miércoles, 9 de septiembre de 2026

Berenguela infanta, monja y protectora de las Damianitas de Salamanca

La infanta Berenguela, nacida en torno a 1228, era una princesa de extraordinario rango en la Europa del siglo XIII. No obstante, su destino no sería el de ser utilizada como un mero peón en el tablero de las alianzas dinásticas de la época, sino el de profesar como monja en un monasterio creado para mujeres de alta alcurnia: el de Santa María la Real de Las Huelgas en Burgos. Hija de los reyes Fernando III de Castilla y de León y Beatriz de Suabia, por parte paterna era nieta de Alfonso IX de León y de la célebre Berenguela la Grande; por su madre descendía de la poderosa casa de los emperadores germánicos y también de los emperadores bizantinos. Es decir, que en su persona confluían cuatro de los linajes reales cristianos de su tiempo: los Borgoña, los Plantagenet, los Hohenstaufen y los Ángelos. Todo este nobilísimo entronque la convertía, además, en la hermana de uno de nuestros monarcas medievales más conocidos: Alfonso X el Sabio.


La infanta Berenguela antes de profesar como religiosa en Las Huelgas de Burgos. Imagen generada con IA.


Armas heráldicas de la infanta Berenguela reconstruidas tomando como modelo su sello, descrito por el heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués del siguiente modo: "Conocemos un sello de esta infanta que ostenta en el campo el cuartelado real, rodeado como en bordura de cuatro castillos y cuatro águilas, alternándose". Heráldica Medieval Española, I: La Casa Real de León y Castilla, Madrid, Hidalguía / Instituto Salazar y Castro, 1982, p. 104. Imagen generada con IA.

No se sabe mucho de la vida de la infanta Berenguela, pero un episodio clave de la misma quedó registrado en la Cantiga de Santa María CXXII, que tiene por título “De cómo Santa María resucitó a una infanta, hija de un rey, que después se hizo monja y muy santa mujer” y como estribillo Muchos milagros hace por los reyes / Santa María, siempre que quiere.


La Cantiga cuenta y canta que Fernando III y Beatriz de Suabia habían tenido una niña a la que prometieron como puella oblata a la Orden del Císter. El caso es que, siendo aún un bebé, enfermó gravemente y murió, así que la desesperada madre depositó el cadáver de su hija ante la imagen de la Virgen en una capilla de Toledo. La reina ordenó cerrar las puertas y permaneció fuera llorando y rezando mientras insistía en que no abandonaría el lugar hasta que Nuestra Señora le devolviera a su pequeña.


Y entonces ocurrió el milagro, porque, de repente, se oyó llorar a la infantita. La reina Beatriz abrió la capilla y encontró viva a la infanta Berenguela, a la que tomó nuevamente en sus brazos. En agradecimiento, prometió favorecer las iglesias bajo la advocación de Santa María y cumplir su promesa entregando a su hija en Las Huelgas. La Cantiga termina presentando a Berenguela como aquella niña milagrosamente salvada que acabó siendo monja y mujer santa.


La infanta, por supuesto, terminó profesando en Santa María la Real de Las Huelgas de Burgos, el monasterio femenino más estrechamente ligado a la monarquía castellana, en algún momento entre 1235-1241/42, cuando su madre ya había fallecido. Berenguela, bisnieta de Leonor Plantagenet, que había sido la reina fundadora de este cenobio burgalés en 1187, no iba, desde luego, a ser una monja cualquiera. El caso es que este contaba con una institución peculiar, ya que, junto a la abadesa existía una figura de extraordinaria dignidad, la de Señora de Las Huelgas, que debía pertenecer a la familia real y actuar como intermediaria entre la comunidad y el mundo exterior. La primera mención documental de Berenguela como Señora de Las Huelgas aparece en 1255, y en la misma nos la encontramos interviniendo en asuntos relacionados con el monasterio y con otras comunidades religiosas. Por eso, más que una princesa que simplemente se hizo monja, la infanta Berenguela puede entenderse como una auténtica mediadora entre la monarquía castellana y leonesa y el pujante movimiento religioso femenino del siglo XIII.


La reina madre Berenguela la Grande y el rey Fernando III entregan a la infanta Berenguela a la abadesa de Las Huelgas. Imagen generada con IA.

