sábado, 11 de julio de 2026

El extraño emblema de los Bracamonte en la iglesia de San Martín de Salamanca

Ciertamente, hoy nos vamos a ir muy plus ultra en esta cita con la historia medieval de Salamanca, nada más y nada menos que hasta el siglo XVII, pero creo que merece la pena, ya que se trata de uno de esos asuntos que son muy interesantes, pero que no interesan a casi nadie, por no decir a nadie. Además, el escenario es una de las iglesias salmantinas más emblemáticas entre las que tuvieron su construcción primigenia en estilo románico. Comencemos entonces…

No es que sienta yo especial respeto por los linajes nobiliarios, más que nada, dicho sea de paso, porque su permanencia en la actualidad, al igual que la de la monarquía, es básicamente una tomadura de pelo; aun así, tengo que reconocer que siento debilidad por las armas heráldicas de los Bracamonte, ya que me apetece creer que ese mazo y ese chevron simulando un monte son una heráldica parlante que nos habla de un antepasado normando que fue apodado el Rompemonte (Bracquemont) por la destreza guerrera mostrada durante la batalla de Hastings.


Dicha heráldica la podéis ver esculpida y pintada en la capilla de Mosén Rubí de Bracamonte en Ávila, en la fachada de la iglesia de San Miguel Arcángel de Peñaranda de Bracamonte y en un escudo en piedra que se conserva, mejor dicho, se mal conserva, en el parque de La Huerta de esa misma localidad salmantina.



Las armas de los Bracamonte en la capilla de Mosén Rubí de Bracamonte en Ávila.


Armas heráldicas de los Bracamonte cuarteladas junto a las de los Dávila, Guzmán y Pimentel en el parque de La Huerta en Peñaranda de Bracamonte.

La verdad es que no esperaba encontrar las armas de los Bracamonte en la iglesia de San Martín de Tours en Salamanca, pero yo creo que ahí están, aunque pintadas de manera extraña, o, quizá, mal repintadas tiempo después de que se decidiera colocarlas allí originalmente. Concretamente, están en la capilla del conde de Grajal y no aparecen solas, sino en el diestro de un escudo partido que tiene en el siniestro las armas de los Rodríguez de Villafuerte.


Dicha capilla fue fundada en 1413 por Juan Rodríguez de Villafuerte, un noble que poseía una casa con torreón en la antigua plaza de San Martín, en la zona que hoy ocupa la Plaza Mayor. El elemento arquitectónico más destacado que sobrevive de esta primera etapa gótica es la bóveda de crucería bajo la cual se dispuso el hoy desaparecido sepulcro del fundador. En 1784, la capilla fue profundamente reformada y rehecha por iniciativa de uno de sus descendientes, Manuel Pérez Osorio, que era conde de Grajal, de ahí su nombre. Durante esta reconstrucción en estilo barroco se instaló un llamativo retablo consagrado a los mártires africanos Arcadio, Provo, Pascario, Eutiquio y el niño Paulino, cuyas figuras se esculpieron tras aprobarse su culto oficial en la diócesis bajo la creencia tradicional de que eran naturales de Salamanca. Es posible que fuera durante esa reconstrucción de finales del siglo XVIII cuando las armas de los Bracamonte quedaron mal repintadas, ya que debían de llevar allí desde el siglo XVII.


Detalle del retablo barroco de la capilla del conde de Grajal.

Bien pintado, este escudo mostraría un entronque entre el linaje de los Rodríguez de Villafuerte y el de los Bracamonte, produciéndose el primero de ellos, ya que hubo varios, a finales del siglo XVI en las personas de Juan Rodríguez de Villafuerte y Maldonado, el VII señor de Villafuerte, y Jerónima de Bracamonte y Dávila, hermana de Alonso de Bracamonte y Dávila, I conde de Peñaranda. De este modo, ese blasón podría corresponder a un descendiente de dicho matrimonio, que, por cierto, solamente tuvo uno, un niño llamado Juan José Rodríguez de Villafuerte y Bracamonte, que murió durante la infancia y que fue bautizado, precisamente, en la iglesia de San Martín de Salamanca el 18 de julio de 1596.


Esta sería la representación correcta de un escudo partido Rodríguez de Villafuerte - Bracamonte.

Juan Rodríguez de Villafuerte y Maldonado murió el 25 de mayo de 1631 y mandó ser sepultado bajo la bóveda de la que por entonces se conocía como capilla de San Miguel de la iglesia de San Martín en Salamanca, donde estaba enterrado su hijo Juan José y donde también habría de ser enterrada su esposa Jerónima de Bracamonte.

