miércoles, 30 de septiembre de 2026

La heráldica del conde Gaspar de Bracamonte y Guzmán

La heráldica fue sencilla y bastante explícita en sus inicios, tal y como había nacido en el mundo de la cultura trovadoresca cortesana del ducado de Aquitania. Con esas mismas premisas llegó al reino de Castilla en 1170 gracias al matrimonio entre Alfonso VIII y Leonor Plantagenet. Después se extendió al de León de la mano de una hija de dicha pareja, Berenguela la Grande, aunque en este reino, mucho más antiguo que el castellano, el león ya identificaba al monarca leonés antes de su llegada como reina consorte. 


Imagen generada con IA, pero basada en uno de los frescos de la Capilla Templaria de Cressac (Francia). El único cambio que se ha realizado es incluir la heráldica de los Bracquemont, el mazo y el chevrón, en el escudo. 


Tan popular se hizo en los siglos XII y XIII este juego palaciego y nobiliario, consistente en identificar una señal heráldica con un personaje, que el caso del félido púrpura en campo blanco equivalente a rey de León no es el único que conocemos; por ejemplo, si eras el monarca castellano, un castillo de oro en campo rojo era un significante simple, pero pleno de significado; el jefe de la casa de los Lara se identificaba con dos calderas negras en campo blanco, que “hablaban” de que el magnate castellano era tan pudiente que podía alimentar una numerosa mesnada; el emblema de la casa de los López de Haro lucía dos lobos negros en campo blanco, por eso del parecido fonético y gráfico entre su apellido y la palabra latina lupus; y el linaje de los Castro, no sabemos por qué razón, eligió seis roeles azules en campo blanco para su inmediata e indudable identificación.


Señal del rey de León y señal del rey de Castilla.


De izquierda a derecha: armas heráldicas de los Lara, los López de Haro y los Castro.

La bordura y el cuartelado fueron dos novedades heráldicas nacidas en los reinos de Castilla y de León cuando Fernando III, rey castellano desde 1217, fue coronado como monarca leonés en 1230. La bordura es una especie de precedente de nuestros dos apellidos, ya que por medio de ella se representaba el linaje de la madre, mientras que en el centro se mostraba el del padre. El cuartelado se creó precisamente para indicar que Fernando III era rey de dos reinos. De este modo fue como la héráldica comenzó a hacer particiones en los escudos, pero todo de manera muy sencilla, nada que ver con lo que habría de venir después. 


Por otro lado, con el paso del tiempo, de contar con unos pocos nobles que manejaban el cotarro en los reinos de Castilla y de León, se pasó a que estos se multiplicaran como bacterias. Esto se debió, principalmente, al ascenso al trono en 1369 de Enrique II de Trastámara, un monarca fratricida que se vio abocado a repartir títulos por doquier, las conocidas como mercedes enriqueñas, para agradecer los favores que se le habían prestado para poder derrocar al legítimo rey Pedro I. Así nació una nueva y nutrida generación de nobles y, con ellos, una nueva heráldica, que serviría de instrumento para que estos selectos linajes compitieran entre sí para dirimir cuál era el más antiguo, el que contaba con más antepasados que habían protagonizado hechos heroicos o el que acumulaba más matrimonios de mejor entronque. En este nuevo juego del blasón estaban permitidas todas las trampas, puesto que el objetivo era la invención del mejor pasado posible para toda una plétora de nuevos ricos, a cada cual más pretencioso.


Armas de Enrique de Trastámara antes de ser coronado rey de Castilla y de León en 1369. El futuro rey Enrique II era hijo ilegítimo de Alfonso XI y de su amante Leonor de Guzmán, así que fue apadrinado por el noble Rodrigo Álvarez de las Asturias, señor de Noreña, Siero, Nava, Ribadesella, Colunga y Tineo.  Los veros de este escudo proceden de las armas de este magnate asturiano, todo un homenaje a la persona que fue tutor y protector del futuro rey cuando era un niño.

El señorío de Peñaranda nació precisamente como un pago del rey Enrique II a dos de sus más fieles aliados: Pedro González Contreras, su montero mayor, y Nuño Núñez de Villasán, alguacil mayor del infante Fernando de Antequera, hermano del monarca. Tiempo después, otro importante compinche de los Trastámara, Álvaro Dávila, compró a Pedro y a Nuño su parte correspondiente, convirtiéndose de este modo en el primer señor de Peñaranda en 1418. Álvaro Dávila hizo así un buen negocio, pero sin olvidarse de concertar también un buen matrimonio, ya que se casó con Juana de Bracquemont, hija de un noble normando, Robín de Bracquemont, que, junto a otros caballeros de origen francés, había venido a los reinos de Castilla y de León para ayudar a su rey en la lucha contra portugueses e ingleses. Los hijos de este matrimonio decidieron poner por delante el apellido normando de su madre, que consideraron que tenía más abolengo que el vulgar “de Ávila” de su padre, así que es por ello que hoy hablamos de la localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte. El señorío ascendió un grado cuando el rey Felipe III concedió en 1602 el título de conde de Peñaranda a Alonso de Bracamonte y Guzmán. Así las cosas, e iniciándose el siglo XVII, la heráldica de la familia titular del condado tenía que estar a la altura y a la moda, ya que, además, Alonso estaba casado, nada más y nada menos, que con una Pacheco de Mendoza. En la clave blasonada de la cúpula de la iglesia del convento de las Carmelitas Descalzas de Peñaranda se pueden ver las armas heráldicas de uno de los hijos de este matrimonio, el III conde y virrey de Nápoles entre 1658 y 1664, Gaspar de Bracamonte y Guzmán, que fue precisamente el fundador de este cenobio en el año 1661.


