jueves, 24 de septiembre de 2026

Alba de Tormes villa de realengo leonés

Alba de Tormes, población salmantina que asociamos automáticamente con un duque, no fue siempre un feudo nobiliario, sino que durante buena parte de la Edad Media fue una villa de realengo leonés administrada por un representante del monarca, que podía ser un tenente (mandante sub manu regis) o un miembro de la familia real que ejercía un señorío o infantazgo.

La historia de los tenentes de Alba de Tormes comienza cuando el emperador leonés Alfonso VII le concedió al concejo de la villa y su alfoz el 4 de julio de 1140 un fuero, un código civil y penal de la época que dejó todo ese territorio bajo la autoridad regia. No aparece en dicho corpus legislativo el nombre de ningún tenente, pero sí tenemos noticia de que, el 4 de agosto de 1144, el emperador otorgó al obispo de Salamanca el diezmo de las rentas reales de Alba. Entre los confirmantes de dicha prebenda aparece el conde Ponce Giraldo de Cabrera, lo que no demuestra que este noble catalán fuera el tenente de Alba, pero sí la estrechísima relación del mismo con la zona y la administración regia, que sí sabemos que ejercía en la ciudad de Salamanca.


Señal heráldica del conde catalán Ponce Giraldo de Cabrera, tenente de Salamanca y probablemente también de Alba de Tormes. 

En el año 1157, tras la muerte del Alfonso VII, sus dominios fueron repartidos entre sus dos hijos, que reinarían como Fernando II de León y Galicia y Sancho III de Castilla y Toledo. De este modo, Alba de Tormes permaneció en territorio leonés, pero muy cercana a la recién inaugurada frontera con el reino de Castilla, convirtiéndose así la villa y su tierra en una zona de gran importancia estratégica, lo que iba a exigir que todos sus tenentes fueran magnates de primera fila. De hecho, durante el reinado de Fernando II, de 1157 a 1188, tenemos documentados como tenentes o mandantes de la villa a dos personajes muy destacados de la nobleza: Fernando Rodríguez de Castro y Gonzalo Núñez de Lara. El primero lo fue hacia 1168 y el segundo hacia 1186 y, curiosamente, no eran ricoshombres leoneses, sino castellanos, además, pertenecientes a dos linajes, los Castro y los Lara, que estuvieron enfrentados durante décadas para dirimir cuál era el que más poder ostentaba en Castilla. Este enfrentamiento y el juego político propio de la turbulenta época vivida entre los siglos XII y XIII es lo que hacía que, según resultaran ganadores o perdedores en un momento dado, miembros de estas dos casas nobiliarias abandonaran Castilla para ponerse al servicio del rey de León.


De derecha a izquierda: el conde Ponce Giraldo de Cabrera, el emperador Alfonso VII, el abad Guillermo, del monasterio de San Martín de Valdeiglesias, y Fernando y Sancho, los dos herederos del emperador. Imagen contenida en un diploma legal fechado en 1150, conocido como Privilegium Imperatoris, que, como otros documentos y joyas artísticas procedentes de esta tierra, terminaron en poder de la Hispanic Society de Nueva York.

Sabemos también con certeza que hacia 1189 el tenente de Alba era Pedro Fernández de Castro, hijo del mencionado Fernando Rodríguez de Castro y de Estefanía Alfonso la Desdichada, sobrenombre que recibió por ser asesinada por su marido, que creyó que le era infiel sin serlo realmente. Para que veáis cómo eran las cosas en aquellos tiempos, Pedro Fernández de Castro, miembro de un linaje castellano, abandonó el servicio al rey de Castilla para pasar a servir a Alfonso IX de León, pero no sólo eso, ya que en 1195 se exilió de los reinos cristianos y se puso a disposición del califa almohade, al que proporcionó un valioso asesoramiento militar que facilitaría la victoria de los musulmanes sobre los castellanos en la batalla de Alarcos, librada en el 19 de julio de 1195.


Dos linajes castellanos que fueron enemigos irreconciliables: a la izquierda los seis roeles azur de los Castro y a la derecha las dos calderas de sable de los Lara. 

En el verano de 1197, la población leonesa fronteriza de Alba de Tormes sufrió un ataque devastador por parte de tropas aliadas castellano-aragonesas, episodio enmarcado en un guerra que finalizó gracias al acuerdo de matrimonio entre el rey de León Alfonso IX y la hija del rey castellano Alfonso VIII, que pasaría a la historia como la reina Berenguela la Grande. Tenemos certeza de que Berenguela fue tenente de la ciudad Salamanca entre 1197 y 1204, pero no hay prueba documental de que también lo fuera de Alba de Tormes. De lo que sí tenemos constancia es de que por esa época el castillo de la vecina población de Carpio Bernardo quedó en manos castellanas, siendo su alcaide un tal Vlasco Muñoz el Sobervioso, un tipo con el sobrenombre perfecto para un castellano metido a controlar lo que era leonés.


Señal heráldica de la reina Berenguela la Grande después de que su hijo Fernando III, rey de Castilla desde 1217, fuera proclamado rey de León en 1230.

