domingo, 15 de febrero de 2026

El monasterio de Santa María de la Vega

Apenas queda nada del monasterio medieval salmantino de Santa María de la Vega, erigido junto al río Tormes entre mediados del siglo XII y comienzos del XIII, aunque lo que se conserva es realmente evocador, ya que estamos hablando de un tramo de cinco arcos románicos con sus correspondientes capiteles en los que se esculpieron cabras, grifos, arpías, músicos, bailarinas, un cazador con su lebrel, gallos y aves zancudas de pico curvo y largo.


Ruinas del monasterio románico de Santa María de la Vega (Salamanca). Fotografía de J. Laurent. 1891. Fototeca del Patrimonio Histórico.


Arquería románica del monasterio de Santa María de la Vega. Según el profesor de la Universidad de Oviedo Antonio Á. Ledesma se trataría de la fachada de la sala capitular de dicho cenobio medieval.


El monasterio medieval de Santa María de la Vega ocupaba los mismos terrenos que actualmente ocupa la Fundación Vicente Rodriguez Fabrés, situada en la ribera del Tormes junto al puente Felipe VI. 


La arquería románica se conserva actualmente en la sacristía de la iglesia renacentista, que también sufrió sucesivas destrucciones y remodelaciones a lo largo del tiempo.

Tampoco se sabe gran cosa de los orígenes de dicho cenobio, salvo que en 1150 un tal Miguel Domínguez, señor de Zaratán y Palacios, donó a la iglesia salmantina de Santa María de la Vega unas viñas y nombró como testamentario para la distribución de sus bienes a Velasco Enego. El monasterio agustiniano del mismo nombre que la iglesia nació unos años más tarde, a instancias del mismo Velasco Enego, su hermana Justa y su esposa Amadona, que en 1166 cedieron el templo y los terrenos aledaños a Menendo, abad del monasterio de San Isidoro de León. Este cenobio leonés, que albergaba el panteón de la monarquía leonesa y donde se custodiaban las reliquias de san Isidoro de Sevilla, estaba habitado por la Orden de los Canónigos Regulares de San Agustín desde el año 1148 por deseo expreso de la infanta Sancha, hermana del emperador Alfonso VII. 


Panteón Real anexo a la Colegiata de San Isidoro de León. Los restos de san Isidoro fueron trasladados a la capital leonesa en el año 1063, ya que no se podía permitir que las reliquias del ilustre y sabio arzobispo sevillano siguieran por más tiempo en territorio bajo control musulmán.


Comunidad de canónigos. Detalle de la fundación de la canónica de Saint-Martin-des-Champs (Bretaña). Manuscrito iluminado (1225-1275). Bibliothèque nationale de France.

Uno de los miembros más importantes de los canónigos agustinianos fue Martino de León, que vivió entre 1120/1130 y 1203. Este religioso inició en 1154 un peregrinaje que le llevaría en su primera etapa a Oviedo, Santiago de Compostela, Roma y Jerusalén, ciudad esta última donde pasó dos años sirviendo en el Hospital de San Juan, dado que tanto su orden como la de los sanjuanistas tenían como misión la asistencia a los peregrinos. De regreso a Europa pasó por Antioquía, Constantinopla e Italia hasta llegar a Francia, donde estudió Teología en las escuelas catedralicias de París. La última etapa de su viaje le llevó a Irlanda e Inglaterra, donde visitó la tumba de santo Tomás de Canterbury sin saber que unos años después iba a encontrarse en León con una nieta del rey Enrique II de Inglaterra, aquel monarca que había hecho penitencia frente a la sepultura del Cantuariense para luego nombrarlo santo protector de su dinastía, la de los Plantagenet. 


Santo Martino de León representado en uno de sus códices (siglo XII).

