece un rey adulto y barbado.



LO QUE LA CIUDAD ESCONDE, IMÁGENES DE LA CORTE MEDIEVAL DE TOLEDO, exposición temporal, hasta el 10 de mayo de 2026, en el Museo Arqueológico Nacional.

El caso es que la recuperación y restauración de dichas tablas han revelado un complejo y rico universo iconográfico: damas, caballeros, reyes, armas, escudos heráldicos, libros, epigrafía, filosofía y ciencia. Datado el conjunto entre los siglos XIII y XIV, nos muestra el imaginario cortesano e intelectural toledano de la época de Alfonso X el Sabio, Sancho IV el Bravo y Fernando IV el Emplazado, manteniendo una clara vinculación estética con las ilustraciones de los códices alfonsíes, especialmente con el de las Cantigas de Santa María.

Un grupo de tablas está vinculado a la guerra, los usos de la caballería o la caza. La escena más completa muestra a unos guerreros equipados con almófar, gambesón, loriga, guantes de malla,  y brafoneras y cuyas monturas van cubiertas con gualdrapas, atavío equino que comenzó a usarse en los albores del siglo XIII.







En este grupo hay también una tabla en la que se distinguen yelmos, hachas, mazas y lanzas junto con varios gallardetes decorados con estrellas de seis puntas o con flores de lis. 




Guerreros cristianos y musulmanes en las Cantigas de Santa María.

En los escudos y gualdrapas de algunos de los guerreros representados en estas tablas se pueden ver las señales heráldicas de un león rampante y un águila explayada. El león púrpura sobre campo blanco bien puede ser la señal del monarca leonés, aunque en la época en la que se pintaron estas tabla los reinos de Castilla y de León llevaban unos setenta años teniendo el mismo monarca, de ahí que este empleara como señal el cuartelado de castillos y leones; por otro lado, en aquel tiempo un águila explayada podía ser la señal traída aquí por la princesa germana Beatriz de Suabia, madre de Alfonso X y abuela de Sancho IV, aunque debo decir que el ave de los Hohenstaufen era negra sobre un campo blanco, no blanca sobre un campo rojo, que es como podemos verla en las tablas toledanas. Blanca sobre un campo rojo es emblema de Polonia, pero la única polaca que tuvimos por estas tierras fue Riquilda, reina consorte de León junto a Alfonso VII entre 1152 y 1157, pero eso queda muy lejos de la fecha de realización de estas pinturas y, además, no creo que a mediados del siglo XII dicha señal heráldica fuera usada ya por los miembros de la realeza polaca. 






León del reino leonés y águila explayada negra de Beatriz de Suabia en unas tablas que se conservan en el museo del monasterio de Santa Clara en Carrión de los Condes (Palencia).



Águila negra de los Suabia y león del reino leonés en un madero conservado en la iglesia de Santa María del Castillo de Madrigal de las Altas Torres. 

Cerrando este primer apartado, os cuento que podemos ver parte de una escena del ámbito cinegético en unas tablas que muestran a varios jinetes a caballo que se topan con un ciervo macho que destaca por su pelaje y cornamenta ramificada.





El rey Alfonso X cazando con halcón en la Cantiga CXLII.

Cambiando de tercio y dejando atrás el tema bélico y cinegético, hay que decir que las representaciones del hábito cortesano tienen un protagonismo principal en estas pinturas. Las figuras de un rey barbado y una reina sujetando el medallón que pende de su cuello en un emotivo gesto llaman especialmente la atención, aparte de que las miradas que intercambian parecen indicar que están profundamente enamorados. Yo apostaría a que se trata de Sancho IV y María de Molina, cuyo matrimonio encaja con la fecha de factura de las pinturas y que, además, al contrario de lo que era costumbre en la época, no se casaron por conveniencia u obligación, sino por amor.



Alfonso X representado en sus Cantigas de Santa María



Sancho IV en una miniatura del siglo XIII.


Fernando IV en una miniatura del siglo XIII.

Ambas figuras regias están acompañadas de un grupo de damas que lucen toca baja y barboquejo y, en algunos casos, redecillas para el pelo, todas ellas encuadradas bajo una arquería que recuerda totalmente a las que se emplean en las Cantigas. Todas se han quitado al menos uno de sus elegantes guantes de piel, tal y como se debe hacer en el momento en el que te acercas a saludar a los monarcas.




Grupo de damas con toca baja y barboquejo en las Cantigas de Santa María

En otras tablas aparece un grupo de personajes entre los que hay frailes tonsurados y nobles, todos situados en un paisaje exterior en el que se aprecian murallas, saeteras y una puerta.






