martes, 7 de julio de 2026

Salamanca en las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio

No deberíais sorprenderos, si os digo que nuestra antigua ciudad es protagonista de la cantiga CXVI de las Cantigas de Santa María, obra promovida y patrocinada por Alfonso X el Sabio, que, además, fue el monarca que, el 8 de mayo de 1254, otorgó el rango de universidad al Estudio General de Salamanca. De hecho, esta aparición de la capital salmantina en una cantiga no deja de ser un reconocimiento plenamente coherente con los profundos vínculos que unían a este rey con la capital del Tormes. Cuando aún era infante mayor, hacia 1240, Alfonso ejerció como tenente, entre otras ciudades, de Salamanca y Alba de Tormes, un cargo de confianza para el que le designó su padre, Fernando III, y que consistía en ser el delegado de la autoridad regia en la ciudad. Su relación con Salamanca, sin embargo, hundía sus raíces en una tradición familiar. Antes que él, también había sido tenente de la ciudad su abuela, Berenguela, la mujer que precisamente desempeñó un papel decisivo en la educación y formación del futuro rey y la que trajo el culto a santo Tomás Cantuariense al reino de León, de ahí que el rico patrimonio medieval salmantino cuente, entre otras maravillas, con una iglesia bajo la advocación de dicho santo inglés y con la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara, en cuya decoración destaca la imagen de un ave, la chova piquirroja, emblema heráldico íntimamente asociado con la ciudad de Canterbury, donde fue martirizado el santo en el año 1170. Berenguela había sido reina consorte de León entre 1197 y 1204, durante el reinado de Alfonso IX; fueron estos años de gran esplendor para Salamanca, con la catedral en plena construcción, obra símbolo del crecimiento económico, artístico y espiritual de la ciudad, mientras la urbe se consolidaba como una de las joyas de la repoblación impulsada por el reino leonés desde comienzos del siglo XII. En ese ambiente de prosperidad y prestigio se forjó una imagen de Salamanca que, sin duda, dejó una profunda huella en la memoria de Alfonso, persona real en la que convergían la dinastías Borgoñona de León y de Castilla, la Hohenstaufen del Sacro Imperio Romano Germánico y la Plantagenet de Inglaterra.


Cantiga CXVI, cuyo título es "De cómo Santa María hizo encender dos velas en su iglesia de Salamanca porque el mercader que las había puesto allí se las había encomendado" y cuyo estribillo reza Poder tiene de dar fuego / la que es madre de la luz.


Virgen abridera, conservada en el Museo Catedralicio de Salamanca. Realizada en madera y marfil policromados. Último tercio del siglo XIII, es decir, se trata de una obra contemporánea de las Cantigas.


Tabicas de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca donde los investigadores independientes Charo García de Arriba y Miguel Ángel Martín Mas creen que se representa el compromiso entre el infante mayor Alfonso y la infanta Violante de Aragón. Por cierto, la reina Violante contaba con una bula papal que le permitía pasar temporadas en este convento junto a sus damas. 

Una vez dicho esto, supongo que lo que realmente os interesa es conocer la historia que cuenta la cantiga CXVI, así que mejor vamos a ello. Érase una vez un rico comerciante que, acompañado por un compañero y su sirviente, se dirigió, un año más, a la feria de Salamanca. Era este un hombre muy devoto de Santa María, por lo que trataba de servirla bien purificando su cuerpo con ayunos y engrandeciendo su alma con la entrega de limosnas.


De hecho, mirad lo que dice de este buen cristiano la cantiga:

Este amaba a Santa María / más que a cualquier otra cosa / y con limosnas y con buenjuicio, / satisfecho la servía / y ayunaba tan bien / cada una de sus vigilias, / que no comía / pescado ni legumbres. / Poder tiene de dar fuego / la que es madre de la luz.


Y tal vida solía hacer / allá por donde iba, / y ayunó / en las ferias en las que compraba /y nunca encontró / donde quiera que estuviese / quien le resultase desagradable / y de quien tuviese que quejarse. / Poder tiene de dar fuego…


De este modo, coherente con su modo de vida y con su fe, lo primero que hizo al llegar a Salamanca fue dirigirse a la catedral para ponerle dos cirios a la Virgen, diciéndole...

