domingo, 25 de octubre de 2026

San Luis IX rey de Francia y Peñaranda de Bracamonte

El inexorable paso del tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a un monarca medieval esculpido en piedra en la segunda mitad del siglo XVIII. La verdad es que da pena ver en esa hornacina con ornamentación rococó al rey cruzado san Luis de Francia erosionándose a la intemperie y con sus atributos perdidos: la corona real, el cetro, la corona de espinas y los tres clavos de la crucifixión. La expresión “es más bonito que un san Luis” ha caído hoy en día en desuso, desde luego, y, en todo caso, para nada podría aplicarse al santo que decora la portada de la epístola de la ermita bajo su advocación en la localidad de Peñaranda de Bracamonte. Apenas se reconoce al santo a pesar de su aspecto juvenil, su característico corte de pelo y su manto, no estando este cubierto de flores de lis. Aunque, si uno se fija, por encima de él se puede ver todavía un blasón luciendo la flor del lirio y timbrado con una corona, lo que nos debe hacer sospechar que nos encontramos frente a un rey canonizado.


Estatua de san Luis rey de Francia, erosionada por los elementos y con sus atributos perdidos, en la ermita bajo su advocación en Peñaranda de Bracamonte. 


Corona real y flor de lis en la fachada de la ermita de san Luis de Peñaranda de Bracamonte.

San Luis IX de Francia, nacido el 25 de abril de 1214, era, por parte de su madre, Blanca de Castilla, bisnieto de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania. Siguiendo con la línea materna, sus abuelos eran Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet, así que, por lo tanto, era primo carnal de Fernando III de Castilla y de León y sobrino de Berenguela la Grande, monarca que fue tenente de Salamanca durante los años que pasó como consorte en el reino de León. Su padre fue Luis VIII de Francia, apodado “el León”, miembro de la dinastía de los Capetos.


Miniatura que representa a la reina Blanca de Castilla y a su hijo el rey Luis IX de Francia en la Biblia historiada de Toledo, también conocida como Biblia de san Luis. Esta obra fue elaborada en París hacia 1226-1234 para el joven rey Luis IX de Francia, primo de Fernando III de Castilla y de León, quien, según la tradición, la terminó recibiendo como regalo de su pariente.

Contemporáneos de esta excelsa familia fueron los santos Francisco y Clara, ambos de Asís. Sabemos que una tía de san Luis, la reina Berenguela, se carteó con santa Clara para pedirle una regla que rigiera a las comunidades damianitas, futuras clarisas, que había puesto bajo su protección en los reinos de Castilla y de León. Por otro lado, la hermana de Luis, la beata Isabel de Francia, fundó en 1255 la abadía de Longchamp, el primer monasterio de clarisas de Francia, lugar que convirtió en su hogar por su firme determinación de conservar su virginidad, aunque nunca profesó como monja. El monarca francés, por su parte, ingresó en la Tercera Orden de San Francisco tras su matrimonio en 1234 con Margarita de Provenza, con la que tuvo once hijos.


Árbol seráfico de los santos franciscanos. Viendo cómo destaca la vestimenta azul y blanca del rey entre tanto hábito pardo, no es de extrañar que se acuñara la expresión “es más bonito que un san Luis”.


Coronación de Luis VIII y Blanca de Castilla, los padres de san Luis,
miniatura contenida en las Grandes crónicas de Francia.