Rondando esas mismas fechas nos encontramos con otro documento, este relacionando a la infanta con Salamanca, y en concreto con el convento de Santa Clara de dicha ciudad leonesa. En su archivo se conserva una bula del papa Alejandro IV fechada el 27 de junio de 1258 y dirigida a su excelsa persona. En la misma se le encomienda la protección de las Damianitas de Salamanca, que por entonces tenían planes de fundar en la ciudad de Toro y todavía no eran conocidas como Clarisas. Conviene apuntar que en 1258 existía otra infanta Berenguela, esta hija de Alfonso X y Violante de Aragón y, por lo tanto, sobrina de nuestra protagonista, pero esta tenía por entonces solamente cinco años. Resulta, por tanto, imposible que esa niña fuera la destinataria de la bula.

A primera vista podría parecer que este documento de 1258 dirigido a la infanta Berenguela es una más de las numerosas intervenciones pontificias destinadas a proteger a las comunidades religiosas femeninas. Sin embargo, cuando se reconstruye el contexto, la elección de la destinataria resulta extraordinariamente significativa, ya que la relación de Roma con las Damianitas salmantinas no había comenzado en 1258. Veinte años antes, en 1238, el papa Gregorio IX había recurrido al rey Fernando III para solicitar su protección en favor de aquellas religiosas. Y en 1257, el pontífice Alejandro IV había vuelto a intervenir, esta vez dirigiéndose a la reina Violante, esposa de Alfonso X, para que amparase a la comunidad. Hay que recordar que Fernando III era el padre de la infanta Berenguela y que la reina Violante era su cuñada, pero la historia adquiere todavía mayor interés si retrocedemos una generación más. La infanta Berenguela era nieta de la reina Berenguela la Grande, madre de Fernando III y una de las mujeres más poderosas y capaces de los reinos peninsulares cristianos del siglo XIII. Precisamente un reciente estudio publicado en Historia y Genealogía, revista de la Universidad de Córdoba, ha planteado una relación entre la monumental techumbre medieval de la iglesia del convento damianita salmantino y la familia real castellana y leonesa, interpretando su decoración heráldica en conexión con la reina Berenguela la Grande y con el patrocinio de los primeros tiempos de la comunidad. Según este estudio, la coincidencia resulta extraordinaria: la mujer vinculada a los orígenes del patrocinio del convento damianita sería la abuela de la mujer a la que, décadas después, el papa Alejandro IV pediría que continuase favoreciendo a sus religiosas. Así, detrás de un breve pontificio aparentemente aislado puede esconderse una auténtica historia de continuidad dinástica.

De este modo, la bula de 1258 conservada en el convento de Santa Clara de Salamanca adquiere otra dimensión. Ya no sería solamente un papa pidiendo ayuda a una infanta. Sería Roma llamando a la puerta de una familia que, generación tras generación, había estado ligada a las Damianitas de Salamanca.


La reina Berenguela la Grande con su nieta la infanta Berenguela. Imagen generada con IA.

Durante mucho tiempo se consideró que la fundadora de Santa Clara de Toro había sido la infanta Berenguela que era hija de Alfonso X y Violante de Aragón, pero ya hemos visto que esto era imposible, dada la edad de esta otra infanta en el momento en el que se está planeando la fundación del cenobio toresano. La tradición se apoyaba, entre otras cosas, en el sepulcro monumental que se encontraba en el convento y en su inscripción, que identificaba a la infanta enterrada allí como hija de Alfonso X. También documentos posteriores, como un albalá de 1408, hablan de la “infanta doña Berenguela, hermana del rey don Sancho” enterrada en el monasterio. Quizá tanto la tía como la sobrina estuvieron íntimamente relacionadas con este cenobio de Toro, siendo la segunda donante, refundadora o incluso promotora de una reconstrucción después de la destrucción causada en distintas ciudades castellanas y leonesas por las turbulencias políticas acaecidas a finales del reinado de Alfonso X.


El rey Alfonso X el Sabio y su hermana la infanta Berenguela, Señora de Las Huelgas. Imagen generada con IA.