Martino regresó al monasterio de San Isidoro de León entre 1181 y 1185, donde se hizo cargo del scriptorium, en el que comenzó a dictar sus obras, que eran transcritas e iluminadas con bellas miniaturas por siete clérigos amanuenses. A finales de 1197 llegó al palacio real, anexo al monasterio agustiniano, Berenguela, la hija primogénita de los reyes de Castilla; la joven infanta, recién casada con diecisiete años con su tío segundo, el rey Alfonso IX, fue la introductora del culto a santo Tomás de Canterbury en el reino de León, del mismo modo que su madre, la reina Leonor Plantagenet, había hecho lo propio antes en Castilla por mandato de su padre el rey Enrique II de Inglaterra. Martino y Berenguela tenían así, desde el primer momento, un nexo de unión, el arzobispo Tomás de Canterbury, él por haber peregrinado hasta la tumba del mártir y ella por ser miembro por vía materna de la dinastía Plantagenet, difusora del culto al santo normando. El caso es que el anciano canónigo se convirtió en hombre de absoluta confianza de la reina Berenguela, que además sufragó los trabajos de su scriptorium. Es de suponer, además, que Berenguela se mostraría muy satisfecha de saber que en Salamanca, ciudad de su tenencia, donde mandaría construir un templo bajo la advocación del Cantuariense, existía otro monasterio regido por la misma orden a la que pertenecía su buen amigo y consejero el venerable Martino.


Los reyes de León Alfonso IX y Berenguela representados en el Tumbo de Toxos Outos. 

Si no fue unos años antes, es posible que fuera en la época en la que Berenguela fue reina consorte de León y tenente de Salamanca, entre 1198 y 1204, cuando se esculpió la fachada de la sala capitular del monasterio de Santa María de la Vega. Tampoco resulta descabellado pensar que fuera en esa misma época y por mecenazgo de la reina Berenguela cuando llegó al monasterio agustiniano la imagen de la Virgen de la Vega, patrona de Salamanca desde el siglo XVI y que, tras la destrucción del cenobio por sucesivas riadas e incendios, terminó, tras pasar por la iglesia de los Dominicos, en  el retablo de la Catedral Vieja.


Virgen de la Vega, cuyo emplazamiento original fue la iglesia románica del monasterio de Santa María de la Vega. Los padres de la reina Berenguela, Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet, patrocinaron la actividad de un centro de orfebrería esmaltada en Silos (Burgos). Parece que esta fue otra de las aportaciones culturales de la reina consorte, ya que en su tierra natal existían en las ciudades de Conques y Limoges unos famosos talleres que elaboraban piezas de metal esmaltado.

Una vez contado lo anterior y por no aburriros con más detalles, es momento de mostraros los capiteles de la arquería románica, ya que una reciente visita guiada a la Fundación Vicente Rodríguez Fabrés, organizada por el Centro de Estudios Salmantinos, del que tengo el inmerecido honor de ser miembro correspondiente, me  ofreció la ocasión de fotografiarla. No obstante, debéis saber que se puede ver en vivo y en directo todos los miércoles de mes de 18:00 a 19:00 horas


De izquierda a derecha, el primer capitel muestra seis parejas de cabras rampantes afrontadas.


Sin pretender decir nada, simplemente a modo ilustrativo, quiero contaros que estas cabras me recordaron a las que aparecen pintadas en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León en la escena de la Anunciación a los pastores. 



En el segundo capitel podemos ver tres parejas de grifos afrontados y dos arpías tocadas con capuchas.


Arpías encapuchadas en Salamanca también las podemos encontrar en la decoración de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara y en un capitel de la portada norte de la iglesia de San Martín. 




En el tercer capitel se tallaron en el frente bailarinas, unas con las manos en la cintura y otras portando carracas, y en los laterales músicos tocando el rabel.



El capitel central, el cuarto, muestra escenas cinegéticas, con un cazador soplando un cuerno y cayado al hombro seguido por un perro, dos perros con los rabos unidos y un perro persiguiendo a un jabalí, ambos descabezados.





En el quinto capitel se ven seis parejas de aves zancudas de pico largo y curvo picoteando volutas. Si tuviera que identificar estas aves, diría sin dudar que se trata de moritos comunes, que no son habituales en el Tormes, aunque a veces se puede ver en sus orillas algún ejemplar que se ha perdido o que ha sido arrastrado por el viento durante la migración. Bien podrían ser simplemente garzas, muy abundantes en nuestro río, pero estas no tienen el pico curvo, sino recto.