Ilustración generada con IA tomando como modelo el cuadro Retrato de don Gaspar de Bracamonte y Guzmán, III conde de Peñaranda, del pintor Antonio Martínez. Su autoría se declara en el propio lienzo con «Antonius Martinus … faciebat Salmantica». La obra original pasó primero por el convento de Carmelitas Descalzas de Peñaranda de Bracamonte, fundado por el propio Gaspar. Allí permaneció hasta la desamortización del siglo XIX. Posteriormente fue trasladada a Canarias y terminó en la institución que actualmente corresponde a la Universidad de La Laguna.


Escudo actual de Bracquemont, una antigua localidad de Normandía, en el departamento de Seine-Maritime, muy cerca de Dieppe, en el Pays de Caux. Desde 2016 ya no es municipio independiente, ya que quedó integrada como commune déléguée en la nueva comuna de Petit-Caux.

El heraldista salmantino José Moreiro Píriz nos ha hecho el favor de reconstruir en una cuidada ilustración digital el emblema personal de Gaspar con sus esmaltes y metales y, además, lo ha definido empleando la jerga propia de lo que se conoce como ciencia del blasón:


Escudo partido. Primero: de sable un chevrón de plata superado por un mazo del mismo metal; bordura de azur con ocho áncoras de oro. Segundo: cuartelado en aspa, primero y cuarto de azur con dos calderas jaqueladas de oro y gules, gringoladas con siete cabezas de sierpe de sinople; segundo y tercero de plata sembrados de armiños de sable; bordura de plata con ocho armiños de sable.


Gerard ter Borch, Retrato de don Gaspar de Bracamonte y Guzmán, conde de Peñaranda, c. 1647–1648. Óleo sobre cobre, 10,5 × 9 cm. Museum Boijmans Van Beuningen, Róterdam.

La partición izquierda de este blasón es la correspondiente al apellido Bracamonte. El mazo y el chevrón, figura heráldica esta última que semeja una montaña, son, sin duda, los elementos más ancestrales de estas armas, puesto que ya fueron empleados por Robín de Bracquemont, el ya mencionado genearca de los Bracamonte hispanos; quizá esta pareja conforme un emblema parlante de la heráldica primigenia, ya que puede que más bien nos hable de un apodo que de un apellido, el Rompemontes, muy apropiado para un guerrero normando del tiempo en el que nació la heráldica en la costa atlántica francesa.


La bordura con las anclas se la ganó por sus propios méritos Robín de Bracquemont, ya que se le concedió el título de almirante, tanto en el reino de Castilla como en el de Francia, por su eficaz mando de la flota castellano-francesa que mantuvo a raya a la flota inglesa en el Canal de la Mancha en el contexto de la Guerra de los Cien Años.


Miniatura de las Chroniques de Jean Froissart en la que se representa una escena de la victoria de la flota castellana sobre la inglesa en la batalla naval de La Rochelle de 1372.

La partición segunda del escudo es propia del apellido Guzmán. Las calderas de este linaje castellano, más antiguo que el de los Bracamonte, venían de lejos, de una condición de ricohombre, y eran una muestra, como ya se ha dicho, de poder nobiliario y capacidad militar. La fama e influencia de esta casa nobiliaria se dispararon gracias a Alonso Pérez de Guzmán (1256-1309), más conocido por Guzmán el Bueno, uno de los héroes legendarios de la Reconquista tras su defensa de Tarifa en 1294, durante la cual prefirió sacrificar la vida de su propio hijo antes que rendir la plaza al enemigo musulmán. A partir de su figura se fundó la poderosísima casa de Medina Sidonia, que llegó a ser la dinastía noble con más tierras y riqueza de Andalucía.


Guzmán el Bueno. Óleo de Salvador Martínes Cubells, pintado en 1884 y conservado actualmente en el Museo del Prado. 

Las cabezas de serpiente que salen de las calderas son un perfecto ejemplo de cómo la heráldica de la Edad Moderna fue puro barroquismo y artificio, males que no padeció la heráldica primigenia medieval. En estos nuevos tiempos cronistas y heraldistas comenzaron a describir minuciosamente cada pequeño detalle de los escudos antiguos; al describir las tradicionales calderas de los Guzmán, notaron que los enganches de las asas terminaban en formas curvas que semejaban cabezas de culebra y así lo redactaron textualmente en los documentos oficiales. Los heraldistas posteriores, al leer dichas descripciones en lugar de ver los escudos medievales originales, se lo tomaron todo de forma literal. En lugar de dibujar un simple remache ornamentado, dibujaron serpientes saliendo del interior o de los bordes del caldero, multiplicando también el número de cabezas.


Gaspar de Bracamonte y Guzmán y su sobrina y esposa María de Bracamonte y Portocarrero. La heredera del condado era ella, ya que era hija del II conde, de nombre Baltasar, hermano de Gaspar. Además, había un tercer hermano, de nombre Melchor, que fue mariscal de campo de los tercios de Flandes. Ilustración generada con IA.

La presencia de las lágrimas de armiño (esas figuras negras que simulan la cola del pequeño mamífero) en los cuarteles y la bordura del escudo de los Guzmán responde a un encargo de una genealogía legendaria, algo que hicieron todos los linajes para dar mayor lustre a su pasado. En el caso de los Guzmán, se extendió la teoría y crónica oficial de que estos no procedían de simples hidalgos burgaleses, sino de un príncipe o caballero de la alta nobleza de Bretaña llamado Gutiman y además emparentado, como no, con los duques de Bretaña, que desde siempre habían utilizado la figura heráldica de los armiños.


