domingo, 1 de febrero de 2026

El conde de Alba que salió con el rabo entre las piernas de Salamanca

La infanta Juana, la única descendencia que tuvieron el rey Enrique IV de Castilla y de León y su segunda esposa, la infanta portuguesa Juana de Avis, nació en Madrid en 1462. El 9 de mayo de ese mismo año fue jurada ante las Cortes como princesa de Asturias y heredera de los reinos, pero una parte de la alta nobleza no creía, o quizá no le convenía creer, que esa niña fuera legítima, así que propalaron la especie de que había sido el fruto de las relaciones adúlteras mantenidas entre la reina Juana y Beltrán de la Cueva, la mano derecha del rey y conde de Ledesma entre otros cuantos títulos tales como el de duque de Alburquerque.


Enrique IV de Castilla y de León según el manuscrito del diplomático germano Jörg von Ehingen (1455). Era hijo de Juan II y María de Aragón y medio hermano del infante Alfonso y de la infanta Isabel (futura I reina de su nombre), que eran hijos de Isabel de Portugal.


La princesa Juana, apodada la Beltraneja por aquellos que le negaban su condición de hija legítima del rey Enrique IV.

El maledicente rumor preparó el terreno para una revuelta nobiliaria que forzó al rey a comprometer en matrimonio a su única hija con su medio hermano Alfonso, que en 1464 fue proclamado heredero y sucesor de los reinos. En Salamanca, ciudad dividida desde hacía tiempo en dos bandos nobiliarios irreconciliables, el de Santo Tomé y el de San Benito, apoyaban el levantamiento los linajes pertenecientes al segundo: los Acevedo, Anaya, Fonseca, Palomeque, Godínez, Maldonado, Manzano, Paz, Pereira, Ribas, Hontiveros y Nieto. De hecho, el caballero Pedro González de Hontiveros fue por entonces el rebelde más destacado de la ciudad del Tormes, ya que se apoderó entre 1463 y 1464 del alcázar, enfrentándose a él los Varillas y los Solís, miembros del bando de Santo Tomé.


Página dedicada al linaje Hontiveros, del bando de San Benito, en el armorial salmantino Triunfo Raimundino de Juan Ramón de Trasmiera (primeros años del siglo XVI).



Los Monroy y los Solís, del bando de Santo Tomé, en el Triunfo Raimundino.

La verdad es que los linajes rebeldes de la alta nobleza castellana y leonesa no tenía especial interés por apoyar al infante Alfonso en sus pretensiones al trono, si acaso porque podía ser un pelele al que manejar fácilmente; en realidad lo que sentían era un profundo desprecio por el conde de Ledesma, que, proveniente de una familia de la nobleza menor, se había encumbrado hasta las máximas cotas de poder y al que había que desprestigiar para sacarlo de una vez por todas de la corte.


El conde de Ledesma Beltrán de la Cueva, representado como maestre de la Orden de Santiago, en un retrato idealizado del siglo XIX

El 5 de junio de 1465 los nobles levantiscos dieron un paso más que ha pasado a la historia con el nombre de la Farsa de Ávila, ceremonia ignominiosa por medio de la cual depusieron en efigie al rey Enrique IV para proclamar como nuevo monarca a su medio hermano Alfonso. 


Litografía del siglo XIX de Marcelino Unceta del episodio de la Farsa de Ávila. Alonso Carrillo, el arzobispo de Toledo, le quitó la corona al maniquí que representaba al rey Enrique IV; Álvaro de Zúñiga, el conde de Plasencia, le quitó la espada; Rodrigo Pimentel, el conde de Benavente, le arrebató el cetro; Diego López de Zúñiga, el conde de Miranda del Castañar, tiró el muñeco al suelo lleno de furia mientras gritaba: "¡a tierra, puto!".

