martes, 10 de febrero de 2026

La hueste de Salamanca en el siglo XII - Parte I

Alfonso VII, intitulado como Imperator totius Hispaniae en la catedral románica de León el 26 de mayo de 1135, día de Pentecostés, reinaba en León, Asturias, Galicia, Castilla y Toledo, ciudad que había conquistado su abuelo materno, el rey Alfonso VI, en el año 1085. Ciudades como Salamanca, Ávila y Segovia, que fueron repobladas durante los primeros años del siglo XII por sus padres, la por entonces infanta leonesa Urraca y el conde Raimundo de Borgoña, se convirtieron de esta forma en escudos del reino de León, es decir, en enclaves estratégicos para su defensa ante posibles incursiones de los almorávides o por si, en el peor de los casos, Toledo caía de nuevo en manos del islam. A su vez también eran puntas de lanza, ya que constituían bases de lanzamiento de ataques de saqueo y castigo sobre tierras musulmanas, lo que los cristianos llamaban “cabalgadas” y los agarenos “aceifas” o “algaradas”.


Hueste en combate en la La Biblia de Maciejowski, Biblia de los Cruzados, Biblia del sah Abás o Biblia Morgan, que con todoss esos nombres se la conoce. La palabra hueste derivaa del latín HOSTIS, que significaba originalmente el enemigo del estado y que en la Edad Media pasó a referirse a cualquier grupo de gente armada.


Raimundo de Borgoña y su esposa la infanta Urraca de León, repobladores de Salamanca en el tiempo en el que fueron condes de Galicia. Él murió en 1107 y ella fue reina propietaria y titular de León entre 1109 y 1126.

De este modo, la Salamanca que avanzaba hacia los años centrales del siglo XII se organizaba en torno a tres núcleos: el militar, con el alcázar situado sobre lo que hoy conocemos como la Peña Celestina; el eclesiástico, cuyo centro era la catedral románica que estaba en plena construcción y que, desde luego, también carácter de fortaleza y el azogue, el mercado, que se encontraba en las proximidades de la sede episcopal, que regentaba Berengario, que a su vez era canciller del emperador leonés y hombre de armas tomar en sentido literal.


Capitel en el transepto de la Catedral Vieja de Salamanca en el que se muestra un combate entre un guerrero cristiano y uno musulmán. 

A orillas del Tormes, en una ciudad cristiana tan cercana a la frontera con el mundo musulmán, no es de extrañar que abundaran los guerreros, que se organizaban en torno a lo que se conocían como milicias concejiles. Es este el término empleado por los cronistas de la época para referirse a las fuerzas de defensa y ataque conformadas por los habitantes de un núcleo urbano, que, convocadas y controladas por el concejo de la ciudad o villa, contaban con su propia estructura de mando. Estas milicias debían obediencia al monarca, pero también tenían una cierta autonomía para iniciar sus propias acciones, que les venía dada por los fueros y cartas pueblas, el corpus legislativo que regulaba la vida de la villa y sus tierras a modo de código civil y penal de nuestra época. De este modo, en las villas tormesinas de Alba de Tormes, Salamanca y Ledesma se conformó en el siglo XII un espacio en el que parte de sus habitantes era, según la ocasión, labradores y ganaderos o soldados, siendo peón o infante, armado con las mismas herramientas con las que trabajaba el campo, el que menos recursos económicos tenía y caballero villano el que se podía permitir pagar una loriga, un yelmo, una espada, una lanza, un escudo y una montura de guerra con sus correspondientes guarniciones.


Guerrero del siglo XII luchando contra un león en el claustro de la Catedral Vieja de Salamanca. Va equipado con una loriga de cota de malla que le llega por debajo de las rodillas, manoplas y almófar, que es la capucha, también de cota de malla, que lleva bajo el yelmo; en este caso se trata de un yelmo de tipo normando evolucionado, ya que en vez de una simple protección nasal incorpora una máscara que cubre toda la cara. Bajo la loriga llevaría un gambesón, un jubón acolchado que amortiguaba los golpes y protegía la piel del roce con el metal. Porta un escudo de cometa, este con el borde superior recto, lo que favorecía el apoyo de la lanza cuando se montaba a caballo. Las piernas van protegidas con  unas piezas llamadas brafoneras, también hechas con cota de malla.