La documentación de las primeras décadas del siglo XIII demuestra la importancia creciente de la villa realenga de Alba de Tormes, sobre todo tras la repoblación ordenada por el rey Alfonso de León en 1224, lo que quizá explique que hacia 1240 el tenente de Alba, y también de las ciudades de Salamanca y León, ya no sea simplemente un noble de alto rango, sino el heredero de las coronas de Castilla y de León, el infante Alfonso, que antes de reinar como el décimo monarca de su nombre fue el representante del poder regio de su padre, Fernando III, en el reino leonés. Esto no nos tiene que llevar a pensar que el infante gobernara directamente las ciudades bajo su tenencia, sino que lo que tenemos es a un miembro de la familia real que ejercía el dominio y recibía sustanciosas rentas, pero dejando en las mismas a un agente subordinado, es decir, a un subtenente.

Ya avanzado su reinado, Alfonso X confirmó en el año 1279 el fuero de Alba y hacia 1282 entregó a su hijo el infante Pedro de Castilla las tenencias de Alba de Tormes, Ledesma, Salvatierra de Tormes, Miranda del Castañar, Granadilla, Montemayor del Río y Galisteo. Además, el infante Pedro poseyó importantes dominios en lo que hoy es territorio portugués: Sabugal, Castelo Rodrigo, Alfaiates y buena parte de la ribera del Coa, de tal modo que la totalidad de su señorío constituía un gran espacio territorial entre el río Tormes y la frontera con el reino de Portugal. Pedro murió prematuramente en Ledesma en octubre de 1283, cuando todavía no había cumplido los veinticinco años.


Señal heráldica del infante Pedro de Castilla con los castillos de oro del reino de Castilla y las águilas de sable de su abuela Beatriz de Suabia. El heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués afirma que el infante Pedro heredó esta armas de su tío Felipe de Castilla, fallecido sin descendencia. 

En el año 1284 fue proclamado rey de Castilla y de León Sancho IV, el segundogénito de Alfonso X, ya que su primogénito, el infante Fernando de la Cerda, había muerto en 1275. El hijo del fallecido Fernando, el infante Alfonso de la Cerda, hizo todo lo habido y por haber para hacerse con una corona y, tanta guerra dio a su tío Sancho IV y a su heredero, su primo Fernando IV, que este, en 1304, le tuvo que conceder, a cambio de que renunciara a sus pretendidos derechos a la corona, los señoríos de Alba de Tormes, Béjar, Valdecorneja, Gibraleón, el Real de Manzanares y otras villas, tierras, rentas y derechos con los que podría vivir holgadamente, eso sí, en el reino de Francia, que aquí no le quería ver ni en pintura. De hecho, Fernando IV incluso se comprometió a completar los ingresos de su incómodo pariente hasta alcanzar los 400.000 maravedíes anuales, si las posesiones concedidas no producían lo suficiente. El cansino pretendiente aguantó unos años conforme con el trato, pero, pasado el tiempo, volvió a reclamar la que consideraba que era su corona. Así las cosas, el rey Fernando IV resolvió arrebatarle lo otorgado ocho años atrás. La villa de Alba de Tormes se mantuvo fiel al infante Alfonso de la Cerda y no abrió sus puertas cuando se le requirió, así que al rey no le quedó otra que presentarse allí en persona al frente de su ejército y cercarla en el mes de mayo de 1312. Sabemos que el rey Fernando IV estuvo frente a las murallas en aquella ocasión por dos cartas fechadas el 10 de mayo de 1312 que él mismo envió desde el “Sitio de Alba de Tormes” y que están contenidas en un volumen que lleva por título Colección de documentos para la historia del reino de Murcia V. Documentos de Fernando IV; una de las misivas iba dirigida a don Juan Manuel, adelantado del reino de Murcia, y la otra al obispo de Cartagena. Lo que no sabemos es si la villa capituló o fue tomada al asalto, ya que no parece que haya ninguna crónica que nos cuente el episodio bélico.

Y así fue como el infante Alfonso de la Cerda se ganó su sobrenombre de el Desheredado, quedándose sin plumas y cacareando exiliado en Francia. Y es que en esta partida por los reinos de Castilla y de León jugada entre finales del siglo XIII y comienzos del siglo XIV el pobre infante cayó derrotado frente a su tío Sancho IV y su primo Fernando IV. Aunque, sobre todo, fue derrotado por la pieza más poderosa del tablero, la reina María de Molina, la esposa del rey Sancho y la madre del rey Fernando y, a mayores, la abuela de Alfonso XI, a cuya coronación asistió el infante Alfonso de la Cerda, tragándose así el último gran sapo de su vida. 


Señal heráldica del infante Alfonso de la Cerda una vez que renunció a sus derechos sobre las coronas de Castilla y de León, ya que hasta entonces empleó el cuartelado de leones y castillos propio del monarca. La partición del escudo con un campo azur cargado de flores de lis de oro es por su madre, la princesa Blanca de Francia, hija de Luis IX de Francia y de Margarita de Provenza. 


El rey Fernando IV de Castilla y de León dictando cartas desde el cerco de Alba de Tormes. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS. 


Señal heráldica de la reina consorte, madre y abuela María de Molina, la archienemiga del clan de los infantes de la Cerda.

Antes de convertirse en señorío de los Álvarez de Toledo en 1429, Alba de Tormes entraría en una dinámica señorial diferente a la que hemos tratado hasta aquí, comenzando una nueva etapa con el advenimiento de la dinastía Trastámara en los reinos de Castilla y de León en 1369. Es esta otra historia, la de como Alba de Tormes y otros muchos realengos se convirtieron en moneda de pago, que contaré en otra ocasión.


