Alba de Tormes, población salmantina que asociamos automáticamente con un duque, no fue siempre un feudo nobiliario, sino que durante buena parte de la Edad Media fue una villa de realengo leonés administrada por un representante del monarca, que podía ser un tenente (mandante sub manu regis) o un miembro de la familia real que ejercía un señorío o infantazgo.
La historia de los tenentes de Alba de Tormes comienza cuando el emperador leonés Alfonso VII le concedió al concejo de la villa y su alfoz el 4 de julio de 1140 un fuero, un código civil y penal de la época que dejó todo ese territorio bajo la autoridad regia. No aparece en dicho corpus legislativo el nombre de ningún tenente, pero sí tenemos noticia de que, el 4 de agosto de 1144, el emperador otorgó al obispo de Salamanca el diezmo de las rentas reales de Alba. Entre los confirmantes de dicha prebenda aparece el conde Ponce Giraldo de Cabrera, lo que no demuestra que este noble catalán fuera el tenente de Alba, pero sí la estrechísima relación del mismo con la zona y la administración regia, que sí sabemos que ejercía en la ciudad de Salamanca.
Señal heráldica del conde catalán Ponce Giraldo de Cabrera, tenente de Salamanca y probablemente también de Alba de Tormes.
En el año 1157, tras la muerte del Alfonso VII, sus dominios fueron repartidos entre sus dos hijos, que reinarían como Fernando II de León y Galicia y Sancho III de Castilla y Toledo. De este modo, Alba de Tormes permaneció en territorio leonés, pero muy cercana a la recién inaugurada frontera con el reino de Castilla, convirtiéndose así la villa y su tierra en una zona de gran importancia estratégica, lo que iba a exigir que todos sus tenentes fueran magnates de primera fila. De hecho, durante el reinado de Fernando II, de 1157 a 1188, tenemos documentados como tenentes o mandantes de la villa a dos personajes muy destacados de la nobleza: Fernando Rodríguez de Castro y Gonzalo Núñez de Lara. El primero lo fue hacia 1168 y el segundo hacia 1186 y, curiosamente, no eran ricoshombres leoneses, sino castellanos, además, pertenecientes a dos linajes, los Castro y los Lara, que estuvieron enfrentados durante décadas para dirimir cuál era el que más poder ostentaba en Castilla. Este enfrentamiento y el juego político propio de la turbulenta época vivida entre los siglos XII y XIII es lo que hacía que, según resultaran ganadores o perdedores en un momento dado, miembros de estas dos casas nobiliarias abandonaran Castilla para ponerse al servicio del rey de León.
De derecha a izquierda: el conde Ponce Giraldo de Cabrera, el emperador Alfonso VII, el abad Guillermo, del monasterio de San Martín de Valdeiglesias, y Fernando y Sancho, los dos herederos del emperador. Imagen contenida en un diploma legal fechado en 1150, conocido como Privilegium Imperatoris, que, como otros documentos y joyas artísticas procedentes de esta tierra, terminaron en poder de la Hispanic Society de Nueva York.
Sabemos también con certeza que hacia 1189 el tenente de Alba era Pedro Fernández de Castro, hijo del mencionado Fernando Rodríguez de Castro y de Estefanía Alfonso la Desdichada, sobrenombre que recibió por ser asesinada por su marido, que creyó que le era infiel sin serlo realmente. Para que veáis cómo eran las cosas en aquellos tiempos, Pedro Fernández de Castro, miembro de un linaje castellano, abandonó el servicio al rey de Castilla para pasar a servir a Alfonso IX de León, pero no sólo eso, ya que en 1195 se exilió de los reinos cristianos y se puso a disposición del califa almohade, al que proporcionó un valioso asesoramiento militar que facilitaría la victoria de los musulmanes sobre los castellanos en la batalla de Alarcos, librada en el 19 de julio de 1195.
Dos linajes castellanos que fueron enemigos irreconciliables: a la izquierda los seis roeles azur de los Castro y a la derecha las dos calderas de sable de los Lara.
En el verano de 1197, la población leonesa fronteriza de Alba de Tormes sufrió un ataque devastador por parte de tropas aliadas castellano-aragonesas, episodio enmarcado en un guerra que finalizó gracias al acuerdo de matrimonio entre el rey de León Alfonso IX y la hija del rey castellano Alfonso VIII, que pasaría a la historia como la reina Berenguela la Grande. Tenemos certeza de que Berenguela fue tenente de la ciudad Salamanca entre 1197 y 1204, pero no hay prueba documental de que también lo fuera de Alba de Tormes. De lo que sí tenemos constancia es de que por esa época el castillo de la vecina población de Carpio Bernardo quedó en manos castellanas, siendo su alcaide un tal Vlasco Muñoz el Sobervioso, un tipo con el sobrenombre perfecto para un castellano metido a controlar lo que era leonés.
Señal heráldica de la reina Berenguela la Grande después de que su hijo Fernando III, rey de Castilla desde 1217, fuera proclamado rey de León en 1230.
La documentación de las primeras décadas del siglo XIII demuestra la importancia creciente de la villa realenga de Alba de Tormes, sobre todo tras la repoblación ordenada por el rey Alfonso de León en 1224, lo que quizá explique que hacia 1240 el tenente de Alba, y también de las ciudades de Salamanca y León, ya no sea simplemente un noble de alto rango, sino el heredero de las coronas de Castilla y de León, el infante Alfonso, que antes de reinar como el décimo monarca de su nombre fue el representante del poder regio de su padre, Fernando III, en el reino leonés. Esto no nos tiene que llevar a pensar que el infante gobernara directamente las ciudades bajo su tenencia, sino que lo que tenemos es a un miembro de la familia real que ejercía el dominio y recibía sustanciosas rentas, pero dejando en las mismas a un agente subordinado, es decir, a un subtenente.
