domingo, 24 de mayo de 2026

El apostolado de Alba y san Gervasio

Postulaba mi fraile favorito, el franciscano inglés Guillermo de Ockham, que la explicación más sencilla suele ser la más probable. Si este principio metodológico y filosófico sirvió, en su día, para relacionar unas chovas piquirrojas pintadas en una techumbre medieval de Salamanca con santo Tomás Cantuariense, la dinastía Plantagenet y la reina Berenguela, bien podría servir ahora, apuntando, además, en la misma dirección, para dar cuenta de quién costeó el apostolado de Alba de Tormes y de cuál fue su ubicación original.


Dibujo con el texto frater Occham iste (este es el hermano Occham) de un manuscrito de la Summa Logicae, 1341.


Cristo del apostolado de Alba.


Número 15 de la revista Historia y Genealogía, publicada por la Universidad de Córdoba, que contiene el artículo titulado "La decoración heráldica de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca".

Este hermoso conjunto escultórico de Cristo y sus doce apóstoles —incluyendo a san Pablo y excluyendo a Judas Iscariote— se conserva totalmente descontextualizado en el ábside central de la iglesia de San Juan de la villa albense junto a una Virgen que, seguramente, también formaba parte del mismo. Se cree que es una obra de en torno al año 1200, del tiempo en el que en León reinaban Alfonso IX y Berenguela, y que debió de estar ubicada en la fachada de alguna de la docena de iglesias románicas de la localidad cuyo derrumbe ni se quiso ni se pudo evitar.








El apostolado de Alba de Tormes.

Poco más se conoce de esta obra, aparte de las consabidas consideraciones histórico-artísticas y teológicas, las cuales creo que se deberían complementar con algunos hechos históricos que no acierto a entender por qué no se tienen nunca en cuenta a la hora de hablar de la misma.

I. Si el apostolado es una obra de 1200 ubicado en el exterior de una iglesia construida en piedra en un lugar donde la construcción de los templos románicos se hacía en ladrillo, material mucho más económico, parece que alguien rico y poderoso de esa época decidió, en un momento dado, hacer un caro regalo en forma de templo a Alba de Tormes, villa con la que probablemente tendría algún tipo de vínculo.


La reina Berenguela junto a su esposo el rey Alfonso IX de León hacia 1200. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS.

II. El apostolado de la villa leonesa de Alba tiene un mellizo en la iglesia de Notre-Dame la Grande en Poitiers, ciudad de nacimiento y corte de Leonor de Aquitania, que tuvo una hija, Leonor Plantagenet, que fue reina consorte de Castilla entre 1170 y 1214, y una nieta, la infanta castellana Berenguela, que fue reina consorte de León y tenente de Salamanca entre 1197 y 1204.






Iglesia de Notre-Dame la Grande en Poitiers.

III. Leonor de Aquitania visitó con un gran séquito a su hija y nietas castellanas en el año 1200, llevándose a su vuelta a Poitiers a su nieta Blanca para casarla con el heredero del trono de Francia.


Fachada meridional de la catedral de Ciudad Rodrigo, también construida en tiempos de la reina Berenguela. 

IV. Una de las iglesias románicas de Alba que no se han conservado estaba bajo la advocación de san Hervás, es decir, san Gervasio, culto muy extendido en los territorios de Normandía, Angers, Aquitania y Gascuña, todos bajo el control del rey Enrique II Plantagenet de Inglaterra y Leonor de Aquitania, los abuelos maternos de la reina Berenguela de León y de Castilla. Baste mencionar aquí que la catedral de Gisors está bajo la advocación de san Gervasio y san Protasio y que, además, fue construida bajo mandato de dicha pareja real a partir de 1160.


Martirio de los hermanos y santos Gervasio y Protasio en una miniatura francesa del s. XIV (París, Bib. nationale, ms. Français 185).


Mapa de iglesias bajo la advocación de San Gervasio en los territorios históricos de Normandía y Aquitania.



Catedral de San Gervasio y San Protasio en Soissons, donde se produjo el milagro que se cuenta en la cantiga LIII de las Cantigas de Santa María, obra patrocinada por el rey Alfonso X el Sabio, nieto de Berenguela. 