Por otro lado, otro hecho que podría explicar la presencia de ese escudo partido Rodríguez de Villafuerte-Bracamonte es la existencia de dos hermanas de apellido Rodríguez de Villafuerte y Bracamonte, María y Leonor, ambas esposas de Francisco Álvarez de Vega Bermúdez de Castro y Menchaca, que fue el conde de Grajal entre 1648 y 1668. Que no os extrañe, en el pasado, cuando un noble enviudaba, era muy común que se casara con la hermana de su difunta esposa gracias una dispensa eclesiástica. Esta práctica garantizaba que las alianzas políticas no se rompieran, que las dotes y propiedades permanecieran dentro del mismo círculo y que el valioso entronque de sangre entre ambas casas nobiliarias no se perdiera. Sabemos que la condesa Leonor Rodríguez de Villafuerte y Bracamonte murió el 20 de julio de 1663 y que pidió ser enterrada en la iglesia de San Martín en la capilla de su patronato, así que quizá ese escudo partido que vemos hoy en día estuviera pintado originalmente en su sepulcro.

Por otro lado, no puedo dejar de mencionar que Leonor y María, hijas de Alonso de Bracamonte Dávila y Mencía Rodríguez de Villafuerte y Mendoza, eran sobrinas del famoso Gaspar de Bracamonte (1595-1676), virrey de Nápoles, III conde de Peñaranda de Bracamonte y diplomático que participó en la firma de la Paz de Westfalia, con la que se puso fin a la guerra de los Treinta Años.


Gaspar de Bracamonte Guzmán y Pacheco de Mendoza.

Lamentablemente, la construcción y las reformas barrocas de las capillas del conde de Grajal y de la contigua del Carmen provocaron que dos de las tres portadas románicas originales de la iglesia quedaran ocultas, dejando únicamente visible desde la calle la portada septentrional; aun así, todavía se pueden ver bellos trabajos del arte medieval en este templo que te encuentras nada más salir de la Plaza Mayor camino a las catedrales.


Portada norte de la iglesia de San Martín de Tours en Salamanca. Acuarela de Paqui González del Castillo.



Dragones y arpías en la portada norte de la iglesia de San Martín.




Portada oeste del mismo templo, solamente visible en el interior y en horario de visita turística, que a fecha de esta entrada es de martes a viernes de 19.00 a 22:00.


Imagen románica de san Martín de Tours expuesta en la capilla del conde de Grajal.

Y para cerrar esta historia solamente me queda contar que el escudo mal pintado Rodríguez de Villafuerte-Bracamonte está flanqueado por otros dos escudos partidos que quizá pudieran ser de Guzmán-Pimentel y de Maldonado-Dávila, pero, mira, esto ya lo dejo a los jóvenes investigadores de la historia de Salamanca que han de venir, a los que espero que este historieta mía les sirva, al menos, de acicate.





Miguel Ángel Martín Mas

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martes, 7 de julio de 2026

Salamanca en las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio

No deberíais sorprenderos, si os digo que nuestra antigua ciudad es protagonista de la cantiga CXVI de las Cantigas de Santa María, obra promovida y patrocinada por Alfonso X el Sabio, que, además, fue el monarca que, el 8 de mayo de 1254, otorgó el rango de universidad al Estudio General de Salamanca. De hecho, esta aparición de la capital salmantina en una cantiga no deja de ser un reconocimiento plenamente coherente con los profundos vínculos que unían a este rey con la capital del Tormes. Cuando aún era infante mayor, hacia 1240, Alfonso ejerció como tenente, entre otras ciudades, de Salamanca y Alba de Tormes, un cargo de confianza para el que le designó su padre, Fernando III, y que consistía en ser el delegado de la autoridad regia en la ciudad. Su relación con Salamanca, sin embargo, hundía sus raíces en una tradición familiar. Antes que él, también había sido tenente de la ciudad su abuela Berenguela, la mujer que precisamente desempeñó un papel decisivo en la educación y formación del futuro rey y la que trajo el culto a santo Tomás Cantuariense al reino de León, de ahí que el rico patrimonio medieval salmantino cuente, entre otras maravillas, con una iglesia bajo la advocación de dicho santo inglés y con la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara, en cuya decoración destaca la imagen de un ave, la chova piquirroja, emblema heráldico íntimamente asociado con la ciudad de Canterbury, donde fue martirizado el santo en el año 1170. Berenguela había sido reina consorte de León entre 1197 y 1204, durante el reinado de Alfonso IX; fueron estos años de gran esplendor para Salamanca, con la catedral en plena construcción, obra símbolo del crecimiento económico, artístico y espiritual de la ciudad, mientras la urbe se consolidaba como una de las joyas de la repoblación impulsada por el reino leonés desde comienzos del siglo XII. En ese ambiente de prosperidad y prestigio se forjó una imagen de Salamanca que, sin duda, dejó una profunda huella en la memoria de Alfonso, persona real en la que convergían la dinastías Borgoñona de León y de Castilla, la Hohenstaufen del Sacro Imperio Romano Germánico y la Plantagenet de Inglaterra.


