viernes, 27 de febrero de 2026

La hueste de Salamanca II - La batalla de la Valmuza

Cuando el emperador Alfonso VII decidió repartir sus vastos dominios entre sus dos hijos, entregando a Fernando (II) el reino de León y creando un reino de Castilla para Sancho (III), quizá no calculó bien cuáles iban a ser las consecuencias de dicha división territorial. A partir de su muerte, acaecida el 21 de agosto de 1157, con la permanente amenaza almohade en el Sur y con el condado Portucalense y el condado de Castilla convertidos en reinos que, por supuesto, no se iban a conformar con los territorios que les habían tocado en suerte, el reino leonés de Fernando II iba a quedar totalmente encajonado y con limitadas posibilidades de expansión.


La península ibérica tras la muerte del emperador Alfonso VII de León en 1157. 

En tierras salmantinas, que eran la última frontera del reino de León, esta situación provocó un especial impacto, ya que, de hecho, aunque la ciudad de Salamanca era y es leonesa, Béjar y Plasencia eran por entonces villas pertenecientes al reino de Castilla; en todo caso, tiempo tendremos para hablar de los conflictos habidos entre leoneses y castellanos en el siglo XII, puesto que hoy nos vamos a centrar en los hechos de armas que acaecieron al oeste y al sur de la ciudad de Salamanca durante el reinado de Fernando II de León, que duró de 1157 a 1188.


Fernando II de León según una miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela.

La historia de hoy comienza cuando el rey Alfonso VI de León, padre de la reina Urraca I y abuelo de Alfonso VII, concedió como dote en 1096 el condado Portucalense a su hija ilegítima Teresa, fruto de su relación con la “concubina nobilísima” Jimena Muñoz. Teresa Alfónsez, a su vez, se casó con Enrique de Borgoña, con el que tuvo un hijo de nombre Afonso Henriques, nacido en 1109, que se convertiría en el segundo conde portucalense.

Afonso Henriques gustaba de titularse como infante o príncipe, el título condal no le convenía para nada, ya que este le convertía en vasallo de su medio primo Alfonso VII de León. En todo caso, su estatus cambió tras su gran victoria contra los almorávides en la batalla de Ourique, librada el 25 de junio de 1139. En esa gloriosa jornada sus tropas lo aclamaron rey en el mismo campo de batalla y a partir de entonces comenzó a titularse rex Portugalensium, es decir, rey de los portugueses.


Estatua del rey Afonso Henriques (Alfonso I de Portugal) junto al castillo de Guimarães.

Al monarca leonés no le hizo ni puñetera gracia que su conde vasallo portucalense se pusiera a su altura de forma unilateral, así que entró en tierras portuguesas arrasando todos los castillos que encontró a su paso hasta llegar a las cercanías de la localidad de Arcos de Valdevez, situada en el Alto Miño. Alfonso VII acampó en un lugar conocido como Pena da Rainha, mientras que Afonso Henriques hizo lo propio en un altozano separado del campamento leonés por un valle. Para evitar una batalla campal y el derramamiento de sangre entre cristianos, se acordó celebrar un bufurdium o torneo conforme al uso de la caballería medieval, en el que se enfrentarían los mejores caballeros de ambos bandos. La suerte de las armas cayó del lado portugués, así que, aunque fuera a regañadientes, a Alfonso VII no le quedó más remedio que terminar reconociendo la dignidad regia de Afonso Henriques por medio del tratado de Zamora, signado en octubre de 1143 en dicha ciudad y en presencia del legado papal el cardenal Guido de Vico. El monarca de León, aparte de reconocer el título de rey a su medio primo, le entregó a mayores el señorío de Astorga, lo que no era más que una triquiñuela del leonés para que el portugués siguiera siendo de algún modo vasallo suyo.


Monumento conmemorativo del torneo de Arcos de Valdevez (Portugal), librado entre caballeros portugueses y leoneses. 


Torneo entre dos caballeros cristianos en un capitel del monasterio premostratense de Santa Cruz de la Zarza (Palencia).

Alfonso Henriques, una vez reconocido como rey, se dispuso a ampliar sus dominios a costa de los musulmanes, conquistando Santarém y Lisboa en el año 1147. Esta victoria militar le permitió el control de un rico valle en recursos que le proporcionó la autosuficiencia necesaria para evitar las posibilidades de dominio por parte del monarca leonés. Finalmente, el 23 de mayo de 1179 el papa Alejandro III, a través de la bula Manifestus Probatum, reconoció a Afonso Henriques el título de rey y a Portugal como reino independiente y vasallo de la Iglesia.