V. Dos templos bajo la advocación de san Gervasio y localizados en lo que fuera el ducado de Normandía están íntimamente relacionados con Tomás de Canterbury, el santo protector de la dinastía Plantagenet,  a la que pertenecía la reina Berenguela. Por un lado, ocurrió que, en el verano de 1161, cuando Tomás Becket todavía ejercía como canciller de Inglaterra, antes de ser nombrado arzobispo de Canterbury, este cayó gravemente enfermo durante una estancia en Normandía y tuvo que pasar una larga convalecencia en el priorato benedictino de San Gervasio en la ciudad de Rouen. Fue un episodio tan relevante que el rey Enrique II de Inglaterra y el rey Luis VII de Francia acudieron juntos a visitarlo. Posteriormente, tras el brutal asesinato de Becket en 1170, la iglesia de dicho priorato de San Gervasio albergó reliquias del mártir, cediendo una parte de ellas a la catedral de Rouen en el año 1222. Por otro lado, en Avranches, concretamente y no casualmente en la plaza Thomas Becket, se conserva una piedra de la antigua catedral, recordando que fue en dicho templo donde el rey Enrique II Plantagenet hizo una primera penitencia pública en 1172 para obtener la absolución papal, ya que se sospechaba que había inspirado el asesinato de su antiguo amigo el arzobispo de Canterbury.


Piedra de Enrique II, resto que se conserva de la catedral de Avranches, que se derrumbó a principios del siglo XIX, ya que fue muy dañada en su estructura durante la Revolución Francesa.


Asesinato del arzobispo Tomás Becket representado en una pintural mural de hacia 1200 en la iglesia de Saint James en Bramley (Hampshire - Inglaterra).


Penitencia del rey Enrique II de Inglaterra ante la tumba de Tomás Becket en Canterbury.

VI. La villa leonesa de Alba de Tormes y su tierra quedaron asoladas en el verano de 1197 tras un brutal ataque llevado a cabo por tropas aliadas castellanas y aragonesas, que también tomaron el castillo de Carpio Bernardo. Esa guerra entre el reino de León y el de Castilla en la que estuvo enmarcado dicho episodio llegó a su fin con el matrimonio entre la infanta castellana Berenguela y su tío segundo el rey de León, Alfonso IX. Sin figurar la ciudad leonesa de Salamanca en las arras de Berenguela, la reina consorte pasó a ser tenente de la misma y sospecho, aunque no está documentado, que también lo fue, por derecho de conquista de su padre, de Alba de Tormes y del castillo de Carpio Bernardo, ya que dicha fortaleza todavía estaba bajo control castellano cuando se firmó el Tratado de Cabreros en 1206, dos años después de que Berenguela tuviera que separarse del rey leonés por la consanguinidad habida en su matrimonio y las consiguientes presiones del papa.


Ataque de las tropas de Alfonso VIII de Castilla y de Pedro II de Aragón sobre la villa de Alba de Tormes en el verano de 1197. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS.

VII. La iglesia albense de San Hervás (san Gervasio), advocación que, como ya hemos dicho, se relaciona con los orígenes de la reina Berenguela y con Tomás Cantuariense, el santo protector de su dinastía, la Plantagenet, era el templo en el que reunía el concejo de la villa en el siglo XIII, es decir, era probablemente el principal y, en consecuencia, el más suntuoso y donde se recibía al tenente del rey leonés. 


Iglesia románica de San Gervasio y San Protasio en la localidad vallisoletana de Santervás de Campos, que precisamente se llama así por san Hervás (Gervasio).

