domingo, 24 de mayo de 2026

El apostolado de Alba y san Gervasio

Postulaba mi fraile favorito, el franciscano inglés Guillermo de Ockham, que la explicación más sencilla suele ser la más probable. Si este principio metodológico y filosófico sirvió, en su día, para relacionar unas chovas piquirrojas pintadas en una techumbre medieval de Salamanca con santo Tomás Cantuariense, la dinastía Plantagenet y la reina Berenguela, bien podría servir ahora, apuntando, además, en la misma dirección, para dar cuenta de quién costeó el apostolado de Alba de Tormes y de cuál fue su ubicación original.


Dibujo con el texto frater Occham iste (este es el hermano Occham) de un manuscrito de la Summa Logicae, 1341.


Cristo del apostolado de Alba.


Número 15 de la revista Historia y Genealogía, publicada por la Universidad de Córdoba, que contiene el artículo titulado "La decoración heráldica de la tecumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca".

Este hermoso conjunto escultórico de Cristo y sus doce apóstoles —incluyendo a san Pablo y excluyendo a Judas Iscariote— se conserva totalmente descontextualizado en el ábside central de la iglesia de San Juan de la villa albense junto a una Virgen que, seguramente, también formaba parte del mismo. Se cree que es una obra de en torno al año 1200, del tiempo en el que en León reinaban Alfonso IX y Berenguela, y que debió de estar ubicada en la fachada de alguna de la docena de iglesias románicas de la localidad cuyo derrumbe nadie puedo evitar.








El apostolado de Alba de Tormes.

Poco más se conoce de esta obra, aparte de las consabidas consideraciones histórico-artísticas y teológicas, las cuales creo que se deberían complementar con algunos hechos históricos que no acierto a entender por qué no se tienen nunca en cuenta...

I. Si el apostolado es una obra de 1200 ubicado en el exterior de una iglesia construida en piedra en una localidad donde la construcción de los templos románicos se hacía en ladrillo, material mucho más económico, parece que alguien rico y poderoso de esa época decidió, en un momento dado, hacer este caro regalo a Alba de Tormes, villa con la que probablemente tendría algún tipo de vínculo.


La reina Berenguela junto a su esposo el rey Alfonso IX de León hacia 1200. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS.

II. El apostolado de la villa leonesa de Alba tiene un mellizo en la iglesia de Notre-Dame la Grande en Poitiers, ciudad de nacimiento y corte de Leonor de Aquitania, que tuvo una hija, Leonor Plantagenet, que fue reina consorte de Castilla entre 1170 y 1214, y una nieta, la infanta castellana Berenguela, que fue reina consorte de León y tenente de Salamanca entre 1197 y 1204.






Iglesia de Notre-Dame la Grande en Poitiers.

III. Leonor de Aquitania visitó con un gran séquito a su hija y nietas castellanas en el año 1200, llevándose a su vuelta a Poitiers a su nieta Blanca para casarla con el heredero del trono de Francia.


Fachada meridional de la catedral de Ciudad Rodrigo, también construida en tiempos de la reina Berenguela. 

IV. Una de las iglesias románicas de Alba que no se han conservado estaba bajo la advocación de san Hervás, es decir, san Gervasio, culto que tenía mucho predicamento en los territorios de Normandía, Angers, Aquitania y Gascuña, todos bajo el control del rey Enrique II Plantagenet de Inglaterra y Leonor de Aquitania, los abuelos maternos de la reina Berenguela de León y de Castilla. Entre otros muchos ejemplos, la catedral de Gisors está bajo la advocación de san Gervasio y san Protasio y, además, fue construida bajo mandato de esta pareja real a partir de 1160.


Martirio de los hermanos y santos Gervasio y Protasio en una miniatura francesa del s. XIV (París, Bib. nationale, ms. Français 185).


Mapa de iglesias bajo la advocación de San Gervasio en los territorios históricos de Normandía y Aquitania.



Catedral de San Gervasio y San Protasio en Soissons, donde se produjo el milagro que se cuenta en la cantiga LIII de las Cantigas de Santa María, obra patrocinada por el rey Alfonso X el Sabio, nieto de Berenguela. 