Las primeras cabalgadas de la todavía desorganizada y poco entrenada milicia concejil de Salamanca se llevaron cabo hacia 1137 sobre la ciudad de Badajoz y terminaron siendo un absoluto desastre, dado que por entonces, literalmente, cada uno hacía la guerra por su cuenta, teniendo en cuenta, además, que ante el caudillo almorávide Tejufín esto era una absoluta una temeridad. Tuvo que llegar un catalán, el conde de Urgel Ponce Giraldo de Cabrera, tenente, entre muchas otras, de la ciudad del Tormes y mayordomo del rey, para que se empezaran a cosechar éxitos militares como el que nos narra la Chronica Adefonsi Imperatoris:

Por la misma época los nobles de Salamanca penetraron en el territorio de Badajoz diciendo entre sí, al ver que el gran señor quería ir al territorio de Sevilla: «Vayamos también nosotros al territorio de Badajoz, consigamos también nosotros un gran prestigio y no cedamos el prestigio de nuestra gloria a ningún jefe militar o caudillo». Y tras reunir un gran ejército, tomaron el camino que conduce a Badajoz, devastaron toda aquella región y consiguieron enormes destrozos e incendios, una gran cantidad de prisioneros entre hombres, mujeres y niños, todo el ajuar de las casas y riquezas de oro y plata en abundancia. Además, se apoderaron de grandes riquezas, caballos y mulos, camellos y asnos, bueyes y vacas y toda clase de animales del campo.



El conde Ponce Giraldo de Cabrera representado junto al emperador Alfonso VII en de este documento de donación a don Guillermo, abad del monasterio de San Martín de Valdeiglesias. La presencia del conde de Urgel en el reino de León se debe a que el Emperador se casó en el año 1128 con Berenguela de Barcelona, hermana del conde Ramón Berenguer IV. El documento es patrimonio de la Región Leonesa del que se apropió la Hispanic Society de Nueva York, donde todavía sigue.

Los éxitos militares cristianos iban a continuar en la Extremadura leonesa, ya que en el año 1142 el emperador Alfonso VII se empeñó en la conquista de Coria, campaña en la que, por supuesto, participaron las milicias concejiles salmantinas, volviendo la ciudad cacereña a manos cristianas el 30 de agosto de ese año y restaurándose así su sede episcopal. En esa misma ofensiva las milicias concejiles de Salamanca y Ávila destruyeron el castillo de Albalat, que se levantaba a orillas del río Tajo, no lejos de la actual localidad de Romangordo.


Escena de asedio de una ciudad en la Biblia de los Cruzados. Unos guerreros portan casco nasal, el más común en el siglo XII, pero otros ya portan el gran yelmo, que cubre la totalidad de la cabeza, lo que nos indica que nos encontramos ante una miniatural del siglo XIII.

Poco después el obispo Berengario y sus clérigos, que parece que formaban una milicia eclesial, suponemos que apoyados por la milicia concejil de Salamanca, integraron en el reino leonés la comarca de Ciudad Rodrigo; es por ello que el emperador Alfonso VII concedió el 4 de agosto de 1144 al belicoso prelado salmantino y a su iglesia la décima parte de los derechos fiscales que le pertenecían en la villa de realengo de Alba de Tormes. Dicha donación se haría en la misma Salamanca y en presencia de la reina consorte leonesa Berenguela de Barcelona y de sus hijos Sancho, Fernando y García.


Adhémar de Monteul obispo de Puy-en-Velay, en una batalla de la Primera Cruzada. British Library Yates Thompson MS 12. 


Capitel de un caballero luchando contra un dragón en la catedral de Ciudad Rodrigo (Salamanca).

