Apenas queda nada del monasterio medieval salmantino de Santa María de la Vega, erigido junto al río Tormes entre mediados del siglo XII y comienzos del XIII, aunque lo que se conserva es realmente evocador, ya que estamos hablando de un tramo de cinco arcos románicos con sus correspondientes capiteles en los que se esculpieron cabras, grifos, arpías, músicos, bailarinas, un cazador con su lebrel, gallos y aves zancudas de pico curvo y largo.
Ruinas del monasterio románico de Santa María de la Vega (Salamanca). Fotografía de J. Laurent. 1891. Fototeca del Patrimonio Histórico.
Arquería románica del monasterio de Santa María de la Vega. Según el profesor de la Universidad de Oviedo Antonio Á. Ledesma se trataría de la fachada de la sala capitular de dicho cenobio medieval.
El monasterio medieval de Santa María de la Vega ocupaba los mismos terrenos que actualmente ocupa la Fundación Vicente Rodriguez Fabrés, situada en la ribera del Tormes junto al puente Felipe VI.
La arquería románica se conserva actualmente en la sacristía de la iglesia renacentista, que también sufrió sucesivas destrucciones y remodelaciones a lo largo del tiempo.
Panteón Real anexo a la Colegiata de San Isidoro de León. Los restos de san Isidoro fueron trasladados a la capital leonesa en el año 1063, ya que no se podía permitir que las reliquias del ilustre y sabio arzobispo sevillano siguieran por más tiempo en territorio bajo control musulmán.
Uno de los miembros más importantes de los canónigos agustinianos fue Martino de León, que vivió entre 1120/1130 y 1203. Este religioso inició en 1154 un peregrinaje que le llevaría en su primera etapa a Oviedo, Santiago de Compostela, Roma y Jerusalén, ciudad esta última donde pasó dos años sirviendo en el Hospital de San Juan, dado que tanto su orden como la de los sanjuanistas tenían como misión la asistencia a los peregrinos. De regreso a Europa pasó por Antioquía, Constantinopla e Italia hasta llegar a Francia, donde estudió Teología en las escuelas catedralicias de París. La última etapa de su viaje le llevó a Irlanda e Inglaterra, donde visitó la tumba de santo Tomás de Canterbury sin saber que unos años después iba a encontrarse en León con una nieta del rey Enrique II de Inglaterra, aquel monarca que había hecho penitencia frente a la sepultura del Cantuariense para luego nombrarlo santo protector de su dinastía, la de los Plantagenet.
Santo Martino de León representado en uno de sus códices (siglo XII).
Martino regresó al monasterio de San Isidoro de León entre 1181 y 1185, donde se hizo cargo del scriptorium, en el que comenzó a dictar sus obras, que eran transcritas e iluminadas con bellas miniaturas por siete clérigos amanuenses. A finales de 1197 llegó al palacio real, anexo al monasterio agustiniano, Berenguela, la hija primogénita de los reyes de Castilla; la joven infanta, recién casada con diecisiete años con su tío segundo, el rey Alfonso IX, fue la introductora del culto a santo Tomás de Canterbury en el reino de León, del mismo modo que su madre, la reina Leonor Plantagenet, había hecho lo propio antes en Castilla por mandato de su padre el rey Enrique II de Inglaterra. Martino y Berenguela tenían así, desde el primer momento, un nexo de unión, el arzobispo Tomás de Canterbury, él por haber peregrinado hasta la tumba del mártir y ella por ser miembro por vía materna de la dinastía Plantagenet, difusora del culto al santo normando. El caso es que el anciano canónigo se convirtió en hombre de absoluta confianza de la reina Berenguela, que además sufragó los trabajos de su scriptorium. Es de suponer, además, que Berenguela se mostraría muy satisfecha de saber que en Salamanca, ciudad de su tenencia, donde mandaría construir un templo bajo la advocación del Cantuariense, existía otro monasterio regido por la misma orden a la que pertenecía su buen amigo y consejero el venerable Martino.
