miércoles, 4 de marzo de 2026

Lo que escondía Toledo: treinta y cinco tablas policromadas con escenas figurativas de época medieval

Año 2018, Toledo, durante la rehabilitación de un edificio en la calle Bajada del Pozo, en el barrio de los Canónigos, junto a la catedral, apareció un conjunto de treinta y cinco tablas policromadas con escenas figurativas datadas hacia el año 1300. Integradas como base del forjado de una casa, de ese modo con las pinturas fuera de la vista, estaba claro que habían sido reutilizadas para la construcción de un inmueble que además destacaba por la calidad de sus elementos ornamentales de época posterior. En principio se puede pensar que estas tablas fueron parte de la estructura de una techumbre, pero, dado el tamaño y la disposición de las escenas representadas, tienen más bien pinta de haber concebidas para ser colocadas en vertical forrando una pared o, quizá, como decoración de una gran tarima construída con motivo de alguna celebración o acto regio. Estoy pensando ahora mismo en la proclamación en 1284 en Toledo de Sancho IV como rey de Castilla y de León o en su matrimonio con María de Molina, celebrado en la catedral de dicha ciudad en dos años antes. Y también me viene a la mente que Fernando IV, fruto de este matrimonio, fue proclamado rey en Toledo tras la muerte de su padre en 1295, pero por entonces este era un niño de diez años, y entre las imágenes conservadas aparece un rey adulto y barbado.



LO QUE LA CIUDAD ESCONDE, IMÁGENES DE LA CORTE MEDIEVAL DE TOLEDO, exposición temporal, hasta el 10 de mayo de 2026, en el Museo Arqueológico Nacional.

El caso es que la recuperación y restauración de dichas tablas han revelado un complejo y rico universo iconográfico: damas, caballeros, reyes, armas, escudos heráldicos, libros, epigrafía, filosofía y ciencia. Datado el conjunto entre los siglos XIII y XIV, nos muestra el imaginario cortesano e intelectural toledano de la época de Alfonso X el Sabio, Sancho IV el Bravo y Fernando IV el Emplazado, manteniendo una clara vinculación estética con las ilustraciones de los códices alfonsíes, especialmente con el de las Cantigas de Santa María.

Un grupo de tablas está vinculado a la guerra, los usos de la caballería o la caza. La escena más completa muestra a unos guerreros equipados con almófar, gambesón, loriga, guantes de malla,  y brafoneras y cuyas monturas van cubiertas con gualdrapas, atavío equino que comenzó a usarse en los albores del siglo XIII.







En este grupo hay también una tabla en la que se distinguen yelmos, hachas, mazas y lanzas junto con varios gallardetes decorados con estrellas de seis puntas o con flores de lis. 




Guerreros cristianos y musulmanes en las Cantigas de Santa María.

En los escudos y gualdrapas de algunos de los guerreros representados en estas tablas se pueden ver las señales heráldicas de un león rampante y un águila explayada. El león púrpura sobre campo blanco bien puede ser la señal del monarca leonés, aunque en la época en la que se pintaron estas tabla los reinos de Castilla y de León llevaban unos setenta años teniendo el mismo monarca, de ahí que este empleara como señal el cuartelado de castillos y leones; por otro lado, en aquel tiempo un águila explayada podía ser la señal traída aquí por la princesa germana Beatriz de Suabia, madre de Alfonso X y abuela de Sancho IV, aunque debo decir que el ave de los Hohenstaufen era negra sobre un campo blanco, no blanca sobre un campo rojo, que es como podemos verla en las tablas toledanas. Blanca sobre un campo rojo es emblema de Polonia, pero la única polaca que tuvimos por estas tierras fue Riquilda, reina consorte de León junto a Alfonso VII entre 1152 y 1157, pero eso queda muy lejos de la fecha de realización de estas pinturas y, además, no creo que a mediados del siglo XII dicha señal heráldica fuera usada ya por los miembros de la realeza polaca. 






León del reino leonés y águila explayada negra de Beatriz de Suabia en unas tablas que se conservan en el museo del monasterio de Santa Clara en Carrión de los Condes (Palencia).



Águila negra de los Suabia y león del reino leonés en un madero conservado en la iglesia de Santa María del Castillo de Madrigal de las Altas Torres. 

Cerrando este primer apartado, os cuento que podemos ver parte de una escena del ámbito cinegético en unas tablas que muestran a varios jinetes a caballo que se topan con un ciervo macho que destaca por su pelaje y cornamenta ramificada.





