lunes, 27 de abril de 2026

La peste, la Virgen, la reina, los perros de Dios y la conversión de los judíos

La peste bubónica se llevó por delante a la tercera parte de la población de Europa, sin miramientos, no hizo distingos entre cristianos, judíos o musulmanes; tampoco los hizo entre estamentos sociales, ya que también acabó con la vida del único rey nacido en Salamanca, que fue criado por la noble Inés de Alimógenes entre su Hacienda de Zorita y la población de Tamames, señorío de su esposo, Juan Alfonso de Godínez. Y tras esa muerte, la de Alfonso XI, acaecida el 26 de marzo de 1350 durante el sitio de Gibraltar, no vendrían más que desgracias, entre ellas la guerra entre su hijo y heredero, Pedro I, y el medio hermano de este, Enrique de Trastámara, que acabó con el asesinato del primero a manos del segundo en 1369. 


Ciudadanos de la ciudad francesa de Tournai enterrando víctimas de la peste negra. Miniatura de Pierart dou Tielt, c. 1353.

De la guerra civil librada en los reinos de Castilla y de León tuvieron la culpa las veleidades amorosas de Alfonso el Onzeno, desde luego; por otro lado, la hecatombe provocada durante años por la peste negra se achacó a un castigo divino, al permitir los cristianos que entre ellos vivieran los deicidas judíos, quienes, gracias al episodio evangélico del prefecto romano Poncio Pilato lavándose las manos (Mateo 27:24), habían pasado convenientemente a la historia como los asesinos de Jesucristo, quedando así exculpados los romanos, que, al fin y al cabo, terminaron convirtiéndose al cristianismo bajo el Edicto de Tesalónica, promulgado en el año 380 d.C.


Un judío convence al cristiano Teófilo de hacer un pacto con el Diablo en la Cantiga de Santa María III.

Hacía finales del siglo XIII la Virgen había hecho todo lo posible por castigar a sus paisanos más recalcitrantes y por salvar las almas de aquellos más proclives a la conversión al cristianismo; así se nos cuenta en una treintena de las Cantigas de Santa María, recopiladas por el sabio monarca Alfonso X. A pesar de los esfuerzos de la madre de Dios, un siglo después, en las principales ciudades de los reinos cristianos hispánicos seguía existiendo un porcentaje muy alto de habitantes aferrados a la fe de Abraham y relativamente aislados por voluntad propia del resto de la sociedad en sus juderías, regidas por la aljama, que también tenía autoridad sobre los judíos que habitaban entre los gentiles en la misma localidad.


Cantiga CVII, la Virgen salva la vida de una mujer judía que había sido sentenciada a muerte por la aljama de su ciudad; por supuesto, la mujer se convierte al cristianismo.

El desastre sanitario, político y económico que se vivió en la segunda mitad del siglo XIV y, sobre todo, la todavía hoy vigente normalización del odio hacia el diferente y su deshumanización —no hay más que ver el trato que los israelíes están dado a los palestinos— provocaron un irreversible deterioro de la convivencia entre cristianos y judíos, teniendo en cuenta, además, que muchos de estos últimos llevaban siglos despertando envidias por la riqueza adquirida gracias a sus lucrativas actividades industriales y de comercio internacional. Así las cosas, no es extraño que surgiera en la ciudad de Sevilla un nefasto personaje, de nombre Ferrán Martínez, más conocido como el arcediano de Écija, que desde el año 1376 estuvo incitando a los destripaterrones cristianos hispalenses en contra de la comunidad judía. Lo peor habría de venir un fatídico 6 de junio del año de 1391 con saqueos, incendios, conversiones forzadas y el asesinato de cuatro mil judíos de la aljama sevillana. Los pogromos se extendieron luego a otras ciudades castellanas y leonesas, y también del reino de Aragón, con consecuencias igualmente trágicas.


Escena de un pogromo en la Cantiga XII.



En la Cantiga XXV un prestamista judío deshonesto es puesto en evidencia por la Virgen y se convierte al cristianismo.