Señal heráldica de Fernando de la Cerda, hermano de Alfonso de la Cerda. 



Sepulcro del infante Alfonso de la Cerda (1270-1333), señor de Alba de Tormes, que fue hijo del infante Fernando de la Cerda y nieto del rey Alfonso X de Castilla y de León, en el monasterio de Las Huelgas de Burgos.




Miguel Ángel Martín Mas

viernes, 18 de septiembre de 2026

Sancho, medio lobo, medio león y tenente de Salamanca

Cuando Fernando II de León y de Galicia murió en enero de 1188 dejó tras de sí uno de esos marrones sucesorios tan habituales en la Edad Media. El caso es que dicho monarca tuvo dos hijos varones que podían aspirar al trono leonés, ya que eran de diferente madre: Alfonso, nacido de su primera esposa, Urraca de Portugal, y Sancho, nacido de una relación adúltera mantenida con la noble Urraca López de Haro, con quien el rey acabaría uniéndose en terceras nupcias en 1187, habiendo sido su segunda esposa la noble gallega Teresa Fernández de Traba.

Alfonso era el primogénito, así que, en principio, contaba con la legitimidad dinástica, aunque hay que tener en cuenta que el matrimonio de sus padres había sido anulado por el papa en 1175, dado el grado de consanguinidad existente entre ellos, el propio de unos primos segundos. Esta anulación, por tanto, convertía a Alfonso en hijo ilegítimo, lo que supuestamente le hacía perder sus derechos como heredero. Sancho contaba con el respaldo de su madre, miembro de la poderosa familia de los López de Haro, un linaje de origen navarro-riojano que se convirtió en uno de los grandes de la aristocracia castellana. La audaz Urraca pidió ayuda a su hermano Diego López II de Haro, el señor de Vizcaya, pero nada pudo evitar que el que se llevara el félido al agua fuera Alfonso, por entonces un muchacho de diecisiete años al que hoy en día conocemos como Alfonso IX de León y de Galicia.


Fernando II de León y su primera esposa, Urraca de Portugal, en el Tumbo de Toxos Outos. 


Fernando II de León y su heredero Alfonso IX en el Tumbo de Toxos Outos. 

Curiosamente, la derrota de Sancho —bueno, más bien la de su madre, ya que en 1188 él tenía tan solo dos años— no le convirtió necesariamente en enemigo de su medio hermano. El tiempo, que lo cura todo, trajo la reconciliación, permitiendo a Alfonso IX de León aprovechar al máximo las destrezas militares y políticas de Sancho, cuya madre, años atrás, le había querido quitar la corona. De hecho, el infante recibió los castillos y señoríos de Aguilar y Monteagudo, localizados en la montaña oriental leonesa y que eran parte de las arras de su madre.


Heráldica imaginada del infante Sancho Fernández de León, con el félido púrpura de su padre en el centro y los lobos negros del linaje de su madre en la bordura.

El 16 de julio de 1212 se libró la batalla de las Navas de Tolosa, que concluyó con la gran victoria de los reyes de Castilla, Navarra y Aragón sobre los almohades. Alfonso IX de León, siempre metido en disputas con su primo Alfonso VIII de Castilla, no participó en la misma, pero sí permitió que huestes leonesas lo hicieran. Al frente de ellas estuvo su medio hermano Sancho, que en esa gloriosa jornada para los cristianos combatió junto a su tío el señor de Vizcaya y su primo Lope Díaz II de Haro.


Los dos lobos negros sobre campo de plata de los López de Haro tienen su origen, probablemente, en un juego heráldico con el nombre Lope, derivado del latín lupus (lobo). El motivo ya aparece documentado en la familia a finales del siglo XII, ya que el sello de Diego López II de Haro de 1198 muestra este emblema. Con el tiempo se incorporaron los corderos en las fauces de los lobos y la bordura de gules cargada de aspas de oro, dando lugar al conocido blasón de la Casa de Haro.

En 1213, con veintisiete años, Sancho fue nombrado alférez de su medio hermano el rey de León, y de 1214 a 1218 desempeñó el cargo de mandante Salamanca sub manu regis, es decir, el de tenente de la ciudad del Tormes. Precisamente en 1217 las relaciones entre los reinos de León y de Castilla volvieron a tensarse, ya que, al morir el joven rey castellano Enrique I sin descendencia, Alfonso IX de León consideró que el trono de Castilla debía ser suyo. El leonés se quedó con dos palmos de narices, ya que su intrépida e inteligente exesposa, Berenguela de Castilla, se las apañó para que el nuevo monarca de Castilla fuera el hijo de ambos, al que conocemos como Fernando III.


El rey Alfonso IX de León y su medio hermano y alférez el infante Sancho Fernández de León. El alférez del rey portaba el estandarte real en las campañas y ejercía el mando militar cuando el rey no dirigía personalmente determinadas operaciones. Imagen generada con IA.