V. Dos templos bajo la advocación de san Gervasio y localizados en lo que fuera el ducado de Normandía están íntimamente relacionados con Tomás de Canterbury, el santo protector de la dinastía Plantagenet,  a la que pertenecía la reina Berenguela. Por un lado, ocurrió que, en el verano de 1161, cuando Tomás Becket todavía ejercía como canciller de Inglaterra, antes de ser nombrado arzobispo de Canterbury, este cayó gravemente enfermo durante una estancia en Normandía y tuvo que pasar una larga convalecencia en el priorato benedictino de San Gervasio en la ciudad de Rouen. Fue un episodio tan relevante que el rey Enrique II de Inglaterra y el rey Luis VII de Francia acudieron juntos a visitarlo. Posteriormente, tras el brutal asesinato de Becket en 1170, la iglesia de dicho priorato de San Gervasio albergó reliquias del mártir, cediendo una parte de ellas a la catedral de Rouen en el año 1222. Por otro lado, en Avranches, junto a la basílica de San Gervasio, encontramos la plaza Thomas Becket, donde se conserva la famosa piedra de la antigua catedral, templo donde el rey Enrique II Plantagenet tuvo que hacer una primera penitencia pública en 1172 para obtener la absolución papal por haber inspirado el asesinato del arzobispo de Canterbury.


Asesinato del arzobispo Tomás Becket representado en una pintural mural de hacia 1200 en la iglesia de Saint James en Bramley (Hampshire - Inglaterra).


Penitencia del rey Enrique II de Inglaterra ante la tumba de Tomás Becket en Canterbury.

VI. La villa leonesa de Alba de Tormes y su tierra quedaron asoladas en el verano de 1197 tras un brutal ataque llevado a cabo por tropas aliadas castellanas y aragonesas, que también se hicieron con el control del castillo de Carpio Bernardo. Esa guerra entre el reino de León y el de Castilla en la que estuvo enmarcado dicho episodio llegó a su fin con el matrimonio entre la infanta castellana Berenguela y su tío segundo el rey de León, Alfonso IX. Sin figurar la ciudad leonesa de Salamanca en las arras de Berenguela, esta pasó a ser tenente de la misma y sospecho, aunque no está documentado, que también lo fue de Alba de Tormes y, lo más seguro, también del castillo de Carpio Bernardo, ya que este no fue devuelto al reino de León hasta 1214, diez años después de que Berenguela tuviera que separarse del rey leonés por la consanguinidad habida en su matrimonio y las consiguientes presiones del papa.


Ataque castellano-aragonés sobre la villa de Alba de Tormes en el verano de 1197. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS.

VII. La iglesia albense de San Hervás (san Gervasio), advocación que, como ya hemos dicho, se relaciona con los orígenes de la reina Berenguela y con Tomás Cantuariense, el santo protector de su dinastía, la Plantagenet, era el templo en el que reunía el concejo de la villa en el siglo XIII, es decir, era probablemente el principal y, en consecuencia, el más suntuoso y donde se recibía al tenente del rey leonés. 


Iglesia románica de San Gervasio y San Protasio en la localidad vallisoletana de Santervás de Campos, que precisamente se llama así por san Hervás (Gervasio).

Una vez expuesto todo lo anterior y no teniendo yo, al destino gracias, ninguna responsabilidad en el mundo de lo académico, no me parece descabellado inferir que el apostolado de Alba de Tormes debió de formar parte de la fachada principal de la iglesia de san Hervás y que, además, la construcción de la misma pudiera haber sido sufragada por la acaudalada reina Berenguela. No hay que olvidar que esta monarca se esforzó por emular los mecenazgos culturales artísticos y culturales de su madre y de su abuela materna y que, a la par, algo de cargo de conciencia debía de tener por la destrucción a la que su padre y su tío segundo, Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón respectivamente, sometieron a Alba de Tormes en ese fatídico verano de 1197. Y, si así fueran las cosas, cada vez que vaya a ver de nuevo esa maravilla que es el apostolado, me placerá admirarlo como un monumento a la paz y reconciliación entre dos reinos medievales rivales que terminarían teniendo el mismo rey, el hijo primogénito de Berenguela y Alfonso IX de León, Fernando III de Castilla desde 1217 y de León desde 1230; fue este el monarca que estrenaría una señal heráldica que es una belleza histórica que todavía conservamos y que es el cuartelado de castillos de oro en campo de gules y leones púrpura en campo de plata.