Luis fue educado escrupulosa y rígidamente en la doctrina cristiana por su madre y por el beato Pacífico, uno de los primeros frailes franciscanos. Vivió toda su vida el Evangelio al estilo de san Francisco en el seno de la Tercera Orden, creada para los laicos y laicas que buscaban imitar al santo de Asís. Siempre buscó que en su reino imperasen la paz y la armonía. Administraba justicia personalmente a diario, atendiendo las quejas de los oprimidos y desamparados. Además, Luis costeaba los gastos de la comida diaria de doscientos pobres; los sábados, el monarca iba a visitarlos e incluso les lavaba a algunos de ellos los pies. Así las cosas, no es de extrañar que fuera canonizado en 1297, veintisiete años después de su muerte, por el papa Bonifacio VIII, y que terminara convirtiéndose en el patrón de la orden seglar en la que profesó. Su relevancia como rey y santo franciscano explica por qué en el año 1643 el licenciado Francisco Jerónimo de Rivera, párroco de Peñaranda de Bracamonte, y los miembros de la Venerable Tercera Orden de San Francisco residentes en dicha ciudad salmantina promovieron la construcción de una ermita dedicada al santo monarca francés, que además, les serviría como sede. Dicho encargo se contrató con dos carpinteros y maestros de obras de Peñaranda: Antonio Martín de Mercado, hermano él mismo de la Tercera Orden, y Francisco Ruiz. Tras distintas intervenciones y avatares, la ermita quedó terminada en 1658, el mismo año en el que Gaspar de Bracamonte y Guzmán, III conde de Peñaranda, asumió el cargo de virrey de Nápoles. El templo, de sencilla arquitectura barroca, se levantó extramuros y se convirtió en un importante centro de devoción popular. Dada la situación de ruina en la que se encontraba la parroquia de San Miguel, tuvo que ser de la ermita de San Luis desde donde partiera el 20 de octubre de 1669 la comitiva que acudiría a la consagración de la iglesia del Monasterio de La Encarnación de las Carmelitas Descalzas, cenobio fundado por el susodicho III conde y su esposa y sobrina María de Bracamonte y Portocarrero, que era la condesa propietaria, ya que era hija de Baltasar de Bracamonte y Guzmán, el II conde.


Retrato de Gaspar de Bracamonte y Guzmán, III conde de Peñaranda, realizado por Cornelis Meyssens (Amberes, hacia 1640 – después de 1673) . Grabado calcográfico realizado en Viena en 1658. Representa al diplomático español con los títulos de caballero de la Orden de Alcántara y comendador de La Hiniesta, y recuerda su condición de embajador extraordinario y plenipotenciario en el Congreso Electoral de Fráncfort.


Ermita de san Luis en Peñaranda de Bracamonte. 


Sello del rey Luis IX de Francia, primo carnal de Fernando III de Castilla y de León y tío carnal de Alfonso X el Sabio. 

Este humilde templo peñarandino poco tiene que ver con la magnificencia de la Sainte-Chapelle que Luis IX mandó construir en París a modo de relicario gigante en el que depositar la corona de espinas, parte de la cruz, el hierro de la lanza de Longinos, la esponja y otras reliquias del martirio de Jesucristo, que habían sido adquiridas por él mismo a Balduino II, último emperador latino de Constantinopla, pero deja en Peñaranda de Bracamonte el recuerdo de uno de los más grandes reyes de la cristiandad medieval.


San Luis representando con la corona de espinas que le compró al emperador Balduino II de Constantinopla.




El impresionante templo gótico de la Sainte-Chapelle de París, que fue construido por iniciativa del propio Luis IX.

San Luis IX fue también un rey cruzado, intentando imitar así a su tío abuelo Ricardo Corazón de León, aunque no con demasiado éxito, la verdad sea dicha. En 1244 intentó conquistar Jerusalén, pero terminó siendo hecho prisionero por el sultán de Egipto, al que hubo que pagar una enorme suma por su liberación. En 1267, con más de cincuenta años, marchó con su ejército hacia Túnez, donde el sultán parecía dispuesto a convertirse a la fe cristiana. Sin embargo, todo resultó ser un engaño, y los cruzados tuvieron que hacer frente a los ataques musulmanes, aunque los peores enemigos fueron el calor extremo y la peste, que acabó con la vida del monarca franco el 25 de agosto de 1270.


Flores de lis y castillos en la Sainte-Chapelle de París, un recordatorio de que san Luis era hijo de Luis VIII de Francia y de la princesa Blanca de Castilla, hija de Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet y hermana de Berenguela la Grande.


La madre del rey Luis IX de Francia representada rezando en el Salterio de Blanca de Castilla. 

Y con todo lo anterior solamente pretendo recordar que Peñaranda de Bracamonte conserva en uno de sus templos la memoria de uno de los reyes más célebres de Francia, san Luis IX, monarca del siglo XIII y gran referente de la cristiandad de su época. Quizá haya llegado el momento de volver la mirada hacia ese legado, redescubrir su historia y valorar como merece este vínculo singular entre esta localidad salmantina y uno de los grandes nombres de la Europa medieval.