El mayor exíto militar del reino de León en el siglo XII llegaría el 17 de octubre de 1147 cuando, con la inestimable ayuda de una flota de pisanos y genoveses, se conquistó la ciudad de Almería, un rico nodo comercial que atraía mercaderes de África oriental, Egipto, Siria y otras partes más distantes y que era famoso por su cerámica, vidrio y túnicas de seda. No es de extrañar que a la vuelta de exitosas campañas militares como esta algunos caballeros villanos de Salamanca se mostraran extremadamente generosos en favor de la salvación de sus almas. Tal sería el caso de Miguel Domínguez, un rico hacendado salmantino que consignó en su testamento en 1150 que, entre otras cosas, se dieran doscientos maravedís para las obras de la catedral, trescientos maravedís para que se hiciera una imagen de oro y plata que adornaría el altar y cuarenta maravedís para la iglesia de Santa María de la Vega. La posesión de tales cantidades y el hecho de que contara con esclavos y esclavas moras, casas cerca de la catedral, una pesquera junto al huerto del obispo y las aldeas salmantinas de Zaratán y Palacios, cercanas a Ledesma, solamente eran posibles tras haber participado en incursiones de saqueo llevadas a cabo sobre territorio musulmán y, sobre todo, en la conquista de la opulenta ciudad de Almería.




Arcada románica de una casa que se encontraba en lo que hoy es la calle Tentenecio de Salamanca, junto a la catedral, y que fue incorporada a la iglesia de la localidad de Carbajosa de la Sagrada pobablemente a comienzos del siglo XX. Bien podía haber pertenecido el inmueble a uno de los caballeros villanos salmantinos enriquecidos gracias a las cabalgadas llevadas a cabo sobre territorio musulmán. Fotografías de la asociación salmantina Ciudadanos en Defensa del Patrimonio. 

Otro caso sería el de Blasco Sánchez, que, temeroso de morir en combate contra los moros, en 1161 consigna en su testamento que se deje a la Orden de los Hospitalarios de San Juan su aldea de Barazas y Azaron y al cabildo catedralicio la aldea de Coleo, cien maravedís y que, a mayores, se haga una tabla de plata y oro con el producto de la venta de sus casas y viñedos. Sabemos, además, que Blasco, además de caballero villano y hacendado era comerciante, ya que en sus últimas voluntades también se habla de unas tiendas que regentaba junto a la puerta del Río.



Personajes nobles esculpidos en una de las puertas de la iglesia de Almenara de Tormes. Es posible que el románico que se contruyó a orillas del Tormes y de su afluente el Cañedo fuera sufragado con el botín obtenido con las cabaldas llevadas a cabo por la milicia concejil de Salamanca sobre territorio musulmán.



Canecillos de la iglesia de Santibáñez del Río, que fue prácticamente destruida por una crecida del Tormes y que hoy en día se encuentra dejada completamente de la mano de Dios.

Alfonso VII cosechó sus últimos exitos militares en 1155 conquistando Andújar, Pedroche y Santa Eufemia, aunque en 1157 perdería las villas de Baeza y Úbeda para finalmente perder también Almería y, además, la vida durante el camino de vuelta de su última campaña contra al-Ándalus. Temeroso de que se produjeran luchas por el trono entre sus dos hijos mayores había dejado testamentado que Sancho fuera rey de Castilla y Toledo y Fernando de León, Galicia y Asturias. Sería este último monarca, el segundo de su nombre, el que restauraría la diócesis de Ciudad Rodrigo, lo que le acarrearía graves problemas con la milicia concejil de Salamanca, aunque esa es otra historia que contaré en cualquier otro momento.


Miguel Ángel Martín Mas

domingo, 1 de febrero de 2026

El conde de Alba que salió con el rabo entre las piernas de Salamanca

La infanta Juana, la única descendencia que tuvieron el rey Enrique IV de Castilla y de León y su segunda esposa, la infanta portuguesa Juana de Avis, nació en Madrid en 1462. El 9 de mayo de ese mismo año fue jurada ante las Cortes como princesa de Asturias y heredera de los reinos, pero una parte de la alta nobleza no creía, o quizá no le convenía creer, que esa niña fuera legítima, así que propalaron la especie de que había sido el fruto de las relaciones adúlteras mantenidas entre la reina Juana y Beltrán de la Cueva, la mano derecha del rey y conde de Ledesma entre otros cuantos títulos tales como el de duque de Alburquerque.


Enrique IV de Castilla y de León según el manuscrito del diplomático germano Jörg von Ehingen (1455). Era hijo de Juan II y María de Aragón y medio hermano del infante Alfonso y de la infanta Isabel (futura I reina de su nombre), que eran hijos de Isabel de Portugal.