En este contexto de conflicto entre exesposos la frontera entre León y Castilla se convirtió en un punto caliente. Uno de los enfrentamientos que se produjeron en ella lo conocemos a través de la Crónica de la población de Ávila. El caso es que Sancho, siendo tenente de Salamanca, avanzó hasta la población castellana de Arevalillo, situada muy cerca de Piedrahita, al frente de unos trescientos caballeros de las milicias concejiles de Salamanca, Toro, Alba de Tormes y Salvatierra de Tormes. Allí se enfrentaron con las fuerzas del concejo de Ávila. En un primer momento la suerte favoreció a los leoneses, puesto que mataron a algunos de sus adversarios y apresaron a varios caballeros castellanos, entre ellos, según la crónica, a un tal Gonzalo Mateos. Los abulenses resistieron, reaccionaron y terminaron obligando a los leoneses a retirarse hacia su territorio.


Imagen generada con IA.

No sabemos a causa de qué, pero los medio hermanos Alfonso y Sancho terminaron partiendo peras en 1218, año en el que el infante dejó de ejercer el cargo de tenente de Salamanca. Este abandonó el reino de León junto a su hueste, parece que con la intención de servir como mercenario de alguno de los señores del Magreb, algo que era habitual entre caballeros cristianos cuando estos se rebotaban con su rey. Tampoco sabemos por qué, pero el caso es que Sancho nunca pisó tierras norteafricanas, algo le hizo cambiar de planes y terminó arrebatando a los moros el castillo de la población cacereña de Cañamero, donde estableció su señorío y desde donde atacó tanto a musulmanes como a cristianos.


Imagen generada con IA.

Sancho no tuvo mucho tiempo para disfrutar de sus dominios, ya que, en agosto de 1220, según nos cuentan los Anales Toledanos, salió al monte a cazar y se topó con un oso. El animal hizo trizas al infante que, a pesar de que era león por parte de padre y lobo por parte de madre, no tuvo ninguna opción. Pocos días después, la hueste musulmana de Badajoz tomó Cañamero y pasó a cuchillo a toda la guarnición cristiana.



Imágenes generadas con IA. 

Los restos mortales de Sancho fueron trasladados al hoy desaparecido monasterio de Santa María de Perales, en Palencia. Según la descripción del erudito del siglo XVIII Juan Antonio Pellicer, recogida por el heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués, el sepulcro era de piedra blanca y mostraba al infante con un venablo en la mano luchando contra un oso. En él aparecían también escudos con las armas reales de León.


Imagen generada con IA. 

Sancho Fernández de León y de Haro, el hombre que había podido ser rey, combatido en Las Navas de Tolosa, ostentado la tenencia de varias ciudades del reino leones y combatido en las guerras de la frontera leonesa-castellana, al final sería recordado como ese infante leonés al que mató un oso, y es que nemo scit quid sibi hora novissima ferat.


Imagen generada con IA.


Miguel Ángel Martín Mas

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Berenguela infanta, monja y protectora de las Damianitas de Salamanca

La infanta Berenguela, nacida en torno a 1228, era una princesa de extraordinario rango en la Europa del siglo XIII. No obstante, su destino no sería el de ser utilizada como un mero peón en el tablero de las alianzas dinásticas de la época, sino el de profesar como monja en un monasterio creado para mujeres de alta alcurnia: el de Santa María la Real de Las Huelgas en Burgos. Hija de los reyes Fernando III de Castilla y de León y Beatriz de Suabia, por parte paterna era nieta de Alfonso IX de León y de la célebre Berenguela la Grande; por su madre descendía de la poderosa casa de los emperadores germánicos y también de los emperadores bizantinos. Es decir, que en su persona confluían cuatro de los linajes reales cristianos de su tiempo: los Borgoña, los Plantagenet, los Hohenstaufen y los Ángelos. Todo este nobilísimo entronque la convertía, además, en la hermana de uno de nuestros monarcas medievales más conocidos: Alfonso X el Sabio.


La infanta Berenguela antes de profesar como religiosa en Las Huelgas de Burgos. Imagen generada con IA.


Armas heráldicas de la infanta Berenguela reconstruidas tomando como modelo su sello, descrito por el heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués del siguiente modo: "Conocemos un sello de esta infanta que ostenta en el campo el cuartelado real, rodeado como en bordura de cuatro castillos y cuatro águilas, alternándose". Heráldica Medieval Española, I: La Casa Real de León y Castilla, Madrid, Hidalguía / Instituto Salazar y Castro, 1982, p. 104. Imagen generada con IA.

No se sabe mucho de la vida de la infanta Berenguela, pero un episodio clave de la misma quedó registrado en la Cantiga de Santa María CXXII, que tiene por título “De cómo Santa María resucitó a una infanta, hija de un rey, que después se hizo monja y muy santa mujer” y como estribillo Muchos milagros hace por los reyes / Santa María, siempre que quiere.


La Cantiga cuenta y canta que Fernando III y Beatriz de Suabia habían tenido una niña a la que prometieron como puella oblata a la Orden del Císter. El caso es que, siendo aún un bebé, enfermó gravemente y murió, así que la desesperada madre depositó el cadáver de su hija ante la imagen de la Virgen en una capilla de Toledo. La reina ordenó cerrar las puertas y permaneció fuera llorando y rezando mientras insistía en que no abandonaría el lugar hasta que Nuestra Señora le devolviera a su pequeña.