Como ya se ha dicho, en 1157 accedió al trono de León Fernando II, que, consciente de que no se podía fiar de las veleidades expansionistas del vecino portugués, vio necesario afianzar el control del oeste de la tierra de Salamanca. La decisión del rey fue repoblar en 1161 Ciudad Rodrigo y Ledesma, ambas situadas en localizaciones estratégicas, restaurando además la diócesis civitatense. El problema es que el concejo y los caballeros villanos de Salamanca, enriquecidos gracias a las cabalgadas lanzadas sobre los territorios musulmanes y contando con la ayuda económica de varias aldeas de la productiva Armuña, habían comprado los derechos sobre Ciudad Rodrigo en 1136. No es extraño, entonces, que en la floreciente y orgullosa Salamanca de mediados del siglo XII no sentara nada bien esta iniciativa unilateral del rey que mermaba los dominios de su alfoz y su diócesis y, en consecuencia, sus recursos económicos.


Monumento que representa  al rey Fernando II de León en su trono frente a representantes de los tres estamentos: nobleza, clero y campesinado. El autor de dicha obra fue el escultor zamorano José Luis Núñez Solé y la hizo para el VIII centenario de la muerte del monarca (1961). Está situado junto a la Puerta de Amayuelas de Ciudad Rodrigo.

 
Guerreros de una hueste concejil. Miniatura del Salterio Harley (s. XI).

La sublevación estaba servida, pidiendo los de Salamanca ayuda a los del concejo castellano de Ávila y probablemente al rey portugués Afonso Henriques para marchar a tomar Ciudad Rodrigo y devolverla así a su alfoz. El líder de los salmantinos amotinados sería un tal Nuño Rabia, que era a la sazón el alcaide del alcázar de la ciudad del Tormes. El 1 de junio de 1162 el rey Fernando II, que había iniciado la marcha desde Benavente, otra ciudad leonesa que fue fundación suya, se plantó en Ledesma con todos los obispos leoneses, su mayordomo, el noble catalán Ponce Giraldo de Cabrera, y el hijo de este, Fernando Ponce, que era a su vez su alférez, es decir, el encargado de portar el pendón real y comandar las tropas del monarca.


Señal heráldica del linaje catalán Cabrera en el monasterio de Moreruela (Zamora), que fue fundación del conde Ponce Giraldo de Cabrera, tenente de la ciudad de Salamanca.

La hueste salmantina se encontró con la real al sur del Tormes y se dispuso para la batalla en un valle llamado de la Valmuza, en las cercanías de donde hoy en día se sitúa el Recinto Ferial de Salamanca. El viento soplaba en favor de los rebeldes, lo que les indujo a incendiar el monte con el fin de que el humo, que se dirigiría en contra del ejército real, fatigase a los soldados enemigos antes de comenzar la lucha, pero lo hicieron con tal mala fortuna que, cambiando de dirección el viento, tuvieron que soportar ellos mismos la humareda, quedando así su plan trastocado. El humo cegó y ahogó a los guerreros salmantinos y abulenses, así que la hueste real pudo emplearse a fondo, obteniendo así una gran victoria, que además permitió la captura del caudillo salmantino Nuño Rabia, que fue ejecutado junto a otros líderes de la rebelión.


Guerreros con enemigos capturados en batalla. Biblia de los Cruzados (s. XIII)






Puente medieval de la Valmuza junto a la alquería abandonada de Calzadilla de la Valmuza. En este valle se libró en 1162 una batalla entre la sublevada hueste salmantina y la del rey Fernando II de León.

Pasados unos meses de la batalla de la Valmuza, Afonso Henriques, temeroso de la amenaza que suponía para su reino la repoblación leonesa de Ciudad Rodrigo y Ledesma y probablemente con la complicidad e invitación de los humillados salmantinos, se aprovechó de que Fernando II estaba ocupado en la frontera de Castilla, irrumpió por la Extremadura y se apoderó de Salamanca, donde “dominaba” a primeros de 1163, tal y como consta en varios documentos del Archivo Catedralicio salmantino. Verdad es que la tenencia de la ciudad tormesina le duró bien poco, seguramente hasta finales de julio de ese mismo año, que es cuando otro notario salmantino manifiesta que en ella reinaba Fernando II de León. Ya veis, los salmantinos pudimos ser portugueses, ni tan mal, teniendo en cuenta que nuestros hermanos leoneses-portugueses sí que lograron librarse de la apisonadora castellanizadora que vendría a partir de la segunda mitad del siglo XIII, cosa que no pudo evitar el reino leonés, que en fechas más recientes fue, además, prácticamente enterrado por la historiografía y el nacionalismo españolista-castellanista.