Nosotros, no obstante, seguimos apostando por la tía como fundadora de las Clarisas de Toro, teniendo en cuenta esa bula de 1258 y que las primeras Damianitas establecidas en Toro procedían precisamente del monasterio de Salamanca. De hecho, algunas fuentes identifican a sor María o Marina de Torres, una Damianita de Salamanca, como la religiosa que puso en marcha la comunidad toresana.

Respecto a esta relación entre las Damianitas de Salamanca y las de Toro, convendría añadir que las pinturas murales del coro bajo del convento de Santa Clara de Salamanca y las procedentes del coro de Santa Clara de Toro, conservadas actualmente en la iglesia toresana de San Sebastián de los Caballeros, pertenecen a un mismo horizonte artístico y devocional. Aunque no puede afirmarse por ahora una relación directa de autoría, sus semejanzas estilísticas, cronológicas e iconográficas permiten plantear la existencia de contactos entre ambos cenobios, posiblemente dentro de una misma tradición pictórica regional y de los intercambios artísticos que afectaron a los conventos femeninos leoneses y castellanos.


Pinturas murales del convento de Santa Clara de Toro con escudos que imitan a los que decoran la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, incluidos unos que contienen cinco córvidos en sotuer.


Pintura mural del mártir san Bartolomé en el coro bajo de la iglesia de Santa Clara en Salamanca. Obsérvese el escudo con un córvido pintado en la esquina superior izquierda.


La chova piquirroja, el córvido que aparece en la decoración heráldica de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca y que también, como se puede ver arriba, aparece en las pinturas murales de ese cenobio salmantino y en las del convento de Santa Clara de Toro. Esta ave, según el estudio anteriormente mencionado y publicado por la Universidad de Córdoba, está relacionada con Tomás de Canterbury, santo protector de la dinastía Plantagenet, de la que descendían la reina Berenguela la Grande y su nieta la infanta Berenguela. Imagen generada con IA.

La infanta-monja Berenguela, al igual que hizo su abuela homónima, llevó una vida completamente ligada a la memoria de su familia y permaneció durante décadas vinculada a las Huelgas de Burgos. Su posición fue tan relevante que en 1279 participó en el traslado a Sevilla de los restos de su madre, dentro de la reorganización de los enterramientos regios del monasterio.

Y precisamente en Las Huelgas terminó su vida. La fecha de su muerte aparece de forma diferente en las fuentes: 1279 es la fecha tradicional, relacionada con su intervención en la fundación damianita en Toro, pero otras fuentes modernas han transmitido 1286.


Sepulcro de la infanta Berenguela en Las Huelgas de Burgos. Una de las vertientes de su tapa está decorada con los leones y castillos de su padre y el águila Hohenstaufen de su madre. De hecho, se cree que la reina Beatriz de Suabia estuvo sepultada en él hasta que su hija trasladó su cuerpo a Sevilla, reutilizando luego el sarcófago para ella. Dibujo a lápiz de Francisco Aznar y García (Zaragoza, 1834–1911) ca. 1859, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.


Fotografía histórica FOT-00072 del sepulcro de la infanta Berenguela. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.



Miguel Ángel Martín Mas
Charo García de Arriba

viernes, 4 de septiembre de 2026

La reina Violante, la Virgen y el alifante

El matrimonio entre el infante mayor Alfonso, futuro monarca Alfonso X de Castilla y de León, y la princesa Violante de Aragón fue un asunto de estado, tal y como correspondía a un enlace regio medieval, en el que la mujer era una de las principales herramientas con las que un reino podía tejer alianzas, sellar tratados y asegurar la paz. De este modo, hacia 1240, el rey castellano y leonés Fernando III y el aragonés Jaime I decidieron unir a sus vástagos para asegurar la colaboración entre sus reinos en la lucha contra los musulmanes de al-Ándalus. El acuerdo quedó sellado y, finalmente, Alfonso y Violante se casaron en la ciudad de Valladolid en enero de 1249, ceremonia a la que no pudo asistir la verdadera urdidora política del acuerdo matrimonial, la abuela y preceptora del novio, la reina madre Berenguela, que había fallecido en 1246.


Plafón cerámico del Tratado de Almizra (1244) entre los reinos de Castilla y Aragón en la Torre del Conjurador del Campo de Mirra (Alicante).