El legítimo rey recibió la noticia del ultraje al que había sido sometido en Ávila mientras se encontraba en Salamanca, ciudad desde la que pidió ayuda a todos sus partidarios, llegando el primero el que más cercano se encontraba, que no era otro que García Álvarez de Toledo y Carrillo de Toledo, el II conde de Alba de Tormes, que hacía poco que se había cambiado de bando y que vino a auxiliar al rey con trescientos hombres de armas, doscientos caballeros y mil combatientes de las milicias concejiles de sus vastos dominios. El rey decidió retirarse hacia Zamora junto a su esposa y la infanta Isabel, medio hermana del depuesto rey y hermana del recién proclamado. A medio camino, en Ledesma, la comitiva real fue agasajada por el conde Beltrán de la Cueva; desde allí la reina Juana marchó junto a la infanta Isabel a Guarda, ya que esperaba, ingenuamente, recabar la ayuda de su hermano Alfonso V de Portugal.

García Álvarez de Toledo prestó poco después otro gran servicio al rey Enrique IV, ya que un documento del Archivo de la Casa de Alba, una carta del monarca dirigida al conde, datada el 1 de julio de 1466, da cuenta de que el noble tuvo bajo su protección a la princesa Juana en la villa de Alba de Tormes.



La Anunciación del Maestro de la Virgo inter Virgines (finales del siglo XV). El personaje arrodillado es García Álvarez de Toledo, II conde Alba de Tormes (1464), V señor de Valdecorneja (1464), I conde de Salvatierra de Tormes (1469), I duque de Alba de Tormes (1472) y I marqués de Coria (1472).


Adoración de los Reyes Magos en el reverso de la tabla de la Anunciación del Maestro de la Virgo inter Virgines.


Fachada occidental del castillo de Alba de Tormes en el primer volumen de España artística y monumental (1842). Litografía a partir de dibujo de Genaro Pérezz Villamil.

El fugaz e ilegítimo rey Alfonso XII de Castilla y de León falleció en Cardeñosa (Ávila) el 5 de julio de 1468. Las crónicas hablan de una muerte por pestilencia, aunque quizá no debamos descartar el envenenamiento, puesto que parece que el pelele estaba dejando de ser de utilidad para aquellos que lo habían convertido en monarca. Además, no hay que olvidar que por ahí andaba agazapada su ambiciosa hermana Isabel, la Católica, que fue la que se llevó finalmente el gato al agua sucediendo en 1474 a su medio hermano. 


Moneda acuñada en Sevilla por los partidarios del ilegítimo rey Alfonso XII de Castilla y de León.

Así las cosas, Enrique IV quedó como rey indiscutido desde 1469, el mismo año en el que concedió al II conde de Alba de Tormes, como recompensa a sus valiosos servicios, el señorío de Salamanca. García Álvarez de Toledo, impaciente por recoger su premio, se presentó en dicha ciudad con un pequeño ejército. Si el orgulloso conde pensaba ser bien recibido por los salmantinos, se equivocaba, ya que era bien sabido tanto por la pequeña nobleza local como por el pueblo llano que pasar de ser habitante de un realengo a serlo de un señorío era mucho más oneroso y degradante, dado que el nuevo señor de la alta nobleza no solía ser tan comedido y considerado como el rey y su tenente. El pueblo salmantino y una parte de la nobleza local, levantados en armas, expulsaron al conde García y sus parciales, provocando entre sus filas grandes bajas, pero el Alba no iba a renunciar a tan jugosa merced real tan fácilmente. Los partidarios del conde, que también los había, los del bando de San Benito, le abrieron al caer la noche la puerta de San Hilario, conocida desde entonces como puerta Falsa. La lucha fue encarnizada, contabilizándose numerosas bajas en ambos bandos, entre ellas la del caballero Pero González Agüero, que murió desangrado tras haber perdido un brazo por un terrible golpe de hacha. La calle a la que daba acceso la puerta de San Hilario recibió el nombre de los Mártires a causa de dicho combate sangriento, siendo hoy en día conocida como la calle Espejo.


Séquito de un noble entrando en una ciudad. Ilustración del Libro de los Torneos de René I d'Anjou (1488-1489).