El consejo de regencia de Enrique III de Castilla y de León, monarca que por entonces contaba con doce años, intentó parar todo aquello, no en vano la monarquía protegía a los judíos, que eran considerados de su propiedad, legislándose en muchos casos con la idea y la esperanza de verlos convertidos a la fe católica, puesto que se confiaba en que unas meras medidas represivas, sin necesidad de ejercer la violencia física, fomentarían esa conversión. En todo caso, se pensó eso de que no hay mal que por bien no venga, ya que aquellas revueltas populares antijudías supusieron una gran oportunidad que había que aprovechar. Una vez restaurado el orden público por uno de los miembros del consejo, Diego López de Zúñiga, este también recibió el encargo de remodelar la judería de Sevilla, que vería sus cuatro sinagogas convertidas en tres iglesias y un convento, recibiendo además el nombre de Villa Nueva, que a partir de entonces sería habitada, en consecuencia, por cristianos nuevos.

Los buenos servicios de Diego López de Zúñiga a la corona castellana y leonesa fueron recompensados en 1396 por el rey Enrique III con varias mercedes, entre ellas las propiedades y bienes de los judíos que perecieron en la matanza sevillana y el señorío de Béjar, ciudad en la que, casualmente o no, habría de encontrarse con una gran comunidad judía que, precisamente, había aumentado su censo con refugiados que habían logrado escapar de los pogromos de 1391, evitando así la muerte o la conversión forzosa. Zúñiga, que había adquirido experiencia en convertir judíos tras los hechos de Sevilla, parece ser que tuvo la genial idea de promover en su nuevo señorío bejarano la procesión del Corpus, que, dados los disturbios que se dice que se produjeron, probablemente hizo pasar por las calles de la judería bejarana para meterle en la cabeza a los herejes bajo su dominio que Jesucristo era Dios y que, en consecuencia, tenía presencia real en el pan y el vino consagrados. Sin duda, la dinastía Trastámara, asistida por sus fieles perros de presa nobiliarios, había comenzado el proceso de destrucción sistemática de la estructura social, cultural y religiosa de las aljamas para forzar la asimilación y borrar, de una vez por todas, la memoria y la identidad de los judíos en estas tierras, lo que culminaría un siglo después la usurpadora y antijudía por antonomasia Isabel la Católica.


Procesión del Corpus, una verdadera provocación y un anatema para los judíos.

Pero antes de la conversión forzosa o la expulsión ofrecidas a los judíos por la pareja conquistadora de Granada, la abuela paterna de ella, Catalina de Lancaster, más sutil, misericordiosa y mejor cristiana que la nieta, intentó atraer a estos a la conversión por las buenas y con inestimable ayuda de la Orden de Predicadores, los Dominicos, unos hábiles profesionales dedicados a convencer por medio de la palabra de las bondades de pasarse al cristianismo.


Dominico predicando en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva (Segovia).

Pero para ello lo primero que había que hacer era reformar y relanzar dicha Orden, que había quedado diezmada y bastante desarticulada a causa de la peste negra. En el año 1399 Catalina de Lancaster —nieta del asesinado Pedro I y reina consorte de Enrique III de Trastámara, el nieto del asesino­— entregó a los Dominicos la iglesia de Santa María la Real de Nieva, población que la pareja real había fundado unos pocos años antes, tras la milagrosa aparición de la imagen de una Virgen enterrada en esos lares, tan cercanos a su corte del alcázar de Segovia. Apenas un año después comenzaron las obras de construcción de un monasterio dominico, que gozaría de una importante ampliación en el año 1414, creándose así un verdadero semillero de predicadores que habrían de recorrer los reinos cristianos peninsulares en pos de la conversión de esos judíos que persistían en profesar la fe equivocada. 


Entrega del hábito a un novicio dominico representada en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.


Un Dominico predica a una aldeana en un capitel del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.