Recreación con IA de parte de un tramo de arrocabe de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, donde la reina Violante tenía bula papal para pasar a visitar a las habitantes del mismo. El último estudio dedicado a esta magnífica obra medieval dice que en estas tabicas está representando el compromiso entre el infante mayor Alfonso y Violante de Aragón.

El comienzo de este matrimonio no fue precisamente idílico. El caso es que Alfonso ya había tenido una hija, Berenguela, fruto, además, de la relación con su tía María Alfonso de León, hija del concubinato entre el abuelo del infante, el rey Alfonso IX de León, y la noble gallega Teresa Gil de Soverosa. Violante, además, apenas tenía trece años cuando la casaron con un infante de veintisiete años que, por lo tanto, ya se las sabía todas en el amor y en la guerra. Por otro lado, Alfonso no abandonó exactamente sus costumbres amatorias, puesto que durante su matrimonio mantuvo otras relaciones, entre ellas con Mayor Guillén de Guzmán, con quien tuvo a Beatriz, futura reina de Portugal.

Soportando infidelidades y desprecios, la valiente Violante se las apañó para terminar desempeñando un papel político de primer orden junto a Alfonso. De este modo, aquel matrimonio concertado entre dos muchachos de sangre real terminó convirtiéndose en una de las parejas más importantes —y también más complicadas y desavenidas— de los reinos cristianos hispanos del siglo XIII.


Alfonso X, Violante de Aragón y el infante mayor Fernando de la Cerda en el Tumbo de Toxos Outos, conservado en el Archivo Histórico Nacional.

Si Alfonso X y Violante de Aragón no parecían tener demasiado en común en su vida matrimonial, al menos compartían una devoción: la Virgen. Y las Cantigas de Santa María nos dejaron una prueba bastante extraordinaria. En la cantiga CCCXLV, mientras ambos echaban la siesta en Sevilla, Alfonso y Violante tuvieron el mismo sueño: vieron a Nuestra Señora huyendo de una capilla de Jerez que estaba ardiendo, llevando al Niño Jesús en brazos. Al despertar, Alfonso contó su sueño a Violante y ella le respondió que acababa de soñar exactamente lo mismo.


El sueño de Alfonso y Violante en la cantiga CCCXLV, que lleva por título "De cómo Santa María hizo ver a un rey y a una reina el gran pesar que sentía porque unos moros habían entrado en su capilla de Jerez".



Imagen recreada con IA de una figura del monarca Alfonso X el Sabio que aparece en las Cantigas de Santa María. Rey de dos reinos, el de Castilla y el de León, como así se consigna en el capiello que porta en esta imagen y en el emblema cuartelado de castillos y leones. 

Alfonso X recibió hacia 1261, tras casi nueve años de reinado, a una espectacular embajada del sultán de Egipto, Baybars, cargada de regalos y animales exóticos: una jirafa, una cebra y otras criaturas que debieron de dejar boquiabierta a la corte castellana y leonesa. La tradición ha relacionado también con aquel regalo un elefante, de hecho, en la Cantiga XXIX aparecen varios animales exóticos, entre ellos un proboscídeo. Quién sabe si Alfonso y Violante, que no siempre parecían ponerse de acuerdo en cuestiones matrimoniales, encontraron en aquellas extrañas criaturas otro punto de coincidencia. Porque si tenían sueños compartidos con la Virgen, quizá también compartieran su fascinación por aquel enorme animal llegado desde tierras africanas.


Viñeta 5 de la cantiga de Santa María XXIX, en la que aparece un elefante junto a otros animales de origen africano.


Elefante que el rey Luis IX de Francia regaló al rey Enrique III de Inglaterra en 1255. Iluminación restaurada con IA perteneciente al Liber Additamentorum de Mateo Paris.

