Cuando el emperador Alfonso VII decidió repartir sus vastos dominios entre sus dos hijos, entregando a Fernando (II) el reino de León y creando un reino de Castilla para Sancho (III), quizá no calculó bien cuáles iban a ser las consecuencias de dicha división territorial. A partir de su muerte, acaecida el 21 de agosto de 1157, con la permanente amenaza almohade en el Sur y con el condado Portucalense y el de Castilla convertidos en reinos que no se iban a conformar con los territorios que les habían tocado en suerte, el reino leonés de Fernando II iba a quedar totalmente encajonado y con limitadas posibilidades de expansión.
En tierras salmantinas, que eran la última frontera del reino de León, esta situación tuvo un especial impacto, ya que, de hecho, aunque la ciudad de Salamanca era y es leonesa, Béjar y Plasencia eran por entonces villas pertenecientes al reino de Castilla; en todo caso, tiempo tendremos para hablar de los conflictos habidos entre leoneses y castellanos en los siglos XII y XIII, puesto que hoy nos vamos a centrar en los hechos de armas que acaecieron al oeste y al sur de la ciudad de Salamanca durante el reinado de Fernando II de León, que duró de 1157 a 1188.
La historia de hoy comienza cuando el rey Alfonso VI de León, padre de la reina Urraca I y abuelo de Alfonso VII, concedió como dote en 1096 el condado Portucalense a su hija ilegítima Teresa, fruto de su relación con la “concubina nobilísima” Jimena Muñoz. Teresa Alfónsez, a su vez, se casó con Enrique de Borgoña, con el que tuvo un hijo de nombre Afonso Henriques, nacido en 1109, que se convertiría en el segundo conde portucalense.
Afonso Henriques gustaba de titularse como infante o príncipe, el título condal no le convenía para nada, ya que este le convertía en vasallo de su medio primo Alfonso VII de León. En todo caso, su estatus cambió tras su gran victoria frente a los almorávides en la batalla de Ourique, librada el 25 de junio de 1139. En esa gloriosa jornada sus tropas lo aclamaron rey en el mismo campo de batalla y a partir de entonces comenzó a titularse rex Portugalensium, es decir, rey de los portugueses.
Al monarca leonés no le hizo ni puñetera gracia que su conde vasallo portucalense se pusiera a su altura jerárquica de forma unilateral, así que entró en tierras portuguesas arrasando todos los castillos que encontró a su paso hasta llegar a las cercanías de la localidad de Arcos de Valdevez, situada en el Alto Miño. Alfonso VII acampó en un lugar conocido como Pena da Rainha, mientras que Afonso Henriques hizo lo propio en un altozano separado del campamento leonés por un valle. Para evitar una batalla campal y el derramamiento de sangre entre cristianos, se acordó celebrar un bufurdium o torneo conforme al uso de la caballería medieval, en el que se enfrentarían los mejores caballeros de ambos bandos. La suerte de las armas cayó del lado portugués, así que, aunque fuera a regañadientes, a Alfonso VII no le quedó más remedio que terminar reconociendo la dignidad regia de Afonso Henriques por medio del tratado de Zamora, signado en octubre de 1143 en dicha ciudad y en presencia del legado papal el cardenal Guido de Vico. El monarca de León, aparte de reconocer el título de rey a su medio primo, le entregó a mayores el señorío de Astorga, lo que, lejos de ser una merced, fue más bien una triquiñuela del leonés para que el portugués siguiera siendo por esa vía vasallo suyo.
Monumento conmemorativo del torneo de Arcos de Valdevez (Portugal), librado entre caballeros portugueses y leoneses. En esta localidad ganó el condado Portucalense su independencia del reino de León por medio de un bufurdium.
Alfonso Henriques, una vez reconocido como rey por su igual leonés, se dispuso a ampliar sus dominios a costa de los musulmanes, conquistando Santarém y Lisboa en el año 1147. Esta victoria militar le permitió el control de un rico valle en recursos que le proporcionó la autosuficiencia necesaria para evitar el vasallaje al leonés e incluso minimizar las posibilidades de dominio por parte del mismo. Finalmente, el 23 de mayo de 1179, el papa Alejandro III, a través de la bula Manifestus Probatum, reconoció a Afonso Henriques el título de rey y a Portugal como reino independiente y vasallo de la Iglesia de Roma.
Como ya se ha dicho, en 1157 accedió al trono de León Fernando II, que, consciente de que no se podía fiar de las veleidades expansionistas del vecino portugués, vio necesario afianzar el control del Oeste de la tierra de Salamanca. La decisión del rey fue repoblar en 1161 Ciudad Rodrigo y Ledesma, ambas situadas en localizaciones estratégicas, restaurando además la diócesis civitatense. El problema es que el concejo y los caballeros villanos de Salamanca, enriquecidos gracias a las cabalgadas lanzadas sobre los territorios musulmanes y contando con la ayuda económica de varias aldeas de la productiva Armuña, habían comprado los derechos sobre Ciudad Rodrigo en 1136. No resulta extraño, entonces, que en la floreciente y orgullosa Salamanca de mediados del siglo XII no sentara nada bien esta iniciativa unilateral del rey que mermaba los dominios de su alfoz y su diócesis y, en consecuencia, sus recursos económicos.
Monumento que representa al rey Fernando II de León en su trono frente a representantes de los tres estamentos: nobleza, clero y campesinado. El autor de esta obra fue el escultor zamorano José Luis Núñez Solé, que la esculpió para la celebración del VIII centenario de la muerte del monarca (1961). Está situada junto a la Puerta de Amayuelas de la muralla de Ciudad Rodrigo.