A un sirviente suyo / las dos velas grandes / que traje de Toledo, / que no son feas, / que otras iguales vi allí / que ardían mejor que teas / ni que cualquier otra cosa / que el fuego pueda consumir». / Poder tiene de dar fuego…


Queriendo asegurar la perpetuidad de su ofrenda a la Virgen, en caso de que le ocurriera algo por esos caminos de Dios que, por su profesión, se veía obligado a recorrer, el comerciante pagó para que se vigilasen los cirios, que habrían de estar siempre encendidos y ser sustituidos cuando estos se consumieran.


Pero hete aquí que una corriente de aire apagó las velas sin que nadie se ocupara de volverlas a encender, hasta que...

Pero sucedió, por placer / de la Virgen Gloriosa / que (las velas) se murieron, / pero ella, piadosa, / hizo que volviesen a encenderse, / tan poderosa / como Dios, cuyos milagros / no caben en este volumen. / Poder tiene de dar fuego…




Imagen de la Virgen conservada en el claustro de la Catedral Vieja de Salamanca.

Sí, ya sé que este de los cirios es un modesto milagro comparado con otros que suceden en las Cantigas, pero así somos en tierras leonesas, gente humilde que se conforma con poquita cosa. En todo caso, y sacando pecho en el siglo XXI, que Alfonso X concediera a Salamanca un papel protagonista en una de sus Cantigas de Santa María puede entenderse como algo más que la simple localización de un milagro. Quizá sea también el reflejo de una vinculación personal, política y sentimental con una ciudad que había ocupado un lugar destacado en la trayectoria de su familia y que representaba uno de los grandes centros culturales y espirituales de sus reinos. La presencia de Salamanca en la cantiga CXVI parece que constituye, en definitiva, un testimonio más de la relevancia que la ciudad alcanzó en la Edad Media y del lugar privilegiado que ocupó en el universo político y cultural del monarca Sabio.


Epifanía en un arcosolio del claustro de la Catedral Vieja de Salamanca.


Cantiga CXVI interpretada por Mariano Alises · Luis Delgado · Paula Vega · Eduardo Paniagua.



Miguel Ángel Martín Mas


Otras entradas en las que se relacionan Alfonso X el Sabio y Salamanca:





jueves, 2 de julio de 2026

El caballero enamorado y la dama renuente

Ya sea en tiempos de las Cantigas de Santa María, del Quijote, en el siglo XXI o en las venideras centurias, siempre ha habido y habrá un bobito enamorado dispuesto a complacer y atender constantemente a una mujer con la que tiene cero posibilidades de establecer una relación, ya sea de tipo romántico o con el único y lujurioso propósito de hacer el acto. Este es precisamente el caso del pagafantas protagonista de la cantiga XVI, un tipo en un estado de imbecilidad transitoria que le condujo a desconectar su cerebro, darle unas vacaciones indefinidas a la lógica y sustituir el sentido común por hormonas descontroladas.


La cantiga del rey Sabio no nos cuenta por qué la dama se mostraba renuente al amor: puede que no le gustara el caballero, que a su vez ella estuviera enamorada de otro, que aspirara a un mejor partido, que fuera lesbiana o que, simplemente, no tuviera gana ninguna de atarse a un tipo que roncaba, masticaba haciendo ruido y que jamás iba a aprender a poner el lavavajillas, aunque, ahora que lo pienso, dicho artilugio no se había inventado en el siglo XIII.


Cantiga XVI, cuyo título es DE COMO SANTA MARÍA CONVIRTIÓ A UN CABALLERO ENAMORADO QUE SE DESESPERABA PORQUE NO PODÍA CONSEGUIR A SU AMADA y cuyo estribillo reza "Quien mujer hermosa y buena quiera amar, / que ame a la Gloriosa y no podrá errar".