La princesa Juana, apodada la Beltraneja por aquellos que le negaban su condición de hija legítima del rey Enrique IV.

El maledicente rumor preparó el terreno para una revuelta nobiliaria que forzó al rey a comprometer en matrimonio a su única hija con su medio hermano Alfonso, que en 1464 fue proclamado heredero y sucesor de los reinos. En Salamanca, ciudad dividida desde hacía tiempo en dos bandos nobiliarios irreconciliables, el de Santo Tomé y el de San Benito, apoyaban el levantamiento los linajes pertenecientes al segundo: los Acevedo, Anaya, Fonseca, Palomeque, Godínez, Maldonado, Manzano, Paz, Pereira, Ribas, Hontiveros y Nieto. De hecho, el caballero Pedro González de Hontiveros fue por entonces el rebelde más destacado de la ciudad del Tormes, ya que se apoderó entre 1463 y 1464 del alcázar, enfrentándose a él los Varillas y los Solís, miembros del bando de Santo Tomé.


Página dedicada al linaje Hontiveros, del bando de San Benito, en el armorial salmantino Triunfo Raimundino de Juan Ramón de Trasmiera (primeros años del siglo XVI).



Los Monroy y los Solís, del bando de Santo Tomé, en el Triunfo Raimundino.

La verdad es que los linajes rebeldes de la alta nobleza castellana y leonesa no tenía especial interés por apoyar al infante Alfonso en sus pretensiones al trono, si acaso porque podía ser un pelele al que manejar fácilmente; en realidad lo que sentían era un profundo desprecio por el conde de Ledesma, que, proveniente de una familia de la nobleza menor, se había encumbrado hasta las máximas cotas de poder y al que había que desprestigiar para sacarlo de una vez por todas de la corte.


El conde de Ledesma Beltrán de la Cueva, representado como maestre de la Orden de Santiago, en un retrato idealizado del siglo XIX

El 5 de junio de 1465 los nobles levantiscos dieron un paso más que ha pasado a la historia con el nombre de la Farsa de Ávila, ceremonia ignominiosa por medio de la cual depusieron en efigie al rey Enrique IV para proclamar como nuevo monarca a su medio hermano Alfonso. 


Litografía del siglo XIX de Marcelino Unceta del episodio de la Farsa de Ávila. Alonso Carrillo, el arzobispo de Toledo, le quitó la corona al maniquí que representaba al rey Enrique IV; Álvaro de Zúñiga, el conde de Plasencia, le quitó la espada; Rodrigo Pimentel, el conde de Benavente, le arrebató el cetro; Diego López de Zúñiga, el conde de Miranda del Castañar, tiró el muñeco al suelo lleno de furia mientras gritaba: "¡a tierra, puto!".

El legítimo rey recibió la noticia del ultraje al que había sido sometido en Ávila mientras se encontraba en Salamanca, ciudad desde la que pidió ayuda a todos sus partidarios, llegando el primero el que más cercano se encontraba, que no era otro que García Álvarez de Toledo y Carrillo de Toledo, el II conde de Alba de Tormes, que hacía poco que se había cambiado de bando y que vino a auxiliar al rey con trescientos hombres de armas, doscientos caballeros y mil combatientes de las milicias concejiles de sus vastos dominios. El rey decidió retirarse hacia Zamora junto a su esposa y la infanta Isabel, medio hermana del depuesto rey y hermana del recién proclamado. A medio camino, en Ledesma, la comitiva real fue agasajada por el conde Beltrán de la Cueva; desde allí la reina Juana marchó junto a la infanta Isabel a Guarda, ya que esperaba, ingenuamente, recabar la ayuda de su hermano Alfonso V de Portugal.

García Álvarez de Toledo prestó poco después otro gran servicio al rey Enrique IV, ya que un documento del Archivo de la Casa de Alba, una carta del monarca dirigida al conde, datada el 1 de julio de 1466, da cuenta de que el noble tuvo bajo su protección a la princesa Juana en la villa de Alba de Tormes.



La Anunciación del Maestro de la Virgo inter Virgines (finales del siglo XV). El personaje arrodillado es García Álvarez de Toledo, II conde Alba de Tormes (1464), V señor de Valdecorneja (1464), I conde de Salvatierra de Tormes (1469), I duque de Alba de Tormes (1472) y I marqués de Coria (1472).