Hueste real en combate. Biblia de los Cruzados (s. XIII).

El primer rey de los portugueses no cejó nunca en su empeño de ganarle territorios al leonés. En 1165 invadió Galicia, cometiendo tropelías impropias de una hueste cristiana tales como la profanación de la catedral de Tuy. Afortunadamente, los diplomáticos portugueses y leoneses se emplearon a fondo y lograron que día 30 de abril de 1165 Afonso Henriques y Fernando II se reunieran a orillas del río Lérez, junto al Puente Viejo, el Ponte Vetere, que de ahí viene el nombre Pontevedra. Se acordó una mutua y verdadera paz entre los monarcas y sus reinos y, a mayores, el enlace entre la infanta portuguesa Urraca y su primo en quinto grado el rey de León. Este matrimonio duraría diez años, ya que el papa lo terminaría disolviendo a causa de la consanguinidad habida entre los contrayentes, pero la paz entre el reino de Portugal y el de León duró bastante menos. En 1169 Afonso Henriques y Fernando II, ahora suegro y yerno, se enzarzarían de nuevo, esta vez por la ciudad musulmana de Badajoz, que tanta riqueza había proporcionado a la hueste salmantina en el pasado gracias a las cabalgadas. Pero esa es otra historia que será contada en otra ocasión y que nos permitirá conocer a un bravo guerrero portucalense conocido como Geraldo Sempavor, el caballero que no conocía el miedo.


Miniatura del  Tumbo de Toxos Outos (c. 1289) representando a Fernando II de León y Galicia y a Urraca de Portugal, padres de Alfonso IX de León, conquistador de Cáceres, Mérida y Badajoz.

Miguel Ángel Martín Mas

sábado, 21 de febrero de 2026

La puerta de Acre de la Catedral Vieja de Salamanca

La puerta de Acre de la Catedral Vieja de Salamanca se encuentra situada en el frente oriental del brazo meridional del crucero, a la derecha de un bello sepulcro del que se dice que pudiera ser el de la dama Elena de Castro (1272). Es una puerta sin decoración alguna, por lo tanto, no llama para nada la atención salvo por su nombre. Abandonando la seo a través de ella durante los siglos XII y XIII te situabas en el barrio donde estaba el azogue, el zoco, es decir, el mercado. 


Frente a la susodicha puerta se conservan unas pinturas medievales, entre ellas una de san Cristóbal, el patrón de los viajeros, el que además te garantizaba un día más de vida a cambio de hacerle una visita. Bien se pensó la ubicación del gigante barbudo, ya que Cristobalón era un verdadero cebo para los creyentes, que, al tiempo que asomaban la cabeza para echar un vistazo a la enorme figura, no dudarían en dejar una moneda en el cepillo para reforzar así el poder taumatúrgico del santo.


La puerta de Acre de la Catedral Vieja vista desde el Patio Chico.


Pintura de san Cristóbal en el brazo sur del crucero de la Catedral Vieja. Mirad cómo transporta a los viajeros en su cinturón como si fueran unos muñecos de Playmobil. 

Algunos llaman a esta puerta “del Acre”, añadiéndole el artículo contraído con la preposición, y creo que es porque piensan que “Acre” comparte etimología con “agro”, pero el caso es que esa puerta no daba al campo, sino, como ya he dicho, al mercado de la ciudad. Además, el vocablo latino ager, agris se refería a un campo de labor, es decir, a un terreno agrícola, no a una campa o solar. Otros quizá están pensando en el azul de ultramar o de Acre, ese pigmento mineral natural más costoso que el oro y que se obtenía pulverizando rocas de lapislázuli. Esta preciada mercancía, que llegaba de Medio Oriente a la Europa medieval a través del próspero puerto comercial de la ciudad de Acre, se utilizó para pintar los preciosos cielos y mantos azules que aparecen en algunas de las obras más importantes del arte del Medievo y el Renacimiento. Me puedo imaginar a un mercader llegado a Salamanca desde lejanas tierras entrando por esa puerta para vender su azul de Acre a algún pintor que trabajaba en la catedral, pero no creo que eso pueda justificar el nombre que es objeto de nuestra pesquisa.