La reina Berenguela, su hijo el rey Fernando III y su nieto Alfonso, futuro monarca X de su nombre. 
Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS.


Cuartelado de castillos y leones en una pintura mural del castillo de Alcañiz (Teruel).


Miguel Ángel Martín Mas


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lunes, 27 de abril de 2026

La peste, la Virgen, la reina, los perros de Dios y la conversión de los judíos

La peste bubónica se llevó por delante a la tercera parte de la población de Europa, sin miramientos, no hizo distingos entre cristianos, judíos o musulmanes; tampoco los hizo entre estamentos sociales, ya que también acabó con la vida del único rey nacido en Salamanca, que fue criado por la noble Inés de Alimógenes entre su Hacienda de Zorita y la población de Tamames, señorío de su esposo, Juan Alfonso de Godínez. Y tras esa muerte, la de Alfonso XI, acaecida el 26 de marzo de 1350 durante el sitio de Gibraltar, no vendrían más que desgracias, entre ellas la guerra entre su hijo legítimo y heredero, Pedro I, y el medio hermano de este, Enrique de Trastámara, que acabó con el asesinato del primero a manos del segundo en 1369. 


Ciudadanos de la ciudad francesa de Tournai enterrando víctimas de la peste negra. Miniatura de Pierart dou Tielt, c. 1353.

De la guerra civil librada en los reinos de Castilla y de León tuvieron la culpa las veleidades amorosas de Alfonso el Onzeno, desde luego; por otro lado, la hecatombe provocada durante años por la peste negra se achacó a un castigo divino, al permitir los cristianos que entre ellos vivieran los deicidas judíos, quienes, gracias al episodio evangélico del prefecto romano Poncio Pilato lavándose las manos (Mateo 27:24), habían pasado convenientemente a la historia como los asesinos de Jesucristo, quedando así exculpados los romanos, que, al fin y al cabo, terminarían convirtiéndose al cristianismo bajo el Edicto de Tesalónica, promulgado en el año 380 d.C.


Un judío convence al cristiano Teófilo de hacer un pacto con el Diablo en la Cantiga de Santa María III.

Hacía finales del siglo XIII la Virgen había hecho todo lo posible por castigar a sus paisanos más recalcitrantes y por salvar las almas de aquellos más proclives a la conversión al cristianismo; así se nos cuenta en una treintena de las Cantigas de Santa María, recopiladas por el sabio monarca Alfonso X. A pesar de los esfuerzos de la madre de Dios, un siglo después, en las principales ciudades de los reinos cristianos hispánicos seguía existiendo un porcentaje muy alto de habitantes aferrados a la fe de Abraham y relativamente aislados por voluntad propia del resto de la sociedad en sus juderías, regidas por la aljama, que también tenía autoridad sobre los judíos que habitaban entre los gentiles en la misma localidad.


Cantiga CVII, la Virgen salva la vida de una mujer judía que había sido sentenciada a muerte por la aljama de su ciudad; por supuesto, la mujer, agradecida, se convierte al cristianismo.

El desastre sanitario, político y económico que se vivió en la segunda mitad del siglo XIV y, sobre todo, la todavía hoy vigente normalización del odio hacia el diferente y su deshumanización —no hay más que ver el trato que los israelíes están dado a los palestinos— provocaron un irreversible deterioro de la convivencia entre cristianos y judíos, teniendo en cuenta, además, que muchos de estos últimos llevaban siglos despertando envidias por la riqueza adquirida gracias a sus lucrativas actividades industriales y de comercio internacional. Así las cosas, no es extraño que surgiera en la ciudad de Sevilla un nefasto personaje, de nombre Ferrán Martínez, más conocido como el arcediano de Écija, que desde el año 1376 estuvo incitando a los destripaterrones cristianos hispalenses en contra de la comunidad judía. Lo peor habría de venir un fatídico 6 de junio del año de 1391 con saqueos, incendios, conversiones forzadas y el asesinato de cuatro mil judíos de la aljama sevillana. Los pogromos se extendieron luego a otras ciudades castellanas y leonesas, y también del reino de Aragón, con consecuencias igualmente trágicas.