Pero, por si acaso las convincentes palabras de los dominicos no fueran lo suficientemente efectivas, en 1412 se promulgaron las Leyes de Ayllón, redactadas durante la minoría de edad de Juan II, es decir, bajo la corregencia de su madre Catalina de Lancaster y su tío Fernando de Trastámara y con un fuerte componente antijudío, característico del pontificado de Benedicto XIII, el Papa Luna de Avignon, cismático y buen amigo de los Trastámara, que lo apoyaron desde sus reinos de Castilla, León y Aragón, prefiriéndolo antes que a Gregorio XII, que pontificaba desde Roma, y Alejandro V, que hacía lo propio desde Pisa. Dicho corpus legislativo estaba compuesto por veinticuatro artículos dirigidos a hacer imposible la vida de los judíos no convertidos al cristianismo por medio de la asfixia económica y la segregación social. Así, se estipulaba de forma obligatoria la separación física en juderías, la abolición de la autonomía jurídica y administrativa de las aljamas, la limitación de los desplazamientos, la obligación de los hombres de llevar barba y la de las mujeres de llevar la cabeza cubierta, vestir de forma modesta con paños oscuros y portando una rodela bordada de color amarillo o rojo y la prohibición de ejercer oficios dignos y de provecho tales como el de arrendador, almojarife, médico, cirujano, farmacéutico, droguero, albéitar, herrador, carpintero, jubetero, sastre, tundidor, carniceros, peletero, trapero o zapatero.


Una carnicería representada en el claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.


Entrega de las Constituciones de la Orden y recibimiento de un nuevo novicio en el claustro del monasterio dominico de Santa María la Real de Nieva.

Detrás de todo esto estaba, por supuesto, un Domini canis, un Dominico, casualmente otro buen amigo del antijudío papa Luna, el valenciano Vicente Ferrer, que pasó por la ciudad de Salamanca entre 1411 y 1412 para predicar en la sinagoga nueva, actual iglesia de la Veracruz, consiguiendo así la conversión de muchos judíos e iniciándose el declive de la aljama de Salamanca, que se vería forzada a ceder el control de todos sus bienes y de su escuela talmúdica a la universidad y al concejo.


Vicente Ferrer, un santo dominico empeñado en que los judíos se convirtieran al cristianismo.


Judíos con la vestimenta reglamentaria y la rodela en un mural del trascoro de la catedral de Tarragona, siglo XIV.

Así las cosas, no es extraño que en este contexto de empecinamiento cristiano en la conversión de los judíos surgiera la leyenda de la moza santa de Sequeros, una tal Juana Hernández, una conversa que en el año 1424 se levantó en su propio funeral para anunciar los mensajes que había recibido del Cielo, entre ellos la existencia de la talla de una Virgen que llevaba enterrada más de doscientos años en algún rincón de la Peña de Francia. La imagen fue encontrada, como se había encontrado la de Santa María la Real de Nieva, y, por supuesto, sobre nuestra emblemática Peña se erigiría un convento de los perros de Dios, que recordaría desde las alturas a los "marranos" refugiados en las sierras salmantinas que el tiempo de persistir en sus erróneas creencias estaba llegado a su fin. Y como parece ser que los judíos de Béjar necesitaban todavía un pequeño empujoncito más hacia el amor de Cristo, en el año 1446 se encontró otra imagen de la Virgen en esta localidad, la que se sigue venerando bajo la advocación de El Castañar.


El marrano de san Antón, una tradición de la localidad salmantina de La Alberca que lo mismo se inició como forma de detectar criptojudios. Supongo que por la misma razón la matanza doméstica del cerdo siempre fue una actividad que se llevaba a cabo con todas las puertas abiertas a la comunidad.


Perro acosando a un marrano en el claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva. Conviene recordar que a los Dominicos se les apodaba Domini canes y a los judíos marranos.

Bueno, qué más os puedo contar, bien es sabido que todas estas mierdas antijudías medievales tuvieron su culmen con el Holocausto perpetrado por alemanes, polacos y ucranianos en pleno siglo XX contra esta etnia, gran parte de la cual nunca tuvo antepasados que habitaran Judea o Galilea, ya que se trata de descendientes de norteafricanos (judíos sefardíes) o de eslavos y bálticos (judíos asquenazíes) convertidos al judaísmo. En todo caso, siglos de persecución y el terrible trauma sufrido con la Shoá les hizo creer que tenían derecho a presentarse en Palestina, formar un nuevo estado llamado Israel y robar las tierras y la vida a sus habitantes ancestrales, que seguramente sí descienden de los judíos que vivían en esa tierra en tiempos de Jesús y cuyos descendientes, a su vez, se convirtieron al islam con la conquista árabe del 634 d.C. Quizá hubiera sido más justo y conveniente que el estado de Israel se hubiera formado quitándole un pedacito de territorio a Alemania, Polonia y Ucrania, pero, claro, para los europeos resultó un alivio saber que por fin se iban a librar de los judíos y que iban a ser los palestinos, que nada habían tenido que ver con el Holocausto, los que pagaran el pato del mismo.


