El inexorable paso del tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a un monarca medieval esculpido en piedra en la segunda mitad del siglo XVIII. La verdad es que da pena ver en esa hornacina con ornamentación rococó al rey cruzado san Luis de Francia erosionándose a la intemperie y con sus atributos perdidos: la corona real, el cetro, la corona de espinas y los tres clavos de la crucifixión. La expresión “es más bonito que un san Luis” ha caído hoy en día en desuso, desde luego, y, en todo caso, para nada podría aplicarse al santo que decora la portada de la epístola de la ermita bajo su advocación en la localidad de Peñaranda de Bracamonte. Apenas se reconoce al santo a pesar de su aspecto juvenil, su característico corte de pelo y su manto, no estando este cubierto de flores de lis. Aunque, si uno se fija, por encima de él se puede ver todavía un blasón luciendo la flor del lirio y timbrado con una corona, lo que nos debe hacer sospechar que nos encontramos frente a un rey canonizado.
Estatua de san Luis rey de Francia, erosionada por los elementos y con sus atributos perdidos, en la ermita bajo su advocación en Peñaranda de Bracamonte.
Corona real y flor de lis en la fachada de la
ermita de san Luis de Peñaranda de Bracamonte.
San Luis IX de Francia, nacido el 25 de abril de 1214, era, por parte de su madre, Blanca de Castilla, bisnieto de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania. Siguiendo con la línea materna, sus abuelos eran Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet, así que, por lo tanto, era primo carnal de Fernando III de Castilla y de León y sobrino de Berenguela la Grande, monarca que fue tenente de Salamanca durante los años que pasó como consorte en el reino de León. Su padre fue Luis VIII de Francia, apodado “el León”, miembro de la dinastía de los Capetos.
Miniatura que representa a la reina Blanca de Castilla y a su hijo el rey Luis IX de Francia en la Biblia historiada de Toledo, también conocida como Biblia de san Luis. Esta obra fue elaborada en París hacia 1226-1234 para el joven rey Luis IX de Francia, primo de Fernando III de Castilla y de León, quien, según la tradición, la terminó recibiendo como regalo de su pariente.
Contemporáneos de esta excelsa familia fueron los santos Francisco y Clara, ambos de Asís. Sabemos que una tía de san Luis, la reina Berenguela, se carteó con santa Clara para pedirle una regla que rigiera a las comunidades damianitas, futuras clarisas, que había puesto bajo su protección en los reinos de Castilla y de León. Por otro lado, la hermana de Luis, la beata Isabel de Francia, fundó en 1255 la abadía de Longchamp, el primer monasterio de clarisas de Francia, lugar que convirtió en su hogar por su firme determinación de conservar su virginidad, aunque nunca profesó como monja. El monarca francés, por su parte, ingresó en la Tercera Orden de San Francisco tras su matrimonio en 1234 con Margarita de Provenza, con la que tuvo once hijos.
Árbol seráfico de los santos franciscanos. Viendo
cómo destaca la vestimenta azul y blanca del rey entre tanto hábito pardo, no
es de extrañar que se acuñara la expresión “es más bonito que un san Luis”.
Coronación de Luis VIII y Blanca de Castilla, los padres de san Luis,
miniatura contenida en las Grandes crónicas de Francia.