El rey Alfonso X cazando con halcón en la Cantiga CXLII.

Cambiando de tercio y dejando atrás el tema bélico y cinegético, hay que decir que las representaciones del hábito cortesano tienen un protagonismo principal en estas pinturas. Las figuras de un rey barbado y una reina sujetando el medallón que pende de su cuello en un emotivo gesto llaman especialmente la atención, aparte de que las miradas que intercambian parecen indicar que están profundamente enamorados. Yo apostaría a que se trata de Sancho IV y María de Molina, cuyo matrimonio encaja con la fecha de factura de las pinturas y que, además, al contrario de lo que era costumbre en la época, no se casaron por conveniencia u obligación, sino por amor.



Alfonso X representado en sus Cantigas de Santa María



Sancho IV en una miniatura del siglo XIII.


Fernando IV en una miniatura del siglo XIII.

Ambas figuras regias están acompañadas de un grupo de damas que lucen toca baja y barboquejo y, en algunos casos, redecillas para el pelo, todas ellas encuadradas bajo una arquería que recuerda totalmente a las que se emplean en las Cantigas. Todas se han quitado al menos uno de sus elegantes guantes de piel, tal y como se debe hacer en el momento en el que te acercas a saludar a los monarcas.




Grupo de damas con toca baja y barboquejo en las Cantigas de Santa María

En otras tablas aparece un grupo de personajes entre los que hay frailes tonsurados y nobles, todos situados en un paisaje exterior en el que se aprecian murallas, saeteras y una puerta.






Monjes en las Cantigas de Santa María

Finalmente, y entrando ahora en el campo de la filosofía y de la ciencia, otro conjunto de imágenes proyecta un fascicante programa iconográfico de temática cultural que representa a los filósofos griegos Platón y Aristóteles siendo amamantados por una figura que simboliza a Sofía, la diosa de la sabiduría. A su alrededor hay libros de física y otras materias. Más libros aparecen en lo que parece ser una biblioteca, con armarios donde se custodian códices, algunos de ellos abiertos y con páginas en blanco. 




Y esto es lo que pude disfrutar en mi visita al MAN de esta semana; espero que estas pinturas no dejen de ser estudiadas por parte de personas realmente capacitadas, lo que no es mi caso, y que se nos vaya contando a los profanos todo lo que se pueda llegar a saber de esta maravilla que podéis admirar en Madrid hasta el día 16 de mayo de 2026.


Miguel Ángel Martín Mas

lunes, 2 de marzo de 2026

La decoración heráldica de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca

El 29 de diciembre de 2025, dándose una feliz casualidad, ya que precisamente ese día se celebra la onomástica de santo Tomás Cantuariense, comunicamos en el blog La chova piquirroja una buena nueva relativa a nuestra investigación sobre la techumbre medieval de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca. El caso es que, tras superar una evaluación por pares ciegos, la revista científica Historia y Genealogía, dependiente de la cátedra de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba (UCO), incluyó un artículo que recopila gran parte de nuestras conclusiones relativas a la decoración heráldica de dicha armadura. Además, los editores tuvieron a bien elegir esta techumbre salmantina como portada de la revista. Agradeceremos siempre que el catedrático Enrique Soria Mesa que nos abriera las puertas para publicar, si, por supuesto, pasábamos los filtros pertinentes, como así ocurrió. Asimismo, también agradecemos al profesor Ángel María Ruíz Galvez que atendiera a todas nuestras dudas, inquietudes y requerimientos. No tenemos palabras para corresponder a tanta bonhomía, rigor y profesionalidad brindados por unos profesores universitarios.



Para nosotros la publicación de este artículo fue meta y, a la vez, línea de salida. Cerró un ciclo porque, desde ese día, el emblema de la chova piquirroja, el de santo Tomás de Canterbury y los Plantagenet, ya no era sólo nuestro, sino también de la Universidad de Córdoba, que quedó como depositaria de nuestra investigación. Por otro lado, albergamos la esperanza de que esta obra única que se conserva en nuestra ciudad obtenga reconocimiento como tal, además de una protección acorde a su valor patrimonial. Muchas gracias a todos los que nos habéis seguido y apoyado desde el principio y ahora nos seguís en este Blog, ya que este gran paso para dos investigadores independientes se ha dado con vosotros a nuestro lado. Desde ese día de santo Tomás Cantuariense la ciudad de Salamanca adquirió una deuda con la UCO, y eso también es un aspecto que merece destacarse, puesto que es en ella donde se publica la única revista científica especializada en genealogía y heráldica y es a ella, donde saben de este tema, donde tuvimos que acudir. Podéis acceder a nuestro artículo muy fácilmente, ya que la revista se presenta en formato digital y abierta para todos, sólo tenéis que pinchar este enlace:




En él encontraréis diferentes cuestiones y conclusiones propuestas por nosotros y avaladas por dos expertos en la materia. Disfrutad la lectura y, sobre todo, haceos conscientes de la gran joya que se esconde bajo el tejado de este convento de nuestra ciudad, fundado en las primeras décadas del siglo XIII.

Nos despedimos con unas palabras que vienen perfectamente al caso y que fueron escritas por el que fuera catedrático de Historia del Arte y heraldista salmantino Julián Álvarez Villar. Refiriéndose a los misterios heráldicos que encontraba en Salamanca, decía:

“[…] con paciencia, con mucha paciencia y tesón, se resolverán a medida que la información aumente y también lo haga el interés por la Heráldica, que así perderá la mala prensa que generalmente tiene.”

Charo García de Arriba
Miguel Ángel Martín Mas

Artículos publicados en los medios de comunicación a raíz del anuncio de la publicación del artículo por parte de la UCO: 



viernes, 27 de febrero de 2026

La hueste de Salamanca II - La batalla de la Valmuza

Cuando el emperador Alfonso VII decidió repartir sus vastos dominios entre sus dos hijos, entregando a Fernando (II) el reino de León y creando un reino de Castilla para Sancho (III), quizá no calculó bien cuáles iban a ser las consecuencias de dicha división territorial. A partir de su muerte, acaecida el 21 de agosto de 1157, con la permanente amenaza almohade en el Sur y con el condado Portucalense y el de Castilla convertidos en reinos que no se iban a conformar con los territorios que les habían tocado en suerte, el reino leonés de Fernando II iba a quedar totalmente encajonado y con limitadas posibilidades de expansión.


La península ibérica tras la muerte del emperador Alfonso VII de León en 1157. 

En tierras salmantinas, que eran la última frontera del reino de León, esta situación tuvo un especial impacto, ya que, de hecho, aunque la ciudad de Salamanca era y es leonesa, Béjar y Plasencia serían ciudades de fundación castellana; en todo caso, tiempo tendremos para hablar de los conflictos habidos entre leoneses y castellanos en los siglos XII y XIII, puesto que hoy nos vamos a centrar en los hechos de armas que acaecieron al oeste y al sur de la ciudad de Salamanca durante el reinado de Fernando II de León, que duró de 1157 a 1188.


Fernando II de León según una miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela.

La historia de hoy comienza cuando el rey Alfonso VI de León, padre de la reina Urraca I y abuelo de Alfonso VII, concedió como dote en 1096 el condado Portucalense a su hija ilegítima Teresa, fruto de su relación con la “concubina nobilísima” Jimena Muñoz. Teresa Alfónsez, a su vez, se casó con Enrique de Borgoña, con el que tuvo un hijo de nombre Afonso Henriques, nacido en 1109, que se convertiría en el segundo conde portucalense.

Afonso Henriques gustaba de titularse como infante o príncipe, el título condal no le convenía para nada, ya que este le convertía en vasallo de su medio primo Alfonso VII de León. En todo caso, su estatus cambió tras su gran victoria frente a los almorávides en la batalla de Ourique, librada el 25 de junio de 1139. En esa gloriosa jornada sus tropas lo aclamaron rey en el mismo campo de batalla y a partir de entonces comenzó a titularse rex Portugalensium, es decir, rey de los portugueses.


Estatua del rey Afonso Henriques (Alfonso I de Portugal) junto al castillo de Guimarães.