Bautizo de judíos conversos, detalle perteneciente al retablo de San Marcos, obra de 1346 del pintor Arnau Bassa que se conserva en la Colegiata Basílica de Santa María de la Aurora en Manresa. Ser judío no es una condición biológica imborrable, sino un condición étnica, es decir, cultural, así que el judío convertido al cristianismo, si era sincero, dejaba de ser judío y pasaba a ser automáticamente un cristiano nuevo y un súbdito castellano como otro cualquiera. Si la conversión no era sincera, sería un criptojudío, ya que seguiría practicando su religión a escondidas. Y lo del pueblo elegido, pues qué queréis que os diga, monsergas, más que nada porque puede que Dios ni exista, así que malamente iba a elegir a nadie.


El judaísmo no solamente se extendió por el Este europeo, el Norte de África y la península ibérica, sino también por Etiopía, de ahí la existencia de los judíos falasha, que forman el tercer grupo de conversos al judaismo junto a los sefardíes y los asquenazíes.


Un buen número de judíos y de israelíes tiene de semita lo que Michael Jackson, que en paz descanse, tenía de caucásico. Por ejemplo, el verdadero apellido de Benjamín Netanyahu, actual primer ministro del estado de Israel, es Mileikowsky, ya que su ascendencia es la de polacos convertidos al judaísmo. Al migrar su abuelo sionista a Palestina en 1920, este se cambió el apellido por otro que sonara a judío que, por cierto, significa "don de Dios", una verdadera paradoja, ya que el primer ministro israelí, con su política de holocausto palestino, es, sin lugar a dudas, el peor regalo envenenado que haya podido recibir nunca el pueblo judío.


Miguel Ángel Martín Mas

viernes, 3 de abril de 2026

Pasión, muerte y resurrección de Cristo en Santa María la Real de Nieva

El 17 de septiembre de 1388 se casaron en la Catedral de San Antolín de Palencia los primeros príncipes de Asturias de la historia, el infante mayor Enrique y Catalina de Lancaster. Él era nieto de Enrique de Trastámara, que en 1369 asesinó y arrebató el trono a su medio hermano Pedro I, que era, ya ves tú qué cosas, el abuelo de ella. Volvían así la paz y las aguas a su cauce en los reinos de Castilla y de León, comenzando el reinado de esta desdichada pareja de primos segundos en el año 1390. Cosas que pasaban en el Medievo, poco después de su proclamación apareció enterrada en un páramo segoviano una imagen de la madre de Cristo, la Virgen de la Soterraña, hallazgo que motivaría que los reyes fundaran en 1395 la población de Santa María la Real de Nieva.


Catalina de Lancaster, hija del duque inglés Juan de Gante y de la infanta Constanza de Castilla y de León, segunda hija de Pedro I el Cruel. 


Enrique III de Castilla y de León con un careto que hacer honor a su sobrenombre: el Doliente.

Además, los devotos monarcas mandaron construir una iglesia y un monasterio en esta nueva localidad segoviana, que serían entregados a la Orden de Predicadores, los Dominicos, en 1399. En Salamanca también apareció otra famosa Virgen unos años después, concretamente en 1434, la de la Peña de Francia, cuando era reina consorte María de Aragón, cuyas armas heráldicas, al igual que las de su antecesora y suegra, aparecen representadas en el claustro del monasterio segoviano, ya que promocionó sus obras de ampliación. En Salamanca no se pudo por menos que construir otro monasterio, este sobre la segunda mayor altura de la Sierra de Francia, que, curiosamente, también fue entregado a los Dominicos, por aquel entonces inmersos en un proceso de renovación espiritual paralelo a su continuo afán por convertir a los herejes. De hecho, la que había profetizado que se iban a encontrar una Virgen oculta en lo alto de la Peña de Francia fue una moza judía conversa del pueblo de Sequeros, una ejemplarizante muestra de las mercedes que Dios podía conceder a aquellos judíos que, siguiendo las enseñanzas de los Predicadores, accedían por fin a ser bautizados.


Armas de Catalina de Lancaster sostenidas por dos frailes dominicos en el claustro del Monasterio de la Soterraña. 


