domingo, 22 de marzo de 2026

Las pinturas medievales del Real Convento de Santa Clara de Salamanca - Capítulo I

Entre los años 1220 y 1230 unas mujeres salmantinas lideradas por una tal Urraca, de la que nada más sabemos aparte de su nombre, bastante común en esa época en el reino de León, se reunieron para vivir como hermanas en religión en el entorno de una ermita hoy desaparecida. Dicho grupo, que básicamente buscaba mutuo apoyo y seguridad, estaba formado, principalmente, por esposas viudas e hijas huérfanas de caballeros villanos salmantinos; estos habían perecido en la guerra que el rey Alfonso IX estaba librando para arrebatar las principales ciudades de la Extremadura leonesa a los musulmanes. Fue de este modo como nació el beaterío de las Dueñas de Santa María, situado en el mismo lugar en el que se encuentra el Real Convento de Santa Clara de Salamanca, en la ladera sur de un promontorio sobre el que se alza la iglesia de San Cristóbal, templo que fue propiedad de la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro.


Capitel del antiguo claustro del Real Convento de Santa Clara de Salamanca.

Lo siguiente que podemos afirmar a ciencia cierta es que, en 1238, cuando en Castilla y en León correinaban Fernando III y su madre, Berenguela la Grande, la nueva comunidad salmantina ya convivía bajo la misma regla que seguía Clara de Asís (1194-1253) en la iglesia de San Damián, advocación de la que deriva el nombre Damianitas, con el que se conoció a sus seguidoras en los comienzos de su obra. Se regían aquellas mujeres por unas normas que el cardenal Ugolino de Segni les había redactado hacia 1218, dado el disgusto que provocaba entre la curia eclesial la proliferación de beaterios femeninos que no contaban con una regulación aprobada por la Iglesia. No sería hasta el 9 de agosto de 1253, poco tiempo antes de la muerte de Clara Scifi, cuando el papa Inocencio IV promulgaría la regla monástica de unas hermanas que en el futuro se conocerían como Clarisas.

La documentación que se conserva en el archivo de este cenobio salmantino también nos cuenta que en el año 1245 su iglesia monacal ya estaba abierta al culto, pudiendo disfrutar los feligreses que levantaran un poco la vista de una techumbre de par y nudillo decorada con más de un centenar de emblemas heráldicos y que, milagrosamente, todavía se conserva en todo su esplendor. La investigación sobre el origen y el significado de este impresionante conjunto iconográfico está disponible tanto en nuestro blog hermano La chova piquirroja como en un artículo recientemente publicado por la Universidad de Córdoba y que se puede descargar a través del siguiente enlace.







Techumbre de la iglesia del Real Convento de Santa Clara de Salamanca. Está decorada con emblemas heráldicos que hacen referencia las casas reales de León y de Castilla en tiempos de Berenguela la Grande (1180-1246).

Aparte de esta techumbre única en su género, alberga este cenobio salmantino otro tesoro medieval, las pinturas del coro bajo, datadas en su mayoría como de comienzos del siglo XIV, y de las que os iremos hablando en sucesivas entradas de este blog.

Se trata de un conjunto pictórico que en su mayor parte es de estilo franco-gótico y que hay que ubicar cronológicamente entre las realizadas en 1262 por Antón Sánchez de Segovia en la Capilla de San Martín de la Catedral Vieja y las que desde 1350 decoraron las paredes del convento de Santa Clara de la ciudad zamorana de Toro que, por cierto, tienen cierto parecido con las salmantinas.


Pintura situada sobre la entrada de la capilla de San Martín de la Catedral Vieja de Salamanca.



Dos ejemplos de las pinturas del convento de Santa Clara de Toro, que fueron trasladadas a la iglesia de San Sebastián de los Caballeros, donde se pueden ver actualmente.

La gran mayoría de personajes representados en estas antiguas pinturas conservadas en Salamanca son santos y santas mártires que se nos muestran en una especie de cómic de superhéroes medievales, dibujado y coloreado sobre las paredes del coro bajo del convento. De hecho, en un tiempo en el que las novelas de caballería todavía no se habían convertido en un bestseller, la lectura favorita para matar el tiempo en los monasterios y las cortes medievales fue una obra titulada Leyenda áurea, una compilación de relatos hagiográficos reunida por el dominico Santiago de la Vorágine, arzobispo de Génova, a mediados del siglo XIII.