Escena de un pogromo en la Cantiga XII.



En la Cantiga XXV un prestamista judío deshonesto es puesto en evidencia por la Virgen, lográndose así su conversión al cristianismo.

El consejo de regencia de Enrique III de Castilla y de León, monarca que por entonces contaba con doce años, intentó parar todo aquello, no en vano la monarquía protegía a los judíos, que eran considerados de su propiedad, legislándose en muchos casos con la idea y la esperanza de verlos convertidos a la fe católica, puesto que se confiaba en que unas meras medidas represivas, sin necesidad de ejercer la violencia física, fomentarían esa conversión. En todo caso, debió de pensarse eso de que no hay mal que por bien no venga, ya que aquellas revueltas populares antijudías supusieron una gran oportunidad que había que aprovechar. Una vez restaurado el orden público gracias a la intervención de uno de los miembros del consejo de regencia, Diego López de Zúñiga, este también recibió el encargo de remodelar la judería de Sevilla, que vería sus cuatro sinagogas convertidas en tres iglesias y un convento, recibiendo además el nombre de Villa Nueva, que a partir de entonces sería habitada, en consecuencia, por cristianos nuevos.

Los buenos servicios de Diego López de Zúñiga a la corona castellana y leonesa fueron recompensados en 1396 por el rey Enrique III con varias mercedes; una de ellas fue la entrega de las propiedades y bienes de los judíos que perecieron en la matanza sevillana y otra el señorío de Béjar. En esta ciudad salmantina habría de encontrarse, lo que quizá no fuera una casualidad, con una gran comunidad judía que, precisamente, había aumentado su censo con refugiados que habían logrado escapar de los pogromos de 1391, evitando así la muerte o la conversión forzosa. Diego López de Zúñiga, que había sido testigo de la conversión de un buen número de judíos sevillanos, parece ser que en 1397 tuvo la genial idea de hacer proselitismo en su nuevo señorío bejarano por medio de la procesión del Corpus; dados los violentos disturbios que se dice que se produjeron, probablemente hizo pasar dicha comitiva por las calles de la judería bejarana para meterle así en la cabeza a los herejes bajo su dominio que Jesucristo era Dios y que, en consecuencia, tenía presencia real en el pan y el vino consagrados. Sin duda, la dinastía Trastámara, asistida por sus fieles perros de presa nobiliarios, había comenzado el proceso de destrucción sistemática de la estructura social, cultural y religiosa de las aljamas para forzar la asimilación y borrar, de una vez por todas, la memoria y la identidad de los judíos en estas tierras, lo que culminaría un siglo después la usurpadora y antijudía por antonomasia Isabel la Católica.


Procesión del Corpus, una verdadera provocación y un anatema para los judíos.

Pero antes de la conversión forzosa o la expulsión ofrecidas a los judíos por la pareja conquistadora de Granada, la abuela paterna de ella, Catalina de Lancaster, más sutil, misericordiosa y mejor cristiana que la nieta, intentó atraer a estos a la conversión por las buenas y con la inestimable ayuda de la Orden de Predicadores, los Dominicos, unos hábiles profesionales dedicados a convencer por medio de la palabra de las bondades de pasarse al cristianismo.


Dominico predicando en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva (Segovia).

Pero para ello lo primero que había que hacer era reformar y relanzar dicha Orden, que había quedado diezmada y bastante desarticulada a causa de la peste negra. En el año 1399 Catalina de Lancaster —nieta del asesinado Pedro I y reina consorte de Enrique III de Trastámara, el nieto del asesino­— entregó a los Dominicos la iglesia de Santa María la Real de Nieva, población que la pareja real había fundado unos pocos años antes, tras la milagrosa y oportuna aparición de la imagen de una Virgen enterrada en esos lares, tan cercanos a su corte del alcázar de Segovia. Apenas un año después comenzaron las obras de construcción de un monasterio dominico, que gozaría de una importante ampliación en el año 1414, creándose así un verdadero semillero de predicadores que habrían de recorrer los reinos cristianos peninsulares en pos de la conversión de esos judíos que persistían en profesar la fe equivocada. 


Entrega del hábito a un novicio dominico representada en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.


Un Dominico predica a una aldeana en un capitel del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.