Una vez expuesto todo lo anterior y no teniendo yo, al destino gracias, ninguna responsabilidad en el mundo de lo académico, no me parece descabellado inferir que el apostolado de Alba de Tormes debió de formar parte de la fachada principal de la iglesia de san Hervás y que, además, la construcción de la misma pudiera haber sido sufragada por la acaudalada reina Berenguela, que probablemente fue tenente de la villa. No hay que olvidar que dicha monarca se esforzó por emular los mecenazgos culturales artísticos y culturales de su madre y de su abuela materna en los lugares bajo su mandato y que, a la par, algo de cargo de conciencia debía de tener por la destrucción a la que su padre y su tío segundo, Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón respectivamente, sometieron a Alba de Tormes en ese fatídico verano de 1197. Y, si así fueran las cosas, cada vez que vaya a ver de nuevo esa maravilla que es el apostolado, me placerá admirarlo como un monumento a la paz y reconciliación entre dos reinos medievales rivales que terminarían teniendo el mismo rey, Fernando III de Castilla desde 1217 y de León desde 1230, el hijo primogénito de Berenguela y Alfonso IX de León; por cierto, fue este el monarca que estrenaría una señal heráldica que es una belleza histórica que todavía conservamos y que es el cuartelado de castillos de oro en campo de gules y leones púrpura en campo de plata.


La reina Berenguela, su hijo el rey Fernando III y su nieto Alfonso, futuro monarca X de su nombre. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS.


Cuartelado de castillos y leones en una pintura mural del castillo de Alcañiz (Teruel).


Miguel Ángel Martín Mas


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martes, 19 de mayo de 2026

El Tercio de Bracamonte

Cuatro fueron los tercios creados por Carlos I entre 1534 y 1536 para la defensa de los territorios que la Monarquía Hispánica poseía en el Mediterráneo, ya que el Reino de Francia, el Imperio otomano y los piratas berberiscos, aliados por entonces, ansiaban su conquista. Nacieron así los Tercios de Lombardía, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, siendo este último también conocido como Tercio de Bracamonte por el apellido de su mariscal de campo, que tenía por nombre Gonzalo. Era este choznieto del caballero francés Robín de Bracquemont, cuya hija, Juana, se casó en el año 1400 con el primer señor de Peñaranda, Álvaro Dávila, y de ahí que esta localidad salmantina y uno de los Tercios Viejos compartan ese cognombre tan contundente y evocador como es Bracamonte.


Piquero y arcabucero de los Tercios.

Si, como todo parece apuntar, el origen del apellido Bracamonte es el apodo Rompemontes, dado a un fiero guerrero normando del siglo XI, hay que decir que, tanto Gonzalo como su hermano Pedro, que también combatió en los tercios, hicieron honor con creces a su estirpe. Y es que desde 1564 el Tercio de Bracamonte participó en acciones tan memorables como la toma del Peñón de Vélez de la Gomera, que todavía es territorio español en África, o el auxilio dado a la isla de Malta durante el asedio a la que la sometieron los turcos en 1565.


Armas del apellido Bracquemont, una maza que rompe un monte. Los Bracamonte se dividieron en dos ramas, los que ostentaron el señorío de Peñaranda de Bracamonte, convertido en condado en 1602, y los que ostentaron el señorío de Fuente el Sol. Gonzalo y Pedro de Bracamonte pertenecían a esta última rama de la familia.

La rebelión iniciada en Flandes en 1566 contra el rey Felipe II llevaría al Tercio de Cerdeña, y con él a los dos hermanos Bracamonte, a incorporarse al enorme contingente militar que se reunió en Lombardía bajo el mando de Fernando Álvarez de Toledo, el duque de Alba. Se inauguraba así lo que se conocería como el Camino Español, una de las mayores proezas logísticas militares de la Edad Moderna, cuyo objetivo principal era trasladar tropas, dinero y provisiones desde el norte de Italia hasta Flandes, un recorrido de unos mil kilómetros, para combatir en la guerra de los Ochenta Años.


Soldados de los Tercios marchando tras su alférez, que porta la bandera, el tambor y el pífano.

Este prolongado conflicto bélico fue un buen ejemplo de ese dicho popular que reza que lo que mal empieza mal acaba, en este caso para la Monarquía Hispánica, ya que, a pesar de las hazañas llevadas a cabo por los soldados de los tercios de Felipe II en Jemmingen, Gembloux, Empel o Breda, la guerra se inauguró oficialmente con la batalla de Heiligerlee, una humillante derrota española, y se clausuró con la independencia de los holandeses en 1648.


Grabado de la batalla de Heiligerlee.