Por otro lado, se da la maravillosa casualidad de que durante el reinado de Alfonso X y Violante se realizaron en marfil dos de las más extraordinarias Vírgenes abrideras de la península ibérica: las de Allariz y Salamanca. Las dos muestran a María entronizada con el Niño y, al abrirse, revelan en su interior escenas de los grandes Gozos de la Virgen. No sabemos si el marfil empleado para la creación  de estas dos obras de arte procedía de los colmillos del paquidermo que parece que llegó de Egipto, pero, puesto que aquí podemos permitirnos ciertos lujos, vamos a imaginar que pudo ser así. No sabemos cuánto tiempo vivió el elefante de Alfonso X, pero sí tenemos la certeza de que el que el rey Luis IX de Francia regaló al rey Enrique III de Inglaterra en 1255 apenas sobrevivió dos años en las frías tierras británicas.

Otra cosa que tenemos por cierta es que la abridera de Allariz, tallada a finales del siglo XIII, estuvo vinculada al monasterio damianita que la reina Violante fundó en esa localidad orensana. Algunos expertos consideran que esta pieza fue una donación de Violante, aunque otros prefieren mantener cierta prudencia. En todo caso, es perfectamente posible que aquella pequeña maravilla formara parte de la propia capilla móvil de la reina y que las Damianitas (futuras Clarisas) la recibieran como un preciado regalo real.


Virgen abridera de Allariz (Orense).


Elefante y su cría en el bestiario de Hugh of Fouilloy (siglo XII). Bibliothèque Municipale de Valenciennes, MS 101 [De avibus / Physiologus], folio 196r. El término ALIFANTE (y su variante gráfica ALIFANT) aparece registrado en importantes obras de la literatura española medieval. En el Tesoro de los diccionarios históricos de la Real Academia Española (RAE) se documenta su uso continuo desde el siglo XIII hasta finales de la Edad Media.

Por lo que se refiere a la Virgen abridera de Salamanca, la relación de la reina Violante con esta ciudad del reino de León resulta muy sugerente, sobre todo porque, al igual que en Allariz, las Damianitas están de por medio. En 1257 el papa Alejandro IV pidió a la reina por medio de una bula que diera su amparo a las religiosas damianitas de Salamanca y, al día siguiente, 2 de diciembre, le concedió un privilegio excepcional: poder entrar en la clausura del monasterio dos o tres veces al año para visitarlas. Sabemos, por tanto, que Violante mantuvo una relación directa con aquella comunidad de religiosas salmantina que, con el tiempo, terminaría conviertiéndose en la del convento de Santa Clara.


Virgen abridera de Salamanca. 


Segundo dibujo del elefante que el rey Luis IX de Francia regaló al rey Enrique III de Inglaterra en 1255.  Iluminación restaurada con IA perteneciente a la Chronica Majora de Mateo Paris.

Otra bula conservada en el archivo de dicho convento salmantino, esta fechada el 27 de junio de 1258, encomienda a la infanta Berenguela dicho cenobio y sus monjas de clausura. Alfonso X y Violante tuvieron una hija de nombre Berenguela, pero en el tiempo en el que se emitió esta bula contaba con cinco años de edad, así que la protagonista de la misma ha de ser la homónima hermana del rey, nacida en 1228, de la que sabemos con certeza que profesó como monja. De hecho, la historia de cómo fue prometida para la vida religiosa, al salvar la Virgen su vida cuando enfermó gravemente siendo bebé, está contada en la cantiga CXXII. Así las cosas, lo que sí parece claro es que los conventos damianitas de Salamanca y Allariz fueron espacios espirituales franciscanos próximos a la familia de Alfonso X. Lamentablemente, no sabemos si la reina Violante o su cuñada Berenguela tuvieron algo que ver con la virgen abridera de marfil que se conserva en la Catedral Vieja de Salamanca, del mismo modo que parece que la monarca tuvo que ver con la de Allariz.



Cantiga CXXII, que lleva por título "De cómo Santa María resucitó a una infanta, hija de un rey,
que después se hizo monja y muy santa mujer".

En la localidad portuguesa de Évora se conserva otro ejemplar de Virgen abridera, pero esta está datada hacia 1330, así que ya no se puede relacionar de ningún modo con la reina Violante, pero sí puede verse como heredera de una tradición mariana que tuvo uno de sus focos más destacados en el entorno de la corte de Alfonso X y su consorte aragonesa: la devoción a los Gozos de María, el franciscanismo y el gusto cortesano por las pequeñas imágenes de marfil destinadas a la oración y contemplación privada.