Y en el sexto capitel unos gallos con el pico afrontado cierran esta preciosa arquería que se ha salvado milagrosamente a pesar de las violentas crecidas del Tormes a lo largo de la historia y de la exagerada limpieza que se le hizo en el pasado y que la dejó más pulida de la cuenta y sin restos de policromía.


También se conservan dos epitafios en sendos sillares engastados tras la arquería románica principal con la leyenda en un sillar: MARIA GARCIA/ET FILIUS EM/MICAEL JOH[a]N[ni]S/OBIERUNT QUO/RUM CORPORA HI/REQUISCUNT ERA/M CC XL II XVIII/LAE[n]DAS MAII (año 1242)”. Y sobre el otro sillar: + HIC REQUIESCIT FAMU/LA DEI DONNA YGNES/CONVERSA HUIUS ECCLE/SIE QUI OBIIT VII.


Y hasta aquí la entrada de esta semana, con la que os animo a acercaros el miércoles por la tarde hasta la Fundación Rodríguez Fabrés y pasear por la ribera del Tormes, que con la enorme crecida que tiene estos días os será fácil imaginaros a los Canónigos de San Agustín intentando salvar la vida subidos a la torre de su iglesia durante la gran riada del año 1236.
 

Miguel Ángel Martín Mas

martes, 10 de febrero de 2026

La hueste de Salamanca en el siglo XII - Parte I

Alfonso VII, intitulado como Imperator totius Hispaniae en la catedral románica de León el 26 de mayo de 1135, día de Pentecostés, reinaba en León, Asturias, Galicia, Castilla y Toledo, ciudad esta que había conquistado su abuelo materno, el rey Alfonso VI, en el año 1085. Ciudades como la leonesa Salamanca y las castellanas Ávila y Segovia, que fueron repobladas durante los primeros años del siglo XII por sus padres, la por entonces infanta leonesa Urraca y el conde Raimundo de Borgoña, se convirtieron de esta forma en escudos del reino de León, es decir, en enclaves estratégicos para su defensa ante posibles incursiones de los almorávides o por si, en el peor de los casos, Toledo caía de nuevo en manos del enemigo musulmán. También eran esas tres poblaciones puntas de lanza, ya que constituían bases de lanzamiento de ataques de saqueo y castigo sobre las tierras de al-Ándalus, lo que los cristianos llamaban “cabalgadas” y los agarenos “aceifas” o “algaradas”.


Hueste en combate en la La Biblia de Maciejowski, Biblia de los Cruzados, Biblia del sah Abás o Biblia Morgan, que con todos esos nombres se la conoce. La palabra "hueste" deriva del latín HOSTIS, palabra que significaba originalmente el enemigo del estado y que en la Edad Media pasó a referirse a cualquier grupo de gente armada.


Raimundo de Borgoña y su esposa la infanta Urraca de León, repobladores de Salamanca en el tiempo en el que fueron condes de Galicia. Él murió en 1107 y ella fue reina propietaria y titular de León entre 1109 y 1126.

De este modo, la Salamanca que avanzaba hacia los años centrales del siglo XII se organizaba en torno a tres núcleos: el militar, con el alcázar situado sobre lo que hoy conocemos como la Peña Celestina; el eclesiástico, cuyo centro era la catedral románica que estaba en plena construcción y que, desde luego, también tenía carácter de fortaleza y el azogue, el mercado, que se encontraba en las proximidades de la sede episcopal, que regentaba Berengario, que a su vez era canciller del emperador leonés y, en sentido literal, un hombre de armas tomar.


Capitel en el transepto de la Catedral Vieja de Salamanca en el que se muestra un combate entre un guerrero cristiano y uno musulmán. 


Capitel con un guerrero en la iglesia de Santiago de Alba de Tormes. Acuarela de Carmen Borrego.