Miguel Ángel Martín Mas

jueves, 8 de octubre de 2026

La heráldica del conde Gaspar de Bracamonte y Guzmán

La heráldica fue sencilla y bastante explícita en sus inicios, tal y como había nacido en el mundo de la cultura trovadoresca cortesana del ducado de Aquitania. Con esas mismas premisas llegó al reino de Castilla en 1170 gracias al matrimonio entre Alfonso VIII y Leonor Plantagenet. Después se extendió al de León de la mano de una hija de dicha pareja, Berenguela la Grande, aunque en este reino, mucho más antiguo que el castellano, el león ya identificaba al monarca leonés antes de su llegada como reina consorte. 


Imagen generada con IA, pero basada en uno de los frescos de la Capilla Templaria de Cressac (Francia). El único cambio que se ha realizado es incluir la heráldica de los Bracquemont, el mazo y el chevrón, en el escudo. 


Tan popular se hizo en los siglos XII y XIII este juego palaciego y nobiliario, consistente en identificar una señal heráldica con un personaje, que el caso del félido púrpura en campo blanco equivalente a rey de León no es el único que conocemos; por ejemplo, si eras el monarca castellano, un castillo de oro en campo rojo era un significante simple, pero pleno de significado; el jefe de la casa de los Lara se identificaba con dos calderas negras en campo blanco, que “hablaban” de que el magnate castellano era tan pudiente que podía alimentar una numerosa mesnada; el emblema de la casa de los López de Haro lucía dos lobos negros en campo blanco, por eso del parecido fonético y gráfico entre su apellido y la palabra latina lupus; y el linaje de los Castro, no sabemos por qué razón, eligió seis roeles azules en campo blanco para su inmediata e indudable identificación.


Señal del rey de León y señal del rey de Castilla.


De izquierda a derecha: armas heráldicas de los Lara, los López de Haro y los Castro.

La bordura y el cuartelado fueron dos novedades heráldicas nacidas en los reinos de Castilla y de León cuando Fernando III, rey castellano desde 1217, fue coronado como monarca leonés en 1230. La bordura es una especie de precedente de nuestros dos apellidos, ya que por medio de ella se representaba el linaje de la madre, mientras que en el centro se mostraba el del padre. El cuartelado se creó precisamente para indicar que Fernando III era rey de dos reinos. De este modo fue como la héráldica comenzó a hacer particiones en los escudos, pero todo de manera muy sencilla, nada que ver con lo que habría de venir después. 


Por otro lado, con el paso del tiempo, de contar con unos pocos nobles que manejaban el cotarro en los reinos de Castilla y de León, se pasó a que estos se multiplicaran como bacterias. Esto se debió, principalmente, al ascenso al trono en 1369 de Enrique II de Trastámara, un monarca fratricida que se vio abocado a repartir títulos por doquier, las conocidas como mercedes enriqueñas, para agradecer los favores que se le habían prestado para poder derrocar al legítimo rey Pedro I. Así nació una nueva y nutrida generación de nobles y, con ellos, una nueva heráldica, que serviría de instrumento para que estos selectos linajes compitieran entre sí para dirimir cuál era el más antiguo, el que contaba con más antepasados que habían protagonizado hechos heroicos o el que acumulaba más matrimonios de mejor entronque. En este nuevo juego del blasón estaban permitidas todas las trampas, puesto que el objetivo era la invención del mejor pasado posible para toda una plétora de nuevos ricos, a cada cual más pretencioso.


Armas de Enrique de Trastámara antes de ser coronado rey de Castilla y de León en 1369. El futuro rey Enrique II era hijo ilegítimo de Alfonso XI y de su amante Leonor de Guzmán, así que fue apadrinado por el noble Rodrigo Álvarez de las Asturias, señor de Noreña, Siero, Nava, Ribadesella, Colunga y Tineo.  Los veros de este escudo proceden de las armas de este magnate asturiano, todo un homenaje a la persona que fue tutor y protector del futuro rey cuando era un niño.