Lo que ha de resultar más curioso a los peñarandinos es que tanto en el episodio inaugural de la guerra de los Ochenta Años como en su coda estuvieron involucrados, con distinta suerte, los Bracamonte, ya que Gaspar de Bracamonte, tercer conde de Peñaranda, fue el ministro plenipotenciario de Felipe IV en la negociación y la firma del Tratado de Münster, que puso fin a dicho conflicto. Por otro lado, el Tercio de Cerdeña combatió en la citada batalla de Heiligerlee, librada el 23 de mayo de 1568 en la provincia holandesa de Groninga, y que terminó con una aplastante derrota para los españoles, de la que, lamentablemente, fue en gran parte responsable Gonzalo de Bracamonte, que ese día se mostró impaciente, imprudente e indisciplinado y, por su cuenta y riesgo, envió a sus hombres directos a una emboscada preparada por los holandeses en un terreno repleto de fosos creados por la extracción de turba. Ni los enemigos de los tercios ni sus tropas aliadas alemanas daban crédito ante aquella muestra de indisciplina por parte de la que, se suponía, era la nación más formada en los asuntos de la guerra. Ese fatídico día murieron entre cuatrocientos y quinientos españoles, entre ellos algunos que, aun habiéndose rendido, "fueron presos y arcabucearon vivos atados en palos, y algunos mataron con otras crueles formas de tormentos", tal y como nos narra el contador de los tercios Antonio de Carnero en su crónica Historia de las guerras civiles que ha avido en los estados de Flandes des del año 1559 hasta el de 1609. La masacre no fue mayor gracias a la aparición de tres escuadrones de caballería comandados por el capitán Andrés de Salazar, que protegió a los soldados desbandados del Tercio de Bracamonte y puso en fuga a sus perseguidores, que retornaron a la seguridad que les ofrecía el ejército holandés.


Aquel podría haber sido el peor día de la vida del mariscal de campo Gonzalo de Bracamonte y del capitán de arcabuceros Pedro de Bracamonte, pero, muy cercanos en el tiempo, vinieron otro peor y uno más, si cabe, más aciago. El caso es que tras la victoria del duque de Alba en Jemmingen, batalla librada el 21 de julio de 1568, el Tercio de Bracamonte volvió a marchar por la zona en la que sufrió la severa derrota y posterior masacre unos meses antes, desatándose entre sus hombres un sentimiento de rabia y venganza que les llevó a saquear e incendiar casas y a asesinar cruelmente a numerosos civiles, sin que su mariscal de campo pudiera poner freno a tantos desmanes. Qué acciones tan repugnantes se llevarían a cabo esa jornada para que el duque de Alba, que era el terror de Flandes, decidiera disolver el Tercio de Bracamonte. El rey Felipe II mostró por medio de una carta su confianza en las decisiones del duque de Alba y se mostró benevolente con los hermanos Bracamonte: "cuanto a lo que me escribisteis de las causas porque habíais reformado el tercio de Cerdeña, yo no tengo que decir, sino que, por las mismas me parece muy bien hecho, y que, pues don Gonzalo de Bracamonte y don Pedro, su hermano, no tuvieron culpa, quedará acerca de mí, a la figura que merecen".


Arcabucero español. Pedro de Bracamonte sirvió al lado de su hermano Gonzalo como capitán de arcabuceros.

Para vergüenza y escarnio de los soldados del Tercio de Bracamonte se organizó una ceremonia en la que se rompieron las astas de sus banderas y se quemaron sus bandas rojas, el distintivo oficial de los soldados de la Monarquía Hispánica para reconocerse en el campo de batalla. Gonzalo de Bracamonte fue nombrado maestre de campo del Tercio de Flandes, salvando así su reputación y excusándole de lo acontecido en la batalla de Heiligerlee y de los crímenes de guerra cometidos por sus hombres sobre civiles inocentes; aquello no fue para nada una recompensa, teniendo en cuenta el avispero en el que se iba a convertir la guerra en Flandes, que habría de llevarse la vida del mismísimo Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, en 1578, dos años antes de que la parca reclamara también a Gonzalo de Bracamonte en circunstancias que desconocemos.