A orillas del Tormes, en una ciudad cristiana tan cercana a la frontera con el mundo musulmán, no es de extrañar que abundaran los guerreros, que se organizaban en milicias concejiles. Es este el término empleado por los cronistas de la época para referirse a las fuerzas de defensa y ataque conformadas por los habitantes de un núcleo urbano, que, convocadas y controladas por el concejo, contaban con su propia estructura de mando. Estas milicias debían obediencia al monarca, pero también tenían una cierta autonomía para iniciar sus propias acciones, que les venía dada por los fueros y cartas pueblas, el corpus legislativo que regulaba la vida de la villa y sus tierras a modo de código civil y penal de nuestra época. De este modo, en las poblaciones tormesinas de Alba, Salamanca y Ledesma se dio en el siglo XII la circunstancia de que una parte de sus habitantes eran, según la época del año, civiles o soldados, siendo peón o infante armado con las mismas herramientas con las que trabajaba el campo el que menos recursos económicos tenía y caballero villano el que podía permitirse pagar una loriga, un yelmo, una espada, una lanza, un escudo y una montura de guerra con sus correspondientes guarniciones.


Guerrero del siglo XII luchando contra un león en el claustro de la Catedral Vieja de Salamanca. Va equipado con una loriga de cota de malla que le llega por debajo de las rodillas, manoplas y almófar, que es la capucha, también de cota de malla, que lleva bajo el yelmo; en este caso se trata de un yelmo de tipo normando evolucionado, ya que en vez de una simple protección nasal incorpora una máscara que cubre toda la cara. Bajo la loriga llevaría un gambesón, un jubón acolchado que amortiguaba los golpes y protegía la piel del roce con el metal. Porta un escudo de cometa, este con el borde superior recto, lo que favorecía el apoyo de la lanza cuando se montaba a caballo. Las piernas van protegidas con  unas piezas llamadas brafoneras, también manufacturadas con cota de malla.


Guerrero de una hueste armado con lanza y un gran escudo redondo decorado con borlas que recuerda a las adargas forradas de piel de vacuno empleadas por los guerreros musulmanes; estas tenían su origen en las que, forradas con piel de antílope, llegaban como presentes a Córdoba procedentes del continente africano. Ermita de San Baudelio en Casillas de Berlanga (Soria), c. 1125.

Las primeras cabalgadas de la todavía desorganizada y poco entrenada milicia concejil de Salamanca se llevaron cabo entre los años 1136 y 1137 sobre la ciudad de Badajoz y terminaron siendo un absoluto desastre; por entonces cada caballero villano salmantino hacía literalmente la guerra por su cuenta y, además, hacer tal cosa ante el temible caudillo almorávide Tejufín era una absoluta una temeridad. Tuvo que llegar un catalán, el conde de Urgel Ponce Giraldo de Cabrera, tenente, entre otras muchas, de la ciudad del Tormes y mayordomo del rey, para que se empezaran a cosechar éxitos militares tales como el que narra la Chronica Adefonsi Imperatoris:

Por la misma época los nobles de Salamanca penetraron en el territorio de Badajoz diciendo entre sí, al ver que el gran señor quería ir al territorio de Sevilla: «Vayamos también nosotros al territorio de Badajoz, consigamos también nosotros un gran prestigio y no cedamos el prestigio de nuestra gloria a ningún jefe militar o caudillo». Y tras reunir un gran ejército, tomaron el camino que conduce a Badajoz, devastaron toda aquella región y consiguieron enormes destrozos e incendios, una gran cantidad de prisioneros entre hombres, mujeres y niños, todo el ajuar de las casas y riquezas de oro y plata en abundancia. Además, se apoderaron de grandes riquezas, caballos y mulos, camellos y asnos, bueyes y vacas y toda clase de animales del campo.



El conde Ponce Giraldo de Cabrera representado junto al emperador Alfonso VII en de este documento de donación a don Guillermo, abad del monasterio de San Martín de Valdeiglesias. La presencia del conde de Urgel en el reino de León se debió a que el Emperador se casó en el año 1128 con Berenguela de Barcelona, hermana del conde Ramón Berenguer IV. El documento, que es patrimonio de la Región Leonesa, se lo apropió la Hispanic Society de Nueva York, donde todavía sigue depositado.