Virgen abridera de Évora (Portugal)


Elefante en la ermita de San Baudelio de Berlanga, en Casillas de Berlanga (Soria).

Y si la Virgen era un modelo, el elefante no lo era menos, ya que, en la Edad Media, este colosal animal era considerado un ser extraordinario y casi legendario. Se le atribuían virtudes tales como la fortaleza, la sabiduría, la prudencia y la castidad. De hecho, los bestiarios medievales destacaban especialmente que el elefante era fiel a su pareja, afectuoso con sus crías y enemigo de la violencia, convirtiéndolo así en símbolo de nobleza, templanza y virtud cristiana. Por ejemplo, en el Physiologus se decía que “El elefante es concebido como una criatura sin apetito sexual que tiene coito únicamente con la finalidad de procrear y solo siente deseo una vez que ha comido de la raíz de la mandrágora, es, entonces, una alegoría de la castidad marital cristiana. Su gran enemigo, es el dragón y contra él debe montar guardia a la hora del parto de la hembra elefante.”


Elefante esculpido en la portada románica de la iglesia de Santa Maria d’Agramunt (Lleida).


Elefante luchando contra un dragón en el manuscrito Harley. British Library, Harley MS 3244 (folio 39v).

Y aquí concluyo, reivindicando a los magníficos proboscídeos y al personaje histórico de la reina Violante, quien, frente a tantas adversidades como tuvo que enfrentar en su vida, bien pudo haberse reconocido en aquellas virtudes que la tradición medieval atribuía al elefante y que también encontraba personificadas en la Virgen. De este modo, esta triada medieval hispánica de Virgen de marfil, reina y elefante no sólo presenta una imagen extraordinaria, sino que parece construir, a través de sus protagonistas, una red de casualidades, o no tan casualidades, que quizá nos ayuden a aprender algo más de un mundo en el que las reinas oraban frente a figuras marianas de marfil para luego irse a descansar hojeando un hermoso bestiario iluminado en el que nunca faltaba un alifante.


Monografía dedicada a la reina Violante de Aragón, reina consorte de Castilla y de León, por la profesora María Jesús Fuente Pérez.



Miguel Ángel Martín Mas


Puedes ver más imágenes de elefantes representados en la Edad Media en:


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domingo, 30 de agosto de 2026

Salamanca entre leones y castillos

Esta historia comienza en el año 910, cuando la capital del reino cristiano de Asturias —que antes había estado en Cangas de Onís, Pravia y Oviedo— se estableció en la ciudad de León, dándose así paso a una nueva etapa política y en la lucha contra los musulmanes de al-Àndalus. Desde entonces, la monarquía leonesa extendió su autoridad sobre un amplio territorio que, más o menos, comprendía los actuales territorios de Asturias, Galicia, León, el norte de Portugal, Zamora y Castilla. El reino de León junto al de Pamplona y los condados catalanes se convirtió de este modo en uno de los principales centros políticos cristianos de la península ibérica, lo que le conduciría a tener un papel clave en la historia de la España medieval, teniendo en cuenta que en el siglo X todavía no habían nacido los otros tres reinos cristianos peninsulares: Portugal y Castilla, ambos escisiones del reino de León, y Aragón, escisión del reino de Navarra.


La batalla de Simancas, librada en el 939, en la que las tropas de Ramiro II de León derrotaron a las fuerzas del califa Abderramán III, permitió a la monarquía leonesa reforzar su posición y avanzar hacia el sur. Tras dicha victoria, se consolidó la ocupación de nuevos territorios y se impulsó la repoblación de las tierras situadas al sur del Duero, extendiendo notablemente el espacio bajo dominio leonés, que a partir de entonces incluiría también la ciudad de Salamanca. Esta expansión no paró, ya que, por ejemplo, el reino leonés conquistó la actual ciudad portuguesa de Viseu en 1058 y la hoy castellanomanchega Toledo en 1085.


El rey Alfonso VII de León, proclamado Imperator totius Hispaniae en 1135, representado en el códice conocido como Tumbo A de Santiago.


León pintado en una tabla que se expone en el museo del convento de santa Clara de Carrión de los Condes (Palencia).