Pero, por si acaso las convincentes palabras de los dominicos no fueran lo suficientemente efectivas, en 1412 se promulgaron las Leyes de Ayllón, redactadas durante la minoría de edad de Juan II, es decir, bajo la corregencia de su madre Catalina de Lancaster y su tío Fernando de Trastámara y con un fuerte componente antijudío, característico del pontificado de Benedicto XIII, el Papa Luna de Avignon, cismático y buen amigo de los Trastámara, que lo apoyaron desde sus reinos de Castilla, León y Aragón, prefiriéndolo antes que a Gregorio XII, que pontificaba desde Roma, y Alejandro V, que hacía lo propio desde Pisa. Dicho corpus legislativo estaba compuesto por veinticuatro artículos dirigidos a hacer imposible la vida de los judíos no convertidos al cristianismo por medio de la asfixia económica y la segregación social. Así, se estipulaba de forma obligatoria la separación física en juderías, la abolición de la autonomía jurídica y administrativa de las aljamas, la limitación de los desplazamientos, la obligación de los hombres de llevar barba y la de las mujeres de llevar la cabeza cubierta, vestir de forma modesta con paños oscuros y portando una rodela bordada de color amarillo o rojo y la prohibición de ejercer oficios dignos y de provecho tales como el de arrendador, almojarife, médico, cirujano, farmacéutico, droguero, albéitar, herrador, carpintero, jubetero, sastre, tundidor, carnicero, peletero, trapero o zapatero.


Una carnicería representada en el claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.


Entrega de las Constituciones de la Orden y recibimiento de un nuevo novicio en el claustro del monasterio dominico de Santa María la Real de Nieva.

Detrás de todo esto estaba, por supuesto, un Domini canis, un Dominico, casualmente otro buen amigo del antijudío papa Luna, el valenciano Vicente Ferrer, que pasó por la ciudad de Salamanca entre 1411 y 1412 para predicar en la sinagoga nueva, actual iglesia de la Veracruz, consiguiendo así la conversión de muchos judíos e iniciándose el declive de la aljama de Salamanca, que se vería forzada a ceder el control de todos sus bienes y de su escuela talmúdica a la universidad y al concejo.


Vicente Ferrer, un santo dominico empeñado en que los judíos se convirtieran al cristianismo.


Judíos con la vestimenta reglamentaria y la rodela en un mural del trascoro de la catedral de Tarragona, siglo XIV.


Los judíos también fueron obligados a llevar una rodela cosida sobre sus ropas en otros lugares, de hecho, en esta imagen podemos ver a dos judíos alemanes portándola.

Así las cosas, no es extraño que en este contexto de empecinamiento cristiano en la conversión de los judíos surgiera la leyenda de la moza santa de Sequeros, una tal Juana Hernández, una conversa que en el año 1424 se levantó en su propio funeral para anunciar los mensajes que había recibido del Cielo, entre ellos la existencia de la talla de una Virgen que llevaba enterrada más de doscientos años en algún rincón de la Peña de Francia. La imagen fue encontrada, como se había encontrado oportunamente la de Santa María la Real de Nieva, y, por supuesto, sobre la emblemática Peña salmantina se erigiría un convento de los perros de Dios, que recordaría desde las alturas a los "marranos" refugiados en las sierras salmantinas que el tiempo de persistir en sus erróneas creencias estaba llegado a su fin. Y como parece ser que los judíos de Béjar necesitaban todavía un pequeño empujoncito más hacia el amor a Cristo, en el año 1446 se encontró otra imagen de la Virgen en esta localidad, la que se sigue venerando bajo la advocación de El Castañar.


El marrano de san Antón, una tradición de la localidad salmantina de La Alberca que lo mismo se inició como forma de detectar criptojudios. Supongo que por la misma razón la matanza doméstica del cerdo siempre fue una actividad que se llevaba a cabo con todas las puertas abiertas a la comunidad.


Perro acosando a un marrano en el claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva. Conviene recordar que a los Dominicos se les apodaba Domini canes y a los criptojudíos marranos.