Señal heráldica de los duques de Bretaña.

Así que, ya veis, lo de las ínfulas de nuevo rico y lo de intentar pasar por lo que no se es no es un fenómeno nuevo de nuestra sociedad de la apariencia, es algo más viejo que la orilla del río. Ahora entenderéis por qué en edificaciones de ciudades y pueblos abundan los abigarrados blasones cargados de particiones y figuras heráldicas, que básicamente servían para dar la idea de que aquí sí que se ataban los perros con longaniza y, sobre todo, para que quedara bien clara la condición de cristiano viejo.


La ratificación de la Paz de Münster, obra pintada por Gerard ter Borch el Joven en 1648, inmediatamente después de las negociaciones. El cuadro representa la ceremonia del 15 de mayo de 1648, en el ayuntamiento de Münster, cuando españoles y neerlandeses juraron y ratificaron el tratado que puso fin a la guerra entre ambas potencias. Gaspar de Bracamonte y Guzmán fue uno de los diplomáticos españoles presentes en este momento histórico.


Retrato grabado de Gaspar de Bracamonte y Guzmán (1595–1676), III conde de Peñaranda, pieza conservada en el Rijksmuseum de Amsterdam.



Miguel Ángel Martín Mas


Otras entradas dedicadas a los Bracamonte: 

Monsieur Robin de Bracquemont


Las aventuras de Robin de Bracquemont


El tercio de Bracamonte


El extraño emblema de los Bracamonte en la iglesia de San Martín de Salamanca

jueves, 24 de septiembre de 2026

Alba de Tormes villa de realengo leonés

Alba de Tormes, población salmantina que asociamos automáticamente con un duque, no fue siempre un feudo nobiliario, ya que durante buena parte de la Edad Media estuvo constituida como una villa de realengo leonés administrada por un representante del monarca, que podía ser un tenente (mandante sub manu regis) o un miembro de la familia real que ejercía un señorío o infantazgo.

La historia de los tenentes de Alba de Tormes comienza cuando el emperador leonés Alfonso VII le concedió al concejo de la villa y su alfoz el 4 de julio de 1140 un fuero, un código civil y penal de la época que dejó todo ese territorio bajo la autoridad regia. No aparece en dicho corpus legislativo local el nombre de ningún tenente, pero sí tenemos noticia de que, el 4 de agosto de 1144, el emperador otorgó al obispo de Salamanca el diezmo de las rentas reales de Alba. Entre los confirmantes de dicha prebenda aparece el conde Ponce Giraldo de Cabrera, lo que no demuestra que este noble catalán fuera el tenente de Alba, pero sí la estrechísima relación del mismo con la zona y la administración regia, que sí sabemos que ejercía en la ciudad de Salamanca.


Señal heráldica del conde catalán Ponce Giraldo de Cabrera, tenente de Salamanca y probablemente también de Alba de Tormes. Junto a la reina consorte, Berenguela de Barcelona, fueron varios los nobles catalanes que llegaron al reino de León en 1128.

En el año 1157, tras la muerte del Alfonso VII, sus dominios fueron repartidos entre sus dos hijos, que reinarían como Fernando II de León y Galicia y Sancho III de Castilla y Toledo. De este modo, Alba de Tormes permaneció en territorio leonés, pero muy cercana a la recién inaugurada frontera con el reino de Castilla, convirtiéndose así la villa y su tierra en una zona de gran importancia estratégica, lo que iba a exigir que todos sus tenentes fueran magnates de primera fila. De hecho, durante el reinado de Fernando II, de 1157 a 1188, tenemos documentados como tenentes o mandantes de la villa a dos personajes muy destacados de la nobleza: Fernando Rodríguez de Castro y Gonzalo Núñez de Lara. El primero lo fue hacia 1168 y el segundo hacia 1186 y, curiosamente, no eran ricoshombres leoneses, sino castellanos, además, pertenecientes a dos linajes, los Castro y los Lara, que estuvieron enfrentados durante décadas para dirimir cuál era el que más poder ostentaba en Castilla. Este enfrentamiento y el juego político propio de la turbulenta época vivida entre los siglos XII y XIII es lo que hacía que, según resultaran ganadores o perdedores en un momento dado, miembros de estas dos casas nobiliarias abandonaran Castilla para ponerse al servicio del rey de León.


De derecha a izquierda: el conde Ponce Giraldo de Cabrera, el emperador Alfonso VII, el abad Guillermo del monasterio de San Martín de Valdeiglesias y Fernando y Sancho, los dos herederos del emperador. Imagen contenida en un diploma legal fechado en 1150, conocido como Privilegium Imperatoris, que, como otros documentos y joyas artísticas procedentes de esta tierra, terminaron en poder de la Hispanic Society de Nueva York.

Sabemos también con certeza que hacia 1189 el tenente de Alba era Pedro Fernández de Castro, hijo del mencionado Fernando Rodríguez de Castro y de Estefanía Alfonso la Desdichada, sobrenombre que recibió por ser asesinada por su marido, que creyó que le era infiel sin serlo realmente. Para que veáis cómo eran las cosas en aquellos tiempos, Pedro Fernández de Castro, miembro de un linaje castellano, abandonó el servicio al rey de Castilla para pasar a servir a Alfonso IX de León, pero no sólo eso, ya que en 1195 se exilió de los reinos cristianos y se puso a disposición del califa almohade, al que proporcionó un valioso asesoramiento militar que facilitaría la victoria de los musulmanes sobre los castellanos en la batalla de Alarcos, librada el 19 de julio de 1195.