Siglos después Miguel de Cervantes sí va dar voz a la mujer y, ¡rediez!, menudo discurso se marca Marcela, una joven huérfana y rica que renuncia a la vida en la ciudad y al amor para vivir libremente como pastora en el campo. El caso es que, al igual que en la cantiga XVI, también hay un enamorado irredento, un imbécil, vamos, cuyo nombre es Grisóstomo, que termina muriendo de tristeza y desamor. En el funeral de este desgraciado sus amigos culpan a Marcela de su muerte, apareciendo ella de forma inesperada para defenderse de tan injusta acusación con una brillante disertación que aquí sólo puedo reproducir parcialmente:

…Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por solo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía; las claras aguas destos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa!


El famoso discurso de Marcela se da en el capítulo XIV de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Claro, en las Cantigas, una obra medieval en la que la Virgen intercede ante cualquier problema, la mujer objeto del amor del caballero no podía responder como responde Marcela en una obra humanista como es el Quijote, así que, ante el silencio de su amada, el doliente galán marchó a confesarse con un santo abad, al que le rogó que rezase para que la mujer por cuyo amor suspiraba dejara de darle calabazas.


¡Este tío es más pesao que Pepé Le Pew, incluso apesta igual que él!


La incansable mofeta Pepé le Pew acosando a la pobre gata Penélope.

El abad, viendo al caballero loco de amor, enseguida se dio cuenta de que el asunto debía de ser cosa del Demonio, así que se propuso buscar el modo de apartar a ese pobre hombre de la tentación. Es por ello que le dijo: "Amigo, creedme, si a esta mujer queréis, haced lo siguiente: pedídselo a santa María, que es poderosa y os la podrá conceder. Y la forma en que debéis pedírselo es que doscientas veces al día digáis, sin engaño, el Avemaría, de hoy a un año, sin fallar, de rodillas ante el altar".


El caballero hizo lo que se le mandó y rezó diariamente durante todo un año, aunque no doscientos Avemarías por trescientos sesenta y cinco días, eso era de todo punto imposible, ya que sus lucrativos y variados negocios muchas veces le apartaron de su empeño de enamorado, aparte de que ya me diréis quién aguanta rezar tantas oraciones seguidas sin quedarse dormido.


Consciente de sus faltas y deseoso de cumplir escrupulosamente con lo que se le había encomendado, pensando que así iba a poder por fin abrazar y besar a su señora, cabalgó hasta una ermita que estaba bajo la advocación de la Virgen para rezar de corrido todas las oraciones que se había saltado. Y mientras estaba en esta tesitura, mostrando a santa María su pena y su dolor, se le apareció la Madre de Dios, tan hermosa y tan brillante, que no podía mirarla, pero sí escuchar sus palabras, que fueron estas: “Quítate las manos de delante de la cara y mírame, que yo no traigo velo. Entre yo y la otra mujer, la que más te plazca escoge, según tu parecer”.


Y el caballero le dijo: “Señora, Madre de Dios, tú eres la cosa más hermosa que estos ojos míos han visto nunca, por eso, sea yo de tus siervos que amas y voy a dejar a la otra". Y entonces le replicó la Virgen: "Si por amada quieres tenerme, es tan fácil como que durante este año reces por mí de nuevo, tanto como has rezado por la otra". No sé qué pensaréis vosotros, pero yo lo flipo con Nuestra Señora, por lo menos con la de la época de Alfonso X el Sabio.


Como veis, ante el mismo problema, dos soluciones muy distintas, la de finales del siglo XIII y la de principios del siglo XVII. En la cantiga todo depende de la intervención de la Virgen, que representa la misericordia y el orden moral cristiano. En cambio, la seiscentista Marcela rechaza ser considerada responsable del sufrimiento de Grisóstomo y afirma que nadie está obligado a corresponder a un amor no deseado. Por lo tanto, la cantiga presenta el amor desde una perspectiva religiosa y ejemplarizante, donde la Virgen actúa como mediadora y salvadora. Por el contrario, en El Quijote, Cervantes ofrece una reflexión humanista sobre el amor como un sentimiento libre que no puede imponerse.

Eso sí, os lo advierto, en ambos casos el tontolaba del enamorado acabó yéndose antes de la cuenta al otro barrio y, además, como el gallo del tío Kirico, sin plumas y cacareando, y, por supuesto, sin haberle dado una alegría al cuerpo salvo la que hubiera podido darse a mano propia. Aunque, al fin y al cabo, lo que cuenta es el alma, así que fijaos como la Virgen recoge amorosamente la del difunto caballero para depositarla sobre el lienzo que sujetan dos ángeles, que la transportarán hasta el Cielo en una de las elevatio animae más bonitas que he visto nunca, tanto o más que la que eleva el alma de la reina Beatriz de Suabia en la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca. 