Al monarca leonés no le hizo ni puñetera gracia que su conde vasallo portucalense se pusiera a su altura jerárquica de forma unilateral, así que entró en tierras portuguesas arrasando todos los castillos que encontró a su paso hasta llegar a las cercanías de la localidad de Arcos de Valdevez, situada en el Alto Miño. Alfonso VII acampó en un lugar conocido como Pena da Rainha, mientras que Afonso Henriques hizo lo propio en un altozano separado del campamento leonés por un valle. Para evitar una batalla campal y el derramamiento de sangre entre cristianos, se acordó celebrar un bufurdium o torneo conforme al uso de la caballería medieval, en el que se enfrentarían los mejores caballeros de ambos bandos. La suerte de las armas cayó del lado portugués, así que, aunque fuera a regañadientes, a Alfonso VII no le quedó más remedio que terminar reconociendo la dignidad regia de Afonso Henriques por medio del tratado de Zamora, signado en octubre de 1143 en dicha ciudad y en presencia del legado papal el cardenal Guido de Vico. El monarca de León, aparte de reconocer el título de rey a su medio primo, le entregó a mayores el señorío de Astorga, lo que, lejos de ser una merced, fue más bien una triquiñuela del leonés para que el portugués siguiera siendo por esa vía vasallo suyo.


Monumento conmemorativo del torneo de Arcos de Valdevez (Portugal), librado entre caballeros portugueses y leoneses. En esta localidad ganó el condado Portucalense su independencia del reino de León por medio de un bufurdium.


Torneo entre dos caballeros cristianos en un capitel del monasterio premostratense de Santa Cruz de la Zarza (Palencia).

Alfonso Henriques, una vez reconocido como rey por su igual leonés, se dispuso a ampliar sus dominios a costa de los musulmanes, conquistando Santarém y Lisboa en el año 1147. Esta victoria militar le permitió el control de un rico valle en recursos que le proporcionó la autosuficiencia necesaria para evitar el vasallaje al leonés e incluso minimizar las posibilidades de dominio por parte del mismo. Finalmente, el 23 de mayo de 1179, el papa Alejandro III, a través de la bula Manifestus Probatum, reconoció a Afonso Henriques el título de rey y a Portugal como reino independiente y vasallo de la Iglesia de Roma.

Como ya se ha dicho, en 1157 accedió al trono de León Fernando II, que, consciente de que no se podía fiar de las veleidades expansionistas del vecino portugués, vio necesario afianzar el control del Oeste de la tierra de Salamanca. La decisión del rey fue repoblar en 1161 Ciudad Rodrigo y Ledesma, ambas situadas en localizaciones estratégicas, restaurando además la diócesis civitatense. El problema es que el concejo y los caballeros villanos de Salamanca, enriquecidos gracias a las cabalgadas lanzadas sobre los territorios musulmanes y contando con la ayuda económica de varias aldeas de la productiva Armuña, habían comprado los derechos sobre Ciudad Rodrigo en 1136. No resulta extraño, entonces, que en la floreciente y orgullosa Salamanca de mediados del siglo XII no sentara nada bien esta iniciativa unilateral del rey que mermaba los dominios de su alfoz y su diócesis y, en consecuencia, sus recursos económicos.



Monumento que representa  al rey Fernando II de León en su trono frente a representantes de los tres estamentos: nobleza, clero y campesinado. El autor de esta obra fue el escultor zamorano José Luis Núñez Solé, que la esculpió para la celebración del VIII centenario de la muerte del monarca (1961). Está situada junto a la Puerta de Amayuelas de la muralla de Ciudad Rodrigo.

 
Guerreros de una hueste concejil. Miniatura del Salterio Harley (s. XI).

La sublevación estaba servida, pidiendo los de Salamanca auxilio a los del concejo castellano de Ávila y al rey portugués Afonso Henriques para marchar a tomar Ciudad Rodrigo y devolverla así a su alfoz. El líder de los salmantinos amotinados sería un tal Nuño Rabia, que era a la sazón el alcaide del alcázar de la ciudad del Tormes. El 1 de junio de 1162 el rey Fernando II, iniciando la marcha desde Benavente, otra ciudad fundación suya, se plantó en Ledesma con todos los obispos leoneses, su mayordomo, el noble catalán Ponce Giraldo de Cabrera, y el hijo de este, Fernando Ponce, que era a su vez su alférez, es decir, el encargado de portar el pendón real y comandar las tropas del monarca. El joven Fernando, digno hijo de su padre, estaba a punto poder de demostrar su valía en el campo de batalla.


Señal heráldica del linaje catalán Cabrera en el monasterio de Moreruela (Zamora), que fue fundación del conde Ponce Giraldo de Cabrera, tenente de la ciudad de Salamanca y mayordomo de Alfonso VII de León.