Bueno, qué más os puedo contar, bien es sabido que todas estas mierdas antijudías medievales tuvieron su culmen con el Holocausto perpetrado por alemanes, polacos y ucranianos en pleno siglo XX contra esta etnia, gran parte de la cual, por cierto, nunca tuvo antepasados que habitaran Judea o Galilea, ya que se trata de descendientes de norteafricanos (judíos sefardíes) o de eslavos y bálticos (judíos asquenazíes) convertidos al judaísmo. En todo caso, siglos de persecución y el terrible trauma sufrido con la Shoá les hizo creer que tenían derecho a presentarse en Palestina, sacarse de la manga un nuevo estado llamado Israel y robar las tierras y la vida a sus habitantes ancestrales, que seguramente sí descienden de los judíos que vivían en esa territorio en tiempos de Jesús y cuyos descendientes, a su vez, se convirtieron al islam con la conquista árabe del 634 d.C. Quizá hubiera sido más justo y conveniente que el estado de Israel se hubiera formado quitándole un pedacito de territorio a Alemania, Polonia y Ucrania, pero, claro, para los europeos resultó un alivio saber que por fin se iban a librar de los judíos y que iban a ser los palestinos, que nada habían tenido que ver con el Holocausto, los que pagaran el pato del mismo. Y para los Estados Unidos, pues genial, porque ese estado sionista se iba a convertir en su mini-yo en un punto estratégico del planeta.


Bautizo de judíos conversos, detalle perteneciente al retablo de San Marcos, obra de 1346 del pintor Arnau Bassa que se conserva en la Colegiata Basílica de Santa María de la Aurora en Manresa. Ser judío no es una condición biológica inmutable, sino un condición étnica, es decir, cultural, así que el judío convertido al cristianismo, si era sincero, dejaba de ser judío y pasaba a ser automáticamente un cristiano nuevo y un súbdito castellano como otro cualquiera. Si la conversión no era sincera, sería un criptojudío, ya que seguiría practicando su religión a escondidas. Y lo del pueblo elegido, pues qué queréis que os diga, paparruchas, más que nada porque puede que Dios ni exista, así que malamente iba a elegir a nadie.


El judaísmo no solamente se extendió por el Este europeo, el Norte de África y la península ibérica, sino también por Etiopía, de ahí la existencia de los judíos falasha, que forman el tercer grupo de conversos a esta religión junto a los sefardíes y los asquenazíes.


Un buen número de judíos y de israelíes tiene de semita lo que Michael Jackson, que en paz descanse, tenía de caucásico. Por ejemplo, el verdadero apellido de Benjamín Netanyahu, actual primer ministro del estado de Israel, es Mileikowsky, ya que su ascendencia es la de polacos convertidos al judaísmo a mediados del siglo VIII, cuando el Imperio Jázaro, establecido en el Este de Europa, adoptó esa religión como oficial. Al migrar su abuelo sionista a Palestina en 1920, este se cambió el apellido por otro que sonara a hebreo y que, por cierto, significa "don de Dios", una verdadera paradoja, ya que el primer ministro israelí, con su política en pos del holocausto palestino, es, sin lugar a dudas, el peor regalo envenenado que haya podido recibir nunca el pueblo judío.


Miguel Ángel Martín Mas

viernes, 3 de abril de 2026

Pasión, muerte y resurrección de Cristo en Santa María la Real de Nieva

El 17 de septiembre de 1388 se casaron en la Catedral de San Antolín de Palencia los primeros príncipes de Asturias de la historia, el infante mayor Enrique y Catalina de Lancaster. Él era nieto de Enrique de Trastámara, que en 1369 asesinó y arrebató el trono a su medio hermano Pedro I, que era, ya ves tú qué cosas, el abuelo de ella. Volvían así la paz y las aguas a su cauce en los reinos de Castilla y de León, comenzando el reinado de esta desdichada pareja de primos segundos en el año 1390. Cosas que pasaban en el Medievo, poco después de su proclamación apareció enterrada en un páramo segoviano una imagen de la madre de Cristo, la Virgen de la Soterraña, hallazgo que motivaría que los reyes fundaran en 1395 la población de Santa María la Real de Nieva.


Catalina de Lancaster, hija del duque inglés Juan de Gante y de la infanta Constanza de Castilla y de León, segunda hija de Pedro I el Cruel. 


Enrique III de Castilla y de León con un careto que hacer honor a su sobrenombre: el Doliente.