Armas de María de Aragón, primera esposa de Juan II de Castilla y de León, en el claustro del Monasterio de la Soterraña. 


Claustro del Monasterio de la Soterraña en Santa María la Real de Nieva. Una obra de principios del siglo XV que parece de la época del arte románico.


La Orden de los Dominicos era conocida como "los perros de Dios" (Domini canis), un juego de palabras que presenta a estos frailes como los fieles guardianes y defensores de la fe cristiana, encargados de la predicación y la protección del Evangelio. Este capital del claustro quizá represente a un fiero perro dominico persiguiendo a un cerdo hereje.

Volviendo a la historia de los primeros príncipes de Asturias, Enrique III de Castilla y de León fue apodado “el Doliente” debido a su precaria salud y a las numerosas enfermedades que sufrió durante casi toda su vida. Padeció dolencias desde muy joven, probablemente de naturaleza neurológica o de origen tuberculoso, que le debilitaron gravemente y afectaron a su carácter y aspecto físico. El calvario del rey terminó en 1406, a la par que dejaba viuda a su esposa Catalina de Lancaster, que, no lo he dicho antes, fue la abuela paterna de Isabel la Católica. Evidentemente, la pasión y muerte de este rey no tuvo resurrección, al contrario de las vividas por Jesucristo, representadas precisamente en un friso de la fachada norte de la iglesia del Monasterio de la Soterraña, donde, a pesar del ostensible deterioro del conjunto, todavía podemos reconocer algunas de las escenas que durante la Semana Santa cargan los fervorosos y sufridos costaleros de las cofradías.



Fachada norte de la iglesia de Santa María la Real de Nieva.

La primera escena que os quiero presentar es la de la resurrección de Lázaro, episodio que no dejaba de ser un precedente de la de Jesús; vamos, que si eres un lector espabilado de Jn 11,1-45, ves el spoiler claramente.


A continuación viene una última cena a la que tan solo asisten diez discípulos, que, de toda la vida de Dios, en cualquier quedada de amigos siempre hay alguno que se descuelga en el último momento. Algunos de los apóstoles aparecen o bien con la mano sobre el pecho, o bien señalando a alguno de sus compañeros, gestos que dan cuenta de ese incómodo momento con el que Jesús acabó con el buen rollo. En los platos, peces, primer emblema cristiano, que simbolizarían la ofrenda que Cristo hace a sus discípulos de su propio cuerpo.


Después, la escena del lavatorio, en la que que el Galileo está aseando los pies a uno de los apóstoles, mientras que otros tres aguardan su turno con impaciencia, que no todos los días el jefe se muestra tan humilde con sus subordinados.


T
ras quedar todos los pares de pies bien limpios, se representan la oración en el Huerto de los Olivos y a Pedro, Santiago y Juan, que, tras unas copas de vino de más durante la madre de todas las cenas de amigos, han caído en un placentero sueño. Ninguno de los tres apóstoles conserva la cabeza, inequívoca señal divina que nos advierte al respecto de en manos de quien está el patrimonio histórico-artístico en la comunidad autónoma de Castilla y León.



Ahora vemos a Pedro cortando la oreja derecha a Malco, el sirviente de Caifás, al tiempo que Judas hace la peor de sus "judiadas" y besa a Jesús.


La escena del prendimiento, en la que Jesús es apresado por tres hombres armados, dos de los cuales llevan lámparas de aceite, tal y como se cuenta en el Nuevo Testamento, que la gente que esculpía estas cosas solía estar bien informada.


El hijo de María la de Nazaret ante el Sumo Sacerdote Caifás, que, escoltado por dos soldados, coloca su mano sobre el hombro izquierdo de un personaje que está de pie frente a él y que señala al reo con el dedo índice de la mano izquierda, el acusica de turno, vamos.


Aunque no se ve casi nada, a continuación debería ir la negación de Pedro, ya que tras esta escena perdida se ve la presentación de Jesús ante el prefecto Poncio Pilatos que, como no estaba ese día para aguantar chorradas de judíos y, además, había que exculpar del deicidio a los romanos, futuros cristianos de pro, decidió lavarse las manos en la narración evangélica.