El señorío de Peñaranda tuvo su germen en las mercedes concedidas en 1376 por  rey Enrique II a dos de sus más fieles aliados: Pedro González Contreras, su montero mayor, y Nuño Núñez de Villasán, alguacil mayor del infante Fernando de Antequera, hermano del monarca. Tiempo después, otro significado compinche de los Trastámara, el mariscal de Castilla Álvaro Dávila, compró a Alfonso González de Contreras, hijo de Pedro González, y a su madre, Urraca González, su parte en 1409. Álvaro Dávila se convirtió en el primer señor de Peñaranda en 1418, cuando adquirió la parte que todavía pertenecía a Nuño Núñez. Hizo así un buen negocio el mariscal, pero sin olvidarse de concertar también un buen matrimonio, ya que se casó con Juana de Bracquemont, hija de un noble normando, Robín de Bracquemont, que, junto a otros caballeros de origen francés, había venido a los reinos de Castilla y de León para ayudar a su rey en la lucha contra portugueses e ingleses. Los hijos de este matrimonio decidieron poner por delante el apellido normando de su madre, que consideraron que tenía más abolengo que el vulgar y probablemente judeoconverso “de Ávila” de su padre, así que es por ello que hoy hablamos de la localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte, aunque no recibió ese nombre hasta que el señorío se convirtió en condado. Esto sucedió en 1602, cuando el rey Felipe III concedió el título de conde de Peñaranda a Alonso de Bracamonte y Guzmán. Así las cosas, e iniciándose el siglo XVII, la heráldica de la familia titular del condado tenía que estar a la altura y a la moda, ya que, además, Alonso estaba casado, nada más y nada menos, que con una Pacheco de Mendoza. En la clave blasonada de la cúpula de la iglesia del convento de las Carmelitas Descalzas de Peñaranda se pueden ver las armas heráldicas de uno de los hijos de este matrimonio, el III conde y virrey de Nápoles entre 1658 y 1664, Gaspar de Bracamonte y Guzmán, que fue precisamente el fundador de este cenobio en el año 1661.


El caballero normando Robin de Bracquemont, genearca de los Bracamonte hispanos. Imagen generada con IA a partir del retrato retrospectivo Robert de Bracquemont dit Robinet, connu en 1417, amiral, pintado en el siglo XVIII y conservado en el Museo Nacional del Palacio de Versalles.


Ilustración generada con IA tomando como modelo el cuadro Retrato de don Gaspar de Bracamonte y Guzmán, III conde de Peñaranda, del pintor Antonio Martínez. Su autoría se declara en el propio lienzo con «Antonius Martinus … faciebat Salmantica». La obra original pasó primero por el convento de Carmelitas Descalzas de Peñaranda de Bracamonte, fundado por el propio Gaspar. Allí permaneció hasta la desamortización del siglo XIX. Posteriormente fue trasladada a Canarias y terminó en la institución que actualmente corresponde a la Universidad de La Laguna.


Escudo actual de Bracquemont, una antigua localidad de Normandía, en el departamento de Seine-Maritime, muy cerca de Dieppe, en el Pays de Caux. Desde 2016 ya no es municipio independiente, ya que quedó integrada como commune déléguée en la nueva comuna de Petit-Caux.

El heraldista salmantino José Moreiro Píriz nos ha hecho el favor de reconstruir en una cuidada ilustración digital el emblema personal de Gaspar con sus esmaltes y metales y, además, lo ha definido empleando la jerga propia de lo que se conoce como ciencia del blasón:


Escudo partido. Primero: de sable un chevrón de plata superado por un mazo del mismo metal; bordura de azur con ocho áncoras de oro. Segundo: cuartelado en aspa, primero y cuarto de azur con dos calderas jaqueladas de oro y gules, gringoladas con siete cabezas de sierpe de sinople; segundo y tercero de plata sembrados de armiños de sable; bordura de plata con ocho armiños de sable.


Gerard ter Borch, Retrato de don Gaspar de Bracamonte y Guzmán, conde de Peñaranda, c. 1647–1648. Óleo sobre cobre, 10,5 × 9 cm. Museum Boijmans Van Beuningen, Róterdam.

La partición izquierda de este blasón es la correspondiente al apellido Bracamonte. El mazo y el chevrón, figura heráldica esta última que semeja una montaña, son, sin duda, los elementos más ancestrales de estas armas, puesto que ya fueron empleados por Robín de Bracquemont, el ya mencionado genearca de los Bracamonte hispanos; quizá esta pareja conforme un emblema parlante de la heráldica primigenia, ya que puede que más bien nos hable de un apodo que de un apellido, el Rompemontes, muy apropiado para un guerrero normando del tiempo en el que nació la heráldica en la costa atlántica francesa.


Imagen generada con IA.

La bordura con las anclas se la ganó por sus propios méritos Robín de Bracquemont, ya que se le concedió el título de almirante, tanto en el reino de Castilla como en el de Francia, por su eficaz mando de la flota castellano-francesa que mantuvo a raya a la flota inglesa en el Canal de la Mancha en el contexto de la Guerra de los Cien Años.