Joaquín expulsado del Templo, obra del artista italiano Giotto. Es posible que ese cielo se pintara con azul de Acre.

También he oído decir que la puerta se llama del Acre con motivo de la deturpación de su denominación original, que no era otra que la de puerta del Lacre. Cierto es que junto a ella se apostaban escribanos que daban fe de documentos y escrituras frente a sus analfabetos clientes, pero desconozco si la palabra lacre era empleada en el romance medieval. Además, yo creo que por entonces no se lacraba tanto como se adjuntaba al documento un sello colgante de cera o plomo. Doctores tiene la Iglesia, no obstante...


Lo que yo pienso, y vaya por delante que no estoy autorizado en absoluto a pensar sobre estas cosas, es que esta puerta, que está precisamente orientada a Oriente, se llama de Acre por la ciudad que sería capital del reino de Jerusalén desde que el rey Ricardo I de Inglaterra, de la dinastía Plantagenet, la conquistara en el año 1191. También tomaría el Corazón de León la plaza fortificada de Jaffa, pero la Ciudad Santa de Jerusalén, que estuvo en poder de los cruzados desde julio de 1099 hasta agosto de 1187, jamás pudo ser recuperada para la cristiandad. Debo añadir que resulta que todos estos episodios de la Tercera Cruzada acaecieron en tiempos en los que la Catedral Vieja de Salamanca estaba en plena construcción, respecto de la cual los historiadores del arte dicen cosas tales como esta:

“Mientras que las primeras bóvedas proyectadas para la nave central fueron de cañón o de aristas, durante esta segunda etapa se alzaron nuevas cubiertas al estilo Plantagenet, como las que se ensayaron en Saint-Maurice de Angers (ca. 1160), pórtico sur del transepto de la catedral de Le Mans (post. 1158) y tramos occidentales de la catedral de Poitiers (ca. 1170-1190), y que en Salamanca podemos datar en torno a la década del 1190-1200”.

El caso es que en este párrafo se habla de estilo Plantagenet, de templos que sirvieron como modelo localizados en las ciudades de Angers, Le Mans y Poitiers, las tres bajo dominio de los Plantagenet, pero nunca se relaciona a Berenguela de León y de Castilla, una Plantagenet por parte de madre, con las obras de la Catedral Vieja. Tal cosa resulta ciertamente extraña, ya que Berenguela fue tenente de Salamanca y reina consorte de León entre 1198 y 1204, justo cuando los expertos dicen que se construyeron esas bóvedas de estilo Plantagenet o Angevino. Por cierto, debo recordaros que la reina Berenguela era sobrina carnal del conquistador de Acre, quien, por cierto, murió en marzo de 1199 a los cuarenta y un años a causa de la herida sufrida mientras supervisaba el asedio al castillo de Châlus-Chabrol. El caso es que el siempre imprudente y jactancioso Ricardo Corazón de León, que ese día no tuvo a bien ni protegerse mínimamente con la loriga y el almófar, se acercó demasiado a los muros de la fortaleza. Un ballestero aprovechó que la ocasión la pintan calva y lanzó una virota que se hincó en el hombro izquierdo del Plantagenet; la herida se infectó y gangrenó, así que el rey de Inglaterra, duque de Normandía, conde de Poitiers, duque de Aquitania y conde de Anjou murió a los pocos días en brazos de su madre, la también afamada Leonor de Aquitania.


El rey Alfonso IX de León y su esposa Berenguela de Castilla, que fue tenente de Salamanca y reina consorte de León entre 1198 y 1204 y reina madre correinante en Castilla desde 1217 y en León desde 1230. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL, UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS. 


Combate imaginario entre Ricardo I de Inglaterra y su gran enemigo en Tierra Santa, el sultán Saladino.


Sepulcro de Ricardo Corazón de León en la abadía de Fontevraud, fundada por su madre, la que fuera primero reina de Francia y luego de Inglaterra, la incomparable Leonor de Aquitania. Una hermana de Ricardo I de Inglaterra, Leonor Plantagenet, fue reina consorte de Castilla entre 1170 y 1214. A su vez, esta última fue la madre de Berenguela de León y de Castilla, que además fue tenente de la ciudad de Salamanca entre 1198 y 1204.