Miguel Ángel Martín Mas

martes, 23 de junio de 2026

La Salamanca de Alfonso el Onceno

Charo García de Arriba guía a José Ángel de Caso por la Salamanca de Alfonso el Onceno (1311-1350). Dos programas de lo más interesante que no podéis perderos; destacaría, además, esa propuesta de replanteamiento al respecto de la datación de la techumbre de la iglesia de San Marcos en Salamanca, ya que, como bien se dice, mucho antes de Felipe II hubo otros reyes que casaron en tierras salmantinas con princesas portuguesas, uno de ellos, precisamente, Alfonso XI. 


domingo, 14 de junio de 2026

Nieto del León y señor del castillo de Carpio Bernardo

Llegando a su fin el siglo XII, Alfonso IX, rey de León y Galicia desde 1188, se encontraba rodeado de enemigos; por el este acechaba su primo carnal Alfonso VIII de Castilla, por el oeste su tío materno Sancho I de Portugal y por el sur los almohades, que controlaban al-Ándalus desde 1147. Así las cosas, urgía reforzar las fronteras leonesas, no importaba lo firmado en el Tratado de Tordehumos de 1194, por el que se había acordado con Castilla, entre otras cosas, no construir castillos ni villas fortificadas en el limes entre los dos reinos, es decir, a lo largo de la calzada de la Guinea, que unía Astorga con Mérida. De este modo, el monarca leonés promovió la repoblación y fortificación de una serie de enclaves estratégicamente localizados —Carpio de Alba, Monreal, Monleón, Miranda del Castañar, Salvatierra de Tormes y Salvaleón— que se convirtieron en las piezas clave de un entramado ofensivo-defensivo frente al reino de Castilla, la principal amenaza que se cernía sobre el reino de León.


Iluminación de la Biblia de Maciejowski, Biblia de los Cruzados, Biblia del sah Abás o Biblia Morgan (por conservarse en la Biblioteca y Museo Morgan, Nueva York, Ms M. 638). Mediados del siglo XIII.

En todos estos lugares, por supuesto, hubo un castillo, pero hoy del que nos interesa hablar es del que se levantó en la localidad de Carpio de Alba —una fortaleza de planta rectangular, flanqueada por cubos en sus ángulos y con fuertes muros de gruesa mampostería— que quedó dentro de los límites del alfoz de Alba de Tormes bajo el estatus de realengo.

En 1196 estalló la inevitable guerra entre los reinos de León y de Castilla, teniendo el primero como aliados al califato almohade y al reino de Navarra y el segundo al reino de Aragón. Llegado el verano de 1197 Alfonso IX de León se había quedado sin aliados, así que castellanos y aragoneses entraron en tromba en tierras salmantinas por la frontera de Paradinas de San Juan, tomando la villa de Alba de Tormes y el castillo de Carpio de Alba y estragando los lugares por donde pasaban. 


Iluminación de la Biblia de Maciejowski, Biblia de los Cruzados, Biblia del sah Abás o Biblia Morgan.

La paz llegó en diciembre de 1197 con el matrimonio entre el rey leonés y una infanta castellana, Berenguela, que recibiría, entre otras, la tenencia de la ciudad de Salamanca y que tendría también "sub manu" el castillo de Carpio de Alba, que los castellanos mantuvieron en su poder por derecho de conquista. Como ya expliqué en la entrada titulada BERNARDO DEL CARPIO Y SU CASTILLO DE CARPIO BERNARDO, a la cual os remito, resulta curioso que el castillo de Carpio de Alba comenzara a conocerse como de Carpio Bernardo gracias a las crónicas históricas promovidas por la reina Berenguela, su hijo Fernando III y su nieto Alfonso X, en las cuales, precisamente, nos topamos con las primeras noticias históricas de un heróico guerrero del siglo IX llamado Bernardo, que erigió una fortaleza a orillas de Tormes tras abandonar airadamente la corte de su tío el rey Alfonso II de Asturias.