Adoración de los Reyes Magos en el reverso de la tabla de la Anunciación del Maestro de la Virgo inter Virgines.


Fachada occidental del castillo de Alba de Tormes en el primer volumen de España artística y monumental (1842). Litografía a partir de dibujo de Genaro Pérezz Villamil.

El fugaz e ilegítimo rey Alfonso XII de Castilla y de León falleció en Cardeñosa (Ávila) el 5 de julio de 1468. Las crónicas hablan de una muerte por pestilencia, aunque quizá no debamos descartar el envenenamiento, puesto que parece que el pelele estaba dejando de ser de utilidad para aquellos que lo habían convertido en monarca. Además, no hay que olvidar que por ahí andaba agazapada su ambiciosa hermana Isabel, la Católica, que fue la que se llevó finalmente el gato al agua sucediendo en 1474 a su medio hermano. 


Moneda acuñada en Sevilla por los partidarios del ilegítimo rey Alfonso XII de Castilla y de León.

Así las cosas, Enrique IV quedó como rey indiscutido desde 1469, el mismo año en el que concedió al II conde de Alba de Tormes, como recompensa a sus valiosos servicios, el señorío de Salamanca. García Álvarez de Toledo, impaciente por recoger su premio, se presentó en dicha ciudad con un pequeño ejército. Si el orgulloso conde pensaba ser bien recibido por los salmantinos, se equivocaba, ya que era bien sabido tanto por la pequeña nobleza local como por el pueblo llano que pasar de ser habitante de un realengo a serlo de un señorío era mucho más oneroso y degradante, dado que el nuevo señor de la alta nobleza no solía ser tan comedido y considerado como el rey y su tenente. El pueblo salmantino y una parte de la nobleza local, levantados en armas, expulsaron al conde García y sus parciales, provocando entre sus filas grandes bajas, pero el Alba no iba a renunciar a tan jugosa merced real tan fácilmente. Los partidarios del conde, que también los había, los del bando de San Benito, le abrieron al caer la noche la puerta de San Hilario, conocida desde entonces como puerta Falsa. La lucha fue encarnizada, contabilizándose numerosas bajas en ambos bandos, entre ellas la del caballero Pero González Agüero, que murió desangrado tras haber perdido un brazo por un terrible golpe de hacha. La calle a la que daba acceso la puerta de San Hilario recibió el nombre de los Mártires a causa de dicho combate sangriento, siendo hoy en día conocida como la calle Espejo.


Séquito de un noble entrando en una ciudad. Ilustración del Libro de los Torneos de René I d'Anjou (1488-1489).

El conde García abandonó Salamanca sin plumas y cacareando, con su prometido señorío de Salamanca convertido en humo, así que para compensarle el exasperado y resignado rey Enrique IV le concedió el título de duque de Alba en 1472; esto hacía las cosas mucho más fáciles, ya que los albenses estaban domesticados desde 1429, año en el que el rey Juan II concedió el señorío de su villa al arzobispo Gutierre Álvarez de Toledo. Ese mismo año de 1472 el rey Enrique IV facultó al Concejo de Salamanca para demoler el alcázar con objeto de que no pudiera volver a emplearse en el futuro como bastión de rebeldes, concediéndole a su vez varias mercedes a cambio, tales como el peaje que pagaban los ganaderos que cruzaban el puente, los derechos y las rentas de las casas situadas en el distrito del alcázar y, asimismo, la tabernilla del vino blanco, que siempre había pertenecido a los alcaides de la fortaleza.


Heráldica ajedrezada de los Álvarez de Toledo, duques de Alba de Tormes.


Escudo de Alba de Tormes. Afortunadamente, a pesar de ser villa ducal desde 1472, Alba ha conservado en su heráldica actual los elementos contenidos en su sello concejil medieval, los del tiempo en que era una villa de realengo.


La hoy conocida como Peña Celestina es el promontorio sobre el que estaba emplazado el alcázar medieval de Salamanca, que fue ocupado por el caballero rebelde Pedro González de Hontiveros, del bando de San Benito, entre 1463 y 1464. Fotografía de Jessica Knauss.