La octogenaria matriarca de los Plantagenet visitó la corte de Burgos al año siguiente de la muerte de su querido hijo Ricardo. Suponemos que informó con detalle a su hija Leonor, la monarca consorte de Castilla, al respecto de la muerte de su hermano. Lo que no sabemos es si la reina Berenguela se desplazó hasta la corte castellana para conocer a su abuela, si esta fue a conocerla al reino de León o si abuela y nieta nunca llegaron a encontrarse. En todo caso, dicho lo dicho y teniendo en cuenta el principio metodológico y filosófico de la Navaja de Ockham, me planteo si resulta tan descabellado pensar que una puerta de la Catedral Vieja de Salamanca recibiera el nombre de Acre en honor de la conquista de dicha ciudad por parte de Ricardo Corazón de León. ¿Podríamos estar ante el homenaje de una sobrina hacia su heroico tío y paladín de la cristiandad? ¿Acaso conocería Leonor de Aquitania las obras de la catedral de Salamanca en 1200 de la mano de su nieta Berenguela? Preguntas, siempre preguntas, y siempre pocas respuestas, qué desalentador resulta saber tan poca cosa de una época tan apasionante.


Unción del rey Ricardo I de Inglaterra en la Abadía de Westminster el 3 de septiembre de 1189.

Lo cierto, y no querría chafaros ahora una buena historia, es que no tengo ni idea al respecto de cuando se empezó a emplear el nombre de puerta de Acre, así que, si alguien lo sabe, que lo diga y lo mismo hay que plegar velas con este asunto. Lo que sí se sabe es que en el año 1291 caballeros Hospitalarios y Templarios lucharon codo con codo para conservar en su poder la ciudad que había sido renombrada por los cristianos como San Juan de Acre. La obstinada defensa fue en vano, había llegado el final definitivo de las Cruzadas en Tierra Santa, aunque en Salamanca, en su Catedral Vieja, siempre nos quedará la puerta de Acre, que nos evocará, con razón o no, las hazañas de esos caballeros que en tierras salmantinas también tuvieron su protagonismo: los Hospitalarios con sus encomiendas en Paradinas de San Juan y en el valle del Guareña y los Templarios con las suyas en la Sierra de Francia, el Abadengo y Ciudad Rodrigo.


Ermita templaria en Sepúlveda de Yeltes (Salamanca). 



La preciosa Epifanía que decora el sepulcro situado a la izquierda de la puerta de Acre nos obliga a mirar hacia Oriente, hacia la Tierra Santa cuya capital durante muchos años fue San Juan de Acre, ya que Jerusalén cayó en poder de Saladino en 1187.


Miguel Ángel Martín Mas

La Lengua Desatada - Expresiones del español medieval

¡Cuántas expresiones decimos habitualmente sin saber de dónde proceden! Por ejemplo las que nos cuenta Miguel Ángel Martín Mas, que nos lleva a tiempos de castillos y de caballeros y señores que campaban por sus fueros tan ricamente. La Lengua Desatada desde el Museo de Pintura Medieval del Real Convento de Santa Clara en Salamanca.

domingo, 15 de febrero de 2026

El monasterio de Santa María de la Vega

Apenas queda nada del monasterio medieval salmantino de Santa María de la Vega, erigido junto al río Tormes entre mediados del siglo XII y comienzos del XIII, aunque lo que se conserva es realmente evocador, ya que estamos hablando de un tramo de cinco arcos románicos con sus correspondientes capiteles en los que se esculpieron cabras, grifos, arpías, músicos, bailarinas, un cazador con su lebrel, gallos y aves zancudas de pico curvo y largo.


Ruinas del monasterio románico de Santa María de la Vega (Salamanca). Fotografía de J. Laurent. 1891. Fototeca del Patrimonio Histórico.


Arquería románica del monasterio de Santa María de la Vega. Según el profesor de la Universidad de Oviedo Antonio Á. Ledesma se trataría de la fachada de la sala capitular de dicho cenobio medieval.


El monasterio medieval de Santa María de la Vega ocupaba los mismos terrenos que actualmente ocupa la Fundación Vicente Rodriguez Fabrés, situada en la ribera del Tormes junto al puente Felipe VI. 