Bernardo del Carpio por el ilustrador salmantino José Luis García Morán.


Alfonso IX y Berenguela, reyes de León. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS, que se puede visitar en la localidad salmantina de Alba de Tormes. 

El castillo de Carpio Bernardo perdió totalmente su potencial ofensivo-defensivo a partir del año 1230, cuando Fernando III, hijo de Alfonso IX de León, nieto de Alfonso VIII de Castilla y él mismo rey de Castilla desde 1217, fue proclamado también rey leonés, algo que jamás hubiera conseguido sin la ayuda de su madre, la reina Berenguela, que no sólo era mecenas de las artes y las crónicas históricas, sino también una habilísima política, digna nieta de Leonor de Aquitania. En todo caso, un castillo no podía dejarse en manos de cualquiera, su señor debía ser alguien de confianza, así que el rey Fernando III lo entregó a un familiar, Juan Fernández, apodado Cabellos de Oro. Era dicho caballero sobrino del rey, puesto que era hijo de un medio hermano del monarca, el arcediano de la catedral de Salamanca Fernando Alfonso de León, un vástago producto del concubinato mantenido por Alfonso IX con una salmantina de nombre Maura y de la que nada más sabemos.

De la donación de la fortaleza  sí que tenemos noticias gracias un codicilo adjunto al testamento de Cabellos de Oro, que recoge Manuel Villar y Macías en el primer tomo de su Historia de Salamanca, en el que se dice:

Otrosí: mando é tengo por bien que el mi castiello del Carpio, que me dió el rey don Fernando mio sennior, que luego que yo finare, que lo venda Gil Martin, mi mayordomo, é lo que valiere sea para pagar mis debdas.


Juan Fernández Cabellos de Oro (+1303), nieto de Alfonso IX de León, junto a su castillo de Carpio Bernardo. Sus padres fueron el deán Fernando Alfonso de León y la dama Aldara López de Ulloa. Imagen claramente generada con IA.


Alfonso IX de León, que reinó entre 1188 y 1230, tuvo dos esposas, Teresa de Portugal y Berenguela de Castilla, y cinco concubinas, engendrando en total dieciocho hijos.

Pero no fue Juan Fernández Cabellos de Oro solamente señor del castillo de Carpio Bernardo, puesto que durante el reinado de Sancho IV alcanzó también el puesto de mayordomo mayor entre 1288 y 1293 y el de adelantado mayor de la frontera de Andalucía entre 1292 y 1295. Luego, durante el reinado de Fernando IV, desempeñó el cargo mayor de Galicia entre los años 1296 y 1299.


Iluminación de la Biblia de Maciejowski, Biblia de los Cruzados, Biblia del sah Abás o Biblia Morgan.

Tras muchas vicisitudes vividas durante los tumultuosos años que se vivieron en los reinos de León y de Castilla tras el fallecimiento del rey Alfonso X en 1284 y el de su sucesor Sancho IV en 1295, Juan Fernández murió en Salamanca en el año 1303, siendo enterrado en la Catedral Vieja, tal y como él mismo expresó en sus últimas voluntades:

Otrosí: mando que me sotierren en la iglesia de Santa María la See de Salamanca, en la capiella que yo tengo comenzada do yace doña María, mi mogier que foé, é mando que Gil Martin, mi mayordomo, que vaya por Mayor Fernández, mi mogier que foé, é que la traiga á Salamanca, é que la sotierre á par de mí...

Lamentablemente, dicha capilla se encontraba en el brazo norte del transepto de la seo salmantina, que desapareció en el siglo XVI durante las obras de construcción de la Catedral Nueva, la cual absorbió y derribó esa parte de la estructura románica original. Como resultado de esta modificación, los sepulcros medievales situados en esa zona desaparecieron o fueron trasladados a otro lugar. Lo que sí nos queda de nuestro protagonista es un epitafio del siglo XVIII grabado sobre una lápida de pizarra con las letras pintadas en oro. No por casualidad dicha inscripción se encuentra junto al magnífico sepulcro del padre de Juan, el arcediano de la catedral Fernando Alfonso de León.