La sublevación estaba servida, pidiendo los de Salamanca auxilio a los del concejo castellano de Ávila y al rey portugués Afonso Henriques para marchar a tomar Ciudad Rodrigo y devolverla así a su alfoz. El líder de los salmantinos amotinados sería un tal Nuño Rabia, que era a la sazón el alcaide del alcázar de la ciudad del Tormes. El 1 de junio de 1162 el rey Fernando II, iniciando la marcha desde Benavente, otra ciudad fundación suya, se plantó en Ledesma con todos los obispos leoneses, su mayordomo, el noble catalán Ponce Giraldo de Cabrera, y el hijo de este, Fernando Ponce, que era a su vez su alférez, es decir, el encargado de portar el pendón real y comandar las tropas del monarca. El joven Fernando, digno hijo de su padre, estaba a punto poder de demostrar su valía en el campo de batalla.
Señal heráldica del linaje catalán Cabrera en el monasterio de Moreruela (Zamora), que fue fundación del conde Ponce Giraldo de Cabrera, tenente de la ciudad de Salamanca y mayordomo de Alfonso VII de León.
La hueste salmantina se encontró con la del rey Fernando II al sur del Tormes y se dispuso para el combate en un valle llamado de la Valmuza, en las cercanías de donde hoy en día se sitúa el Recinto Ferial de Salamanca. El viento soplaba en favor de los rebeldes, lo que les indujo a incendiar el monte con el fin de que el humo, que se dirigiría en contra del ejército real, fatigase a los soldados enemigos antes de comenzar la lucha, pero lo hicieron con tal mala fortuna que, cambiando de dirección el viento, tuvieron que soportar ellos mismos la humareda, quedando así su plan totalmente trastocado. El humo cegó y ahogó a los guerreros aliados salmantinos y abulenses, así que la hueste real pudo emplearse a fondo ante sus inermes enemigos, obteniendo así una gran victoria, que además permitió la captura del caudillo sedicioso salmantino Nuño Rabia, que fue ejecutado ese mismo día junto a otros líderes de la rebelión.
Puente medieval de la Valmuza junto a la alquería abandonada de Calzadilla de la Valmuza. En este valle interceptó el ejército de Fernando II el avance de la hueste salmantina hacia Ciudad Rodrigo. La construcción se encuentra en peligro de desplome inminente, con falta de sillares en zonas muy sensibles. Se puede derrumbar en cualquier momento, si no se actúa urgentemente.
Pasados unos meses de la batalla de la Valmuza, Afonso Henriques, temeroso de la amenaza que suponía para su reino la repoblación leonesa de Ciudad Rodrigo y Ledesma y probablemente con la complicidad e invitación de los humillados salmantinos, se aprovechó de que Fernando II estaba ocupado en la frontera de Castilla, irrumpió por la Extremadura y se apoderó de Salamanca, donde “dominaba” a primeros de 1163, tal y como consta en varios documentos del Archivo Catedralicio salmantino. Cierto es que la tenencia de la ciudad tormesina le duró bien poco al portugués, seguramente hasta finales de julio de ese mismo año, que es cuando otro notario salmantino manifiesta que en ella reinaba Fernando II de León. Ya veis, los salmantinos pudimos haber sido portugueses, ni tan mal, teniendo en cuenta que nuestros hermanos leoneses-lusos sí que lograron librarse de la apisonadora castellanizadora que vendría a partir de la segunda mitad del siglo XIII, cosa que no pudo evitar el reino leonés, que en fechas más recientes ha venido siendo prácticamente enterrado por la historiografía y el nacionalismo españolista-castellanista.
Hueste real en combate. Biblia de los Cruzados (s. XIII).
El primer rey de los portugueses no cejó nunca en su empeño de ganarle territorios al leonés. En 1165 invadió Galicia, cometiendo tropelías impropias de una hueste cristiana tales como la profanación de la catedral de Tuy. Afortunadamente, los diplomáticos portugueses y leoneses se emplearon a fondo y lograron que día 30 de abril de 1165 Afonso Henriques y Fernando II se reunieran a orillas del río Lérez, junto al Puente Viejo, el Ponte Vetere, de donde deriva el nombre de la ciudad de Pontevedra. Se acordó una mutua y verdadera paz entre los monarcas y sus reinos y, a mayores, el enlace entre la infanta portuguesa Urraca y su primo en quinto grado el rey de León. Este matrimonio duraría diez años, ya que el papa lo terminaría disolviendo a causa de la consanguinidad habida entre los contrayentes, pero la paz entre el reino de Portugal y el de León duró bastante menos. En 1169 Afonso Henriques y Fernando II, ahora suegro y yerno, se enzarzarían de nuevo, esta vez por la ciudad musulmana de Badajoz, que tanta riqueza había proporcionado a la hueste salmantina en el pasado gracias a las cabalgadas. Pero esa es otra historia que será contada en otra ocasión y que nos permitirá hablar de un bravo guerrero portucalense conocido como Geraldo Sempavor, el caballero que no conocía el miedo.
Miniatura del Tumbo de Toxos Outos (c. 1289) representando a Fernando II de León y Galicia y a Urraca de Portugal, padres de Alfonso IX de León, conquistador de Cáceres, Mérida y Badajoz.
Miguel Ángel Martín Mas


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