Dos linajes castellanos enemigos irreconciliables: a la izquierda los seis roeles azur de los Castro y a la derecha las dos calderas de sable de los Lara. 

En el verano de 1197, la población leonesa fronteriza de Alba de Tormes sufrió un ataque devastador por parte de tropas aliadas castellano-aragonesas, episodio enmarcado en un guerra que finalizó gracias al acuerdo de matrimonio entre el rey de León Alfonso IX y la hija del rey castellano Alfonso VIII, que pasaría a la historia como la reina Berenguela la Grande. Tenemos certeza de que Berenguela fue tenente de la ciudad Salamanca entre 1197 y 1204, pero no hay prueba documental de que también lo fuera de Alba de Tormes. De lo que sí tenemos constancia es de que por esa época el castillo de la vecina población de Carpio Bernardo quedó en manos castellanas, siendo su alcaide un tal Vlasco Muñoz el Sobervioso, un tipo con el sobrenombre perfecto para un castellano metido a controlar lo que era leonés.


Señal heráldica de la reina Berenguela la Grande después de que su hijo Fernando III, rey de Castilla desde 1217, fuera proclamado rey de León en 1230. Infografía del heraldista salmantino José Moreiro Píriz.

La documentación de las primeras décadas del siglo XIII demuestra la importancia creciente de la villa realenga de Alba de Tormes, sobre todo tras la repoblación ordenada por el rey Alfonso de León en 1224.  Este hecho explica que hacia 1240 el tenente de Alba, y también de las ciudades de Salamanca y León, ya no sea simplemente un noble de alto rango, sino el heredero de las coronas de Castilla y de León, el infante Alfonso, que antes de reinar como el décimo monarca de su nombre fue el representante del poder regio de su padre, Fernando III, en el reino leonés. Esto no significa que el infante gobernara directamente las ciudades bajo su tenencia, siendo verdad que ejercía el dominio y recibía sustanciosas rentas, pero dejaba al cargo de ellas a un agente subordinado, es decir, a un subtenente.

Bien avanzado su reinado, Alfonso X confirmó en el año 1279 el fuero de Alba y hacia 1282 entregó a su hijo el infante Pedro de Castilla las tenencias de Alba de Tormes, Ledesma, Salvatierra de Tormes, Miranda del Castañar, Granadilla, Montemayor del Río y Galisteo. Además, el infante Pedro poseyó importantes dominios en lo que hoy es territorio portugués: Sabugal, Castelo Rodrigo, Alfaiates y buena parte de la ribera del Coa, de tal modo que la totalidad de su señorío constituía un gran espacio territorial entre el río Tormes y la frontera con el reino de Portugal. Pedro murió prematuramente en Ledesma en octubre de 1283, cuando todavía no había cumplido los veinticinco años.


Señal heráldica del infante Pedro de Castilla con los castillos de oro del reino de Castilla y las águilas de sable de su abuela Beatriz de Suabia. El heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués afirma que el infante Pedro heredó esta armas de su tío Felipe de Castilla, fallecido sin descendencia. 

En el año 1284 fue proclamado rey de Castilla y de León Sancho IV, el segundogénito de Alfonso X, ya que su primogénito, el infante Fernando de la Cerda, había muerto en 1275. El hijo del fallecido, el infante Alfonso de la Cerda, —contando con la inestimable ayuda de su madre, Violante de Aragón— hizo todo lo habido y por haber para hacerse con un trono y una corona y, tanta guerra dio a su tío Sancho IV y a su heredero, su primo Fernando IV, que este, en 1304, le tuvo que conceder, a cambio de que renunciara a sus pretendidos derechos a la corona, los señoríos de Alba de Tormes, Béjar, Valdecorneja, Gibraleón, el Real de Manzanares y otras villas, tierras, rentas y derechos con los que podría vivir holgadamente, eso sí, en el reino de Francia, que aquí no le quería ver ni en pintura. De hecho, Fernando IV incluso se comprometió a completar los ingresos de su incómodo pariente hasta alcanzar los 400.000 maravedíes anuales, si las posesiones concedidas no producían lo suficiente. El cansino pretendiente aguantó unos años conforme con el trato, pero, pasado el tiempo, volvió a reclamar los que consideraba que eran sus reinos. Así las cosas, el rey Fernando IV resolvió arrebatarle  a su primo lo que le había otorgado ocho años atrás. La villa de Alba de Tormes se mantuvo fiel al infante Alfonso de la Cerda y no abrió sus puertas cuando se le requirió, así que al rey no le quedó otra que presentarse allí en persona al frente de su ejército y cercarla en el mes de mayo de 1312. Sabemos que el monarca en persona estuvo frente a las murallas albenses en aquella ocasión por dos cartas fechadas el 10 de mayo de 1312 que él mismo envió desde el “Sitio de Alba de Tormes” y que están contenidas en un volumen que lleva por título Colección de documentos para la historia del reino de Murcia V. Documentos de Fernando IV; una de las misivas iba dirigida a don Juan Manuel, adelantado del reino de Murcia, y la otra al obispo de Cartagena. Lo que no sabemos es si la villa capituló o fue tomada al asalto, ya que no parece que haya ninguna crónica que nos cuente el episodio bélico.