La flagelación, qué os puedo contar de este episodio que no contara el bueno de Mel Gibson en su película La Pasión de Cristo, que no está mal, la verdad, pero ya te sabías el final antes de entrar en el cine, de ahí que prefiera las tres magníficas pelis de Arma Letal, en las que alguna sorpresa más te encontrabas.


La narración tallada en piedra prosigue, como no podía ser de otra manera, con Jesús camino del Calvario cual oficinista un lunes cualquiera a primera hora de la mañana.


Cristo, crucificado como sedicioso con pretensiones de rey y flanqueado por los famosos legionarios romanos Longinos y Estefatón, el del lanzazo en el costado el primero y el de la esponja empapada en vinagre el segundo. Hay cinco figuras a los pies de la cruz que contemplan a Jesús crucificado, entre las cuales, seguramente, se encontrasen la Virgen, san Juan y María Magdalena. Al contemplar el cadáver de su hijo, la Virgen se lleva la mano al vientre, en una posible alusión a la Encarnación, aunque también es verdad que una vista así le revolvería el estómago a cualquier madre. 





Estefatón, a la derecha de Jesús, en la representación más temprana de la crucifixión, incluida en el manuscrito ilustrado escrito en siríaco llamado Rabbula Evangelios, del año 586. Longino no es nombrado aquí.

La siguiente escena se corresponde con el entierro de Jesús, en el que al menos cinco personajes, entre los que se encontrarían José de Arimatea y Nicodemo, depositan el cuerpo de Jesús en el sepulcro


Y para acabar la historia a lo grande, el galileo maestro cantero Yeshua ben Yosef, que, harto de currar de sol a sol en la reconstrucción de la ciudad de Séforis, se había metido a profeta apocalíptico y hecho méritos de sobra para ganarse la muerte por crucifixión, resucita como Jesucristo. Sale del sepulcro portando la cruz sobre su hombro izquierdo, que ya tuvo que ser difícil meterla ahí sin desmontarla, aunque así era el arte antiguo, a nadie le preocupaba el limitador realismo que tanto nos preocupa ahora. Por cierto, fijaos, los dos soldados que vigilaban el sepulcro se desmayan del susto que se llevan, que ver levantarse a un muerto da mucho miedito por mucho que este sea el Salvador, aunque ellos, pobres paganos, ni siquiera sabían esto.


Y para finalizar esta entrada semanasantera medieval, las tres Marías María Magdalena, María de Cleofás y María Salomé encuentran el sepulcro abierto y vacío sobre el cual aparece sentado un ángel que les comunica lo ocurrido, no sea que se piensen que el cadáver ha sido robado por unos desgraciados contratados por el doctor Frankenstein.



Hay que reconocer que las tres Marías se conservan bastante mejor, y eso que son mucho más viejas, en un capitel de la ermita de Santa Cecilia en Vallespinoso de Aguilar (Palencia).

jueves, 2 de abril de 2026

Una primera comunión de muerte

A finales del siglo XIII, en la misma época en la que Alfonso X de Castilla y de León tutelaba la magna obra Cantigas de Santa María, los cristianos de todos los reinos estaban absolutamente convencidos de que los judíos cometían asesinatos rituales con niños bautizados para vengarse de Cristo, desencadenando así su liberación y vuelta a la Tierra Prometida. Además, también se decía que robaban hostias consagradas para profanarlas y finalmente clavarlas sobre una tabla, recreando así la crucifixión de Jesús. A mayores, también existía el rumor de que sustraían de las iglesias imágenes marianas y crucifijos para escupir sobre ellos y posteriormente cubrirlos de excrementos. Es decir, que los judíos, por lo visto y siempre según los cristianos, no paraban de hacer "judiadas", sustantivo que todavía pude escuchar durante mi infancia.


Cantiga XXXIV - Judío robando un icono mariano para luego tirarlo en una letrina en connivencia con el Demonio.

Por otro lado, estaba también el peliagudo asunto del Talmud, esa “infame” colección de libros con la que los judíos medievales habían relegado la sagrada Torá y sus enseñanzas, coincidentes con las de la Biblia. Precisamente, en París, en el año 1240, se organizó una disputa pública para juzgar el contenido del Talmud. Durante la misma salieron a relucir una serie de pasajes que, se creía, incitaban a los judíos a hacer todo el mal posible a los cristianos: se ordenaba “matar al mejor de los cristianos”, se estipulaba que “un cristiano que observa el sabbat o estudia la Ley merece la pena de muerte”, que no era pecado “engañar a un cristiano de cualquier manera”, “que Dios dio a los judíos todas las posesiones de los gentiles”, o que "los cristianos son inmorales y bestias".