Leyenda áurea, circa 1290, Biblioteca Medicea Laurenziana, Florencia.


Miniatura contenida en una edición del siglo XV de  la obra Leyenda áurea.

La primera superheroína de la que vamos a hablaros hoy es santa Bárbara, representada en el extremo derecho del muro sur del coro bajo con uno de sus principales atributos, la torre con tres ventanas, una por cada miembro de la Santísima Trinidad. Ahí la encerró su padre, Dióscoro, gobernador de Nicomedia, para alejarla de sus pretendientes y de los misioneros que predicaban el cristianismo.


A la izquierda de santa Bárbara nos encontramos a santa Clara de Asís junto a un extremadamente deteriorado san Francisco, ambos bajo un exótico árbol que representa que ellos dos son las ramas principales del tronco del que nace el fructífero movimiento franciscano.


Debajo tenemos a san Ambrosio de Milán y san Agustín de Hipona, ambos padres de la Iglesia. Cuenta la Leyenda áurea que un día, siendo Ambrosio muy pequeño, mientras estaba en la cuna con la boca abierta, un enjambre de abejas entró y salió de su boca para luego alejarse y desaparecer. El padre, testigo del milagroso suceso, se convenció de que su hijo llegaría a ser una persona de mérito. Se cree que esta leyenda es debida al juego de palabras entre el nombre propio Ambrosio y ambrosía, el alimento de los dioses elaborado a base de miel.

San Agustín, que había vivido una juventud turbulenta y disipada, se enmendó precisamente gracias a la enseñanzas de san Ambrosio, que, además, le bautizó. Fue el autor, entre otras, de la monumental obra teológica La ciudad de Dios, de ahí que le podamos ver sosteniendo unas construcciones con su mano derecha. Cuenta la leyenda que, paseando Agustín por una playa a la par que meditaba intentando entender la esencia de la Santísima Trinidad, este se encontró con un niño que jugaba en la arena. El santo le preguntó que qué hacía, a lo que la criatura le contestó que estaba sacando toda el agua del mar para meterla en un hoyo que había cavado. Agustín le dijo que eso era imposible y el niño le replicó: "Más difícil es que llegues tú a entender el misterio de la Trinidad".


En el siguiente grupo de pinturas, situado a la izquierda del anterior, podemos ver representados a san Miguel Arcángel, san Andrés, san Jerónimo y santo Domingo de Guzmán. 


San Miguel Arcángel está atravesando con una lanza a Lucifer, al que va a arrojar a lo más profundo del Averno al tiempo que santa Clara ora arrodillada dando gracias por la magna victoria del bien sobre el mal. 


A la derecha del Arcángel está san Andrés, que aparece crucificado, pero no con clavos, sino con cuerdas, ya que su verdugo, el procónsul romano Egeas, a cuya esposa había convertido al cristianismo, mandó que lo ataran a la cruz para que su sufrimiento se alargara hasta lo indecible y las aves carroñeras se comieran su cuerpo estando vivo.


En la siguiente escena, una de mis favoritas de todo el conjunto pictórico del coro bajo, aparece san Jerónimo junto a su discípula santa Paula, una noble y rica viuda romana a la que había convertido al cristianismo. También se narra el episodio de la curación del león que llegó cojeando hasta el monasterio de la localidad de Belén en el que residía el santo. Este, a pesar del pavor del resto de monjes, se acercó al animal y le quitó la espina que tenía clavada en la pata. El félido se quedó en el cenobio como animal de compañia que, a mayores, realizaba tareas domésticas, de ahí que en nuestras pinturas se le muestre acarreando un haz de leña. 


Y terminamos este primer capítulo dedicado a estas pinturas con las viñetas en las que aparece representado el santo burgalés Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores (los Dominicos), un gran amigo de san Francisco de Asís. Antes del nacimiento de Domingo, su madre, la beata Juana de Aza, soñó que de su vientre salía un perro con una antorcha encendida que iluminaba el mundo, simbolizando que su hijo llevaría la luz de Cristo a las naciones, convirtiéndose así en el Domini canis (el perro del Señor).