El rey Sancho IV de Castilla y de León, cuya reina consorte fue María de Molina, una pareja que vio amenazada su legitimidad para reinar debido a la relación de consanguinidad que había entre ellos. Esta debilidad fue aprovechada por la reina viuda Violante de Aragón, madre de Sancho, y sus nietos los infantes de la Cerda para intentar arrebatarles el trono. 

Y así fue como el infante Alfonso de la Cerda se ganó su sobrenombre de el Desheredado, quedándose sin plumas y cacareando exiliado en Francia. Y es que en esta partida por los reinos de Castilla y de León jugada entre finales del siglo XIII y comienzos del siglo XIV el pobre infante cayó derrotado frente a su tío Sancho IV y su primo Fernando IV. Aunque, sobre todo, fue derrotado por la pieza más poderosa del tablero, la reina María de Molina, la esposa del rey Sancho y la madre del rey Fernando y, a mayores, la abuela de Alfonso XI, a cuya coronación asistió el infante Alfonso de la Cerda, tragándose así el último gran sapo de su vida. 


Señal heráldica del infante Alfonso de la Cerda una vez que renunció a sus derechos sobre las coronas de Castilla y de León, ya que hasta entonces empleó el cuartelado de leones y castillos propio del monarca. La partición del escudo con un campo azur cargado de flores de lis de oro es por su madre, la princesa Blanca de Francia, hija de Luis IX de Francia y de Margarita de Provenza. 


Señal heráldica personal del rey de Castilla y de León, lo que a finales del siglo XIII significaba ser también monarca de Córdoba, Jaén, Sevilla y Murcia. Infografía del heraldista salmantino José Moreiro Píriz.


El rey Fernando IV de Castilla y de León dictando cartas desde el cerco de Alba de Tormes. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS. 


Señal heráldica de la reina consorte, madre y abuela María de Molina, la archienemiga del clan de los infantes de la Cerda, nietos de Alfonso X y Violante de Aragón. Infografía del heraldista salmantino José Moreiro Píriz.

Antes de convertirse en señorío de los Álvarez de Toledo en 1429, Alba de Tormes entraría en una dinámica señorial diferente a la que hemos tratado hasta aquí, comenzando una nueva etapa con el advenimiento de la dinastía Trastámara en los reinos de Castilla y de León en 1369. Es esta otra historia, la de como Alba de Tormes y otros muchos realengos se convirtieron en moneda de pago, que contaré próximamente.


Señal heráldica de Fernando de la Cerda, hermano de Alfonso de la Cerda. 



Sepulcro del infante Alfonso de la Cerda (1270-1333), señor de Alba de Tormes, que fue hijo del infante Fernando de la Cerda y nieto del rey Alfonso X de Castilla y de León, en el monasterio de Las Huelgas de Burgos.



Miguel Ángel Martín Mas

viernes, 18 de septiembre de 2026

Sancho, medio lobo, medio león y tenente de Salamanca

Cuando Fernando II de León y de Galicia murió en enero de 1188 dejó tras de sí uno de esos marrones sucesorios tan habituales en la Edad Media. El caso es que dicho monarca tuvo dos hijos varones que podían aspirar al trono leonés, ya que eran de diferente madre: Alfonso, nacido de su primera esposa, Urraca de Portugal, y Sancho, nacido de una relación adúltera mantenida con la noble Urraca López de Haro, con quien el rey acabaría uniéndose en terceras nupcias en 1187, habiendo sido su segunda esposa la noble gallega Teresa Fernández de Traba.

Alfonso era el primogénito, así que, en principio, contaba con la legitimidad dinástica, aunque hay que tener en cuenta que el matrimonio de sus padres había sido anulado por el papa en 1175, dado el grado de consanguinidad existente entre ellos, el propio de unos primos segundos. Esta anulación, por tanto, convertía a Alfonso en hijo ilegítimo, lo que supuestamente le hacía perder sus derechos como heredero. Sancho contaba con el respaldo de su madre, miembro de la poderosa familia de los López de Haro, un linaje de origen navarro-riojano que se convirtió en uno de los grandes de la aristocracia castellana. La audaz Urraca pidió ayuda a su hermano Diego López II de Haro, el señor de Vizcaya, pero nada pudo evitar que el que se llevara el félido al agua fuera Alfonso, por entonces un muchacho de diecisiete años al que hoy en día conocemos como Alfonso IX de León y de Galicia.


Fernando II de León y su primera esposa, Urraca de Portugal, en el Tumbo de Toxos Outos. 


Fernando II de León y su heredero Alfonso IX en el Tumbo de Toxos Outos. 

Curiosamente, la derrota de Sancho —bueno, más bien la de su madre, ya que en 1188 él tenía tan solo dos años— no le convirtió necesariamente en enemigo de su medio hermano. El tiempo, que lo cura todo, trajo la reconciliación, permitiendo a Alfonso IX de León aprovechar al máximo las destrezas militares y políticas de Sancho, cuya madre, años atrás, le había querido quitar la corona. De hecho, el infante recibió los castillos y señoríos de Aguilar y Monteagudo, localizados en la montaña oriental leonesa y que eran parte de las arras de su madre.


Heráldica imaginada del infante Sancho Fernández de León, con el félido púrpura de su padre en el centro y los lobos negros del linaje de su madre en la bordura.

El 16 de julio de 1212 se libró la batalla de las Navas de Tolosa, que concluyó con la gran victoria de los reyes de Castilla, Navarra y Aragón sobre los almohades. Alfonso IX de León, siempre metido en disputas con su primo Alfonso VIII de Castilla, no participó en la misma, pero sí permitió que huestes leonesas lo hicieran. Al frente de ellas estuvo su medio hermano Sancho, que en esa gloriosa jornada para los cristianos combatió junto a su tío el señor de Vizcaya y su primo Lope Díaz II de Haro.