Además, los devotos monarcas mandaron construir una iglesia y un monasterio en esta nueva localidad segoviana, que serían entregados a la Orden de Predicadores, los Dominicos, en 1399. En Salamanca también apareció otra famosa Virgen unos años después, concretamente en 1434, la de la Peña de Francia, cuando era reina consorte María de Aragón, cuyas armas heráldicas, al igual que las de su antecesora y suegra, aparecen representadas en el claustro del monasterio segoviano, ya que promocionó sus obras de ampliación. En Salamanca no se pudo por menos que construir otro monasterio, este sobre la segunda mayor altura de la Sierra de Francia, que, curiosamente, también fue entregado a los Dominicos, por aquel entonces inmersos en un proceso de renovación espiritual paralelo a su continuo afán por convertir a los herejes. De hecho, la que había profetizado que se iban a encontrar una Virgen oculta en lo alto de la Peña de Francia fue una moza judía conversa del pueblo de Sequeros, una ejemplarizante muestra de las mercedes que Dios podía conceder a aquellos judíos que, siguiendo las enseñanzas de los Predicadores, accedían por fin a ser bautizados.


Armas de Catalina de Lancaster sostenidas por dos frailes dominicos en el claustro del Monasterio de la Soterraña. 


Armas de María de Aragón, primera esposa de Juan II de Castilla y de León, en el claustro del Monasterio de la Soterraña. 


Claustro del Monasterio de la Soterraña en Santa María la Real de Nieva. Una obra de principios del siglo XV que parece de la época del arte románico.


La Orden de los Dominicos era conocida como "los perros de Dios" (Domini canis), un juego de palabras que presenta a estos frailes como los fieles guardianes y defensores de la fe cristiana, encargados de la predicación y la protección del Evangelio. Este capital del claustro quizá represente a un fiero perro dominico persiguiendo a un cerdo hereje.

Volviendo a la historia de los primeros príncipes de Asturias, Enrique III de Castilla y de León fue apodado “el Doliente” debido a su precaria salud y a las numerosas enfermedades que sufrió durante casi toda su vida. Padeció dolencias desde muy joven, probablemente de naturaleza neurológica o de origen tuberculoso, que le debilitaron gravemente y afectaron a su carácter y aspecto físico. El calvario del rey terminó en 1406, a la par que dejaba viuda a su esposa Catalina de Lancaster, que, no lo he dicho antes, fue la abuela paterna de Isabel la Católica. Evidentemente, la pasión y muerte de este rey no tuvo resurrección, al contrario de las vividas por Jesucristo, representadas precisamente en un friso de la fachada norte de la iglesia del Monasterio de la Soterraña, donde, a pesar del ostensible deterioro del conjunto, todavía podemos reconocer algunas de las escenas que durante la Semana Santa cargan los fervorosos y sufridos costaleros de las cofradías.



Fachada norte de la iglesia de Santa María la Real de Nieva.

La primera escena que os quiero presentar es la de la resurrección de Lázaro, episodio que no dejaba de ser un precedente de la de Jesús; vamos, que si eres un lector espabilado de Jn 11,1-45, ves el spoiler claramente.


A continuación viene una última cena a la que tan solo asisten diez discípulos, que, de toda la vida de Dios, en cualquier quedada de amigos siempre hay alguno que se descuelga en el último momento. Algunos de los apóstoles aparecen o bien con la mano sobre el pecho, o bien señalando a alguno de sus compañeros, gestos que dan cuenta de ese incómodo momento con el que Jesús acabó con el buen rollo. En los platos, peces, primer emblema cristiano, que simbolizarían la ofrenda que Cristo hace a sus discípulos de su propio cuerpo.


Después, la escena del lavatorio, en la que que el Galileo está aseando los pies a uno de los apóstoles, mientras que otros tres aguardan su turno con impaciencia, que no todos los días el jefe se muestra tan humilde con sus subordinados.


T
ras quedar todos los pares de pies bien limpios, se representan la oración en el Huerto de los Olivos y a Pedro, Santiago y Juan, que, tras unas copas de vino de más durante la madre de todas las cenas de amigos, han caído en un placentero sueño. Ninguno de los tres apóstoles conserva la cabeza, inequívoca señal divina que nos advierte al respecto de en manos de quien está el patrimonio histórico-artístico en la comunidad autónoma de Castilla y León.