El félido que representa al reino de León es un emblema parlante, lo que quiere decir que la propia figura hace referencia al nombre del reino. Apareció por primera vez en monedas acuñadas entre 1126 y 1157, durante el reinado del emperador Alfonso VII. En un principio el león sería pasante, tal como aparece en los signos rodados de Fernando II, pero luego se tornaría en rampante para ajustarse a la forma de almendra que tenía el escudo de cometa, que era el que estaba de moda en el siglo XII. Así, rampante, aparece en el anverso de un sello de cera del concejo de Alba de Tormes, que acompaña a un documento de 1261 y que muestra en el reverso un puente, dando así cuenta de que esta villa leonesa era de realengo y concejil en aquella época.


Vellón acuñado entre 1147 y 1155, durante el reinado del emperador Alfonso VII de León.


Signo rodado del rey Fernando II de León estampado en un documento que concedía un privilegio en la ciudad de Toledo en el año 1162. 


Anverso del sello del concejo de la villa leonesa de Alba de Tormes.

Es gracias al códice conocido como Tumbo A de Santiago, en el que aparece una representación a caballo del rey Alfonso IX de León, que sabemos que el león era de color púrpura y que estaba colocado sobre un campo blanco.


Fernando II de León en el Tumbo A de Santiago.


Alfonso IX de León con un león rampante en el escudo en el Tumbo A de Santiago.

Al morir el emperador Alfonso VII en el año 1157, el reino de León lo heredaría su hijo Fernando (II), quedándose su hijo Sancho (III) un reino recién nacido, el de Castilla. Sancho murió al cabo de un año, dejando su reino en manos de un monarca que conocemos como Alfonso VIII de Castilla. Lo interesante aquí y ahora es que el castillo representativo del reino de Castilla es también un emblema parlante; lo comenzó a usar a partir de 1170 el rey Alfonso VIII. Parece ser que el hecho de que se trate de un castillo de oro sobre un campo rojo tiene que ver con que las armas heráldicas de su esposa, Leonor Plantagenet, tenían esas tonalidades, las propias de su padre, el rey de Inglaterra, que lucía un leopardo de oro sobre un campo rojo.



Infografías del heraldista salmantino José Moreiro Píriz.


Anverso y reverso de dos monedas acuñadas durante el reinado de Alfonso VIII de Castilla.


Alfonso VIII de Castilla y su esposa Leonor Plantagenet representados con un signo rodado que contiene un castillo en el Tumbo Menor de Castilla. 


Castillo pintado en una tabla que se expone en el museo del convento de santa Clara de Carrión de los Condes (Palencia).

Alfonso VIII de Castilla casó en 1197 a su hija Berenguela con su peor enemigo, su primo Alfonso IX de León, lo que trajo la paz entre los dos reinos. En el año 1217 el hijo primogénito de ese matrimonio, Fernando III, fue proclamado rey de Castilla tras haber fallecido su abuelo en 1214 y su tío tres años después. Tras la muerte de su padre en 1230, sería proclamado también rey de León, todo, por supuesto, gracias a la habilidad política y diplomática de su madre, que por algo es recordada como la reina Berenguela la Grande.


Fernando III de Castilla y de León por el ilustrador salmantino José Luis García Morán.



Capitel con león y castillo en una iglesia de Miranda de Ebro. 

Con Fernando III como monarca del reino del castillo y del reino del león surgieron dos innovaciones heráldicas originales: la bordura y el cuartelado. La bordura permitió por primera vez dejar constancia de la ascendencia paterna y materna en un solo escudo, algo que parece un precedente de nuestros dos apellidos actuales. Alfonso de Molina, hijo segundogénito de Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla, usó como señal heráldica el león púrpura sobre campo blanco de su padre añadiendo una bordura de castillos de oro sobre fondo rojo en recuerdo de su madre.



Infografías del heraldista salmantino José Moreiro Píriz.

El cuartelado en cruz de leones y castillos nació como emblema personal del rey Fernando III cuando, a partir de 1230, pasó a ser simultáneamente monarca de Castilla y de León, y era de su uso exclusivo. Los familiares del monarca podían lucir cuartelados, pero éstos debían adoptar variantes que les distinguieran del rey; por ejemplo, cuartelar el escudo en aspa en lugar de hacerlo en cruz.