El rey de León Alfonso VII y su esposa Berenguela de Barcelona. Ilustraciones de José Luis García Morán para la exposición permanente "Alba medieval, una historia de leones y castillos".

Los éxitos militares de los cristianos iban a continuar en la Extremadura leonesa, ya que en el año 1142 el emperador Alfonso VII se empeñó en la conquista de Coria, campaña en la que, por supuesto, participaron las milicias concejiles salmantinas, volviendo la ciudad cacereña a manos cristianas el 30 de agosto de ese año y restaurándose así su sede episcopal. En esa misma ofensiva una acción conjunta de las milicias concejiles de Salamanca y Ávila terminó con la destrucción del castillo de Albalat, que se levantaba a orillas del río Tajo, no lejos de la actual localidad cacereña de Romangordo.


Escena de asedio de una ciudad en la Biblia de los Cruzados. Unos guerreros portan casco nasal, el más común en el siglo XII, pero otros ya portan el gran yelmo, que cubre la totalidad de la cabeza, lo que nos indica que nos encontramos ante una miniatural del siglo XIII.

Poco después el obispo Berengario y sus clérigos, que parece que formaban una milicia eclesial, suponemos que apoyados por la milicia concejil de Salamanca, integraron a las bravas en el reino leonés la comarca de Ciudad Rodrigo; es por ello que el emperador Alfonso VII concedió el 4 de agosto de 1144 al belicoso prelado salmantino y a su iglesia la décima parte de los derechos fiscales que le pertenecían en el realengo de Alba de Tormes. Dicha donación se hizo en Salamanca y en presencia de la reina consorte leonesa Berenguela de Barcelona y de sus hijos Sancho, Fernando y García.


Ademar de Monteil, obispo de Puy-en-Velay, en una batalla de la Primera Cruzada. British Library Yates Thompson MS 12. 


Capitel de un caballero luchando contra un dragón en la catedral de Ciudad Rodrigo (Salamanca).

El mayor exíto militar del reino de León en el siglo XII llegaría el 17 de octubre de 1147 cuando, con la inestimable ayuda de una flota de pisanos y genoveses, se conquistó la ciudad de Almería, un rico nodo comercial que atraía mercaderes de África oriental, Egipto, Siria y otras partes más distantes y que era famoso por su cerámica, vidrio y túnicas de seda. No es de extrañar que a la vuelta de exitosas campañas militares como esta algunos caballeros villanos de Salamanca se mostraran extremadamente generosos en favor de la salvación de sus almas. Tal sería el caso de Miguel Domínguez, un rico hacendado salmantino que consignó en su testamento en 1150 que, entre otras cosas, se dieran doscientos maravedís para las obras de construcción de la catedral, trescientos maravedís para que se hiciera una imagen de oro y plata que adornaría el altar y cuarenta maravedís para la iglesia de Santa María de la Vega. La posesión de tales cantidades de dinero y el hecho de que contara con esclavos y esclavas moras, casas cerca de la catedral, una pesquera junto al huerto del obispo y las aldeas salmantinas de Zaratán y Palacios, cercanas a Ledesma, solamente eran posibles tras haber participado en incursiones de saqueo llevadas a cabo sobre territorio musulmán y, sobre todo, en la conquista de la opulenta ciudad de Almería.




Arcada románica de una casa que se encontraba en lo que hoy es la calle Tentenecio de Salamanca, junto a la catedral, y que fue incorporada a la iglesia de la localidad de Carbajosa de la Sagrada, probablemente a comienzos del siglo XX. Bien podía haber pertenecido el inmueble a uno de los caballeros villanos salmantinos enriquecidos gracias a las cabalgadas llevadas a cabo sobre territorio musulmán. Fotografías de la asociación salmantina Ciudadanos en Defensa del Patrimonio. 