Y entonces ocurrió el milagro, porque, de repente, se oyó llorar a la infantita. La reina Beatriz abrió la capilla y encontró viva a la infanta Berenguela, a la que tomó nuevamente en sus brazos. En agradecimiento, prometió favorecer las iglesias bajo la advocación de Santa María y cumplir su promesa entregando a su hija en Las Huelgas. La Cantiga termina presentando a Berenguela como aquella niña milagrosamente salvada que acabó siendo monja y mujer santa.


La infanta, por supuesto, terminó profesando en Santa María la Real de Las Huelgas de Burgos, el monasterio femenino más estrechamente ligado a la monarquía castellana, en algún momento entre 1235-1241/42, cuando su madre ya había fallecido. Berenguela, bisnieta de Leonor Plantagenet, que había sido la reina fundadora de este cenobio burgalés en 1187, no iba, desde luego, a ser una monja cualquiera. El caso es que este contaba con una institución peculiar, ya que, junto a la abadesa existía una figura de extraordinaria dignidad, la de Señora de Las Huelgas, que debía pertenecer a la familia real y actuar como intermediaria entre la comunidad y el mundo exterior. La primera mención documental de Berenguela como Señora de Las Huelgas aparece en 1255, y en la misma nos la encontramos interviniendo en asuntos relacionados con el monasterio y con otras comunidades religiosas. Por eso, más que una princesa que simplemente se hizo monja, la infanta Berenguela puede entenderse como una auténtica mediadora entre la monarquía castellana y leonesa y el pujante movimiento religioso femenino del siglo XIII.


La reina madre Berenguela la Grande y el rey Fernando III entregan a la infanta Berenguela a la abadesa de Las Huelgas. Imagen generada con IA.

Rondando esas mismas fechas nos encontramos con otro documento, este relacionando a la infanta con Salamanca, y en concreto con el convento de Santa Clara de dicha ciudad leonesa. En su archivo se conserva una bula del papa Alejandro IV fechada el 27 de junio de 1258 y dirigida a su excelsa persona. En la misma se le encomienda la protección de las Damianitas de Salamanca, que por entonces tenían planes de fundar en la ciudad de Toro y todavía no eran conocidas como Clarisas. Conviene apuntar que en 1258 existía otra infanta Berenguela, esta hija de Alfonso X y Violante de Aragón y, por lo tanto, sobrina de nuestra protagonista, pero esta tenía por entonces solamente cinco años. Resulta, por tanto, imposible que esa niña fuera la destinataria de la bula.

A primera vista podría parecer que este documento de 1258 dirigido a la infanta Berenguela es una más de las numerosas intervenciones pontificias destinadas a proteger a las comunidades religiosas femeninas. Sin embargo, cuando se reconstruye el contexto, la elección de la destinataria resulta extraordinariamente significativa, ya que la relación de Roma con las Damianitas salmantinas no había comenzado en 1258. Veinte años antes, en 1238, el papa Gregorio IX había recurrido al rey Fernando III para solicitar su protección en favor de aquellas religiosas. Y en 1257, el pontífice Alejandro IV había vuelto a intervenir, esta vez dirigiéndose a la reina Violante, esposa de Alfonso X, para que amparase a la comunidad. Hay que recordar que Fernando III era el padre de la infanta Berenguela y que la reina Violante era su cuñada, pero la historia adquiere todavía mayor interés si retrocedemos una generación más. La infanta Berenguela era nieta de la reina Berenguela la Grande, madre de Fernando III y una de las mujeres más poderosas y capaces de los reinos peninsulares cristianos del siglo XIII. Precisamente un reciente estudio publicado en Historia y Genealogía, revista de la Universidad de Córdoba, ha planteado una relación entre la monumental techumbre medieval de la iglesia del convento damianita salmantino y la familia real castellana y leonesa, interpretando su decoración heráldica en conexión con la reina Berenguela la Grande y con el patrocinio de los primeros tiempos de la comunidad. Según este estudio, la coincidencia resulta extraordinaria: la mujer vinculada a los orígenes del patrocinio del convento damianita sería la abuela de la mujer a la que, décadas después, el papa Alejandro IV pediría que continuase favoreciendo a sus religiosas. Así, detrás de un breve pontificio aparentemente aislado puede esconderse una auténtica historia de continuidad dinástica.

De este modo, la bula de 1258 conservada en el convento de Santa Clara de Salamanca adquiere otra dimensión. Ya no sería solamente un papa pidiendo ayuda a una infanta. Sería Roma llamando a la puerta de una familia que, generación tras generación, había estado ligada a las Damianitas de Salamanca.


La reina Berenguela la Grande con su nieta la infanta Berenguela. Imagen generada con IA.

Durante mucho tiempo se consideró que la fundadora de Santa Clara de Toro había sido la infanta Berenguela que era hija de Alfonso X y Violante de Aragón, pero ya hemos visto que esto era imposible, dada la edad de esta otra infanta en el momento en el que se está planeando la fundación del cenobio toresano. La tradición se apoyaba, entre otras cosas, en el sepulcro monumental que se encontraba en el convento y en su inscripción, que identificaba a la infanta enterrada allí como hija de Alfonso X. También documentos posteriores, como un albalá de 1408, hablan de la “infanta doña Berenguela, hermana del rey don Sancho” enterrada en el monasterio. Quizá tanto la tía como la sobrina estuvieron íntimamente relacionadas con este cenobio de Toro, siendo la segunda donante, refundadora o incluso promotora de una reconstrucción después de la destrucción causada en distintas ciudades castellanas y leonesas por las turbulencias políticas acaecidas a finales del reinado de Alfonso X.