Fernando III de Castilla desde 1217 y de León desde 1230 el Tumbo A de Santiago. Todavía no se le muestra con cuartelado, pero queda claro que es rey de dos reinos al estar flanqueado por los emblemas parlantes del castillo y del león.


Cuartelado de los reinos de Castilla y de León en sotuer o en aspa. Infografía del heraldista salmantino José Moreiro Píriz.

El rey Alfonso X el Sabio heredó el cuartelado en cruz de leones y de castillos a la muerte de su padre y fue el que comenzó a usarlo siempre, así que portando el mismo lo podemos ver representado en el códice denominado Tumbo A de Santiago y en el Libro de los Juegos.




León sobre un capiello representado en la Cantiga de Santa María CCV y león pintado en el arrocabe de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca.

Cinco de los hermanos del rey Alfonso X también tuvieron como armas un cuartelado, pero con variantes:

· Castillos de oro y cruces flordelisadas púrpura para Enrique de Castilla.


· Castillos de oro y águilas negras, éstas últimas por su madre, Beatriz de Suabia, para Felipe de Castilla.


· Leones púrpuras y manos aladas sujetando una espada para Manuel de Castilla.


· Bandas rojas cargadas de roeles de oro —propias del condado de Aumale, heredado de su madre, Juana de Ponthieu— combinadas con castillos para Fernando de Castilla.


· Castillos de oro y fajado de color azul para Luis de Castilla.


En cambio, Fadrique de Castilla prefirió emplear el castillo de oro en campo rojo en solitario, del mismo modo que lo había empleado su bisabuelo Alfonso VIII de Castilla.


Con el transcurso del tiempo, muchos nobles irán adoptando como propios los emblemas del castillo y el león. Esto les servirá para intentar evidenciar su antigüedad o entronque lejano con la familia real. En la gran mayoría de los casos todo será fruto de la invención de nuevos linajes, que van consiguiendo encumbrarse y a la par buscan hacerse pasar por nobleza de viejo cuño. Ésta es probablemente la razón por la que en la iglesia de Santiago de Alba de Tormes el sepulcro del caballero Antón de Ledesma, fallecido en el año 1492, luce un escudo cuartelado en aspa con castillos y leones. O por la que en el Libro de los Caballeros de Santiago, el armorial ecuestre más antiguo de Europa, de la primera mitad del siglo XIV, caballeros villanos de Burgos portan escudos cuartelados y con borduras que contienen castillos de Castilla, una señal que hasta entonces había sido de uso exclusivo de la familia real. 




El reino de Portugal, que antes fue el condado Portucalense, vasallo del reino de León, nació cuando Afonso Henriques fue proclamado rey tras su victoria en la batalla de Ourique, librada en 1139. A Alfonso VII de León no le quedó más remedio que reconocer a su primo Afonso I como rey vasallo suyo en 1143. Años más tarde, en 1179, el reino luso tuvo reconocimiento pontificio, consolidándose así definitivamente su independencia. Mención especial merece el escudo de Portugal, con las quinas azules sobre campo blanco y una bordura roja cargada con castillos de oro. Esta señal real surgió con el monarca luso Afonso III, cuyo padre fue Afonso II de Portugal y su madre Urraca de Castilla, una de las tías maternas de Fernando III de Castilla y de León, siendo este escudo un ejemplo más de que este diseño con bordura, nacido en los reinos de Castilla y de León, servía para dar cuenta del origen paterno y materno del poseedor del mismo. 


Para terminar, como caso curioso tenemos el sello concejil de la ciudad de Córdoba, conquistada en 1236, cuando Fernando III lleva ya seis años como rey de los dos reinos, y que muestra un león, sin castillo alguno, lo que significa que la antigua ciudad califal quedó adscrita al reino de León.




Miguel Ángel Martín Mas



La más bonita selección de señales de los reinos de Castilla y de León y de cuartelados con leones, castillos y otros elementos, todo de mediados del siglo XIII, puedes encontrarla en la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca:




Berenguela infanta, monja y protectora de las Damianitas de Salamanca

La infanta Berenguela, nacida en torno a 1228, era una princesa de extraordinario rango en la Europa del siglo XIII. No obstante, su destino...