Ahora vemos a Pedro cortando la oreja derecha a Malco, el sirviente de Caifás, al tiempo que Judas hace la peor de sus "judiadas" y besa a Jesús.


La escena del prendimiento, en la que Jesús es apresado por tres hombres armados, dos de los cuales llevan lámparas de aceite, tal y como se cuenta en el Nuevo Testamento, que la gente que esculpía estas cosas solía estar bien informada.


El hijo de María la de Nazaret ante el Sumo Sacerdote Caifás, que, escoltado por dos soldados, coloca su mano sobre el hombro izquierdo de un personaje que está de pie frente a él y que señala al reo con el dedo índice de la mano izquierda, el acusica de turno, vamos.


Aunque no se ve casi nada, a continuación debería ir la negación de Pedro, ya que tras esta escena perdida se ve la presentación de Jesús ante el prefecto Poncio Pilatos que, como no estaba ese día para aguantar chorradas de judíos y, además, había que exculpar del deicidio a los romanos, futuros cristianos de pro, decidió lavarse las manos en la narración evangélica.


La flagelación, qué os puedo contar de este episodio que no contara el bueno de Mel Gibson en su película La Pasión de Cristo, que no está mal, la verdad, pero ya te sabías el final antes de entrar en el cine, de ahí que prefiera las tres magníficas pelis de Arma Letal, en las que alguna sorpresa más te encontrabas.


La narración tallada en piedra prosigue, como no podía ser de otra manera, con Jesús camino del Calvario cual oficinista un lunes cualquiera a primera hora de la mañana.


Cristo, crucificado como sedicioso con pretensiones de rey y flanqueado por los famosos legionarios romanos Longinos y Estefatón, el del lanzazo en el costado el primero y el de la esponja empapada en vinagre el segundo. Hay cinco figuras a los pies de la cruz que contemplan a Jesús crucificado, entre las cuales, seguramente, se encontrasen la Virgen, san Juan y María Magdalena. Al contemplar el cadáver de su hijo, la Virgen se lleva la mano al vientre, en una posible alusión a la Encarnación, aunque también es verdad que una vista así le revolvería el estómago a cualquier madre. 





Estefatón, a la derecha de Jesús, en la representación más temprana de la crucifixión, incluida en el manuscrito ilustrado escrito en siríaco llamado Rabbula Evangelios, del año 586. Longino no es nombrado aquí.

La siguiente escena se corresponde con el entierro de Jesús, en el que al menos cinco personajes, entre los que se encontrarían José de Arimatea y Nicodemo, depositan el cuerpo de Jesús en el sepulcro


Y para acabar la historia a lo grande, el galileo maestro cantero Yeshua ben Yosef, que, harto de currar de sol a sol en la reconstrucción de la ciudad de Séforis, se había metido a profeta apocalíptico y hecho méritos de sobra para ganarse la muerte por crucifixión, resucita como Jesucristo. Sale del sepulcro portando la cruz sobre su hombro izquierdo, que ya tuvo que ser difícil meterla ahí sin desmontarla, aunque así era el arte antiguo, a nadie le preocupaba el limitador realismo que tanto nos preocupa ahora. Por cierto, fijaos, los dos soldados que vigilaban el sepulcro se desmayan del susto que se llevan, que ver levantarse a un muerto da mucho miedito por mucho que este sea el Salvador, aunque ellos, pobres paganos, ni siquiera sabían esto.


Y para finalizar esta entrada semanasantera medieval, las tres Marías María Magdalena, María de Cleofás y María Salomé encuentran el sepulcro abierto y vacío sobre el cual aparece sentado un ángel que les comunica lo ocurrido, no sea que se piensen que el cadáver ha sido robado por unos desgraciados contratados por el doctor Frankenstein.



Hay que reconocer que las tres Marías se conservan bastante mejor, y eso que son mucho más viejas, en un capitel de la ermita de Santa Cecilia en Vallespinoso de Aguilar (Palencia).

El apostolado de Alba y san Gervasio

Postulaba mi fraile favorito, el franciscano inglés Guillermo de Ockham, que la explicación más sencilla suele ser la más probable. Si este ...