El rey Alfonso X el Sabio y su hermana la infanta Berenguela, Señora de Las Huelgas. Imagen generada con IA.

Nosotros, no obstante, seguimos apostando por la tía como fundadora de las Clarisas de Toro, teniendo en cuenta esa bula de 1258 y que las primeras Damianitas establecidas en Toro procedían precisamente del monasterio de Salamanca. De hecho, algunas fuentes identifican a sor María o Marina de Torres, una Damianita de Salamanca, como la religiosa que puso en marcha la comunidad toresana.

Respecto a esta relación entre las Damianitas de Salamanca y las de Toro, convendría añadir que las pinturas murales del coro bajo del convento de Santa Clara de Salamanca y las procedentes del coro de Santa Clara de Toro, conservadas actualmente en la iglesia toresana de San Sebastián de los Caballeros, pertenecen a un mismo horizonte artístico y devocional. Aunque no puede afirmarse por ahora una relación directa de autoría, sus semejanzas estilísticas, cronológicas e iconográficas permiten plantear la existencia de contactos entre ambos cenobios, posiblemente dentro de una misma tradición pictórica regional y de los intercambios artísticos que afectaron a los conventos femeninos leoneses y castellanos.


Pinturas murales del convento de Santa Clara de Toro con escudos que imitan a los que decoran la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, incluidos unos que contienen cinco córvidos en sotuer.


Pintura mural del mártir san Bartolomé en el coro bajo de la iglesia de Santa Clara en Salamanca. Obsérvese el escudo con un córvido pintado en la esquina superior izquierda.


La chova piquirroja, el córvido que aparece en la decoración heráldica de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca y que también, como se puede ver arriba, aparece en las pinturas murales de ese cenobio salmantino y en las del convento de Santa Clara de Toro. Esta ave, según el estudio anteriormente mencionado y publicado por la Universidad de Córdoba, está relacionada con Tomás de Canterbury, santo protector de la dinastía Plantagenet, de la que descendían la reina Berenguela la Grande y su nieta la infanta Berenguela. Imagen generada con IA.


Castillo de Alfonso VIII y chova piquirroja de Leonor Plantagenet representadas en la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca. Estos dos monarcas eran los bisabuelos paternos de la infanta Berenguela. Reconstrucción hecha con IA.

La infanta-monja Berenguela, al igual que hizo su abuela homónima, llevó una vida completamente ligada a la memoria de su familia y permaneció durante décadas vinculada a las Huelgas de Burgos. Su posición fue tan relevante que en 1279 participó en el traslado a Sevilla de los restos de su madre, dentro de la reorganización de los enterramientos regios del monasterio.

Y precisamente en Las Huelgas terminó su vida. La fecha de su fallecimiento aparece de forma diferente en las fuentes: 1279 es la fecha tradicional, relacionada con su intervención en la fundación damianita en Toro, pero otras fuentes modernas han transmitido 1286, apenas un par de años después de que falleciera su hermano el rey.  Con la muerte de Alfonso X comenzó una guerra familiar para hacerse con la corona; tras la muerte de su hermana monja el nombre Berenguela dejaría de aparecer en la descendencia directa de la familia real. Era el final de una tradición que entre los siglos XII y XIII había dado dos reinas y varias infantas llamadas Berenguela, todas protagonistas de primer orden en la historia de los reinos de Castilla y de León.


Sepulcro de la infanta Berenguela en Las Huelgas de Burgos. Una de las vertientes de su tapa está decorada con los leones y castillos de su padre y el águila Hohenstaufen de su madre. De hecho, se cree que la reina Beatriz de Suabia estuvo sepultada en él hasta que su hija trasladó su cuerpo a Sevilla, reutilizando luego el sarcófago para ella. Dibujo a lápiz de Francisco Aznar y García (Zaragoza, 1834–1911) ca. 1859, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.


Fotografía histórica FOT-00072 del sepulcro de la infanta Berenguela. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.



Miguel Ángel Martín Mas
Charo García de Arriba

viernes, 4 de septiembre de 2026

La reina Violante, la Virgen y el alifante

El matrimonio entre el infante mayor Alfonso, futuro monarca Alfonso X de Castilla y de León, y la princesa Violante de Aragón fue un asunto de estado, tal y como correspondía a un enlace regio medieval, en el que la mujer era una de las principales herramientas con las que un reino podía tejer alianzas, sellar tratados y asegurar la paz. De este modo, hacia 1240, el rey castellano y leonés Fernando III y el aragonés Jaime I decidieron unir a sus vástagos para asegurar la colaboración entre sus reinos en la lucha contra los musulmanes de al-Ándalus. El acuerdo quedó sellado y, finalmente, Alfonso y Violante se casaron en la ciudad de Valladolid en enero de 1249, ceremonia a la que no pudo asistir la verdadera urdidora política del acuerdo matrimonial, la abuela y preceptora del novio, la reina madre Berenguela, que había fallecido en 1246.