Y en medio de todas estas vicisitudes el rey Enrique IV concedió a la ciudad de Salamanca, por su lealtad durante la revuelta nobiliaria que orquestó la Farsa de Ávila, una feria franca, es decir, libre del impuesto del portazgo, a celebrar anualmente entre el 1 y el 21 de septiembre y que todavía celebramos los salmantinos del presente, aunque hay que tener en cuenta que lo del 8 de septiembre como día de la Virgen de la Vega no se ideó hasta finales del siglo XIX, siendo obispo un tal Narciso Martínez Izquierdo.

Miguel Ángel Martín Mas

domingo, 25 de enero de 2026

REINO - La historia del reino de León - Capítulo IV - POTESTAS DOMINARUM

REINO - La historia del reino de León - Capítulo III - SANGRE Y GLORIA

 

REINO - La historia del reino de León - Capítulo II - 910 EL NACIMIENTO

 

REINO - La historia del reino de León - Capítulo I - LEGIO ULTIMA

Una "mujer cerrada" del siglo XIII

Bien cierto es que no faltan episodios escabrosos en las Cantigas de Santa María, ese cancionero marial promocionado y coordinado por Alfonso X de Castilla y de León entre 1257 y 1283; sonoros versos escritos en galaico-portugués, bellas miniaturas y delicadas partituras musicales muestran la devoción y gratitud de las gentes por las actuaciones milagrosas de la Madre de Dios, pero también dan cuenta de un buen número de miserias y padecimientos humanos. Tal es el caso, en grado sumo, de la cantiga CV, en la que un hombre emplea una extrema violencia para imponer su autoridad marital, reconocida por ley en esa época, con el objeto de castigar y corregir a su atribulada esposa.


La Cantiga CV, como todas las terminadas en cinco, es doble, es decir, contiene doce viñetas en lugar de seis, que es lo habitual en el resto del cancionero. Se trata de la historia de "Como Santa María guareceu a mollér que chagara séu marido porque a non podía aver a sa guisa" (cómo Santa María sanó a la mujer a quien había herido su marido porque no había podido poseerla a su gusto).

La historia comienza con la visita milagrosa que hace la Virgen, acompañada de un grupo de santas, a una niña que jugaba en el jardín de su casa. María le prometió volver a visitarla, esta vez acompañada del Niño Jesús, si guardaba la virginidad durante toda su vida y se apartaba de todo mal. La pequeña, asustada, pero también sintiéndose privilegiada, prometió, ingenuamente, hacer lo que se le pedía. 


No pasó mucho tiempo hasta que llegó el día en el que los padres de la niña pensaron en casarla, ya que en aquella época, en la que las hijas eran moneda de cambio entre las familias, esto se concertaba y consumaba bien pronto. La hermosa doncella se desvivió por explicarle a sus padres que tal cosa no era posible, ya que había hecho voto de virginidad en presencia de la mismísima Virgen María, pero no la creyeron, o no quisieron creerla, porque, en todo caso, nada iba a dar al traste con su ansiado deseo de convertirse en familia del más rico comerciante de la ciudad.  


Así las cosas, la boda se celebró con todo el boato que la fortuna del novio podía ofrecer. Una vez que los contrayentes se habían aceptado publicamente en la iglesia, el siguiente paso para sellar la indisolubilidad del matrimonio era la consumación sexual del mismo. No en vano el sexo entre esposo y esposa tenía dos misiones principales: la procreatio prolis (tener descendencia) y la sedatio conscupientiae, la sedación del deseo, es decir, dejar bien satisfecho al marido para que este no se entregara a la fornicación y la lujuria, graves pecados ambos que un buen cristiano debía evitar cometer. 


La Virgen, por supuesto, no iba a permitir esa consumación, así que, acompañada por un ángel, se apareció durante la noche de bodas en la alcoba de los recién casados. Fijaos en cómo la esposa hace el gesto de rechazar al marido y cómo Santa María coloca su mano sobre el hombro del esposo, adormeciéndolo, calmando así su furor sexual y librando a la doncella de la deuda carnal que había contraído a través del matrimonio.