Perros ladrando a unos cerdos, alegoría de los dominicos en su lucha contra los herejes, escena representada en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Nuestra Señora de la Soterraña en Santa María la Real de Nieva (Segovia).

Este santo de hábito negro y blanco, casi contemporáneo de la fundación del monasterio damianita de Salamanca, llevó a cabo varias misiones diplomáticas bajo las órdenes del rey Alfonso VIII de Castilla, padre de la reina Berenguela de Castilla y de León, que, casualmente, fue la gran promotora de las Damianitas. En uno de los viajes que Domingo hizo como embajador conoció la herejía albigense y decidió luchar contra ella. En 1206 se trasladó al Languedoc para predicar contra estos apóstatas franceses. Para demostrar la falsedad de la herejía, arrojó al fuego un libro herético y otro ortodoxo, y sólo ardió el primero, episodio que parece estar representado arriba a la izquierda.


Otro milagro que se atribuye a santo Domingo es la expulsión de demonios empleando el rosario, lo que solía terminar con la conversión de muchos testigos, episodio que parece que puede estar representado abajo a la izquierda, aunque la escena es un tanto confusa para nosotros, ya que el santo parece estar levantándose de un sepulcro.


No me gustaría cerrar esta entrada sin destacar que en las pinturas del coro bajo de las Claras de Salamanca se pueden ver reproducidos algunos de los emblemas heráldicos que aparecen en la techumbre de la iglesia. Este es el caso en estas viñetas dedicadas a santo Domingo, en las que podemos ver el córvido relacionado con santo Tomás de Canterbury, aunque el artista no se molestó en esta ocasión en pintarle el pico y las patas de color rojo, y dos emblema más que también aparecen ubicados en el arrocabe trasero. Supongo que aquí, pintados más de cincuenta años después de que se pintaran los de la techumbre, sí son mera decoración. Curiosamente, en las pinturas del convento de Santa Clara de Toro, fundado por monjas que procedían del cenobio homónimo salmantino, también aparecen algunos de los emblemas de la techumbre, entre ellos la chova piquirroja.




Tres escudos localizados en el arrocabe trasero de la techumbre de la iglesia y en las pinturas del coro bajo.


Detalle de las pinturas murales que se conservan en Toro.


Miguel Ángel Martín Mas

martes, 10 de marzo de 2026

Las aventuras de Robin de Bracquemont, capitán de la guardia del Papa Luna

En una entrada anterior ya conté que no era casualidad que el primer apellido del caballero normando Robert de Bracquemont y Hannecourt (1355-1419) fuera también el de la localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte; el hecho es que el monsieur Robin casó a su hija Juana con Álvaro de Ávila, primer señor de Peñaranda, prefiriendo los hijos fruto de este matrimonio emplear el apellido materno castellanizado, dado el gran prestigio alcanzado por su abuelo francés y con intención de distinguirse de otras ramas de la familia paterna. También os hablé del blasón del linaje Bracquemont, que parece que tiene su origen en la heráldica primigenia del siglo XII, la parlante, la que era como un jeroglífico, y que en este caso presentaba un mazo sobre un monte, “hablándonos” así, probablemente, de un antepasado guerrero al que apodaban el Rompemontes.


Hoy lo que pretendo es contaros algunas de las azarosas aventuras vividas por este militar y diplomático normando genearca de los Bracamonte, destacando sobre todas ellas su participación en la huida nocturna del papa aragonés Benedicto XIII del castillo de Aviñón, en el que llevaba casi cinco años cercado por tropas del rey de Francia. Por cierto, precisamente esta semana sale a la venta la última novela de José Ángel Mañas, titulada El enigma del Papa Luna, en la que a buen seguro se narra magistralmente dicho episodio.


Robin de Bracquemont comenzó su carrera militar a los diecinueve años, en 1374, como escudero en el ejército del rey Carlos V de Francia. Unos años después estaba al servicio del hermano del monarca, el duque Luis I de Anjou, con el que participó en la campaña liderada por este para invadir el reino del Napolés, cuya corona reclamaba. La operación fue un absoluto desastre militar y financiero que terminó con el duque muriendo en 1384 en Bari sin corona y sin blanca.