Los dos lobos negros sobre campo de plata de los López de Haro tienen su origen, probablemente, en un juego heráldico con el nombre Lope, derivado del latín lupus (lobo). El motivo ya aparece documentado en la familia a finales del siglo XII, ya que el sello de Diego López II de Haro de 1198 muestra este emblema. Con el tiempo se incorporaron los corderos en las fauces de los lobos y la bordura de gules cargada de aspas de oro, dando lugar al conocido blasón de la Casa de Haro.

En 1213, con veintisiete años, Sancho fue nombrado alférez de su medio hermano el rey de León, y de 1214 a 1218 desempeñó el cargo de mandante Salamanca sub manu regis, es decir, el de tenente de la ciudad del Tormes. Precisamente en 1217 las relaciones entre los reinos de León y de Castilla volvieron a tensarse, ya que, al morir el joven rey castellano Enrique I sin descendencia, Alfonso IX de León consideró que el trono de Castilla debía ser suyo. El leonés se quedó con dos palmos de narices, ya que su intrépida e inteligente exesposa, Berenguela de Castilla, se las apañó para que el nuevo monarca de Castilla fuera el hijo de ambos, al que conocemos como Fernando III.


El rey Alfonso IX de León y su medio hermano y alférez el infante Sancho Fernández de León. El alférez del rey portaba el estandarte real en las campañas y ejercía el mando militar cuando el rey no dirigía personalmente determinadas operaciones. Imagen generada con IA.

En este contexto de conflicto entre exesposos la frontera entre León y Castilla se convirtió en un punto caliente. Uno de los enfrentamientos que se produjeron en ella lo conocemos a través de la Crónica de la población de Ávila. El caso es que Sancho, siendo tenente de Salamanca, avanzó hasta la población castellana de Arevalillo, situada muy cerca de Piedrahita, al frente de unos trescientos caballeros de las milicias concejiles de Salamanca, Toro, Alba de Tormes y Salvatierra de Tormes. Allí se enfrentaron con las fuerzas del concejo de Ávila. En un primer momento la suerte favoreció a los leoneses, puesto que mataron a algunos de sus adversarios y apresaron a varios caballeros castellanos, entre ellos, según la crónica, a un tal Gonzalo Mateos. Los abulenses resistieron, reaccionaron y terminaron obligando a los leoneses a retirarse hacia su territorio.


Imagen generada con IA.

No sabemos a causa de qué, pero los medio hermanos Alfonso y Sancho terminaron partiendo peras en 1218, año en el que el infante dejó de ejercer el cargo de tenente de Salamanca. Este abandonó el reino de León junto a su hueste, parece que con la intención de servir como mercenario de alguno de los señores del Magreb, algo que era habitual entre caballeros cristianos cuando estos se rebotaban con su rey. Tampoco sabemos por qué, pero el caso es que Sancho nunca pisó tierras norteafricanas, algo le hizo cambiar de planes y terminó arrebatando a los moros el castillo de la población cacereña de Cañamero, donde estableció su señorío y desde donde atacó tanto a musulmanes como a cristianos.


Imagen generada con IA.

Sancho no tuvo mucho tiempo para disfrutar de sus dominios, ya que, en agosto de 1220, según nos cuentan los Anales Toledanos, salió al monte a cazar y se topó con un oso. El animal hizo trizas al infante que, a pesar de que era león por parte de padre y lobo por parte de madre, no tuvo ninguna opción. Pocos días después, la hueste musulmana de Badajoz tomó Cañamero y pasó a cuchillo a toda la guarnición cristiana.



Imágenes generadas con IA. 

Los restos mortales de Sancho fueron trasladados al hoy desaparecido monasterio de Santa María de Perales, en Palencia. Según la descripción del erudito del siglo XVIII Juan Antonio Pellicer, recogida por el heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués, el sepulcro era de piedra blanca y mostraba al infante con un venablo en la mano luchando contra un oso. En él aparecían también escudos con las armas reales de León.


Imagen generada con IA. 

Sancho Fernández de León y de Haro, el hombre que había podido ser rey, combatido en Las Navas de Tolosa, ostentado la tenencia de varias ciudades del reino leones y combatido en las guerras de la frontera leonesa-castellana, al final sería recordado como ese infante leonés al que mató un oso, y es que nemo scit quid sibi hora novissima ferat.


Imagen generada con IA.


Miguel Ángel Martín Mas

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Berenguela infanta, monja y protectora de las Damianitas de Salamanca

La infanta Berenguela, nacida en torno a 1228, era una princesa de extraordinario rango en la Europa del siglo XIII. No obstante, su destino no sería el de ser utilizada como un mero peón en el tablero de las alianzas dinásticas de la época, sino el de profesar como monja en un monasterio creado para mujeres de alta alcurnia: el de Santa María la Real de Las Huelgas en Burgos. Hija de los reyes Fernando III de Castilla y de León y Beatriz de Suabia, por parte paterna era nieta de Alfonso IX de León y de la célebre Berenguela la Grande; por su madre descendía de la poderosa casa de los emperadores germánicos y también de los emperadores bizantinos. Es decir, que en su persona confluían cuatro de los linajes reales cristianos de su tiempo: los Borgoña, los Plantagenet, los Hohenstaufen y los Ángelos. Todo este nobilísimo entronque la convertía, además, en la hermana de uno de nuestros monarcas medievales más conocidos: Alfonso X el Sabio.