La arquería románica se conserva actualmente en la sacristía de la iglesia renacentista, que también sufrió sucesivas destrucciones y remodelaciones a lo largo del tiempo.

Tampoco se sabe gran cosa de los orígenes de dicho cenobio, salvo que en 1150 un tal Miguel Domínguez, señor de Zaratán y Palacios, donó a la iglesia salmantina de Santa María de la Vega unas viñas y nombró como testamentario para la distribución de sus bienes a Velasco Enego. El monasterio agustiniano del mismo nombre que la iglesia nació unos años más tarde, a instancias del mismo Velasco Enego, su hermana Justa y su esposa Amadona, que en 1166 cedieron el templo y los terrenos aledaños a Menendo, abad del monasterio de San Isidoro de León. Este cenobio leonés, que albergaba el panteón de la monarquía leonesa y donde se custodiaban las reliquias de san Isidoro de Sevilla, estaba habitado por la Orden de los Canónigos Regulares de San Agustín desde el año 1148 por deseo expreso de la infanta Sancha, hermana del emperador Alfonso VII. 


Panteón Real anexo a la Colegiata de San Isidoro de León. Los restos de san Isidoro fueron trasladados a la capital leonesa en el año 1063, ya que no se podía permitir que las reliquias del ilustre y sabio arzobispo sevillano siguieran por más tiempo en territorio bajo control musulmán.


Comunidad de canónigos. Detalle de la fundación de la canónica de Saint-Martin-des-Champs (Bretaña). Manuscrito iluminado (1225-1275). Bibliothèque nationale de France.

Uno de los miembros más importantes de los canónigos agustinianos fue Martino de León, que vivió entre 1120/1130 y 1203. Este religioso inició en 1154 un peregrinaje que le llevaría en su primera etapa a Oviedo, Santiago de Compostela, Roma y Jerusalén, ciudad esta última donde pasó dos años sirviendo en el Hospital de San Juan, dado que tanto su orden como la de los sanjuanistas tenían como misión la asistencia a los peregrinos. De regreso a Europa pasó por Antioquía, Constantinopla e Italia hasta llegar a Francia, donde estudió Teología en las escuelas catedralicias de París. La última etapa de su viaje le llevó a Irlanda e Inglaterra, donde visitó la tumba de santo Tomás de Canterbury sin saber que unos años después iba a encontrarse en León con una nieta del rey Enrique II de Inglaterra, aquel monarca que había hecho penitencia frente a la sepultura del Cantuariense para luego nombrarlo santo protector de su dinastía, la de los Plantagenet. 


Santo Martino de León representado en uno de sus códices (siglo XII).

Martino regresó al monasterio de San Isidoro de León entre 1181 y 1185, donde se hizo cargo del scriptorium, en el que comenzó a dictar sus obras, que eran transcritas e iluminadas con bellas miniaturas por siete clérigos amanuenses. A finales de 1197 llegó al palacio real, anexo al monasterio agustiniano, Berenguela, la hija primogénita de los reyes de Castilla; la joven infanta, recién casada con diecisiete años con su tío segundo, el rey Alfonso IX, fue la introductora del culto a santo Tomás de Canterbury en el reino de León, del mismo modo que su madre, la reina Leonor Plantagenet, había hecho lo propio antes en Castilla por mandato de su padre el rey Enrique II de Inglaterra. Martino y Berenguela tenían así, desde el primer momento, un nexo de unión, el arzobispo Tomás de Canterbury, él por haber peregrinado hasta la tumba del mártir y ella por ser miembro por vía materna de la dinastía Plantagenet, difusora del culto al santo normando. El caso es que el anciano canónigo se convirtió en hombre de absoluta confianza de la reina Berenguela, que además sufragó los trabajos de su scriptorium. Es de suponer, además, que Berenguela se mostraría muy satisfecha de saber que en Salamanca, ciudad de su tenencia, donde mandaría construir un templo bajo la advocación del Cantuariense, existía otro monasterio regido por la misma orden a la que pertenecía su buen amigo y consejero el venerable Martino.


Los reyes de León Alfonso IX y Berenguela representados en el Tumbo de Toxos Outos. 