Otro caso de generoso donante sería el de Blasco Sánchez, que, temeroso de morir en combate contra los moros, en 1161 consigna en su testamento que se deje a la Orden de los Hospitalarios de San Juan sus aldeas de Barazas y Azaron y al cabildo catedralicio la aldea de Coleo, cien maravedís y que, a mayores, se haga una tabla de plata y oro con el producto de la venta de sus casas y viñedos. Sabemos, además, que Blasco, además de caballero villano y hacendado era comerciante, ya que en sus últimas voluntades también se habla de unas tiendas que regentaba junto a la puerta del Río.



Personajes nobles esculpidos en la portada norte de la iglesia de Almenara de Tormes. Es posible que el románico que se contruyó a orillas del Tormes y de su afluente el Cañedo fuera sufragado con parte del botín obtenido con las cabalgadas llevadas a cabo por la milicia concejil de Salamanca sobre territorio musulmán.


Capitel del triunfal en la iglesia de Almenara de Tormes.



Canecillos de la iglesia de Santibáñez del Río, que fue prácticamente destruida por una crecida del Tormes y que hoy en día se encuentra dejada completamente de la mano de Dios.

Alfonso VII cosechó sus últimos exitos militares en 1155 conquistando Andújar, Pedroche y Santa Eufemia, aunque en 1157 perdería las villas de Baeza y Úbeda para finalmente perder también Almería y, además, la vida durante el camino de vuelta de su última campaña contra al-Ándalus. Temeroso de que se produjeran luchas por el trono entre sus dos hijos mayores había dejado testamentado que Sancho fuera rey de Castilla y Toledo y Fernando de León, Galicia y Asturias. Sería este último monarca, el segundo de su nombre, el que restauraría la diócesis de Ciudad Rodrigo, lo que le acarrearía graves problemas con el concejo y la milicia de Salamanca, aunque esa es otra historia que contaré en cualquier otro momento.


Representación de la muerte de un rey en la Biblia de los Cruzados (s. XIII).


Miguel Ángel Martín Mas

domingo, 1 de febrero de 2026

El conde de Alba que salió con el rabo entre las piernas de Salamanca

La infanta Juana, la única descendencia que tuvieron el rey Enrique IV de Castilla y de León y su segunda esposa, la infanta portuguesa Juana de Avis, nació en Madrid en 1462. El 9 de mayo de ese mismo año fue jurada ante las Cortes como princesa de Asturias y heredera de los reinos, pero una parte de la alta nobleza no creía, o quizá no le convenía creer, que esa niña fuera legítima, así que propalaron la especie de que había sido el fruto de las relaciones adúlteras mantenidas entre la reina Juana y Beltrán de la Cueva, la mano derecha del rey y conde de Ledesma entre otros cuantos títulos tales como el de duque de Alburquerque.


Enrique IV de Castilla y de León según el manuscrito del diplomático germano Jörg von Ehingen (1455). Era hijo de Juan II y María de Aragón y medio hermano del infante Alfonso y de la infanta Isabel (futura I reina de su nombre), que eran hijos de Isabel de Portugal.


La princesa Juana, apodada la Beltraneja por aquellos que le negaban su condición de hija legítima del rey Enrique IV.

El maledicente rumor preparó el terreno para una revuelta nobiliaria que forzó al rey a comprometer en matrimonio a su única hija con su medio hermano Alfonso, que en 1464 fue proclamado heredero y sucesor de los reinos. En Salamanca, ciudad dividida desde hacía tiempo en dos bandos nobiliarios irreconciliables, el de Santo Tomé y el de San Benito, apoyaban el levantamiento los linajes pertenecientes al segundo: los Acevedo, Anaya, Fonseca, Palomeque, Godínez, Maldonado, Manzano, Paz, Pereira, Ribas, Hontiveros y Nieto. De hecho, el caballero Pedro González de Hontiveros fue por entonces el rebelde más destacado de la ciudad del Tormes, ya que se apoderó entre 1463 y 1464 del alcázar, enfrentándose a él los Varillas y los Solís, miembros del bando de Santo Tomé.


Página dedicada al linaje Hontiveros, del bando de San Benito, en el armorial salmantino Triunfo Raimundino de Juan Ramón de Trasmiera (primeros años del siglo XVI).