De este modo el veterano mariscal de los tercios se ahorró ver el triste destino que tuvo su hermano Pedro, quien, de vuelta a Ávila, tuvo que empeñar sus armas y su ropa para poder malvivir. Tampoco pudo ver la caída en desgracia de su hermano Diego, el VI señor de Fuente el Sol, el hijo primogénito de Mosén Rubí de Bracamonte, el noble que fuera primer patrón de una hermosa capilla familiar en la ciudad abulense. Diego, a diferencia de sus hermanos Gonzalo y Pedro, vivió lo suficiente para terminar harto de las locas aventuras militares del rey Felipe II, hartazgo que le llevo a escribir y repartir por las calles de Ávila unos pasquines en los que se animaba a la población a negarse a entregar lo que el rey urgía a pagar, ya que las arcas reales estaban vacías tras el desastre sufrido por la Gran Armada, enviada contra Inglaterra en 1588. Diego de Bracamonte fue condenado a muerte como traidor, siendo ejecutado en la plaza del Mercado Chico de Ávila el 17 de febrero de 1592.


Capilla de Mosé Rubí en Ávila. 


Castillo de Fuente el Sol, construido por Álvaro de Bracamonte a principios del siglo XV.

Y hasta aquí llegó la historia de estos tres hermanos Bracamonte que vivieron y murieron en nuestro Siglo de Oro, etiqueta histórica que, seguramente, se ideó sin pensar que no es oro todo lo que reluce.

Miguel Ángel Martín Mas

lunes, 27 de abril de 2026

La peste, la Virgen, la reina, los perros de Dios y la conversión de los judíos

La peste bubónica se llevó por delante a la tercera parte de la población de Europa, sin miramientos, no hizo distingos entre cristianos, judíos o musulmanes; tampoco los hizo entre estamentos sociales, ya que también acabó con la vida del único rey nacido en Salamanca, que fue criado por la noble Inés de Alimógenes entre su Hacienda de Zorita y la población de Tamames, señorío de su esposo, Juan Alfonso de Godínez. Y tras esa muerte, la de Alfonso XI, acaecida el 26 de marzo de 1350 durante el sitio de Gibraltar, no vendrían más que desgracias, entre ellas la guerra entre su hijo legítimo y heredero, Pedro I, y el medio hermano de este, Enrique de Trastámara, que acabó con el asesinato del primero a manos del segundo en 1369. 


Ciudadanos de la ciudad francesa de Tournai enterrando víctimas de la peste negra. Miniatura de Pierart dou Tielt, c. 1353.

De la guerra civil librada en los reinos de Castilla y de León tuvieron la culpa las veleidades amorosas de Alfonso el Onzeno, desde luego; por otro lado, la hecatombe provocada durante años por la peste negra se achacó a un castigo divino, al permitir los cristianos que entre ellos vivieran los deicidas judíos, quienes, gracias al episodio evangélico del prefecto romano Poncio Pilato lavándose las manos (Mateo 27:24), habían pasado convenientemente a la historia como los asesinos de Jesucristo, quedando así exculpados los romanos, que, al fin y al cabo, terminarían convirtiéndose al cristianismo bajo el Edicto de Tesalónica, promulgado en el año 380 d.C.


Un judío convence al cristiano Teófilo de hacer un pacto con el Diablo en la Cantiga de Santa María III.

Hacía finales del siglo XIII la Virgen había hecho todo lo posible por castigar a sus paisanos más recalcitrantes y por salvar las almas de aquellos más proclives a la conversión al cristianismo; así se nos cuenta en una treintena de las Cantigas de Santa María, recopiladas por el sabio monarca Alfonso X. A pesar de los esfuerzos de la madre de Dios, un siglo después, en las principales ciudades de los reinos cristianos hispánicos seguía existiendo un porcentaje muy alto de habitantes aferrados a la fe de Abraham y relativamente aislados por voluntad propia del resto de la sociedad en sus juderías, regidas por la aljama, que también tenía autoridad sobre los judíos que habitaban entre los gentiles en la misma localidad.


Cantiga CVII, la Virgen salva la vida de una mujer judía que había sido sentenciada a muerte por la aljama de su ciudad; por supuesto, la mujer, agradecida, se convierte al cristianismo.