AQUI YACE DON JUAN FERNANDEZ, RICOHOMBRE, ADELANTADO MAYOR DE LA FRONTERA Y MERINO MAYOR DE GALICIA. HIJO MAYOR DE DON FERNANDO ALFONSO Y DE DOÑA ALDARA LOPEZ Y NIETO DEL REY DON ALFONSO IX DE LEON, QUE FINO EN SALAMANCA AÑO DE 1303.


Sepulcro de Fernando Alfonso de León, padre de Juan Fernández Cabellos de oro, ambos descendientres del Alfonso IX de León por vía del concubinato real.

Juan Fernández tuvo una tercera esposa, Juana Nuñez de Lara, que debió de fallecer después de él y que suponemos que, dado el afán mostrado por el Cabellos de Oro para que sus mujeres fueran enterradas a su lado, también tendría su sepulcro en la capilla familiar situada en el brazo norte del transepto, que también desaparecería con las obras de la Catedral Nueva; pero quizá no todo está perdido, ya que al pie del tempo catedralicio, en el lado de la epístola, a día de hoy domingo 14 de junio de 2026, junto a unos trastos que no sé explicaros por qué están ahí, podemos ver uno de los sepulcros medievales más antiguos conservados en nuestra ciudad, con una heráldica real tan vieja que creo que sólo la supera la de la techumbre de la iglesia del Convento de Santa Clara. Casi borrados por el tiempo y la desidia todavía se atisban los dos calderos heráldicos de la casa de Lara y el félido del reino de León, que, visto lo visto, parece ser que el esposo de la difunta, al igual que otros descendientes de Alfonso IX por vía del concubinato real, los Gil de Soverosa, también se sintió con derecho a lucir.




Sepulcro de Juana Nuñez de Lara, tercera esposa de Juan Fernández Cabellos de Oro en la Catedral Vieja de Salamanca. Juana era señora de Valdenebro (Soria) e hija de Nuño Fernández de Lara y de Inés Íñiguez de Mendoza. Este sepulcro fue identificado por Faustino Menéndez Pidal de Navascués en su obra (2011) Heráldica de la Casa Real de León y de Castilla (siglos XII-XVI).


León en el sepulcro de Martín Alfonso, hijo de Alfonso IX de León y de su concubina Teresa Gil de Soverosa (iglesia de Sancti Spiritus de Salamanca). 


León en el sepulcro de María Méndes de Sousa, esposa de Martín Alfonso (iglesia de Sancti Spiritus de Salamanca).


Armas de la casa de Lara, a la que pertenecía Juana Núñez de Lara. 


Señal heráldica del rey de León, adoptada por su nieto Juan Fernández Cabellos de Oro y por otros de sus descendientes ilegítimos, es decir, que no fueron fruto de un matrimonio canónico, sino de un concubinato.

Y ahí, en ese noble rincón de la Catedral Vieja convertido ahora en improvisado trastero, donde nadie se para a mirar la maravilla que perdura, está el recuerdo de la última señora de la fortaleza de Carpio Bernardo, que, tal como mandó su último señor, fue vendida, terminando en manos del concejo de Salamanca en el año 1313. Luego, en fecha desconocida, el castillo volvió de nuevo a ser propiedad real, ya que sabemos que, en 1465, el rey Enrique IV donó la villa de Carpio Bernardo, con toda su tierra y fortaleza, a García Álvarez de Toledo, último conde y primer duque de Alba de Tormes, a cuya casa pertenecía todavía en 1752, según indica el Catastro del Marqués de la Ensenada. De ese nido de águilas fronterizo entre los reinos de León y de Castilla hoy sólo quedan unas ruinas, ya que un mandato salido de las Cortes de Toro de 1505 conllevó su demolición, algo acorde con el firme deseo de los Reyes Católicos de evitar que algún noble levantisco se viera tentado de hacerse fuerte tras los muros de una fortaleza.


Miguel Ángel Martín Mas


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martes, 2 de junio de 2026

Bernardo del Carpio y Lope de Vega y Carpio

NOTA: antes de leer esta entrada te recomiendo que leas la anterior, la que lleva por título BERNARDO Y SU CASTILLO DE CARPIO.