Miniatura de las Chroniques de Jean Froissart en la que se representa una escena de la victoria de la flota castellana sobre la inglesa en la batalla naval de La Rochelle de 1372.

La partición segunda del escudo es propia del apellido Guzmán. Las calderas de este linaje castellano, más antiguo que el de los Bracamonte, venían de lejos, de una condición de ricohombre, y eran una muestra, como ya se ha dicho, de poder nobiliario y capacidad militar. La fama e influencia de esta casa nobiliaria se dispararon gracias a Alonso Pérez de Guzmán (1256-1309), más conocido por Guzmán el Bueno, uno de los héroes legendarios de la Reconquista tras su defensa de Tarifa en 1294, durante la cual prefirió sacrificar la vida de su propio hijo antes que rendir la plaza al enemigo musulmán. A partir de su figura se fundó la poderosísima casa de Medina Sidonia, que llegó a ser la dinastía noble con más tierras y riqueza de Andalucía.


Guzmán el Bueno. Óleo de Salvador Martínes Cubells, pintado en 1884 y conservado actualmente en el Museo del Prado. 

Las cabezas de serpiente que salen de las calderas son un perfecto ejemplo de cómo la heráldica de la Edad Moderna fue puro barroquismo y artificio, males que no padeció la heráldica primigenia medieval. En estos nuevos tiempos cronistas y heraldistas comenzaron a describir minuciosamente cada pequeño detalle de los escudos antiguos; al describir las tradicionales calderas de los Guzmán, notaron que los enganches de las asas terminaban en formas curvas que semejaban cabezas de culebra y así lo redactaron textualmente en los documentos oficiales. Los heraldistas posteriores, al leer dichas descripciones en lugar de ver los escudos medievales originales, se lo tomaron todo de forma literal. En lugar de dibujar un simple remache ornamentado, dibujaron serpientes saliendo del interior o de los bordes del caldero, multiplicando también el número de cabezas.


Gaspar de Bracamonte y Guzmán y su sobrina y esposa María de Bracamonte y Portocarrero. La heredera del condado era ella, ya que era hija del II conde, de nombre Baltasar, hermano de Gaspar. Además, había un tercer hermano, de nombre Melchor, que fue mariscal de campo de los tercios de Flandes. Ilustración generada con IA.

La presencia de las lágrimas de armiño (esas figuras negras que simulan la cola del pequeño mamífero) en los cuarteles y la bordura del escudo de los Guzmán responde a un encargo de una genealogía legendaria, algo que hicieron todos los linajes para dar mayor lustre a su pasado. En el caso de los Guzmán, se extendió la teoría y crónica oficial de que estos no procedían de simples hidalgos burgaleses, sino de un príncipe o caballero de la alta nobleza de Bretaña llamado Gutiman y además emparentado, como no, con los duques de Bretaña, que desde siempre habían utilizado la figura heráldica de los armiños.


Señal heráldica de los duques de Bretaña.

Así que, ya veis, lo de las ínfulas de nuevo rico y lo de intentar pasar por lo que no se es no es un fenómeno nuevo de nuestra sociedad de la apariencia, es algo más viejo que la orilla del río. Ahora entenderéis por qué en edificaciones de ciudades y pueblos abundan los abigarrados blasones cargados de particiones y figuras heráldicas, que básicamente servían para dar la idea de que aquí sí que se ataban los perros con longaniza y, sobre todo, para que quedara bien clara la condición de cristiano viejo.


La ratificación de la Paz de Münster, obra pintada por Gerard ter Borch el Joven en 1648, inmediatamente después de las negociaciones. El cuadro representa la ceremonia del 15 de mayo de 1648, en el ayuntamiento de Münster, cuando la monarquía hispana y las Provincias Unidas de los Países Bajos juraron y ratificaron el tratado que puso fin a la guerra entre ambas partes, que se venía librando desde los tiempos de Felipe II. Gaspar de Bracamonte y Guzmán fue uno de los diplomáticos españoles presentes en este momento histórico.


Retrato grabado de Gaspar de Bracamonte y Guzmán (1595–1676), III conde de Peñaranda, pieza conservada en el Rijksmuseum de Amsterdam.