Los reyes de León Alfonso IX y Berenguela representados en el Tumbo de Toxos Outos.
Si no fue unos años antes, es posible que fuera en la época en la que Berenguela fue reina consorte de León y tenente de Salamanca, entre 1198 y 1204, cuando se esculpió la fachada de la sala capitular del monasterio de Santa María de la Vega. Tampoco resulta descabellado pensar que fuera en esa misma época y por mecenazgo de la reina Berenguela cuando llegó al monasterio agustiniano la imagen de la Virgen de la Vega, patrona de Salamanca desde el siglo XVI y que, tras la destrucción del cenobio por sucesivas riadas e incendios, terminó, tras pasar por la iglesia de los Dominicos, en el retablo de la Catedral Vieja.
Virgen de la Vega, cuyo emplazamiento original fue la iglesia románica del monasterio de Santa María de la Vega. Los padres de la reina Berenguela, Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet, patrocinaron la actividad de un centro de orfebrería esmaltada en Silos (Burgos). Parece que esta fue otra de las aportaciones culturales de la reina consorte, ya que en su tierra natal existían en las ciudades de Conques y Limoges unos famosos talleres que elaboraban piezas de metal esmaltado.
Una vez contado lo anterior y por no aburriros con más detalles, es momento de mostraros los capiteles de la arquería románica, ya que una reciente visita guiada a la Fundación Vicente Rodríguez Fabrés, organizada por el Centro de Estudios Salmantinos, del que tengo el inmerecido honor de ser miembro correspondiente, me ofreció la ocasión de fotografiarla. No obstante, debéis saber que se puede ver en vivo y en directo todos los miércoles de mes de 18:00 a 19:00 horas.
De izquierda a derecha, el primer capitel muestra seis parejas de cabras rampantes afrontadas.
Sin pretender decir nada, simplemente a modo ilustrativo, quiero contaros que estas cabras me recordaron a las que aparecen pintadas en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León en la escena de la Anunciación a los pastores.
En el segundo capitel podemos ver tres parejas de grifos afrontados y dos arpías tocadas con capuchas.
Arpías encapuchadas en Salamanca también las podemos encontrar en la decoración de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara y en un capitel de la portada norte de la iglesia de San Martín.
En el tercer capitel se tallaron en el frente bailarinas, unas con las manos en la cintura y otras portando carracas, y en los laterales músicos tocando el rabel.
El capitel central, el cuarto, muestra escenas cinegéticas, con un cazador soplando un cuerno y cayado al hombro seguido por un perro, dos perros con los rabos unidos y un perro persiguiendo a un jabalí, ambos descabezados.
En el quinto capitel se ven seis parejas de aves zancudas de pico largo y curvo picoteando volutas. Si tuviera que identificar estas aves, diría sin dudar que se trata de moritos comunes, que no son habituales en el Tormes, aunque a veces se puede ver en sus orillas algún ejemplar que se ha perdido o que ha sido arrastrado por el viento durante la migración. Bien podrían ser simplemente garzas, muy abundantes en nuestro río, pero estas no tienen el pico curvo, sino recto.
También se conservan dos epitafios en sendos sillares engastados tras la arquería románica principal con la leyenda en un sillar: MARIA GARCIA/ET FILIUS EM/MICAEL JOH[a]N[ni]S/OBIERUNT QUO/RUM CORPORA HI/REQUISCUNT ERA/M CC XL II XVIII/LAE[n]DAS MAII (año 1242)”. Y sobre el otro sillar: + HIC REQUIESCIT FAMU/LA DEI DONNA YGNES/CONVERSA HUIUS ECCLE/SIE QUI OBIIT VII.
Y hasta aquí la entrada de esta semana, con la que os animo a acercaros el miércoles por la tarde hasta la Fundación Rodríguez Fabrés y pasear por la ribera del Tormes, que con la enorme crecida que tiene estos días os será fácil imaginaros a los Canónigos de San Agustín intentando salvar la vida subidos a la torre de su iglesia durante la gran riada del año 1236.
Miguel Ángel Martín Mas




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