Cuando Isabel I se proclamó reina en Segovia el 13 de diciembre de 1474, era perfectamente consciente de todas las dificultades que tendría que afrontar, pero no de ciertas desgracias que le tocaría sufrir. Las coronas de los reinos de Castilla y de León no le habían llegado precisamente como un regalo envuelto en papel de seda, así que su ascenso al trono desencadenó una guerra civil. Porque el caso es que su sobrina Juana, la hija del fallecido rey Enrique IV, apoyada por una parte importante de la nobleza y por Alfonso V de Portugal, también reclamaba la corona. Y, por si esto fuera poco, Isabel y su consorte Fernando II de Aragón tuvieron también que hacerse fuertes frente a sus aliados entre la alta nobleza, acostumbrada a hacer y deshacer a su antojo.
En los años siguientes hubo batallas, negociaciones, rebeliones y auténticos quebraderos de cabeza. La victoria de los partidarios isabelinos en Toro, en 1476, fue decisiva, aunque la guerra con Portugal todavía tardaría unos años en acabar.
Litografía portuguesa conmemorativa de la batalla de Toro titulada "Hecho heroico de Duarte de Almeida el Decepado" (siglo XIX). El estandarte real portugués fue sucesivamente tomado y perdido por los castellanos partidarios de Isabel en los momentos de mayor confusión durante la batalla.[ Y entonces llegó 1478. El año había comenzado con la corte instalada en Sevilla, adonde Isabel y Fernando habían llegado en 1477. Allí se encontraba también la reina cuando, el 30 de junio de 1478, dio a luz al príncipe Juan, el ansiado heredero varón. El parto tuvo lugar en el Alcázar sevillano y fue seguido de grandes celebraciones. Así que, cuando llegó el 29 de julio, Isabel estaba en pleno posparto y continuaba en Sevilla. De hecho, los Reyes Católicos permanecieron en dicha ciudad andaluza hasta septiembre de 1478.
El príncipe Juan en el cuadro La Virgen de los Reyes Católicos, conservado en el Museo Nacional del Prado.
Mientras tanto, a unos cuatrocientos kilómetros al norte, Salamanca estaba a punto de vivir uno de esos acontecimientos que debieron de quedar grabados en la memoria de quienes lo presenciaron. Era 29 de julio, día de Santa Marta, y el Sol estaba en su posición más alta, la del mediodía. De repente comenzó a desaparecer. Primero el fenómeno resultaría algo raro, después un motivo de inquietud y, finalmente, un episodio que para una persona del siglo XV debía de resultar sencillamente sobrecogedor: el Sol quedó completamente oculto y en pleno día aparecieron las estrellas.
El eclipse total de Salamanca del 29 de julio de 1478. Imagen generada con IA.
No tenemos que imaginarnos las reacciones. El cronista Andrés Bernáldez, que registró el acontecimiento, cuenta que el eclipse fue considerado “el más espantoso” que habían visto quienes entonces vivían: el Sol se volvió negro, aparecieron las estrellas y la oscuridad provocó miedo entre la población, hasta el punto de que muchas personas corrieron a refugiarse en las iglesias.
En Salamanca, además, no fue un eclipse cualquiera. La ciudad quedó dentro de la franja de totalidad y la oscuridad se prolongó durante varios minutos. Las investigaciones astronómicas modernas confirman que el eclipse del 29 de julio de 1478 fue total y que su magnitud alcanzó 1,0676, es decir, que el disco de la Luna cubrió por completo el del Sol.
Ilustración de un eclipse de sol. Tratado de Astrología de Enrique de Villena. 1438. BNE, Ms. Res/2, f. 31r. Imagen restaurada con IA.
Por otro lado, Salamanca era precisamente uno de los lugares de la península ibérica donde había personas capaces de comprender y, hasta cierto punto, predecir aquel fenómeno. En la ciudad del Tormes vivía por entonces Abraham Zacut, nacido en Salamanca hacia 1452, matemático, astrónomo y astrólogo de religión judía. Por aquellas fechas estaba trabajando precisamente en su obra Compilación Magna, cuyas tablas astronómicas estaban adaptadas al meridiano de Salamanca. La obra quedó terminada entre 1478 y 1479.
Podemos imaginar, por tanto, a Zacut siguiendo aquel extraño mediodía salmantino con mucha más curiosidad que miedo, mientras en las calles sus vecinos contemplaban aterrados cómo desaparecía el Sol. Y sabemos que el propio Zacut dejó posteriormente constancia del fenómeno, describiéndolo como un eclipse extraordinario en el que el cielo se oscureció como si fuera medianoche.
El astrónomo Abraham Zacut.
También estaba en plena actividad la cátedra de Astrología de la Universidad de Salamanca, una de las más importantes de la Europa del momento. Por sus aulas habían pasado astrónomos tales como Nicolás Polonio y Juan de Selaya, y en esos años la Astronomía salmantina mezclaba todavía, como era normal entonces, el estudio matemático de los cielos con la superstición astrológica.
En las décadas de 1470-1480 Salamanca tenía un ambiente astronómico particularmente importante. El Cielo de Salamanca, realizado en torno a esos años, es precisamente una manifestación extraordinaria de ese interés científico por la astronomía.
Para la reina Isabel, aquel eclipse ocurrió mientras su reinado estaba todavía en construcción. Para los salmantinos, en cambio, aquel mediodía debió de parecer como si el mismísimo orden del mundo se hubiera detenido durante unos minutos.
Los reyes Católicos. Imagen generada con IA.
Colón llegó a Salamanca en 1486 siguiendo a la corte de los Reyes Católicos y encontró allí un ambiente universitario especialmente prestigioso en Astronomía, Astrología, Matemáticas y Cosmografía. Por ello, Salamanca se convirtió en uno de los lugares donde sus cálculos y su proyecto de navegación hacia Occidente podían ser examinados por especialistas.
Y he aquí una inquietante coincidencia en la que supongo que ya habréis reparado: la reina Isabel estaba en Sevilla con su hijo, el príncipe Juan, con apenas un mes de vida, mientras sobre Salamanca el cielo parecía anunciar, de una manera tenebrosa y siniestra, la gran desgracia que se cernía sobre la familia real. Porque la muerte del heredero de Castilla y de León acaeció cuando este tenía diecinueve años de edad, el 4 de octubre de 1497, y precisamente en la ciudad leonesa de Salamanca, donde apenas un mes después de su nacimiento el día se tornó en noche cuando el Sol alcanzó su cenit.
Estatua yacente del príncipe Juan, obra del escultor Agustín Casillas, erigida en Salamanca en homenaje al malogrado heredero de los Reyes Católicos.