El desastre sanitario, político y económico que se vivió en la segunda mitad del siglo XIV y, sobre todo, la todavía hoy vigente normalización del odio hacia el diferente y su deshumanización —no hay más que ver el trato que los israelíes están dado a los palestinos— provocaron un irreversible deterioro de la convivencia entre cristianos y judíos, teniendo en cuenta, además, que muchos de estos últimos llevaban siglos despertando envidias por la riqueza adquirida gracias a sus lucrativas actividades industriales y de comercio internacional. Así las cosas, no es extraño que surgiera en la ciudad de Sevilla un nefasto personaje, de nombre Ferrán Martínez, más conocido como el arcediano de Écija, que desde el año 1376 estuvo incitando a los destripaterrones cristianos hispalenses en contra de la comunidad judía. Lo peor habría de venir un fatídico 6 de junio del año de 1391 con saqueos, incendios, conversiones forzadas y el asesinato de cuatro mil judíos de la aljama sevillana. Los pogromos se extendieron luego a otras ciudades castellanas y leonesas, y también del reino de Aragón, con consecuencias igualmente trágicas.


Escena de un pogromo en la Cantiga XII.



En la Cantiga XXV un prestamista judío deshonesto es puesto en evidencia por la Virgen, lográndose así su conversión al cristianismo.

El consejo de regencia de Enrique III de Castilla y de León, monarca que por entonces contaba con doce años, intentó parar todo aquello, no en vano la monarquía protegía a los judíos, que eran considerados de su propiedad, legislándose en muchos casos con la idea y la esperanza de verlos convertidos a la fe católica, puesto que se confiaba en que unas meras medidas represivas, sin necesidad de ejercer la violencia física, fomentarían esa conversión. En todo caso, debió de pensarse eso de que no hay mal que por bien no venga, ya que aquellas revueltas populares antijudías supusieron una gran oportunidad que había que aprovechar. Una vez restaurado el orden público gracias a la intervención de uno de los miembros del consejo de regencia, Diego López de Zúñiga, este también recibió el encargo de remodelar la judería de Sevilla, que vería sus cuatro sinagogas convertidas en tres iglesias y un convento, recibiendo además el nombre de Villa Nueva, que a partir de entonces sería habitada, en consecuencia, por cristianos nuevos.

Los buenos servicios de Diego López de Zúñiga a la corona castellana y leonesa fueron recompensados en 1396 por el rey Enrique III con varias mercedes; una de ellas fue la entrega de las propiedades y bienes de los judíos que perecieron en la matanza sevillana y otra el señorío de Béjar. En esta ciudad salmantina habría de encontrarse, lo que quizá no fuera una casualidad, con una gran comunidad judía que, precisamente, había aumentado su censo con refugiados que habían logrado escapar de los pogromos de 1391, evitando así la muerte o la conversión forzosa. Diego López de Zúñiga, que había sido testigo de la conversión de un buen número de judíos sevillanos, parece ser que en 1397 tuvo la genial idea de hacer proselitismo en su nuevo señorío bejarano por medio de la procesión del Corpus; dados los violentos disturbios que se dice que se produjeron, probablemente hizo pasar dicha comitiva por las calles de la judería bejarana para meterle así en la cabeza a los herejes bajo su dominio que Jesucristo era Dios y que, en consecuencia, tenía presencia real en el pan y el vino consagrados. Sin duda, la dinastía Trastámara, asistida por sus fieles perros de presa nobiliarios, había comenzado el proceso de destrucción sistemática de la estructura social, cultural y religiosa de las aljamas para forzar la asimilación y borrar, de una vez por todas, la memoria y la identidad de los judíos en estas tierras, lo que culminaría un siglo después la usurpadora y antijudía por antonomasia Isabel la Católica.


Procesión del Corpus, una verdadera provocación y un anatema para los judíos.

Pero antes de la conversión forzosa o la expulsión ofrecidas a los judíos por la pareja conquistadora de Granada, la abuela paterna de ella, Catalina de Lancaster, más sutil, misericordiosa y mejor cristiana que la nieta, intentó atraer a estos a la conversión por las buenas y con la inestimable ayuda de la Orden de Predicadores, los Dominicos, unos hábiles profesionales dedicados a convencer por medio de la palabra de las bondades de pasarse al cristianismo.


Dominico predicando en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva (Segovia).