El conde García abandonó Salamanca sin plumas y cacareando, con su prometido señorío de Salamanca convertido en humo, así que para compensarle el exasperado y resignado rey Enrique IV le concedió el título de duque de Alba en 1472; esto hacía las cosas mucho más fáciles, ya que los albenses estaban domesticados desde 1429, año en el que el rey Juan II concedió el señorío de su villa al arzobispo Gutierre Álvarez de Toledo. Ese mismo año de 1472 el rey Enrique IV facultó al Concejo de Salamanca para demoler el alcázar con objeto de que no pudiera volver a emplearse en el futuro como bastión de rebeldes, concediéndole a su vez varias mercedes a cambio, tales como el peaje que pagaban los ganaderos que cruzaban el puente, los derechos y las rentas de las casas situadas en el distrito del alcázar y, asimismo, la tabernilla del vino blanco, que siempre había pertenecido a los alcaides de la fortaleza.


Heráldica ajedrezada de los Álvarez de Toledo, duques de Alba de Tormes.


Escudo de Alba de Tormes. Afortunadamente, a pesar de ser villa ducal desde 1472, Alba ha conservado en su heráldica actual los elementos contenidos en su sello concejil medieval, los del tiempo en que era una villa de realengo.


La hoy conocida como Peña Celestina es el promontorio sobre el que estaba emplazado el alcázar medieval de Salamanca, que fue ocupado por el caballero rebelde Pedro González de Hontiveros, del bando de San Benito, entre 1463 y 1464. Fotografía de Jessica Knauss.

Y en medio de todas estas vicisitudes el rey Enrique IV concedió a la ciudad de Salamanca, por su lealtad durante la revuelta nobiliaria que orquestó la Farsa de Ávila, una feria franca, es decir, libre del impuesto del portazgo, a celebrar anualmente entre el 1 y el 21 de septiembre y que todavía celebramos los salmantinos del presente, aunque hay que tener en cuenta que lo del 8 de septiembre como día de la Virgen de la Vega no se ideó hasta finales del siglo XIX, siendo obispo un tal Narciso Martínez Izquierdo.

Miguel Ángel Martín Mas

domingo, 25 de enero de 2026

REINO - La historia del reino de León - Capítulo IV - POTESTAS DOMINARUM

REINO - La historia del reino de León - Capítulo III - SANGRE Y GLORIA

 

REINO - La historia del reino de León - Capítulo II - 910 EL NACIMIENTO

 

REINO - La historia del reino de León - Capítulo I - LEGIO ULTIMA

Una "mujer cerrada" del siglo XIII

Bien cierto es que no faltan episodios escabrosos en las Cantigas de Santa María, ese cancionero marial promocionado y coordinado por Alfonso X de Castilla y de León entre 1257 y 1283; sonoros versos escritos en galaico-portugués, bellas miniaturas y delicadas partituras musicales muestran la devoción y gratitud de las gentes por las actuaciones milagrosas de la Madre de Dios, pero también dan cuenta de un buen número de miserias y padecimientos humanos. Tal es el caso, en grado sumo, de la cantiga CV, en la que un hombre emplea una extrema violencia para imponer su autoridad marital, reconocida por ley en esa época, con el objeto de castigar y corregir a su atribulada esposa.


La Cantiga CV, como todas las terminadas en cinco, es doble, es decir, contiene doce viñetas en lugar de seis, que es lo habitual en el resto del cancionero. Se trata de la historia de "Como Santa María guareceu a mollér que chagara séu marido porque a non podía aver a sa guisa" (cómo Santa María sanó a la mujer a quien había herido su marido porque no había podido poseerla a su gusto).

La historia comienza con la visita milagrosa que hace la Virgen, acompañada de un grupo de santas, a una niña que jugaba en el jardín de su casa. María le prometió volver a visitarla, esta vez acompañada del Niño Jesús, si guardaba la virginidad durante toda su vida y se apartaba de todo mal. La pequeña, asustada, pero también sintiéndose privilegiada, prometió, ingenuamente, hacer lo que se le pedía. 


No pasó mucho tiempo hasta que llegó el día en el que los padres de la niña pensaron en casarla, ya que en aquella época, en la que las hijas eran moneda de cambio entre las familias, esto se concertaba y consumaba bien pronto. La hermosa doncella se desvivió por explicarle a sus padres que tal cosa no era posible, ya que había hecho voto de virginidad en presencia de la mismísima Virgen María, pero no la creyeron, o no quisieron creerla, porque, en todo caso, nada iba a dar al traste con su ansiado deseo de convertirse en familia del más rico comerciante de la ciudad.  