Pasó todo un año sin que se produjera ayuntamiento alguno entre la pareja, lo que llevó al esposo a consultar con una partera, que, tras una concienzuda inspección genital, diagnosticó un caso claro de "mujer cerrada", una esposa que era fisiológicamente incapaz de consumar el matrimonio. El mundo se le vino encima al acaudalado comerciante que, acostumbrado a tenerlo todo, veía como no iba a poder gozar sexualmente en su propia casa con su esposa y, mucho menos, tener hijos. Ante tal perspectiva, las opciones eran dos para ella, claro está, puesto que el marido no era culpable de nada: el convento o someterse a una cirugía que abriera sus zonas íntimas para así poder formalizar el matrimonio.

La siguiente viñeta deja claro que lo que sucedió fue lo segundo, ya que muestra a la esposa sujetada por cuatro mujeres, una de ella una esclava mora, y al marido —que os recuerdo que era comerciante, no cirujano— con un bisturí en la mano dispuesto a solucionar de una vez por todas la clausio matricis de su esposa, sintiéndose capaz de revertir la atresia femenina como el que talla una cuchara con una navaja.


Aquella mujer, desde luego, ya nunca sería madre, pero eso no era nada, ya que por muy poco no perdió la vida a causa de la enorme cantidad de sangre que se derramó durante esa salvaje cirugía casera.

La pobre víctima, apenas recuperada, acudió a pedir consejo y amparo al obispo de la ciudad, que la invitó a volver con su marido para así evitar males mayores. No, si ya lo dijo un par de siglos después el ilustre profesor de la Universidad de Salamanca fray Luis de León, que en su obra La perfecta casada afirmó: "por áspero que sea el marido, es necesario que la mujer lo soporte".


De hecho, aquí podéis ver al simpático prelado devolviendo a la mujer a su esposo, como el que devuelve a su dueño una mula perdida en el monte. 


La absoluta falta de empatía del obispo hizo estallar a la Virgen, a la que, conducida por la ira y la sororidad, se le fue un tanto la mano lanzando sobre toda la ciudad la maldición del Mal de los Ardientes, una enfermedad provocada por la ingesta de harina contaminada con el hongo Claviceps purpurea, el cornezuelo del centeno, que provocaba dolor en diversas partes del cuerpo, sobre todo en manos y pies, con sensación de ardor y fuego, y posterior gangrena. Muchos fallecieron entre terribles sufrimientos o quedaron con una morbilidad incapacitante. Los más afortunados presentaron solamente náuseas, vómitos, convulsiones y alucinaciones.


En la misma iglesia donde se casó, rodedada de enfermos, la pobre esposa mutilada genitalmente, que con un pecho gangrenado también sufría el Fuego de San Antón, siendo ella inocente y víctima, se quejó amargamente ante la Virgen de lo injusto de su situación y de la de otras personas que nada habían tenido que ver con el acto criminal llevado a cabo por su marido, quien, por cierto y en justicia, fue uno de los primeros en morir tras una horripilante agonía.


Fue entonces cuando la Madre de Dios se hizo carne y le dijo a la mujer demandante que se tendiera sobre la cama en la que, dado su estado de postración, había sido trasladada hasta el templo.


Aquella niña que había hecho una promesa a la Virgen, ahora convertida en mujer y tras haber vivido un tremendo calvario a manos de su esposo, cayó en un profundo sueño durante el cual fue curada de todos sus males.


Y mostrando la piedad que caracteriza a la Virgen, esta concedió a su protegida, que tanto había sufrido por su causa, el don del ósculo curativo, por medio del cual habría de consolar y sanar del Mal de los Ardientes a todo el que lo recibiera con fe y devoción por Santa María.


Además, dotada de dicha gracia pudo dar a otras mujeres la oportunidad que ella nunca tuvo, la de ser madre. FIN



Dos escenas postparto medievales. La primera está incluida en la Biblia de los Cruzados, conservada en la Biblioteca Morgan, y la segunda en el manuscrito de la abadía de Lambach MS73.


Miguel Ángel Martín Mas

La hueste de Salamanca en el siglo XII - Parte I

Alfonso VII, intitulado como Imperator totius Hispaniae en la catedral románica de León el 26 de mayo de 1135, día de Pentecostés, reinaba ...