Los Monroy y los Solís, del bando de Santo Tomé, en el Triunfo Raimundino.

La verdad es que los linajes rebeldes de la alta nobleza castellana y leonesa no tenía especial interés por apoyar al infante Alfonso en sus pretensiones al trono, si acaso porque podía ser un pelele al que manejar fácilmente; en realidad lo que sentían era un profundo desprecio por el conde de Ledesma, que, proveniente de una familia de la nobleza menor, se había encumbrado hasta las máximas cotas de poder y al que había que desprestigiar para sacarlo de una vez por todas de la corte.


El conde de Ledesma Beltrán de la Cueva, representado como maestre de la Orden de Santiago, en un retrato idealizado del siglo XIX

El 5 de junio de 1465 los nobles levantiscos dieron un paso más que ha pasado a la historia con el nombre de la Farsa de Ávila, ceremonia ignominiosa por medio de la cual depusieron en efigie al rey Enrique IV para proclamar como nuevo monarca a su medio hermano Alfonso. 


Litografía del siglo XIX de Marcelino Unceta del episodio de la Farsa de Ávila. Alonso Carrillo, el arzobispo de Toledo, le quitó la corona al maniquí que representaba al rey Enrique IV; Álvaro de Zúñiga, el conde de Plasencia, le quitó la espada; Rodrigo Pimentel, el conde de Benavente, le arrebató el cetro; Diego López de Zúñiga, el conde de Miranda del Castañar, tiró el muñeco al suelo lleno de furia mientras gritaba: "¡a tierra, puto!".

El legítimo rey recibió la noticia del ultraje al que había sido sometido en Ávila mientras se encontraba en Salamanca, ciudad desde la que pidió ayuda a todos sus partidarios, llegando el primero el que más cercano se encontraba, que no era otro que García Álvarez de Toledo y Carrillo de Toledo, el II conde de Alba de Tormes, que hacía poco que se había cambiado de bando y que vino a auxiliar al rey con trescientos hombres de armas, doscientos caballeros y mil combatientes de las milicias concejiles de sus vastos dominios. El rey decidió retirarse hacia Zamora junto a su esposa y la infanta Isabel, medio hermana del depuesto rey y hermana del recién proclamado. A medio camino, en Ledesma, la comitiva real fue agasajada por el conde Beltrán de la Cueva; desde allí la reina Juana marchó junto a la infanta Isabel a Guarda, ya que esperaba, ingenuamente, recabar la ayuda de su hermano Alfonso V de Portugal.

García Álvarez de Toledo prestó poco después otro gran servicio al rey Enrique IV, ya que un documento del Archivo de la Casa de Alba, una carta del monarca dirigida al conde, datada el 1 de julio de 1466, da cuenta de que el noble tuvo bajo su protección a la princesa Juana en la villa de Alba de Tormes.



La Anunciación del Maestro de la Virgo inter Virgines (finales del siglo XV). El personaje arrodillado es García Álvarez de Toledo, II conde Alba de Tormes (1464), V señor de Valdecorneja (1464), I conde de Salvatierra de Tormes (1469), I duque de Alba de Tormes (1472) y I marqués de Coria (1472).


Adoración de los Reyes Magos en el reverso de la tabla de la Anunciación del Maestro de la Virgo inter Virgines.


Fachada occidental del castillo de Alba de Tormes en el primer volumen de España artística y monumental (1842). Litografía a partir de dibujo de Genaro Pérezz Villamil.

El fugaz e ilegítimo rey Alfonso XII de Castilla y de León falleció en Cardeñosa (Ávila) el 5 de julio de 1468. Las crónicas hablan de una muerte por pestilencia, aunque quizá no debamos descartar el envenenamiento, puesto que parece que el pelele estaba dejando de ser de utilidad para aquellos que lo habían convertido en monarca. Además, no hay que olvidar que por ahí andaba agazapada su ambiciosa hermana Isabel, la Católica, que fue la que se llevó finalmente el gato al agua sucediendo en 1474 a su medio hermano. 