Así las cosas, la boda se celebró con todo el boato que la fortuna del novio podía ofrecer. Una vez que los contrayentes se habían aceptado publicamente en la iglesia, el siguiente paso para sellar la indisolubilidad del matrimonio era la consumación sexual del mismo. No en vano el sexo entre esposo y esposa tenía dos misiones principales: la procreatio prolis (tener descendencia) y la sedatio conscupientiae, la sedación del deseo, es decir, dejar bien satisfecho al marido para que este no se entregara a la fornicación y la lujuria, graves pecados ambos que un buen cristiano debía evitar cometer. 


La Virgen, por supuesto, no iba a permitir esa consumación, así que, acompañada por un ángel, se apareció durante la noche de bodas en la alcoba de los recién casados. Fijaos en cómo la esposa hace el gesto de rechazar al marido y cómo Santa María coloca su mano sobre el hombro del esposo, adormeciéndolo, calmando así su furor sexual y librando a la doncella de la deuda carnal que había contraído a través del matrimonio.


Pasó todo un año sin que se produjera ayuntamiento alguno entre la pareja, lo que llevó al esposo a consultar con una partera, que, tras una concienzuda inspección genital, diagnosticó un caso claro de "mujer cerrada", una esposa que era fisiológicamente incapaz de consumar el matrimonio. El mundo se le vino encima al acaudalado comerciante que, acostumbrado a tenerlo todo, veía como no iba a poder gozar sexualmente en su propia casa con su esposa y, mucho menos, tener hijos. Ante tal perspectiva, las opciones eran dos para ella, claro está, puesto que el marido no era culpable de nada: el convento o someterse a una cirugía que abriera sus zonas íntimas para así poder formalizar el matrimonio.

La siguiente viñeta deja claro que lo que sucedió fue lo segundo, ya que muestra a la esposa sujetada por cuatro mujeres, una de ella una esclava mora, y al marido —que os recuerdo que era comerciante, no cirujano— con un bisturí en la mano dispuesto a solucionar de una vez por todas la clausio matricis de su esposa, sintiéndose capaz de revertir la atresia femenina como el que talla una cuchara con una navaja.


Aquella mujer, desde luego, ya nunca sería madre, pero eso no era nada, ya que por muy poco no perdió la vida a causa de la enorme cantidad de sangre que se derramó durante esa salvaje cirugía casera.

La pobre víctima, apenas recuperada, acudió a pedir consejo y amparo al obispo de la ciudad, que la invitó a volver con su marido para así evitar males mayores. No, si ya lo dijo un par de siglos después el ilustre profesor de la Universidad de Salamanca fray Luis de León, que en su obra La perfecta casada afirmó: "por áspero que sea el marido, es necesario que la mujer lo soporte".


De hecho, aquí podéis ver al simpático prelado devolviendo a la mujer a su esposo, como el que devuelve a su dueño una mula perdida en el monte. 


La absoluta falta de empatía del obispo hizo estallar a la Virgen, a la que, conducida por la ira y la sororidad, se le fue un tanto la mano lanzando sobre toda la ciudad la maldición del Mal de los Ardientes, una enfermedad provocada por la ingesta de harina contaminada con el hongo Claviceps purpurea, el cornezuelo del centeno, que provocaba dolor en diversas partes del cuerpo, sobre todo en manos y pies, con sensación de ardor y fuego, y posterior gangrena. Muchos fallecieron entre terribles sufrimientos o quedaron con una morbilidad incapacitante. Los más afortunados presentaron solamente náuseas, vómitos, convulsiones y alucinaciones.


En la misma iglesia donde se casó, rodedada de enfermos, la pobre esposa mutilada genitalmente, que con un pecho gangrenado también sufría el Fuego de San Antón, siendo ella inocente y víctima, se quejó amargamente ante la Virgen de lo injusto de su situación y de la de otras personas que nada habían tenido que ver con el acto criminal llevado a cabo por su marido, quien, por cierto y en justicia, fue uno de los primeros en morir tras una horripilante agonía.