De vuelta a su tierra, Bracquemont recibió la orden de integrarse en otra expedición para reclamar un trono y que también supuso una verdadera debacle para el pretendiente. Carlos VI, rey francés desde 1380, lo envió junto a otros nobles a auxiliar al rey Juan I de Castilla y de León, que pretendía hacerse con la corona portuguesa por el hecho de estar casado con la única descendiente viva del monarca luso Fernando I, fallecido en 1383. No sabemos si Bracquemont estuvo enrolado en la flota francesa que asediaba Lisboa esperando la invasión de Portugal por parte de Juan I o si luchó en la batalla de Aljubarrota, librada el 14 de agosto de 1385, que supuso el fin del sueño portugués del rey Trastámara. De lo que tenemos certeza es de que el normando sí que sacó algo de provecho de esa campaña, el hecho de trabar amistad con Pedro González de Mendoza, mayordomo mayor del monarca castellano y leonés, miembro de uno de los más importantes linajes vizcaínos y padre de la que se convertiría en su primera esposa, Inés de Mendoza y Ayala, con la que tuvo dos hijos y dos hijas, una de ellas Juana de Bracquemont, la primera señora de Peñaranda.


Retrato de Robert de Bracquemont, pintado en el siglo XVIII y custodiado en el Museo del Palacio de Versalles.

Está documentada la presencia de Robin como embajador del rey de Francia en la corte castellana y leonesa entre 1391 y 1405. Su primer cometido como diplomático fue la firma de un tratado entre ambos reinos. Junto al normando aparece también como testigo del acuerdo Fernán Álvarez de Toledo, “el Tuerto”, segundo señor de Valdecorneja y padre de su segunda esposa, Leonor de Toledo, con la que no tuvo descendencia. Bracquemont sabía hilar fino, lo demuestra entroncando con dos de los linajes de trayectoria más ascendente a comienzos del siglo XV y cuyo éxito estuvo determinado por su estrecha vinculación con los Trastámara: primero con los Mendoza, futuros duques del Infantado, y en segundas nupcias con los Álvarez de Toledo, futuros duques de Alba, entre otros títulos que alcanzarán estas dos familias nobiliarias.

En 1393 encontramos a Bracquemont en la corte de Enrique III y Catalina de Lancaster repartiendo entre la nobleza castellana y leonesa dieciséis collares de la Orden de la Cosse de Genêt, delicadas piezas de orfebrería elaboradas con oro y decoradas con esmaltes que servían como reconocimiento de alianza y lealtad por parte del monarca francés Carlos VI.


Catalina de Lancaster y Enrique III de Castilla (Cartagena, c. 1530: 37r). Imagen procedente de la Biblioteca Nacional.

Monsieur Robin, al que terminaron castellanizando como Mosén Rubí, se convirtió de este modo en miembro de esa comunidad caballeresca de diplomáticos que participó en las relaciones entre Francia y los reinos hispánicos al hilo de la Guerra de los Cien Años y en los distintos acontecimientos bélicos que acaecieron en la península ibérica en paralelo o en relación con ese enfrentamiento entre ingleses y franceses.



Caballeros luciendo el collar de la Orden de la Cosse de Genêt, creada en 1387 por el rey Carlos VI de Francia para recompensar a sus cortesanos más fieles.

El duque Luis de Orleans, hermano del rey galo, incorporó a su servicio al experimentado, diligente y confiable caballero Bracquemont, al que encargó la que sería su misión más importante, la de capitán de la guardia del papa Benedicto XIII, el aragonés Pedro de Luna, que residía en su sede de la ciudad francesa de Aviñón, a la par que otro papa, Bonifacio IX, ejercía otro pontificado desde Roma. Lo de que la iglesia católica tuviera dos papas era un enorme problema que había surgido en 1378 con los pontífices Clemente VII y Urbano VI y el asunto no iba de diferencias doctrinales, sino de cuál de los dos era el legítimo. El caso es que rey Carlos VI de Francia apoyó al papa Luna hasta 1398, año en el que, harto de la obstinación del maño al negarse a renunciar y poner fin al cisma de una vez, puso bajo asedio el palacio papal de Aviñón. Su hermano el duque de Orleans, por el contrario, mantendría el apoyo al pontífice aragonés y con él la guardia personal comandada por Bracquemont que le había proporcionado en su día.