Estampa barroca dedicada a Gaspar de Bracamonte y Guzmán, al que en los círculos diplomaticos llamaban Peñaranda por su título nobiliario. La imagen está presidida por su escudo heráldico y flanqueada por figuras alegóricas, amorcillos y elementos arquitectónicos clásicos. En la parte inferior, libros, armas e instrumentos científicos enmarcan una inscripción laudatoria que exalta su nobleza, su labor política y su papel como diplomático y promotor de la paz. Diseño de Abraham van Diepenbeeck y grabado de Pieter Clouwet (1650-1670).



Miguel Ángel Martín Mas


Otras entradas dedicadas a los Bracamonte: 

Monsieur Robin de Bracquemont


Las aventuras de Robin de Bracquemont


El tercio de Bracamonte


El extraño emblema de los Bracamonte en la iglesia de San Martín de Salamanca

jueves, 24 de septiembre de 2026

Alba de Tormes villa de realengo leonés

Alba de Tormes, población salmantina que asociamos automáticamente con un duque, no fue siempre un feudo nobiliario, ya que durante buena parte de la Edad Media estuvo constituida como una villa de realengo leonés administrada por un representante del monarca, que podía ser un tenente (mandante sub manu regis) o un miembro de la familia real que ejercía un señorío o infantazgo.

La historia de los tenentes de Alba de Tormes comienza cuando el emperador leonés Alfonso VII le concedió al concejo de la villa y su alfoz el 4 de julio de 1140 un fuero, un código civil y penal de la época que dejó todo ese territorio bajo la autoridad regia. No aparece en dicho corpus legislativo local el nombre de ningún tenente, pero sí tenemos noticia de que, el 4 de agosto de 1144, el emperador otorgó al obispo de Salamanca el diezmo de las rentas reales de Alba. Entre los confirmantes de dicha prebenda aparece el conde Ponce Giraldo de Cabrera, lo que no demuestra que este noble catalán fuera el tenente de Alba, pero sí la estrechísima relación del mismo con la zona y la administración regia, que sí sabemos que ejercía en la ciudad de Salamanca.


Señal heráldica del conde catalán Ponce Giraldo de Cabrera, tenente de Salamanca y probablemente también de Alba de Tormes. Junto a la reina consorte, Berenguela de Barcelona, fueron varios los nobles catalanes que llegaron al reino de León en 1128.

En el año 1157, tras la muerte del Alfonso VII, sus dominios fueron repartidos entre sus dos hijos, que reinarían como Fernando II de León y Galicia y Sancho III de Castilla y Toledo. De este modo, Alba de Tormes permaneció en territorio leonés, pero muy cercana a la recién inaugurada frontera con el reino de Castilla, convirtiéndose así la villa y su tierra en una zona de gran importancia estratégica, lo que iba a exigir que todos sus tenentes fueran magnates de primera fila. De hecho, durante el reinado de Fernando II, de 1157 a 1188, tenemos documentados como tenentes o mandantes de la villa a dos personajes muy destacados de la nobleza: Fernando Rodríguez de Castro y Gonzalo Núñez de Lara. El primero lo fue hacia 1168 y el segundo hacia 1186 y, curiosamente, no eran ricoshombres leoneses, sino castellanos, además, pertenecientes a dos linajes, los Castro y los Lara, que estuvieron enfrentados durante décadas para dirimir cuál era el que más poder ostentaba en Castilla. Este enfrentamiento y el juego político propio de la turbulenta época vivida entre los siglos XII y XIII es lo que hacía que, según resultaran ganadores o perdedores en un momento dado, miembros de estas dos casas nobiliarias abandonaran Castilla para ponerse al servicio del rey de León.


De derecha a izquierda: el conde Ponce Giraldo de Cabrera, el emperador Alfonso VII, el abad Guillermo del monasterio de San Martín de Valdeiglesias y Fernando y Sancho, los dos herederos del emperador. Imagen contenida en un diploma legal fechado en 1150, conocido como Privilegium Imperatoris, que, como otros documentos y joyas artísticas procedentes de esta tierra, terminaron en poder de la Hispanic Society de Nueva York.