Plafón cerámico del Tratado de Almizra (1244) entre los reinos de Castilla y Aragón en la Torre del Conjurador del Campo de Mirra (Alicante).

Recreación con IA de parte de un tramo de arrocabe de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, donde la reina Violante tenía bula papal para pasar a visitar a las habitantes del mismo. El último estudio dedicado a esta magnífica obra medieval dice que en estas tabicas está representando el compromiso entre el infante mayor Alfonso y Violante de Aragón.

El comienzo de este matrimonio no fue precisamente idílico. El caso es que Alfonso ya había tenido una hija, Berenguela, fruto, además, de la relación con su tía María Alfonso de León, hija del concubinato entre el abuelo del infante, el rey Alfonso IX de León, y la noble gallega Teresa Gil de Soverosa. Violante, además, apenas tenía trece años cuando la casaron con un infante de veintisiete años que, por lo tanto, ya se las sabía todas en el amor y en la guerra. Por otro lado, Alfonso no abandonó exactamente sus costumbres amatorias, puesto que durante su matrimonio mantuvo otras relaciones, entre ellas con Mayor Guillén de Guzmán, con quien tuvo a Beatriz, futura reina de Portugal.

Soportando infidelidades y desprecios, la valiente Violante se las apañó para terminar desempeñando un papel político de primer orden junto a Alfonso. De este modo, aquel matrimonio concertado entre dos muchachos de sangre real terminó convirtiéndose en una de las parejas más importantes —y también más complicadas y desavenidas— de los reinos cristianos hispanos del siglo XIII.


Alfonso X, Violante de Aragón y el infante mayor Fernando de la Cerda en el Tumbo de Toxos Outos, conservado en el Archivo Histórico Nacional.

Si Alfonso X y Violante de Aragón no parecían tener demasiado en común en su vida matrimonial, al menos compartían una devoción: la Virgen. Y las Cantigas de Santa María nos dejaron una prueba bastante extraordinaria. En la cantiga CCCXLV, mientras ambos echaban la siesta en Sevilla, Alfonso y Violante tuvieron el mismo sueño: vieron a Nuestra Señora huyendo de una capilla de Jerez que estaba ardiendo, llevando al Niño Jesús en brazos. Al despertar, Alfonso contó su sueño a Violante y ella le respondió que acababa de soñar exactamente lo mismo.


El sueño de Alfonso y Violante en la cantiga CCCXLV, que lleva por título "De cómo Santa María hizo ver a un rey y a una reina el gran pesar que sentía porque unos moros habían entrado en su capilla de Jerez".



Imagen recreada con IA de una figura del monarca Alfonso X el Sabio que aparece en las Cantigas de Santa María. Rey de dos reinos, el de Castilla y el de León, como así se consigna en el capiello que porta en esta imagen y en el emblema cuartelado de castillos y leones. 

Alfonso X recibió hacia 1261, tras casi nueve años de reinado, a una espectacular embajada del sultán de Egipto, Baybars, cargada de regalos y animales exóticos: una jirafa, una cebra y otras criaturas que debieron de dejar boquiabierta a la corte castellana y leonesa. La tradición ha relacionado también con aquel regalo un elefante, de hecho, en la Cantiga XXIX aparecen varios animales exóticos, entre ellos un proboscídeo. Quién sabe si Alfonso y Violante, que no siempre parecían ponerse de acuerdo en cuestiones matrimoniales, encontraron en aquellas extrañas criaturas otro punto de coincidencia. Porque si tenían sueños compartidos con la Virgen, quizá también compartieran su fascinación por aquel enorme animal llegado desde tierras africanas.


Viñeta 5 de la cantiga de Santa María XXIX, en la que aparece un elefante junto a otros animales de origen africano.


Elefante que el rey Luis IX de Francia regaló al rey Enrique III de Inglaterra en 1255. Iluminación restaurada con IA perteneciente al Liber Additamentorum de Mateo Paris.

Por otro lado, se da la maravillosa casualidad de que durante el reinado de Alfonso X y Violante se realizaron en marfil dos de las más extraordinarias Vírgenes abrideras de la península ibérica: las de Allariz y Salamanca. Las dos muestran a María entronizada con el Niño y, al abrirse, revelan en su interior escenas de los grandes Gozos de la Virgen. No sabemos si el marfil empleado para la creación  de estas dos obras de arte procedía de los colmillos del paquidermo que parece que llegó de Egipto, pero, puesto que aquí podemos permitirnos ciertos lujos, vamos a imaginar que pudo ser así. No sabemos cuánto tiempo vivió el elefante de Alfonso X, pero sí tenemos la certeza de que el que el rey Luis IX de Francia regaló al rey Enrique III de Inglaterra en 1255 apenas sobrevivió dos años en las frías tierras británicas.

Otra cosa que tenemos por cierta es que la abridera de Allariz, tallada a finales del siglo XIII, estuvo vinculada al monasterio damianita que la reina Violante fundó en esa localidad orensana. Algunos expertos consideran que esta pieza fue una donación de Violante, aunque otros prefieren mantener cierta prudencia. En todo caso, es perfectamente posible que aquella pequeña maravilla formara parte de la propia capilla móvil de la reina y que las Damianitas (futuras Clarisas) la recibieran como un preciado regalo real.


Virgen abridera de Allariz (Orense).