La infanta Berenguela antes de profesar como religiosa en Las Huelgas de Burgos. Imagen generada con IA.


Armas heráldicas de la infanta Berenguela reconstruidas tomando como modelo su sello, descrito por el heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués del siguiente modo: "Conocemos un sello de esta infanta que ostenta en el campo el cuartelado real, rodeado como en bordura de cuatro castillos y cuatro águilas, alternándose". Heráldica Medieval Española, I: La Casa Real de León y Castilla, Madrid, Hidalguía / Instituto Salazar y Castro, 1982, p. 104. Imagen generada con IA.

No se sabe mucho de la vida de la infanta Berenguela, pero un episodio clave de la misma quedó registrado en la Cantiga de Santa María CXXII, que tiene por título “De cómo Santa María resucitó a una infanta, hija de un rey, que después se hizo monja y muy santa mujer” y como estribillo Muchos milagros hace por los reyes / Santa María, siempre que quiere.


La Cantiga cuenta y canta que Fernando III y Beatriz de Suabia habían tenido una niña a la que prometieron como puella oblata a la Orden del Císter. El caso es que, siendo aún un bebé, enfermó gravemente y murió, así que la desesperada madre depositó el cadáver de su hija ante la imagen de la Virgen en una capilla de Toledo. La reina ordenó cerrar las puertas y permaneció fuera llorando y rezando mientras insistía en que no abandonaría el lugar hasta que Nuestra Señora le devolviera a su pequeña.


Y entonces ocurrió el milagro, porque, de repente, se oyó llorar a la infantita. La reina Beatriz abrió la capilla y encontró viva a la infanta Berenguela, a la que tomó nuevamente en sus brazos. En agradecimiento, prometió favorecer las iglesias bajo la advocación de Santa María y cumplir su promesa entregando a su hija en Las Huelgas. La Cantiga termina presentando a Berenguela como aquella niña milagrosamente salvada que acabó siendo monja y mujer santa.


La infanta, por supuesto, terminó profesando en Santa María la Real de Las Huelgas de Burgos, el monasterio femenino más estrechamente ligado a la monarquía castellana, en algún momento entre 1235-1241/42, cuando su madre ya había fallecido. Berenguela, bisnieta de Leonor Plantagenet, que había sido la reina fundadora de este cenobio burgalés en 1187, no iba, desde luego, a ser una monja cualquiera. El caso es que este contaba con una institución peculiar, ya que, junto a la abadesa existía una figura de extraordinaria dignidad, la de Señora de Las Huelgas, que debía pertenecer a la familia real y actuar como intermediaria entre la comunidad y el mundo exterior. La primera mención documental de Berenguela como Señora de Las Huelgas aparece en 1255, y en la misma nos la encontramos interviniendo en asuntos relacionados con el monasterio y con otras comunidades religiosas. Por eso, más que una princesa que simplemente se hizo monja, la infanta Berenguela puede entenderse como una auténtica mediadora entre la monarquía castellana y leonesa y el pujante movimiento religioso femenino del siglo XIII.


La reina madre Berenguela la Grande y el rey Fernando III entregan a la infanta Berenguela a la abadesa de Las Huelgas. Imagen generada con IA.

Rondando esas mismas fechas nos encontramos con otro documento, este relacionando a la infanta con Salamanca, y en concreto con el convento de Santa Clara de dicha ciudad leonesa. En su archivo se conserva una bula del papa Alejandro IV fechada el 27 de junio de 1258 y dirigida a su excelsa persona. En la misma se le encomienda la protección de las Damianitas de Salamanca, que por entonces tenían planes de fundar en la ciudad de Toro y todavía no eran conocidas como Clarisas. Conviene apuntar que en 1258 existía otra infanta Berenguela, esta hija de Alfonso X y Violante de Aragón y, por lo tanto, sobrina de nuestra protagonista, pero esta tenía por entonces solamente cinco años. Resulta, por tanto, imposible que esa niña fuera la destinataria de la bula.

A primera vista podría parecer que este documento de 1258 dirigido a la infanta Berenguela es una más de las numerosas intervenciones pontificias destinadas a proteger a las comunidades religiosas femeninas. Sin embargo, cuando se reconstruye el contexto, la elección de la destinataria resulta extraordinariamente significativa, ya que la relación de Roma con las Damianitas salmantinas no había comenzado en 1258. Veinte años antes, en 1238, el papa Gregorio IX había recurrido al rey Fernando III para solicitar su protección en favor de aquellas religiosas. Y en 1257, el pontífice Alejandro IV había vuelto a intervenir, esta vez dirigiéndose a la reina Violante, esposa de Alfonso X, para que amparase a la comunidad. Hay que recordar que Fernando III era el padre de la infanta Berenguela y que la reina Violante era su cuñada, pero la historia adquiere todavía mayor interés si retrocedemos una generación más. La infanta Berenguela era nieta de la reina Berenguela la Grande, madre de Fernando III y una de las mujeres más poderosas y capaces de los reinos peninsulares cristianos del siglo XIII. Precisamente un reciente estudio publicado en Historia y Genealogía, revista de la Universidad de Córdoba, ha planteado una relación entre la monumental techumbre medieval de la iglesia del convento damianita salmantino y la familia real castellana y leonesa, interpretando su decoración heráldica en conexión con la reina Berenguela la Grande y con el patrocinio de los primeros tiempos de la comunidad. Según este estudio, la coincidencia resulta extraordinaria: la mujer vinculada a los orígenes del patrocinio del convento damianita sería la abuela de la mujer a la que, décadas después, el papa Alejandro IV pediría que continuase favoreciendo a sus religiosas. Así, detrás de un breve pontificio aparentemente aislado puede esconderse una auténtica historia de continuidad dinástica.