Sabemos también con certeza que hacia 1189 el tenente de Alba era Pedro Fernández de Castro, hijo del mencionado Fernando Rodríguez de Castro y de Estefanía Alfonso la Desdichada, sobrenombre que recibió por ser asesinada por su marido, que creyó que le era infiel sin serlo realmente. Para que veáis cómo eran las cosas en aquellos tiempos, Pedro Fernández de Castro, miembro de un linaje castellano, abandonó el servicio al rey de Castilla para pasar a servir a Alfonso IX de León, pero no sólo eso, ya que en 1195 se exilió de los reinos cristianos y se puso a disposición del califa almohade, al que proporcionó un valioso asesoramiento militar que facilitaría la victoria de los musulmanes sobre los castellanos en la batalla de Alarcos, librada el 19 de julio de 1195.


Dos linajes castellanos enemigos irreconciliables: a la izquierda los seis roeles azur de los Castro y a la derecha las dos calderas de sable de los Lara. 

En el verano de 1197, la población leonesa fronteriza de Alba de Tormes sufrió un ataque devastador por parte de tropas aliadas castellano-aragonesas, episodio enmarcado en un guerra que finalizó gracias al acuerdo de matrimonio entre el rey de León Alfonso IX y la hija del rey castellano Alfonso VIII, que pasaría a la historia como la reina Berenguela la Grande. Tenemos certeza de que Berenguela fue tenente de la ciudad Salamanca entre 1197 y 1204, pero no hay prueba documental de que también lo fuera de Alba de Tormes. De lo que sí tenemos constancia es de que por esa época el castillo de la vecina población de Carpio Bernardo quedó en manos castellanas, siendo su alcaide un tal Vlasco Muñoz el Sobervioso, un tipo con el sobrenombre perfecto para un castellano metido a controlar lo que era leonés.


Señal heráldica de la reina Berenguela la Grande después de que su hijo Fernando III, rey de Castilla desde 1217, fuera proclamado rey de León en 1230. Infografía del heraldista salmantino José Moreiro Píriz.

La documentación de las primeras décadas del siglo XIII demuestra la importancia creciente de la villa realenga de Alba de Tormes, sobre todo tras la repoblación ordenada por el rey Alfonso de León en 1224.  Este hecho explica que hacia 1240 el tenente de Alba, y también de las ciudades de Salamanca y León, ya no sea simplemente un noble de alto rango, sino el heredero de las coronas de Castilla y de León, el infante Alfonso, que antes de reinar como el décimo monarca de su nombre fue el representante del poder regio de su padre, Fernando III, en el reino leonés. Esto no significa que el infante gobernara directamente las ciudades bajo su tenencia, siendo verdad que ejercía el dominio y recibía sustanciosas rentas, pero dejaba al cargo de ellas a un agente subordinado, es decir, a un subtenente.

Bien avanzado su reinado, Alfonso X confirmó en el año 1279 el fuero de Alba y hacia 1282 entregó a su hijo el infante Pedro de Castilla las tenencias de Alba de Tormes, Ledesma, Salvatierra de Tormes, Miranda del Castañar, Granadilla, Montemayor del Río y Galisteo. Además, el infante Pedro poseyó importantes dominios en lo que hoy es territorio portugués: Sabugal, Castelo Rodrigo, Alfaiates y buena parte de la ribera del Coa, de tal modo que la totalidad de su señorío constituía un gran espacio territorial entre el río Tormes y la frontera con el reino de Portugal. Pedro murió prematuramente en Ledesma en octubre de 1283, cuando todavía no había cumplido los veinticinco años.


Señal heráldica del infante Pedro de Castilla con los castillos de oro del reino de Castilla y las águilas de sable de su abuela Beatriz de Suabia. El heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués afirma que el infante Pedro heredó esta armas de su tío Felipe de Castilla, fallecido sin descendencia. 