La hueste salmantina se encontró con la del rey Fernando II al sur del Tormes y se dispuso para el combate en un valle llamado de la Valmuza, en las cercanías de donde hoy en día se sitúa el Recinto Ferial de Salamanca. El viento soplaba en favor de los rebeldes, lo que les indujo a incendiar el monte con el fin de que el humo, que se dirigiría en contra del ejército real, fatigase a los soldados enemigos antes de comenzar la lucha, pero lo hicieron con tal mala fortuna que, cambiando de dirección el viento, tuvieron que soportar ellos mismos la humareda, quedando así su plan totalmente trastocado. El humo cegó y ahogó a los guerreros aliados salmantinos y abulenses, así que la hueste real pudo emplearse a fondo ante sus inermes enemigos, obteniendo así una gran victoria, que además permitió la captura del caudillo sedicioso salmantino Nuño Rabia, que fue ejecutado ese mismo día junto a otros líderes de la rebelión.


Guerreros con enemigos capturados en batalla. Biblia de los Cruzados (s. XIII)






Puente medieval de la Valmuza junto a la alquería abandonada de Calzadilla de la Valmuza. En este valle interceptó el ejército de Fernando II el avance de la hueste salmantina hacia Ciudad Rodrigo. La construcción se encuentra en peligro de desplome inminente, con falta de sillares en zonas muy sensibles. Se puede derrumbar en cualquier momento, si no se actúa urgentemente.

Pasados unos meses de la batalla de la Valmuza, Afonso Henriques, temeroso de la amenaza que suponía para su reino la repoblación leonesa de Ciudad Rodrigo y Ledesma y probablemente con la complicidad e invitación de los humillados salmantinos, se aprovechó de que Fernando II estaba ocupado en la frontera de Castilla, irrumpió por la Extremadura y se apoderó de Salamanca, donde “dominaba” a primeros de 1163, tal y como consta en varios documentos del Archivo Catedralicio salmantino. Cierto es que la tenencia de la ciudad tormesina le duró bien poco al portugués, seguramente hasta finales de julio de ese mismo año, que es cuando otro notario salmantino manifiesta que en ella reinaba Fernando II de León. Ya veis, los salmantinos pudimos haber sido portugueses, ni tan mal, teniendo en cuenta que nuestros hermanos leoneses-lusos sí que lograron librarse de la apisonadora castellanizadora que vendría a partir de la segunda mitad del siglo XIII, cosa que no pudo evitar el reino leonés, que en fechas más recientes ha venido siendo prácticamente enterrado por la historiografía y el nacionalismo españolista-castellanista.


Hueste real en combate. Biblia de los Cruzados (s. XIII).

El primer rey de los portugueses no cejó nunca en su empeño de ganarle territorios al leonés. En 1165 invadió Galicia, cometiendo tropelías impropias de una hueste cristiana tales como la profanación de la catedral de Tuy. Afortunadamente, los diplomáticos portugueses y leoneses se emplearon a fondo y lograron que día 30 de abril de 1165 Afonso Henriques y Fernando II se reunieran a orillas del río Lérez, junto al Puente Viejo, el Ponte Vetere, de donde deriva el nombre de la ciudad de Pontevedra. Se acordó una mutua y verdadera paz entre los monarcas y sus reinos y, a mayores, el enlace entre la infanta portuguesa Urraca y su primo en quinto grado el rey de León. Este matrimonio duraría diez años, ya que el papa lo terminaría disolviendo a causa de la consanguinidad habida entre los contrayentes, pero la paz entre el reino de Portugal y el de León duró bastante menos. En 1169 Afonso Henriques y Fernando II, ahora suegro y yerno, se enzarzarían de nuevo, esta vez por la ciudad musulmana de Badajoz, que tanta riqueza había proporcionado a la hueste salmantina en el pasado gracias a las cabalgadas. Pero esa es otra historia que será contada en otra ocasión y que nos permitirá hablar de un bravo guerrero portucalense conocido como Geraldo Sempavor, el caballero que no conocía el miedo.


Miniatura del  Tumbo de Toxos Outos (c. 1289) representando a Fernando II de León y Galicia y a Urraca de Portugal, padres de Alfonso IX de León, conquistador de Cáceres, Mérida y Badajoz.


Miguel Ángel Martín Mas

Lo que escondía Toledo: treinta y cinco tablas policromadas con escenas figurativas de época medieval

Año 2018, Toledo, durante la rehabilitación de un edificio en la calle Bajada del Pozo, en el barrio de los Canónigos, junto a la catedral, ...