Monjes en las Cantigas de Santa María

Finalmente, y entrando ahora en el campo de la filosofía y de la ciencia, otro conjunto de imágenes proyecta un fascicante programa iconográfico de temática cultural que representa a los filósofos griegos Platón y Aristóteles siendo amamantados por una figura que simboliza a Sofía, la diosa de la sabiduría. A su alrededor hay libros de física y otras materias. Más libros aparecen en lo que parece ser una biblioteca, con armarios donde se custodian códices, algunos de ellos abiertos y con páginas en blanco. 




Y esto es lo que pude disfrutar en mi visita al MAN de esta semana; espero que estas pinturas no dejen de ser estudiadas por parte de personas realmente capacitadas, lo que no es mi caso, y que se nos vaya contando a los profanos todo lo que se pueda llegar a saber de esta maravilla que podéis admirar en Madrid hasta el día 16 de mayo de 2026.


Miguel Ángel Martín Mas

lunes, 2 de marzo de 2026

La decoración heráldica de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca

El 29 de diciembre de 2025, dándose una feliz casualidad, ya que precisamente ese día se celebra la onomástica de santo Tomás Cantuariense, comunicamos en el blog La chova piquirroja una buena nueva relativa a nuestra investigación sobre la techumbre medieval de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca. El caso es que, tras superar una evaluación por pares ciegos, la revista científica Historia y Genealogía, dependiente de la cátedra de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba (UCO), incluyó un artículo que recopila gran parte de nuestras conclusiones relativas a la decoración heráldica de dicha armadura. Además, los editores tuvieron a bien elegir esta techumbre salmantina como portada de la revista. Agradeceremos siempre que el catedrático Enrique Soria Mesa que nos abriera las puertas para publicar, si, por supuesto, pasábamos los filtros pertinentes, como así ocurrió. Asimismo, también agradecemos al profesor Ángel María Ruíz Galvez que atendiera a todas nuestras dudas, inquietudes y requerimientos. No tenemos palabras para corresponder a tanta bonhomía, rigor y profesionalidad brindados por unos profesores universitarios.



Para nosotros la publicación de este artículo fue meta y, a la vez, línea de salida. Cerró un ciclo porque, desde ese día, el emblema de la chova piquirroja, el de santo Tomás de Canterbury y los Plantagenet, ya no era sólo nuestro, sino también de la Universidad de Córdoba, que quedó como depositaria de nuestra investigación. Por otro lado, albergamos la esperanza de que esta obra única que se conserva en nuestra ciudad obtenga reconocimiento como tal, además de una protección acorde a su valor patrimonial. Muchas gracias a todos los que nos habéis seguido y apoyado desde el principio y ahora nos seguís en este Blog, ya que este gran paso para dos investigadores independientes se ha dado con vosotros a nuestro lado. Desde ese día de santo Tomás Cantuariense la ciudad de Salamanca adquirió una deuda con la UCO, y eso también es un aspecto que merece destacarse, puesto que es en ella donde se publica la única revista científica especializada en genealogía y heráldica y es a ella, donde saben de este tema, donde tuvimos que acudir. Podéis acceder a nuestro artículo muy fácilmente, ya que la revista se presenta en formato digital y abierta para todos, sólo tenéis que pinchar este enlace:




En él encontraréis diferentes cuestiones y conclusiones propuestas por nosotros y avaladas por dos expertos en la materia. Disfrutad la lectura y, sobre todo, haceos conscientes de la gran joya que se esconde bajo el tejado de este convento de nuestra ciudad, fundado en las primeras décadas del siglo XIII.

Nos despedimos con unas palabras que vienen perfectamente al caso y que fueron escritas por el que fuera catedrático de Historia del Arte y heraldista salmantino Julián Álvarez Villar. Refiriéndose a los misterios heráldicos que encontraba en Salamanca, decía:

“[…] con paciencia, con mucha paciencia y tesón, se resolverán a medida que la información aumente y también lo haga el interés por la Heráldica, que así perderá la mala prensa que generalmente tiene.”

Charo García de Arriba
Miguel Ángel Martín Mas

Artículos publicados en los medios de comunicación a raíz del anuncio de la publicación del artículo por parte de la UCO: 



Las aventuras de Robin de Bracquemont, capitán de la guardia del Papa Luna

En una entrada anterior ya conté que no era casualidad que el primer apellido del caballero normando Robert de Bracquemont y Hannecourt (13...