El papa Benedicto XIII retratado como san Pedro por Juan Rexach
(siglo XV, iglesia de Santa María la Mayor de Morella)

La noche del 12 de marzo de 1403, tras casi cinco años de cerco y a punto de iniciarse el asalto definitivo a la fortaleza, el papa Luna puso en marcha el plan secreto que había acordado con el embajador del rey de Aragón Martín I y con el cardenal de Pamplona. El pontífice de Aviñón reunió a los los familiares y amigos que le acompañaban en el trance para tranquilizarles y le pidió a Robin de Bracquemont que iniciara la operación de fuga a través de los pasadizos subterráneos. Al final de un largo corredor, los hombres del normando retiraron los sillares que tapiaban una puerta cercana a la casa del deán de la catedral y salieron a la calle, dirigiéndose de inmediato a una posada en la que esperaban, llenos de incertidumbre, un grupo de caballeros aragoneses. La corriente del río Ródano y una barcaza de catorce remeros enviados por el cardenal de Pamplona permitió a la comitiva alcanzar el puerto de Arlés y de ahí la seguridad del reino de Aragón, donde terminaría sus días el Papa Luna refugiado en su castillo de Peñíscola.


Palacio papal de Aviñón.

No es de extrañar esta fidelidad de Bracquemont al papa Luna, que además iba en contra de los intereses de su rey, ya que, apenas dos meses antes de la arriesgada huida de Aviñón, el pontífice aragonés había otorgado indulgencias a todos aquellos que participaran en la empresa de conquista de las islas Canarias, a la par que establecía el futuro régimen eclesiástico que habría de establecerse en el archipiélago. ¿Y qué le iba a Bracquemont en todo eso? Pues mucho, porque había convencido al rey Enrique III de Castilla y de León de que acogiera bajo su protección esta aventura, que iba a ser liderada por su sobrino Juan de Bethencourt, al que había prestado la sustanciosa suma de siete mil libras para invertir en el empeño. Los ambiciosos y emprendedores tío y sobrino normandos buscaban el monopolio del comercio exterior de las islas mediante la concesión, por parte del monarca, del quinto sobre las mercancías procedentes de las mismas, lo que les iba a hacer de oro.


Juan de Bethencourt.

Con su sobrino como señor de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro y receptor de grandes rentas, Robin se dispuso a seguir viviendo aventuras, siendo la siguiente conducir seis naos hasta el golfo de Vizcaya, de donde partiría una expedición que obtendría una clara victoria cerca de Gibraltar frente a una flota combinada de los reinos de Granada, Túnez y Tremecén. Hábil en la guerra tanto en tierra como en el mar, Bracquemont tuvo desde 1405 un papel destacado en el mantenimiento de la flota franco-castellana y leonesa que habría de contrarrestar el poder naval inglés, llegando así a ser nombrado almirante de Francia en 1417, cargo desde el que favorecería la colaboración naval castellana y leonesa con Francia en el Atlántico frente a los ingleses.

En 1410 luchó hombro con hombro junto a su futuro cuñado Álvaro de Ávila y el infante Fernando de Trastámara contra los nazaríes de Granada. De esa campaña, cuyo episodio principal sería la toma de Antequera, saldría el matrimonio de su hija Juana y la estrecha relación con el hermano del rey castellano y leonés, que al poco tiempo iba a convertirse en rey de Aragón con el apoyo, entre otros, de Benedicto XIII. El papa y el normando, al que le debía la libertad y probablemente también la vida, se volverían a encontrar en la ceremonia de coronación de su común amigo Fernando el de Antequera, celebrada el 11 de febrero de 1414 en Zaragoza.


Detalle de la coronación de Fernando I de Aragón, hermano de Enrique III de Castilla.