Luis fue educado escrupulosa y rígidamente en la doctrina cristiana por su madre y por el beato Pacífico, uno de los primeros frailes franciscanos. Vivió toda su vida el Evangelio al estilo de san Francisco en el seno de la Tercera Orden, creada para los laicos y laicas que buscaban imitar al santo de Asís. Siempre buscó que en su reino imperasen la paz y la armonía. Administraba justicia personalmente a diario, atendiendo las quejas de los oprimidos y desamparados. Además, Luis costeaba los gastos de la comida diaria de doscientos pobres; los sábados, el monarca iba a visitarlos e incluso les lavaba a algunos de ellos los pies. Así las cosas, no es de extrañar que fuera canonizado en 1297, veintisiete años después de su muerte, por el papa Bonifacio VIII, y que terminara convirtiéndose en el patrón de la orden seglar en la que profesó. Su relevancia como rey y santo franciscano explica por qué en el año 1643 el licenciado Francisco Jerónimo de Rivera, párroco de Peñaranda de Bracamonte, y los miembros de la Venerable Tercera Orden de San Francisco residentes en dicha ciudad salmantina promovieron la construcción de una ermita dedicada al santo monarca francés, que además, les serviría como sede. Dicho encargo se contrató con dos carpinteros y maestros de obras de Peñaranda: Antonio Martín de Mercado, hermano él mismo de la Tercera Orden, y Francisco Ruiz. Tras distintas intervenciones y avatares, la ermita quedó terminada en 1658, el mismo año en el que Gaspar de Bracamonte y Guzmán, III conde de Peñaranda, asumió el cargo de virrey de Nápoles. El templo, de sencilla arquitectura barroca, se levantó extramuros y se convirtió en un importante centro de devoción popular. Dada la situación de ruina en la que se encontraba la parroquia de San Miguel, tuvo que ser de la ermita de San Luis desde donde partiera el 20 de octubre de 1669 la comitiva que acudiría a la consagración de la iglesia del Monasterio de La Encarnación de las Carmelitas Descalzas, cenobio fundado por el susodicho III conde y su esposa y sobrina María de Bracamonte y Portocarrero, que era la titular del condado, ya que era hija de Baltasar de Bracamonte y Guzmán, el II conde.
Retrato de Gaspar de Bracamonte y Guzmán, III conde de Peñaranda, realizado por Cornelis Meyssens (Amberes, hacia 1640 – después de 1673) . Grabado calcográfico realizado en Viena en 1658. Representa al diplomático español con los títulos de caballero de la Orden de Alcántara y comendador de La Hiniesta, y recuerda su condición de embajador extraordinario y plenipotenciario en el Congreso Electoral de Fráncfort.
Ermita de san Luis en Peñaranda de Bracamonte.
Sello del rey Luis IX de Francia, primo carnal de Fernando III de Castilla y de León y tío carnal de Alfonso X el Sabio.
Este humilde templo peñarandino poco tiene que ver con la magnificencia de la Sainte-Chapelle que Luis IX mandó construir en París a modo de relicario gigante en el que depositar la corona de espinas, parte de la cruz, el hierro de la lanza de Longinos, la esponja y otras reliquias del martirio de Jesucristo, que habían sido adquiridas por él mismo a Balduino II, último emperador latino de Constantinopla, pero deja en Peñaranda de Bracamonte el recuerdo de uno de los más grandes reyes de la cristiandad medieval.
San Luis representando con la corona de
espinas que le compró al emperador Balduino II de Constantinopla.
El impresionante templo gótico de la Sainte-Chapelle de París, que fue construido por iniciativa del propio Luis IX.
San Luis IX fue también un rey cruzado, intentando imitar así a su tío abuelo Ricardo Corazón de León, aunque no con demasiado éxito, la verdad. En 1244 intentó conquistar Jerusalén, pero terminó siendo hecho prisionero por el sultán de Egipto, al que hubo que pagar una enorme suma por su liberación. En 1267, con más de cincuenta años, marchó con su ejército hacia Túnez, donde el sultán parecía dispuesto a convertirse a la fe cristiana. Sin embargo, todo resultó ser un engaño, y los cruzados tuvieron que hacer frente a los ataques musulmanes, aunque los peores enemigos fueron el calor extremo y la peste, que acabó con la vida del monarca franco el 25 de agosto de 1270.
Flores de lis y castillos en la
Sainte-Chapelle de París, un recordatorio de que san Luis era hijo de Luis VIII
de Francia y de la princesa Blanca de Castilla, hija de Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet y hermana de Berenguela la Grande.
La madre del rey Luis IX de Francia representada rezando en el Salterio de Blanca de Castilla.
Y con todo lo anterior solamente pretendo recordar que Peñaranda de Bracamonte conserva en uno de sus templos la memoria de uno de los reyes más célebres de Francia, san Luis IX, monarca del siglo XIII y gran referente de la cristiandad de su época. Quizá haya llegado el momento de volver la mirada hacia ese legado, redescubrir su historia y valorar como merece este vínculo singular entre esta localidad salmantina y uno de los grandes nombres de la Europa medieval.
Miguel Ángel Martín Mas


















