Pero para ello lo primero que había que hacer era reformar y relanzar dicha Orden, que había quedado diezmada y bastante desarticulada a causa de la peste negra. En el año 1399 Catalina de Lancaster —nieta del asesinado Pedro I y reina consorte de Enrique III de Trastámara, el nieto del asesino­— entregó a los Dominicos la iglesia de Santa María la Real de Nieva, población que la pareja real había fundado unos pocos años antes, tras la milagrosa y oportuna aparición de la imagen de una Virgen enterrada en esos lares, tan cercanos a su corte del alcázar de Segovia. Apenas un año después comenzaron las obras de construcción de un monasterio dominico, que gozaría de una importante ampliación en el año 1414, creándose así un verdadero semillero de predicadores que habrían de recorrer los reinos cristianos peninsulares en pos de la conversión de esos judíos que persistían en profesar la fe equivocada. 


Entrega del hábito a un novicio dominico representada en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.


Un Dominico predica a una aldeana en un capitel del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.

Pero, por si acaso las convincentes palabras de los dominicos no fueran lo suficientemente efectivas, en 1412 se promulgaron las Leyes de Ayllón, redactadas durante la minoría de edad de Juan II, es decir, bajo la corregencia de su madre Catalina de Lancaster y su tío Fernando de Trastámara y con un fuerte componente antijudío, característico del pontificado de Benedicto XIII, el Papa Luna de Avignon, cismático y buen amigo de los Trastámara, que lo apoyaron desde sus reinos de Castilla, León y Aragón, prefiriéndolo antes que a Gregorio XII, que pontificaba desde Roma, y Alejandro V, que hacía lo propio desde Pisa. Dicho corpus legislativo estaba compuesto por veinticuatro artículos dirigidos a hacer imposible la vida de los judíos no convertidos al cristianismo por medio de la asfixia económica y la segregación social. Así, se estipulaba de forma obligatoria la separación física en juderías, la abolición de la autonomía jurídica y administrativa de las aljamas, la limitación de los desplazamientos, la obligación de los hombres de llevar barba y la de las mujeres de llevar la cabeza cubierta, vestir de forma modesta con paños oscuros y portando una rodela bordada de color amarillo o rojo y la prohibición de ejercer oficios dignos y de provecho tales como el de arrendador, almojarife, médico, cirujano, farmacéutico, droguero, albéitar, herrador, carpintero, jubetero, sastre, tundidor, carnicero, peletero, trapero o zapatero.


Una carnicería representada en el claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.


Entrega de las Constituciones de la Orden y recibimiento de un nuevo novicio en el claustro del monasterio dominico de Santa María la Real de Nieva.

Detrás de todo esto estaba, por supuesto, un Domini canis, un Dominico, casualmente otro buen amigo del antijudío papa Luna, el valenciano Vicente Ferrer, que pasó por la ciudad de Salamanca entre 1411 y 1412 para predicar en la sinagoga nueva, actual iglesia de la Veracruz, consiguiendo así la conversión de muchos judíos e iniciándose el declive de la aljama de Salamanca, que se vería forzada a ceder el control de todos sus bienes y de su escuela talmúdica a la universidad y al concejo.


Vicente Ferrer, un santo dominico empeñado en que los judíos se convirtieran al cristianismo.


Judíos con la vestimenta reglamentaria y la rodela en un mural del trascoro de la catedral de Tarragona, siglo XIV.


Los judíos también fueron obligados a llevar una rodela cosida sobre sus ropas en otros lugares, de hecho, en esta imagen podemos ver a dos judíos alemanes portándola.

Así las cosas, no es extraño que en este contexto de empecinamiento cristiano en la conversión de los judíos surgiera la leyenda de la moza santa de Sequeros, una tal Juana Hernández, una conversa que en el año 1424 se levantó en su propio funeral para anunciar los mensajes que había recibido del Cielo, entre ellos la existencia de la talla de una Virgen que llevaba enterrada más de doscientos años en algún rincón de la Peña de Francia. La imagen fue encontrada, como se había encontrado oportunamente la de Santa María la Real de Nieva, y, por supuesto, sobre la emblemática Peña salmantina se erigiría un convento de los perros de Dios, que recordaría desde las alturas a los "marranos" refugiados en las sierras salmantinas que el tiempo de persistir en sus erróneas creencias estaba llegado a su fin. Y como parece ser que los judíos de Béjar necesitaban todavía un pequeño empujoncito más hacia el amor a Cristo, en el año 1446 se encontró otra imagen de la Virgen en esta localidad, la que se sigue venerando bajo la advocación de El Castañar.