Fue entonces cuando la Madre de Dios se hizo carne y le dijo a la mujer demandante que se tendiera sobre la cama en la que, dado su estado de postración, había sido trasladada hasta el templo.


Aquella niña que había hecho una promesa a la Virgen, ahora convertida en mujer y tras haber vivido un tremendo calvario a manos de su esposo, cayó en un profundo sueño durante el cual fue curada de todos sus males.


Y mostrando la piedad que caracteriza a la Virgen, esta concedió a su protegida, que tanto había sufrido por su causa, el don del ósculo curativo, por medio del cual habría de consolar y sanar del Mal de los Ardientes a todo el que lo recibiera con fe y devoción por Santa María.


Además, dotada de dicha gracia pudo dar a otras mujeres la oportunidad que ella nunca tuvo, la de ser madre. FIN



Dos escenas postparto medievales. La primera está incluida en la Biblia de los Cruzados, conservada en la Biblioteca Morgan, y la segunda en el manuscrito de la abadía de Lambach MS73.


Miguel Ángel Martín Mas

domingo, 18 de enero de 2026

El Mal de los Ardientes

Todo el mundo ha oído hablar de la temida lepra o de la mortífera epidemia de peste bubónica que asoló Europa a mediados del siglo XIV y que se llevó por delante, durante el sitio de Gibraltar, al rey Alfonso XI, nacido en Salamanca, por cierto. Menos conocidas son las sucesivas epidemias de una enfermedad que comenzaba con un frío intenso y repentino en todas las extremidades que se convertía después en un fuego invisible que devoraba manos y pies, haciéndolos caer a pedazos, ennegreciéndolos como el carbón, por lo que se decía que estaban consumidos por un fuego sagrado. Se trataba de un padecimiento pestilente que absorbía la carne, separándola de los huesos, y que producía un calor extremo en las entrañas, de ahí que se conociera como el Mal de los Ardientes. A medida que avanzaba la afección, el dolor y el ardor aumentaban hasta terminar con la muerte que, a veces, se convertía en un proceso largo y agónico, ya que los órganos vitales no se veían afectados.


Cantiga de Santa María XCI, que da cuenta de la curación por parte de la Virgen de un grupo de personas que, por sus pecados, sufrían del Mal de los Ardientes.

Otros nombres de dicha enfermedad eran Fuego de San Marcial, Fuego de San Antón, Fuego Salvaje, Fuego Sagrado, Fuego Divino, Fuego de la Bienaventurada Virgen María, Fuego de San Fermín, Fuego del Infierno..., denominaciones diferentes según el lugar donde se extendiera la plaga y que nos hablan de quién enviaba tamaña desgracia o de a quién se recurría para superarla.

Hoy en día tenemos pleno conocimiento de esta enfermedad denominada ergotismo, una intoxicación extremadamente grave causada por los alcaloides que contiene el hongo parásito Claviceps purpurea, comúnmente conocido como cornezuelo de centeno, que especialmente en años de primaveras muy húmedas consecutivas a inviernos fríos contaminaba el pan elaborado con dicho cereal, causando convulsiones y alucinaciones (ergotismo convulsivo) o gangrena y pérdida de extremidades debida a la vasoconstricción (ergotismo gangrenoso).


Centeno parasitado por el hongo Claviceps purpurea, que contiene un alcaloide, la ergotamina, que afecta al sistema circulatorio y provoca alucinaciones. Muchos episodios de brujería en la Edad Media tenían su origen en los delirios provocados por el pan contaminado con el cornezuelo.

En el ámbito de los reinos medievales hispánicos el santo al que se solía rogar para aplacar el Mal de los Ardientes era Antonio Abad, que en esta xilografía alemana del siglo XV está representado con todos sus atributos: miembros amputados colgados a la parte superior, enfermos de ergotismo mutilados o con muletas, la letra tau en el báculo y el hábito y campanillas en el báculo o portadas por los enfermos. En la parte de abajo se representan esquemáticamente las llamas, referencia al dolor urente provocado por el Fuego de San Antonio, y el cerdo, que representa a los demonios que el santo fue capaz de someter. 