Elefante y su cría en el bestiario de Hugh of Fouilloy (siglo XII). Bibliothèque Municipale de Valenciennes, MS 101 [De avibus / Physiologus], folio 196r. El término ALIFANTE (y su variante gráfica ALIFANT) aparece registrado en importantes obras de la literatura española medieval. En el Tesoro de los diccionarios históricos de la Real Academia Española (RAE) se documenta su uso continuo desde el siglo XIII hasta finales de la Edad Media.

Por lo que se refiere a la Virgen abridera de Salamanca, la relación de la reina Violante con esta ciudad del reino de León resulta muy sugerente, sobre todo porque, al igual que en Allariz, las Damianitas están de por medio. En 1257 el papa Alejandro IV pidió a la reina por medio de una bula que diera su amparo a las religiosas damianitas de Salamanca y, al día siguiente, 2 de diciembre, le concedió un privilegio excepcional: poder entrar en la clausura del monasterio dos o tres veces al año para visitarlas. Sabemos, por tanto, que Violante mantuvo una relación directa con aquella comunidad de religiosas salmantina que, con el tiempo, terminaría conviertiéndose en la del convento de Santa Clara.


Virgen abridera de Salamanca. 


Segundo dibujo del elefante que el rey Luis IX de Francia regaló al rey Enrique III de Inglaterra en 1255.  Iluminación restaurada con IA perteneciente a la Chronica Majora de Mateo Paris.

Otra bula conservada en el archivo de dicho convento salmantino, esta fechada el 27 de junio de 1258, encomienda a la infanta Berenguela dicho cenobio y sus monjas de clausura. Alfonso X y Violante tuvieron una hija de nombre Berenguela, pero en el tiempo en el que se emitió esta bula contaba con cinco años de edad, así que la protagonista de la misma ha de ser la homónima hermana del rey, nacida en 1228, de la que sabemos con certeza que profesó como monja. De hecho, la historia de cómo fue prometida para la vida religiosa, al salvar la Virgen su vida cuando enfermó gravemente siendo bebé, está contada en la cantiga CXXII. Así las cosas, lo que sí parece claro es que los conventos damianitas de Salamanca y Allariz fueron espacios espirituales franciscanos próximos a la familia de Alfonso X. Lamentablemente, no sabemos si la reina Violante o su cuñada Berenguela tuvieron algo que ver con la virgen abridera de marfil que se conserva en la Catedral Vieja de Salamanca, del mismo modo que parece que la monarca tuvo que ver con la de Allariz.



Cantiga CXXII, que lleva por título "De cómo Santa María resucitó a una infanta, hija de un rey,
que después se hizo monja y muy santa mujer".

En la localidad portuguesa de Évora se conserva otro ejemplar de Virgen abridera, pero esta está datada hacia 1330, así que ya no se puede relacionar de ningún modo con la reina Violante, pero sí puede verse como heredera de una tradición mariana que tuvo uno de sus focos más destacados en el entorno de la corte de Alfonso X y su consorte aragonesa: la devoción a los Gozos de María, el franciscanismo y el gusto cortesano por las pequeñas imágenes de marfil destinadas a la oración y contemplación privada.


Virgen abridera de Évora (Portugal)


Elefante en la ermita de San Baudelio de Berlanga, en Casillas de Berlanga (Soria).

Y si la Virgen era un modelo, el elefante no lo era menos, ya que, en la Edad Media, este colosal animal era considerado un ser extraordinario y casi legendario. Se le atribuían virtudes tales como la fortaleza, la sabiduría, la prudencia y la castidad. De hecho, los bestiarios medievales destacaban especialmente que el elefante era fiel a su pareja, afectuoso con sus crías y enemigo de la violencia, convirtiéndolo así en símbolo de nobleza, templanza y virtud cristiana. Por ejemplo, en el Physiologus se decía que “El elefante es concebido como una criatura sin apetito sexual que tiene coito únicamente con la finalidad de procrear y solo siente deseo una vez que ha comido de la raíz de la mandrágora, es, entonces, una alegoría de la castidad marital cristiana. Su gran enemigo, es el dragón y contra él debe montar guardia a la hora del parto de la hembra elefante.”


Elefante esculpido en la portada románica de la iglesia de Santa Maria d’Agramunt (Lleida).


Elefante luchando contra un dragón en el manuscrito Harley. British Library, Harley MS 3244 (folio 39v).

Y aquí concluyo, reivindicando a los magníficos proboscídeos y al personaje histórico de la reina Violante, quien, frente a tantas adversidades como tuvo que enfrentar en su vida, bien pudo haberse reconocido en aquellas virtudes que la tradición medieval atribuía al elefante y que también encontraba personificadas en la Virgen. De este modo, esta triada medieval hispánica de Virgen de marfil, reina y elefante no sólo presenta una imagen extraordinaria, sino que parece construir, a través de sus protagonistas, una red de casualidades, o no tan casualidades, que quizá nos ayuden a aprender algo más de un mundo en el que las reinas oraban frente a figuras marianas de marfil para luego irse a descansar hojeando un hermoso bestiario iluminado en el que nunca faltaba un alifante.


Monografía dedicada a la reina Violante de Aragón, reina consorte de Castilla y de León, por la profesora María Jesús Fuente Pérez.



Miguel Ángel Martín Mas


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