El marrano de san Antón, una tradición de la localidad salmantina de La Alberca que lo mismo se inició como forma de detectar criptojudios. Supongo que por la misma razón la matanza doméstica del cerdo siempre fue una actividad que se llevaba a cabo con todas las puertas abiertas a la comunidad.


Perro acosando a un marrano en el claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva. Conviene recordar que a los Dominicos se les apodaba Domini canes y a los criptojudíos marranos.

Bueno, qué más os puedo contar, bien es sabido que todas estas mierdas antijudías medievales tuvieron su culmen con el Holocausto perpetrado por alemanes, polacos y ucranianos en pleno siglo XX contra esta etnia, gran parte de la cual, por cierto, nunca tuvo antepasados que habitaran Judea o Galilea, ya que se trata de descendientes de norteafricanos (judíos sefardíes) o de eslavos y bálticos (judíos asquenazíes) convertidos al judaísmo. En todo caso, siglos de persecución y el terrible trauma sufrido con la Shoá les hizo creer que tenían derecho a presentarse en Palestina, sacarse de la manga un nuevo estado llamado Israel y robar las tierras y la vida a sus habitantes ancestrales, que seguramente sí descienden de los judíos que vivían en esa territorio en tiempos de Jesús y cuyos descendientes, a su vez, se convirtieron al islam con la conquista árabe del 634 d.C. Quizá hubiera sido más justo y conveniente que el estado de Israel se hubiera formado quitándole un pedacito de territorio a Alemania, Polonia y Ucrania, pero, claro, para los europeos resultó un alivio saber que por fin se iban a librar de los judíos y que iban a ser los palestinos, que nada habían tenido que ver con el Holocausto, los que pagaran el pato del mismo. Y para los Estados Unidos, pues genial, porque ese estado sionista se iba a convertir en su mini-yo en un punto estratégico del planeta.


Bautizo de judíos conversos, detalle perteneciente al retablo de San Marcos, obra de 1346 del pintor Arnau Bassa que se conserva en la Colegiata Basílica de Santa María de la Aurora en Manresa. Ser judío no es una condición biológica inmutable, sino un condición étnica, es decir, cultural, así que el judío convertido al cristianismo, si era sincero, dejaba de ser judío y pasaba a ser automáticamente un cristiano nuevo y un súbdito castellano como otro cualquiera. Si la conversión no era sincera, sería un criptojudío, ya que seguiría practicando su religión a escondidas. Y lo del pueblo elegido, pues qué queréis que os diga, paparruchas, más que nada porque puede que Dios ni exista, así que malamente iba a elegir a nadie.


El judaísmo no solamente se extendió por el Este europeo, el Norte de África y la península ibérica, sino también por Etiopía, de ahí la existencia de los judíos falasha, que forman el tercer grupo de conversos a esta religión junto a los sefardíes y los asquenazíes.


Un buen número de judíos y de israelíes tiene de semita lo que Michael Jackson, que en paz descanse, tenía de caucásico. Por ejemplo, el verdadero apellido de Benjamín Netanyahu, actual primer ministro del estado de Israel, es Mileikowsky, ya que su ascendencia es la de polacos convertidos al judaísmo a mediados del siglo VIII, cuando el Imperio Jázaro, establecido en el Este de Europa, adoptó esa religión como oficial. Al migrar su abuelo sionista a Palestina en 1920, este se cambió el apellido por otro que sonara a hebreo y que, por cierto, significa "don de Dios", una verdadera paradoja, ya que el primer ministro israelí, con su política en pos del holocausto palestino, es, sin lugar a dudas, el peor regalo envenenado que haya podido recibir nunca el pueblo judío.


Miguel Ángel Martín Mas

El apostolado de Alba y san Gervasio

Postulaba mi fraile favorito, el franciscano inglés Guillermo de Ockham, que la explicación más sencilla suele ser la más probable. Si este ...