Mientras tanto, en Francia se libraba una guerra civil desde 1407; en este contexto, la ocupación de París en 1418 por parte del bando que apoyaba a la casa de Borgoña frente al de la casa de Orleans, a la que había servido Bracquemont, provocó que este perdiera su título de almirante de Francia y la confiscación de todos sus bienes en su tierra natal. A pesar de la amargura que le supondrían estas pérdidas, no tenía de qué preocuparse, puesto que llevaba años al servicio de los Trastámara de Castilla, León y ahora de Aragón, así que no le iba a faltar de nada.

Robin de Bracquemont redactó testamento en Madrid el 4 de abril de 1419, dejando un legado cuantioso, sin olvidarse de sus sirvientes franceses. Murió ese mismo mes en la localidad toledana de Mocejón, siendo enterrado en la iglesia de San Pedro Mártir de Toledo y luego en la capilla mayor del convento de San Francisco de Ávila, dando lugar al linaje de los Bracamonte, cuya historia es, sin duda, el patrimonio inmaterial más importante del que goza la localidad salmantina de Peñaranda.


Miguel Ángel Martín Mas

miércoles, 4 de marzo de 2026

Lo que escondía Toledo: treinta y cinco tablas policromadas con escenas figurativas de época medieval

Año 2018, Toledo, durante la rehabilitación de un edificio en la calle Bajada del Pozo Amargo, en el barrio de los Canónigos, junto a la catedral, apareció un conjunto de treinta y cinco tablas policromadas con escenas figurativas datadas hacia el año 1300. Integradas como base del forjado de una casa, de ese modo con las pinturas fuera de la vista, estaba claro que habían sido reutilizadas para la construcción de un inmueble que además destacaba por la calidad de sus elementos ornamentales de época posterior. En principio se puede pensar que estas tablas fueron parte de la estructura de una techumbre, pero, dado el tamaño y la disposición de las escenas representadas, tienen más bien pinta de haber sido concebidas para colocarlas en vertical forrando una pared o, quizá, como decoración de una gran tarima construída con motivo de alguna celebración o acto regio. Estoy pensando ahora mismo en la proclamación en 1284 en Toledo de Sancho IV como rey de Castilla y de León o en su matrimonio con María de Molina, celebrado en la catedral de dicha ciudad en dos años antes. Y también me viene a la mente que Fernando IV, fruto de este matrimonio, fue proclamado rey en Toledo tras la muerte de su padre en 1295, pero por entonces este era un niño de diez años, y entre las imágenes conservadas aparece un rey adulto y barbado.



LO QUE LA CIUDAD ESCONDE, IMÁGENES DE LA CORTE MEDIEVAL DE TOLEDO, exposición temporal, hasta el 10 de mayo de 2026, en el Museo Arqueológico Nacional.

El caso es que la recuperación y restauración de dichas tablas han revelado un complejo y rico universo iconográfico: damas, caballeros, reyes, armas, escudos heráldicos, libros, epigrafía, filosofía y ciencia. Datado el conjunto entre los siglos XIII y XIV, nos muestra el imaginario cortesano e intelectural toledano de la época de Alfonso X el Sabio, Sancho IV el Bravo y Fernando IV el Emplazado, manteniendo una clara vinculación estética con las ilustraciones de los códices alfonsíes, especialmente con el de las Cantigas de Santa María.

Un grupo de tablas está vinculado a la guerra, los usos de la caballería o la caza. La escena más completa muestra a unos guerreros equipados con almófar, gambesón, loriga, guantes de malla,  y brafoneras y cuyas monturas van cubiertas con gualdrapas, atavío equino que comenzó a usarse en los albores del siglo XIII.







En este grupo hay también una tabla en la que se distinguen yelmos, hachas, mazas y lanzas junto con varios gallardetes decorados con estrellas de seis puntas o con flores de lis. 




Guerreros cristianos y musulmanes en las Cantigas de Santa María.