Moneda acuñada en Sevilla por los partidarios del ilegítimo rey Alfonso XII de Castilla y de León.

Así las cosas, Enrique IV quedó como rey indiscutido desde 1469, el mismo año en el que concedió al II conde de Alba de Tormes, como recompensa a sus valiosos servicios, el señorío de Salamanca. García Álvarez de Toledo, impaciente por recoger su premio, se presentó en dicha ciudad con un pequeño ejército. Si el orgulloso conde pensaba ser bien recibido por los salmantinos, se equivocaba, ya que era bien sabido tanto por la pequeña nobleza local como por el pueblo llano que pasar de ser habitante de un realengo a serlo de un señorío era mucho más oneroso y degradante, dado que el nuevo señor de la alta nobleza no solía ser tan comedido y considerado como el rey y su tenente. El pueblo salmantino y una parte de la nobleza local, levantados en armas, expulsaron al conde García y sus parciales, provocando entre sus filas grandes bajas, pero el Alba no iba a renunciar a tan jugosa merced real tan fácilmente. Los partidarios del conde, que también los había, los del bando de San Benito, le abrieron al caer la noche la puerta de San Hilario, conocida desde entonces como puerta Falsa. La lucha fue encarnizada, contabilizándose numerosas bajas en ambos bandos, entre ellas la del caballero Pero González Agüero, que murió desangrado tras haber perdido un brazo por un terrible golpe de hacha. La calle a la que daba acceso la puerta de San Hilario recibió el nombre de los Mártires a causa de dicho combate sangriento, siendo hoy en día conocida como la calle Espejo.


Séquito de un noble entrando en una ciudad. Ilustración del Libro de los Torneos de René I d'Anjou (1488-1489).

El conde García abandonó Salamanca sin plumas y cacareando, con su prometido señorío de Salamanca convertido en humo, así que para compensarle el exasperado y resignado rey Enrique IV le concedió el título de duque de Alba en 1472; esto hacía las cosas mucho más fáciles, ya que los albenses estaban domesticados desde 1429, año en el que el rey Juan II concedió el señorío de su villa al arzobispo Gutierre Álvarez de Toledo. Ese mismo año de 1472 el rey Enrique IV facultó al Concejo de Salamanca para demoler el alcázar con objeto de que no pudiera volver a emplearse en el futuro como bastión de rebeldes, concediéndole a su vez varias mercedes a cambio, tales como el peaje que pagaban los ganaderos que cruzaban el puente, los derechos y las rentas de las casas situadas en el distrito del alcázar y, asimismo, la tabernilla del vino blanco, que siempre había pertenecido a los alcaides de la fortaleza.


Heráldica ajedrezada de los Álvarez de Toledo, duques de Alba de Tormes.


Escudo de Alba de Tormes. Afortunadamente, a pesar de ser villa ducal desde 1472, Alba ha conservado en su heráldica actual los elementos contenidos en su sello concejil medieval, los del tiempo en que era una villa de realengo.


La hoy conocida como Peña Celestina es el promontorio sobre el que estaba emplazado el alcázar medieval de Salamanca, que fue ocupado por el caballero rebelde Pedro González de Hontiveros, del bando de San Benito, entre 1463 y 1464. Fotografía de Jessica Knauss.

Y en medio de todas estas vicisitudes el rey Enrique IV concedió a la ciudad de Salamanca, por su lealtad durante la revuelta nobiliaria que orquestó la Farsa de Ávila, una feria franca, es decir, libre del impuesto del portazgo, a celebrar anualmente entre el 1 y el 21 de septiembre y que todavía celebramos los salmantinos del presente, aunque hay que tener en cuenta que lo del 8 de septiembre como día de la Virgen de la Vega no se ideó hasta finales del siglo XIX, siendo obispo un tal Narciso Martínez Izquierdo.

Miguel Ángel Martín Mas

El monasterio de Santa María de la Vega

Apenas queda nada del monasterio medieval salmantino de Santa María de la Vega, erigido junto al río Tormes entre mediados del siglo XII y c...