Si no fue unos años antes, es posible que fuera en la época en la que Berenguela fue reina consorte de León y tenente de Salamanca, entre 1198 y 1204, cuando se esculpió la fachada de la sala capitular del monasterio de Santa María de la Vega. Tampoco resulta descabellado pensar que fuera en esa misma época y por mecenazgo de la reina Berenguela cuando llegó al monasterio agustiniano la imagen de la Virgen de la Vega, patrona de Salamanca desde el siglo XVI y que, tras la destrucción del cenobio por sucesivas riadas e incendios, terminó, tras pasar por la iglesia de los Dominicos, en  el retablo de la Catedral Vieja.


Virgen de la Vega, cuyo emplazamiento original fue la iglesia románica del monasterio de Santa María de la Vega. Los padres de la reina Berenguela, Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet, patrocinaron la actividad de un centro de orfebrería esmaltada en Silos (Burgos). Parece que esta fue otra de las aportaciones culturales de la reina consorte, ya que en su tierra natal existían en las ciudades de Conques y Limoges unos famosos talleres que elaboraban piezas de metal esmaltado.

Una vez contado lo anterior y por no aburriros con más detalles, es momento de mostraros los capiteles de la arquería románica, ya que una reciente visita guiada a la Fundación Vicente Rodríguez Fabrés, organizada por el Centro de Estudios Salmantinos, del que tengo el inmerecido honor de ser miembro correspondiente, me  ofreció la ocasión de fotografiarla. No obstante, debéis saber que se puede ver en vivo y en directo todos los miércoles de mes de 18:00 a 19:00 horas


De izquierda a derecha, el primer capitel muestra seis parejas de cabras rampantes afrontadas.



Sin pretender decir nada, simplemente a modo ilustrativo, quiero contaros que estas cabras me recordaron a las que aparecen pintadas en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León en la escena de la Anunciación a los pastores. 



En el segundo capitel podemos ver tres parejas de grifos afrontados y dos arpías tocadas con capuchas.



Arpías encapuchadas en Salamanca también las podemos encontrar en la decoración de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara y en un capitel de la portada norte de la iglesia de San Martín. 




En el tercer capitel se tallaron en el frente bailarinas, unas con las manos en la cintura y otras portando carracas, y en los laterales músicos tocando el rabel.




El capitel central, el cuarto, muestra escenas cinegéticas, con un cazador soplando un cuerno y cayado al hombro seguido por un perro, dos perros con los rabos unidos y un perro persiguiendo a un jabalí, ambos descabezados.





En el quinto capitel se ven seis parejas de aves zancudas de pico largo y curvo picoteando volutas. Si tuviera que identificar estas aves, diría sin dudar que se trata de moritos comunes, que no son habituales en el Tormes, aunque a veces se puede ver en sus orillas algún ejemplar que se ha perdido o que ha sido arrastrado por el viento durante la migración. Bien podrían ser simplemente garzas, muy abundantes en nuestro río, pero estas no tienen el pico curvo, sino recto.



Y en el sexto capitel unos gallos con el pico afrontado cierran esta preciosa arquería que se ha salvado milagrosamente a pesar de las violentas crecidas del Tormes a lo largo de la historia y de la exagerada limpieza que se le hizo en el pasado y que la dejó más pulida de la cuenta y sin restos de policromía.



También se conservan dos epitafios en sendos sillares engastados tras la arquería románica principal con la leyenda en un sillar: MARIA GARCIA/ET FILIUS EM/MICAEL JOH[a]N[ni]S/OBIERUNT QUO/RUM CORPORA HI/REQUISCUNT ERA/M CC XL II XVIII/LAE[n]DAS MAII (año 1242)”. Y sobre el otro sillar: + HIC REQUIESCIT FAMU/LA DEI DONNA YGNES/CONVERSA HUIUS ECCLE/SIE QUI OBIIT VII.


Y hasta aquí la entrada de esta semana, con la que os animo a acercaros el miércoles por la tarde hasta la Fundación Rodríguez Fabrés y pasear por la ribera del Tormes, que con la enorme crecida que tiene estos días os será fácil imaginaros a los Canónigos de San Agustín intentando salvar la vida subidos a la torre de su iglesia durante la gran riada del año 1236.
 

Miguel Ángel Martín Mas

La hueste de Salamanca II - La batalla de la Valmuza

Cuando el emperador Alfonso VII decidió repartir sus vastos dominios entre sus dos hijos, entregando a Fernando (II) el reino de León y crea...