Ya avanzado su reinado, Alfonso X confirmó en el año 1279 el fuero de Alba y hacia 1282 entregó a su hijo el infante Pedro de Castilla las tenencias de Alba de Tormes, Ledesma, Salvatierra de Tormes, Miranda del Castañar, Granadilla, Montemayor del Río y Galisteo. Además, el infante Pedro poseyó importantes dominios en lo que hoy es territorio portugués: Sabugal, Castelo Rodrigo, Alfaiates y buena parte de la ribera del Coa, de tal modo que la totalidad de su señorío constituía un gran espacio territorial entre el río Tormes y la frontera con el reino de Portugal. Pedro murió prematuramente en Ledesma en octubre de 1283, cuando todavía no había cumplido los veinticinco años.
Señal heráldica del infante Pedro de Castilla con los castillos de oro del reino de Castilla y las águilas de sable de su abuela Beatriz de Suabia. El heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués afirma que el infante Pedro heredó esta armas de su tío Felipe de Castilla, fallecido sin descendencia.
En el año 1284 fue proclamado rey de Castilla y de León Sancho IV, el segundogénito de Alfonso X, ya que su primogénito, el infante Fernando de la Cerda, había muerto en 1275. El hijo del fallecido Fernando, el infante Alfonso de la Cerda, hizo todo lo habido y por haber para hacerse con una corona y, tanta guerra dio a su tío Sancho IV y a su heredero, su primo Fernando IV, que este, en 1304, le tuvo que conceder, a cambio de que renunciara a sus pretendidos derechos a la corona, los señoríos de Alba de Tormes, Béjar, Valdecorneja, Gibraleón, el Real de Manzanares y otras villas, tierras, rentas y derechos con los que podría vivir holgadamente, eso sí, en el reino de Francia, que aquí no le quería ver ni en pintura. De hecho, Fernando IV incluso se comprometió a completar los ingresos de su incómodo pariente hasta alcanzar los 400.000 maravedíes anuales, si las posesiones concedidas no producían lo suficiente. El cansino pretendiente aguantó unos años conforme con el trato, pero, pasado el tiempo, volvió a reclamar la que consideraba que era su corona. Así las cosas, el rey Fernando IV resolvió arrebatarle lo otorgado ocho años atrás. La villa de Alba de Tormes se mantuvo fiel al infante Alfonso de la Cerda y no abrió sus puertas cuando se le requirió, así que al rey no le quedó otra que presentarse allí en persona al frente de su ejército y cercarla en el mes de mayo de 1312. Sabemos que el rey Fernando IV estuvo frente a las murallas en aquella ocasión por dos cartas fechadas el 10 de mayo de 1312 que él mismo envió desde el “Sitio de Alba de Tormes” y que están contenidas en un volumen que lleva por título Colección de documentos para la historia del reino de Murcia V. Documentos de Fernando IV; una de las misivas iba dirigida a don Juan Manuel, adelantado del reino de Murcia, y la otra al obispo de Cartagena. Lo que no sabemos es si la villa capituló o fue tomada al asalto, ya que no parece que haya ninguna crónica que nos cuente el episodio bélico.
Y así fue como el infante Alfonso de la Cerda se ganó su sobrenombre de el Desheredado, quedándose sin plumas y cacareando exiliado en Francia. Y es que en esta partida por los reinos de Castilla y de León jugada entre finales del siglo XIII y comienzos del siglo XIV el pobre infante cayó derrotado frente a su tío Sancho IV y su primo Fernando IV. Aunque, sobre todo, fue derrotado por la pieza más poderosa del tablero, la reina María de Molina, la esposa del rey Sancho y la madre del rey Fernando y, a mayores, la abuela de Alfonso XI, a cuya coronación asistió el infante Alfonso de la Cerda, tragándose así el último gran sapo de su vida.
Señal heráldica del infante Alfonso de la Cerda una vez que renunció a sus derechos sobre las coronas de Castilla y de León, ya que hasta entonces empleó el cuartelado de leones y castillos propio del monarca. La partición del escudo con un campo azur cargado de flores de lis de oro es por su madre, la princesa Blanca de Francia, hija de Luis IX de Francia y de Margarita de Provenza.
El rey Fernando IV de Castilla y de León dictando cartas desde el cerco de Alba de Tormes. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS.
Señal heráldica de la reina consorte, madre y abuela María de Molina, la archienemiga del clan de los infantes de la Cerda.
Antes de convertirse en señorío de los Álvarez de Toledo en 1429, Alba de Tormes entraría en una dinámica señorial diferente a la que hemos tratado hasta aquí, comenzando una nueva etapa con el advenimiento de la dinastía Trastámara en los reinos de Castilla y de León en 1369. Es esta otra historia, la de como Alba de Tormes y otros muchos realengos se convirtieron en moneda de pago, que contaré en otra ocasión.
Señal heráldica de Fernando de la Cerda, hermano de Alfonso de la Cerda.
Sepulcro del infante Alfonso de la Cerda (1270-1333), señor de Alba de Tormes, que fue hijo del infante Fernando de la Cerda y nieto del rey Alfonso X de Castilla y de León, en el monasterio de Las Huelgas de Burgos.
Miguel Ángel Martín Mas









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