Compartimento inferior derecho del Retablo de San Antonio Abad, del Maestro de Rubió. A la izquierda, se ve el sepulcro del santo, sobre un altar. Un clérigo cura las llagas de un enfermo mientras otros esperan su turno.

La Virgen era otra de las opciones habituales para buscar la curación, es por ello que en  las Cantigas de Santa María, obra atribuida al rey Alfonso X de Castilla y de León, encontramos bastantes referencias al ergotismo, estando una de estas cuatrocientas veinte poesías, escritas en galaico-portugués y musicadas, concretamente la XCI, dedicada a la curación de un grupo de personas que sufrían esta enfermedad en Francia.

En la primera viñeta de dicha cantiga se nos muestra a una gente sentada y hacinada que claramente sufre el Mal de los Ardientes, ya que en primer plano podemos ver a dos paisanos que han perdido un pie a causa de la gangrena. Otro grupo, que permanece de pie, muestra su preocupación y parece que disposición a ayudar a sus familiares y a sus vecinos. 


En efecto, la cantiga nos cuenta que las personas que están sanas han decidido trasladar a los enfermos hasta el hospital de la abadía de Nuestra Señora en la ciudad Soissons, regentado por los Hermanos Hospitalarios de San Antonio, los Antonianos, una congregación fundada por el noble francés Gaston de Valloire hacia 1095 con el propósito de cuidar de aquellos que sufrían la enfermedad del ergotismo y que llegó a ocuparse de trescientos sesenta y nueve hospitales por toda Europa, uno de ellos en la ciudad de Salamanca.




Ruinas del hospital de San Antón en Castrojeriz (Burgos) fundación del emperador de León Alfonso VII en 1146.

Sanos y enfermos rezaron fervientemente a la Virgen para que les librara de aquel mal de origen desconocido que quemaba por dentro causando agónicos dolores y provocando la pérdida de manos y pies.


De repente, la imagen de la Virgen cobró vida. Todos sufrieron un tremendo susto ante tal prodigio, así los que no estaban tullidos huyeron despavoridos como impulsados por un resorte. 


La Virgen se acercó a los enfermos, los bendijo, quedando así perdonados sus pecados, y les curó del terrible mal que padecían.


La historia termina con una multitudinaria procesión de los habitantes de Soissons a la iglesia de la abadía de Nuestra Señora para dar gracias por la ayuda recibida, aunque, inconscientes como eran en aquella época de que la harina de centeno contaminada con el cornezuelo era lo que les hacía enfermar, pronto volverían a verse enfermos postrados por los espasmos musculares, las alucinaciones y el dolor, así que a la Virgen no le iba a faltar trabajo.


Pero el Mal de los Ardientes no se encuentra solamente reflejado en las Cantigas de Santa María, sino también en el arte románico, como por ejemplo en uno de los canecillos de la iglesia de Javierrelate (Huesca), en el que vemos un demonio devorando un pie, aludiendo así con claridad al tormento sufrido por los que padecían esta enfermedad que les hacía perder sus extremidades. 



Otros ejemplos, esta vez de exvotos representativos del enfermo de ergotismo, los encontramos en un canecillo de la iglesia de Iguácel, también en Huesca, y en otro de la iglesia de la Colegiata de Santa Juliana en Santillana del Mar (Cantabria).



La peregrinación a Santiago de Compostela era otro de los remedios que resultaban efectivos ante el Fuego de San Antonio, ya que es cierto que los enfermos mejoraban, aunque esto se debía con toda seguridad a que, al alejarse de sus casas, dejaban de consumir el pan contaminado con la harina de la última cosecha infectada con el hongo maligno. 


Peregrinos en la cantiga CLXXV.


Miguel Ángel Martín Mas

El conde de Alba que salió con el rabo entre las piernas de Salamanca

La infanta Juana, la única descendencia que tuvieron el rey Enrique IV de Castilla y de León y su segunda esposa, la infanta portuguesa Juan...