El insigne dramaturgo y poeta Félix Lope de Vega y Carpio fue condenado a la pena de destierro en el año 1587, ya que, despechado, no tuvo mejor idea que ponerse a escribir y difundir libelos difamatorios y poemas satíricos contra su examante, Elena Osorio, y la nueva pareja de esta, un sobrino del cardenal Granvela, uno de los hombres más poderosos de la Monarquía Hispánica. Así las cosas, el castigo estaba cantado y Lope, tras pasar un tiempo en Valencia, vino a parar a tierras salmantinas, viviendo en Alba de Tormes entre 1590 y 1595. En la misma villa en la que había sido enterrada la famosa monja Teresa de Jesús apenas siete años antes, el reconocido crápula y escritor comenzó a servir como secretario del V duque de Alba, Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont, nieto del Gran Duque.


Lope de Vega recorriendo el paraje sobre el que un día se alzó el castillo de Bernardo del Carpio. Imagen generada con IA.


Antonio Álvarez de Toledo, el V duque de Alba, el jefe de Lope de Vega durante sus años de estancia en Salamanca.

Lope, quien sin duda conocía de sobra al personaje legendario Bernardo del Carpio por las crónicas del siglo XIII y por romances y obras de ficción publicados en el siglo XVI, fue llevado por su inconsciencia a residir muy cerca del lugar en el que se erigió el castillo de este héroe medieval con el que compartía el apellido Carpio y la condición de desterrado. Había que hacer de la necesidad virtud, así que quizá fuera por entonces cuando Lope tuvo la ocurrencia de declararse descendiente de un personaje del siglo IX con el que no tenía nada que ver. No era extraño en su época que la nobleza y los no tan nobles tiraran de heraldistas y genealogistas para inventarse un pasado que los entroncara con El Cid, Fernán González y hasta el mismísimo héroe griego Hércules. En Salamanca eso mismo ya lo habían hecho los Maldonado con su ridícula historia del antepasado que le quitó cinco flores de lis al rey de Francia; o los Rodríguez de las Varillas, que decían descender del conde don Vela, un infante de Aragón que había luchado en la primera cruzada, ambas cosas atestiguadas por su escudo, cuando en la época en la que supuestamente vivió este personaje no se había inventado todavía la heráldica; o los Zúñiga, que pusieron unas cadenas en su blasón para dar fe de que un antepasado suyo luchó en la batalla de las Navas de Tolosa, cuando en 1212 esta otra familia de arribistas ni estaba ni se la esperaba.

Así las cosas, por qué Lope —dotado de enorme ego, talento y carisma—, iba a ser menos que todos estos nuevos ricos que se inventaban un rancio abolengo; si el héroe medieval que había estrangulado con sus propias manos al franco Roldán tenía su mismo apellido, estaba claro que tenía que ser un ascendiente suyo, para qué iba a andar con más indagaciones, que aquello era el siglo XVI y una buena mentira era un medio como otro cualquiera para confirmar la nobleza y pureza de sangre.

Quizá fuera esta delirante idea de parentesco la que motivó a Lope a dedicar dos de sus obras al héroe:

- El casamiento en la muerte y hechos de Bernardo del Carpio, que escribió entre 1595 y 1597 y en la que narra los trágicos amores de los padres de Bernardo (el conde Sancho de Saldaña y la infanta Jimena) y sus hazañas bélicas.

- Las mocedades de Bernardo del Carpio, que, al igual que la anterior, era una comedia teatral, pero esta centrada en la juventud y el origen del caballero.


Fue en la primera de estas obras donde Lope contó que Bernardo del Carpio tomó diecinueve castillos a los moros, así que todo apunta a que fue él mismo el que decidió que sus armas heráldicas —exhibidas en las portadillas de algunas de sus obras, como por ejemplo La Arcadia— se compusieran de un campo de gules sembrado con nueve castillos de oro y una bordura de gules cargada de diez castillos de oro, todo acompañado de la leyenda "De Bernardo es el blasón, las desdichas mías son". Gules y oro, al igual que en las armas de Castilla, puesto que en el siglo XVI ya estaba fijada en el imaginario colectivo la idea simplista de que dicho reino había sido el fundacional de España, así que, en consecuencia, Lope consideró que su heroico antepasado no podía haber lucido otros tonos en su escudo.