Dos diablos llevándose a un judío en la cantiga XXXIV.

En los reinos de Alfonso X a todo esto habría que sumarle el punto de inflexión que supuso para los judíos que en 1279 el monarca ordenara la ejecución de su almojarife mayor, el hebreo Zag de la Maleha. El rey castigaba así a su recaudador por el uso indebido que este había hecho de las rentas de la corona, al consentir dedicar parte de ellas, a petición del infante mayor Sancho, a pagar las deudas contraídas por la estancia de la reina Violante en Aragón, que hacía un año que había puesto tierra de por medio entre ella y su irascible y violento marido. Esas rentas deberían haber sido destinadas a la campaña de conquista de Algeciras, que precisamente fracasó por falta de recursos, lo que enfureció al rey Sabio, que también hizo que pagaran justos por pecadores, mandando encerrar temporalmente a todos los judíos en sus sinagogas y doblando la cantidad que las aljamas debían pagar anualmente.


Cantiga LXXXV- La Virgen le muestra a un judío cual es el destino de las almas de aquellos que no se convierten a la fe verdadera. 

Así las cosas, no es de extrañar que nos encontremos cantigas en las que los judíos son tratados como aliados del Diablo, infanticidas, profanadores, deicidas o avariciosos. De hecho, la cantiga IV, en la que precisamente se narra un infanticidio, es un tanto especial, ya que, para variar, la víctima no es un niño cristiano, sino el hijo de un judío que, imitando a sus compañeros de escuela, había tomado la comunión sin ser consciente de lo que hacía.


La primera escena muestra a un maestro escuela que está leyendo un libro a sus alumnos, que están sentados en el suelo. Todo es paz y tranquilidad en el aula, será que es la Edad Media, porque lo que es ahora... Nadie podía ser consciente en ese momento de la tragedia que estaba a punto de desencadenarse.


Al terminar la lección, el maestro llevó a los niños a misa, y como era interino y no conocía bien la clase, no se dio cuenta de que uno de sus alumnos, de nombre Abel, era judío. El caso es que la Virgen aprovechó el despiste del docente y durante el momento de la comunión, cobrando vida su figura, ella misma, la muy pilla, colocó la hostia consagrada en la boca del pequeño hijo de Judá.


De vuelta a casa, el incauto niño sefardí, que acababa de hacer la primera comunión a causa de la ignorancia del maestro al respecto del pin parental, contó todo lo ocurrido durante la cena familiar.


El padre de Abel, que era un judío dedicado a la fabricación de vidrio y que, por lo tanto, tenía un potente horno en casa, lanzó al pobre muchacho a las llamas en un ataque de ira. Lo mismo hubiera sido más conveniente para todos pedir una reunión al maestro, pero es que el hombrito ya estaba hasta los huevos del insistente proselitismo de los cristianos, que por aquel entonces eran tan pesados como lo son ahora los de la secta de los testigos de Jehová. La madre y la tía del zagal, a las que tampoco le agradaban mucho los cristianos, pero a las que tampoco les hizo ninguna gracia lo del ver al desgraciado niño asándose como un pollo, se pusieron a gritar como posesas, atrayendo así la atención de sus vecinos bautizados.


Estos entraron en la casa y fueron testigos del milagro de como la Virgen María salvó al muchacho judío de las llamas sin que este hubiera sufrido ni la más mínima quemadura.


El que terminó en el horno para no salir, tras un juicio ultrarrápido por violencia vicaria, fue el padre. La madre y Abel fueron bautizados, salvándose así ambos de las llamas del Infierno, que consumirían para la eternidad el alma del vidriero judío tras haber sido su cuerpo consumido por las del horno de su taller.



Miguel Ángel Martín Mas

La peste, la Virgen, la reina, los perros de Dios y la conversión de los judíos

La peste bubónica se llevó por delante a la tercera parte de la población de Europa, sin miramientos, no hizo distingos entre cristianos, ju...