En los escudos y gualdrapas de algunos de los guerreros representados en estas tablas se pueden ver las señales heráldicas de un león rampante y un águila explayada. El león púrpura sobre campo blanco bien puede ser la señal del monarca leonés, aunque en la época en la que se pintaron estas tablas los reinos de Castilla y de León llevaban unos setenta años teniendo el mismo monarca, de ahí que este empleara como señal el cuartelado de castillos y leones; por otro lado, en aquel tiempo un águila explayada podía ser la señal traída aquí por la princesa germana Beatriz de Suabia, madre de Alfonso X y abuela de Sancho IV, aunque debo decir que el ave de los Hohenstaufen era negra sobre un campo blanco, no blanca sobre un campo rojo, que es como podemos verla en las tablas toledanas. Blanca sobre un campo rojo es emblema de Polonia, pero la única polaca que tuvimos por estas tierras fue Riquilda, reina consorte de León junto a Alfonso VII entre 1152 y 1157, pero eso queda muy lejos de la fecha de realización de estas pinturas y, además, no creo que a mediados del siglo XII dicha señal heráldica fuera usada ya por los miembros de la realeza polaca. 






León del reino leonés y águila explayada negra de Beatriz de Suabia en unas tablas que se conservan en el museo del monasterio de Santa Clara en Carrión de los Condes (Palencia).



Águila negra de los Suabia y león del reino leonés en un madero conservado en la iglesia de Santa María del Castillo de Madrigal de las Altas Torres. 

Cerrando este primer apartado, os cuento que podemos ver parte de una escena del ámbito cinegético en unas tablas que muestran a varios jinetes a caballo que se topan con un ciervo macho que destaca por su pelaje y cornamenta ramificada.





El rey Alfonso X cazando con halcón en la Cantiga CXLII.

Cambiando de tercio y dejando atrás el tema bélico y cinegético, hay que decir que las representaciones del hábito cortesano tienen un protagonismo principal en estas pinturas. Las figuras de un rey barbado y una reina sujetando el medallón que pende de su cuello en un emotivo gesto llaman especialmente la atención, aparte de que las miradas que intercambian parecen indicar que están profundamente enamorados. Yo apostaría a que se trata de Sancho IV y María de Molina, cuyo matrimonio encaja con la fecha de factura de las pinturas y que, además, al contrario de lo que era costumbre en la época, no se casaron por conveniencia u obligación, sino por amor.



Alfonso X representado en sus Cantigas de Santa María



Sancho IV en una miniatura del siglo XIII.


Fernando IV en una miniatura del siglo XIII.

Ambas figuras regias están acompañadas de un grupo de damas que lucen toca baja y barboquejo y, en algunos casos, redecillas para el pelo, todas ellas encuadradas bajo una arquería que recuerda totalmente a las que se emplean en las Cantigas. Todas se han quitado al menos uno de sus elegantes guantes de piel, tal y como se debe hacer en el momento en el que te acercas a saludar a los monarcas.




Grupo de damas con toca baja y barboquejo en las Cantigas de Santa María.


La dama Teresa Gil de Riba de Vizela por el ilustrador José Luis García Morán. Vivió en la época en la que se pintaron las tablas y fue sepultada en el monasterio de Sancti Spiritus de Toro. 

En otras tablas aparece un grupo de personajes entre los que hay frailes tonsurados y nobles, todos situados en un paisaje exterior en el que se aprecian murallas, saeteras y una puerta.






Monjes en las Cantigas de Santa María

Finalmente, y entrando ahora en el campo de la filosofía y de la ciencia, otro conjunto de imágenes proyecta un fascinante programa iconográfico de temática cultural que representa a los filósofos griegos Platón y Aristóteles siendo amamantados por una figura que simboliza a Sofía, la diosa de la sabiduría. A su alrededor hay libros de física y otras materias. Más libros aparecen en lo que parece ser una biblioteca, con armarios donde se custodian códices, algunos de ellos abiertos y con páginas en blanco. 




Y esto es lo que pude disfrutar en mi visita al MAN de esta semana; espero que estas pinturas no dejen de ser estudiadas por parte de personas realmente capacitadas, lo que no es mi caso, y que se nos vaya contando a los profanos todo lo que se pueda llegar a saber de esta maravilla que podéis admirar en Madrid hasta el día 16 de mayo de 2026.


Miguel Ángel Martín Mas

Las pinturas medievales del Real Convento de Santa Clara de Salamanca - Capítulo I

Entre los años 1220 y 1230 unas mujeres salmantinas lideradas por una tal Urraca, de la que nada más sabemos aparte de su nombre, bastante c...