Lo cierto es que con tanta tontería Lope se lo puso a huevo a su enemigo Luis de Góngora, que se mofó de las febriles pretensiones genealógicas del Fénix con los siguientes versos del poema “A la Arcadia de Lope de Vega y Carpio”:

Por tu vida, Lopillo que me borres
las diecinueve torres del escudo
porque, aunque todas son de viento, dudo
que tengas viento para tantas torres.


Armas de Félix Lope de Vega y Carpio recreadas por el heraldista salmantino José Moreiro Píriz.

Curiosamente, esas armas con los diecinueve castillos las podemos ver en la iglesia de San Martín de Salamanca, concretamente en el ábside de la epístola, donde se abre un arcosolio que contiene un sepulcro descubierto durante una restauración llevada a cabo en los comienzos del siglo XX. En la arquivolta está grabado el siguiente epitafio:

+ HIC IACET PETRUS BE/ RNARDI DEL CARPIO FILIU/ S IOANIS BERNARDI DEL C/ ARPIO QUE IBIT XXV DIES IU/ NIY ANO D[omi]NI M[i]L L XXXV CUYUS A/ REQUIESCAT/ IN PACE

Tres cosas hay que decir al respecto de este monumento funerario...

La primera es que la figura yacente no tiene nada que ver con el resto del conjunto, pertenece a un caballero del siglo XVI, y simplemente se pusó ahí en el siglo XIX para sustituir a la figura original, que ya debía de estar prácticamente deshecha.


La segunda es que la epigrafía tallada en el intradós del arco sepulcral no es la original, ya que no incluye la palabra ERA, por Era Hispánica, la forma de datación que se utilizó hasta 1383 en los reinos de Castilla y de León. Si fuera la epigrafía del siglo XII pondría ERA MCLXXIII, ya que por entonces se computaban treinta y ocho años a mayores de los que computamos actualmente.


En tercer lugar, no sabemos si Pedro Bernardo del Carpio, hijo de Juan Bernardo del Carpio y fallecido en 1135, era un descendiente del Bernardo del Carpio del siglo IX, pero sí os puedo asegurar que en el momento de su enterramiento nadie pudo esculpir en su sepulcro cuatro escudos con diecinueve castillos, ya que, simplemente, la heráldica no se había inventado por entonces, y mucho menos una que contenía una bordura que, según el heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués, fue una invención castellana de mediados del siglo XIII. Además, cuando se desarrolla la heráldica original, las borduras lo normal es que luzcan un esmalte diferente al del campo, no como en este caso, que en ambos elementos es de gules. 


Nunca podremos saber cuándo se tallaron esos cuatro escudos en el sepulcro de Pedro Bernardo del Carpio, pero a mí no me parece para nada descabellado imaginar a Lope de Vega en la iglesia de San Martín, contemplando embelesado el sepulcro de un caballero del siglo XII que se apellidaba como él. Si el destino le había llevado a ver cada mañana el cerro sobre el que se levantaba el castillo de su heroico antepasado del siglo IX, por qué no le iba a conducir también ante el sepulcro de un ancestro del siglo XII. Y el Fénix de los Ingenios, que también lo fue de los Engaños, quizá decidió encargar que se tallara su recién inventada heráldica sobre ese antiguo sepulcro que, suerte de las suertes, pertenecía a un caballero con el apellido Carpio. Con el paso del tiempo la gente creería que el Bernardo del Carpio del siglo IX había portado en batalla un escudo con esa heráldica, que el poeta había heredado como descendiente suyo y que, por lo tanto, tenía derecho a reproducir en la portadilla de sus obras. Y así es como este coloso de la ficción literaria conseguiría dignificarse en su destierro como miembro de la estirpe de un guerrero también desterrado que dejó profunda huella en las crónicas y los romances. Y, claro, mucho más lustre tenía un escudo con diecinueve castillos de oro que el soso ajedrezado azur y plata de su señor Álvarez de Toledo, que sería todo lo duque que quisiera, pero no descendía del gran Bernardo del Carpio.


Miguel Ángel Martín Mas

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