De este modo, la bula de 1258 conservada en el convento de Santa Clara de Salamanca adquiere otra dimensión. Ya no sería solamente un papa pidiendo ayuda a una infanta. Sería Roma llamando a la puerta de una familia que, generación tras generación, había estado ligada a las Damianitas de Salamanca.


La reina Berenguela la Grande con su nieta la infanta Berenguela. Imagen generada con IA.

Durante mucho tiempo se consideró que la fundadora de Santa Clara de Toro había sido la infanta Berenguela que era hija de Alfonso X y Violante de Aragón, pero ya hemos visto que esto era imposible, dada la edad de esta otra infanta en el momento en el que se está planeando la fundación del cenobio toresano. La tradición se apoyaba, entre otras cosas, en el sepulcro monumental que se encontraba en el convento y en su inscripción, que identificaba a la infanta enterrada allí como hija de Alfonso X. También documentos posteriores, como un albalá de 1408, hablan de la “infanta doña Berenguela, hermana del rey don Sancho” enterrada en el monasterio. Quizá tanto la tía como la sobrina estuvieron íntimamente relacionadas con este cenobio de Toro, siendo la segunda donante, refundadora o incluso promotora de una reconstrucción después de la destrucción causada en distintas ciudades castellanas y leonesas por las turbulencias políticas acaecidas a finales del reinado de Alfonso X.


El rey Alfonso X el Sabio y su hermana la infanta Berenguela, Señora de Las Huelgas. Imagen generada con IA.

Nosotros, no obstante, seguimos apostando por la tía como fundadora de las Clarisas de Toro, teniendo en cuenta esa bula de 1258 y que las primeras Damianitas establecidas en Toro procedían precisamente del monasterio de Salamanca. De hecho, algunas fuentes identifican a sor María o Marina de Torres, una Damianita de Salamanca, como la religiosa que puso en marcha la comunidad toresana.

Respecto a esta relación entre las Damianitas de Salamanca y las de Toro, convendría añadir que las pinturas murales del coro bajo del convento de Santa Clara de Salamanca y las procedentes del coro de Santa Clara de Toro, conservadas actualmente en la iglesia toresana de San Sebastián de los Caballeros, pertenecen a un mismo horizonte artístico y devocional. Aunque no puede afirmarse por ahora una relación directa de autoría, sus semejanzas estilísticas, cronológicas e iconográficas permiten plantear la existencia de contactos entre ambos cenobios, posiblemente dentro de una misma tradición pictórica regional y de los intercambios artísticos que afectaron a los conventos femeninos leoneses y castellanos.


Pinturas murales del convento de Santa Clara de Toro con escudos que imitan a los que decoran la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, incluidos unos que contienen cinco córvidos en sotuer.


Pintura mural del mártir san Bartolomé en el coro bajo de la iglesia de Santa Clara en Salamanca. Obsérvese el escudo con un córvido pintado en la esquina superior izquierda.


La chova piquirroja, el córvido que aparece en la decoración heráldica de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca y que también, como se puede ver arriba, aparece en las pinturas murales de ese cenobio salmantino y en las del convento de Santa Clara de Toro. Esta ave, según el estudio anteriormente mencionado y publicado por la Universidad de Córdoba, está relacionada con Tomás de Canterbury, santo protector de la dinastía Plantagenet, de la que descendían la reina Berenguela la Grande y su nieta la infanta Berenguela. Imagen generada con IA.


Castillo de Alfonso VIII y chova piquirroja de Leonor Plantagenet representadas en la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca. Estos dos monarcas eran los bisabuelos paternos de la infanta Berenguela. Reconstrucción hecha con IA.

La infanta-monja Berenguela, al igual que hizo su abuela homónima, llevó una vida completamente ligada a la memoria de su familia y permaneció durante décadas vinculada a las Huelgas de Burgos. Su posición fue tan relevante que en 1279 participó en el traslado a Sevilla de los restos de su madre, dentro de la reorganización de los enterramientos regios del monasterio.

Y precisamente en Las Huelgas terminó su vida. La fecha de su fallecimiento aparece de forma diferente en las fuentes: 1279 es la fecha tradicional, relacionada con su intervención en la fundación damianita en Toro, pero otras fuentes modernas han transmitido 1286, apenas un par de años después de que falleciera su hermano el rey.  Con la muerte de Alfonso X comenzó una guerra familiar para hacerse con la corona; tras la muerte de su hermana monja el nombre Berenguela dejaría de aparecer en la descendencia directa de la familia real. Era el final de una tradición que entre los siglos XII y XIII había dado dos reinas y varias infantas llamadas Berenguela, todas protagonistas de primer orden en la historia de los reinos de Castilla y de León.


Sepulcro de la infanta Berenguela en Las Huelgas de Burgos. Una de las vertientes de su tapa está decorada con los leones y castillos de su padre y el águila Hohenstaufen de su madre. De hecho, se cree que la reina Beatriz de Suabia estuvo sepultada en él hasta que su hija trasladó su cuerpo a Sevilla, reutilizando luego el sarcófago para ella. Dibujo a lápiz de Francisco Aznar y García (Zaragoza, 1834–1911) ca. 1859, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.


Fotografía histórica FOT-00072 del sepulcro de la infanta Berenguela. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.



Miguel Ángel Martín Mas
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