En el año 1284 fue proclamado rey de Castilla y de León Sancho IV, el segundogénito de Alfonso X, ya que su primogénito, el infante Fernando de la Cerda, había muerto en 1275. El hijo del fallecido, el infante Alfonso de la Cerda, —contando con la inestimable ayuda de su madre, Violante de Aragón— hizo todo lo habido y por haber para hacerse con un trono y una corona y, tanta guerra dio a su tío Sancho IV y a su heredero, su primo Fernando IV, que este, en 1304, le tuvo que conceder, a cambio de que renunciara a sus pretendidos derechos a la corona, los señoríos de Alba de Tormes, Béjar, Valdecorneja, Gibraleón, el Real de Manzanares y otras villas, tierras, rentas y derechos con los que podría vivir holgadamente, eso sí, en el reino de Francia, que aquí no le quería ver ni en pintura. De hecho, Fernando IV incluso se comprometió a completar los ingresos de su incómodo pariente hasta alcanzar los 400.000 maravedíes anuales, si las posesiones concedidas no producían lo suficiente. El cansino pretendiente aguantó unos años conforme con el trato, pero, pasado el tiempo, volvió a reclamar los que consideraba que eran sus reinos. Así las cosas, el rey Fernando IV resolvió arrebatarle  a su primo lo que le había otorgado ocho años atrás. La villa de Alba de Tormes se mantuvo fiel al infante Alfonso de la Cerda y no abrió sus puertas cuando se le requirió, así que al rey no le quedó otra que presentarse allí en persona al frente de su ejército y cercarla en el mes de mayo de 1312. Sabemos que el monarca en persona estuvo frente a las murallas albenses en aquella ocasión por dos cartas fechadas el 10 de mayo de 1312 que él mismo envió desde el “Sitio de Alba de Tormes” y que están contenidas en un volumen que lleva por título Colección de documentos para la historia del reino de Murcia V. Documentos de Fernando IV; una de las misivas iba dirigida a don Juan Manuel, adelantado del reino de Murcia, y la otra al obispo de Cartagena. Lo que no sabemos es si la villa capituló o fue tomada al asalto, ya que no parece que haya ninguna crónica que nos cuente el episodio bélico.


El rey Sancho IV de Castilla y de León, cuya reina consorte fue María de Molina, una pareja que vio amenazada su legitimidad para reinar debido a la relación de consanguinidad que había entre ellos. Esta debilidad fue aprovechada por la reina viuda Violante de Aragón, madre de Sancho, y sus nietos los infantes de la Cerda para intentar arrebatarles el trono. 

Y así fue como el infante Alfonso de la Cerda se ganó su sobrenombre de el Desheredado, quedándose sin plumas y cacareando exiliado en Francia. Y es que en esta partida por los reinos de Castilla y de León jugada entre finales del siglo XIII y comienzos del siglo XIV el pobre infante cayó derrotado frente a su tío Sancho IV y su primo Fernando IV. Aunque, sobre todo, fue derrotado por la pieza más poderosa del tablero, la reina María de Molina, la esposa del rey Sancho y la madre del rey Fernando y, a mayores, la abuela de Alfonso XI, a cuya coronación asistió el infante Alfonso de la Cerda, tragándose así el último gran sapo de su vida. 


Señal heráldica del infante Alfonso de la Cerda una vez que renunció a sus derechos sobre las coronas de Castilla y de León, ya que hasta entonces empleó el cuartelado de leones y castillos propio del monarca. La partición del escudo con un campo azur cargado de flores de lis de oro es por su madre, la princesa Blanca de Francia, hija de Luis IX de Francia y de Margarita de Provenza. 


Señal heráldica personal del rey de Castilla y de León, lo que a finales del siglo XIII significaba ser también monarca de Córdoba, Jaén, Sevilla y Murcia. Infografía del heraldista salmantino José Moreiro Píriz.


El rey Fernando IV de Castilla y de León dictando cartas desde el cerco de Alba de Tormes. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS. 


Señal heráldica de la reina consorte, madre y abuela María de Molina, la archienemiga del clan de los infantes de la Cerda, nietos de Alfonso X y Violante de Aragón. Infografía del heraldista salmantino José Moreiro Píriz.

Antes de convertirse en señorío de los Álvarez de Toledo en 1429, Alba de Tormes entraría en una dinámica señorial diferente a la que hemos tratado hasta aquí, comenzando una nueva etapa con el advenimiento de la dinastía Trastámara en los reinos de Castilla y de León en 1369. Es esta otra historia, la de como Alba de Tormes y otros muchos realengos se convirtieron en moneda de pago, que contaré próximamente.


Señal heráldica de Fernando de la Cerda, hermano de Alfonso de la Cerda. 



Sepulcro del infante Alfonso de la Cerda (1270-1333), señor de Alba de Tormes, que fue hijo del infante Fernando de la Cerda y nieto del rey Alfonso X de Castilla y de León, en el monasterio de Las Huelgas de Burgos.



Miguel Ángel Martín Mas


San Luis IX rey de Francia y Peñaranda de Bracamonte

El inexorable paso del tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a un monarca medieval esculpido en piedra en la segunda mitad del siglo XVIII....