Cantiga CXVI, cuyo título es "De cómo Santa María hizo encender dos velas en su iglesia de Salamanca porque el mercader que las había puesto allí se las había encomendado" y cuyo estribillo reza Poder tiene de dar fuego / la que es madre de la luz.


Virgen abridera conservada en el Museo Catedralicio de Salamanca. Realizada en madera y marfil policromados. Último tercio del siglo XIII, es decir, se trata de una obra contemporánea de las Cantigas.


Tabicas de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca donde los investigadores independientes Charo García de Arriba y Miguel Ángel Martín Mas creen que se representa el compromiso entre el infante mayor Alfonso y la infanta Violante de Aragón. Por cierto, la reina Violante contaba con una bula papal que le permitía pasar temporadas en este convento junto a sus damas. 

Una vez dicho esto, supongo que lo que realmente os interesa es conocer la historia que cuenta la cantiga CXVI, así que mejor vamos a ello. Érase una vez un rico comerciante que, acompañado por un compañero y su sirviente, se dirigió, un año más, a la feria de Salamanca. Era este un hombre muy devoto de Santa María, por lo que trataba de servirla bien purificando su cuerpo con ayunos y engrandeciendo su alma con la entrega de limosnas.



De hecho, mirad lo que dice de este buen cristiano la cantiga:

Este amaba a Santa María / más que a cualquier otra cosa / y con limosnas y con buenjuicio, / satisfecho la servía / y ayunaba tan bien / cada una de sus vigilias, / que no comía / pescado ni legumbres. / Poder tiene de dar fuego / la que es madre de la luz.


Y tal vida solía hacer / allá por donde iba, / y ayunó / en las ferias en las que compraba /y nunca encontró / donde quiera que estuviese / quien le resultase desagradable / y de quien tuviese que quejarse. / Poder tiene de dar fuego…


De este modo, coherente con su modo de vida y con su fe, lo primero que hizo al llegar a Salamanca fue dirigirse a la catedral para ponerle dos cirios a la Virgen, diciéndole...

A un sirviente suyo / las dos velas grandes / que traje de Toledo, / que no son feas, / que otras iguales vi allí / que ardían mejor que teas / ni que cualquier otra cosa / que el fuego pueda consumir». / Poder tiene de dar fuego…


Queriendo asegurar la perpetuidad de su ofrenda a la Virgen, en caso de que le ocurriera algo por esos caminos de Dios que, por su profesión, se veía obligado a recorrer, el comerciante pagó para que se vigilasen los cirios, que habrían de estar siempre encendidos y ser sustituidos cuando estos se consumieran.


Pero hete aquí que una corriente de aire apagó las velas sin que nadie se ocupara de volverlas a encender, hasta que...

Pero sucedió, por placer / de la Virgen Gloriosa / que (las velas) se murieron, / pero ella, piadosa, / hizo que volviesen a encenderse, / tan poderosa / como Dios, cuyos milagros / no caben en este volumen. / Poder tiene de dar fuego…




Imagen de la Virgen conservada en el claustro de la Catedral Vieja de Salamanca.

Sí, ya sé que este de los cirios es un modesto milagro comparado con otros que suceden en las Cantigas, pero así somos en tierras leonesas, gente humilde que se conforma con poquina cosa. En todo caso, y sacando pecho en el siglo XXI, que Alfonso X concediera a Salamanca un papel protagonista en una de sus Cantigas de Santa María puede entenderse como algo más que la simple localización de un milagro. Quizá sea también el reflejo de una vinculación personal, política y sentimental con una ciudad que había ocupado un lugar destacado en la trayectoria de su familia y que representaba uno de los grandes centros culturales y espirituales de sus reinos. La presencia de Salamanca en la cantiga CXVI parece que constituye, en definitiva, un testimonio más de la relevancia que la ciudad alcanzó en la Edad Media y del lugar privilegiado que ocupó en el universo político y cultural del monarca Sabio.


La cantiga XVI en realidad no nos dice en qué iglesia salmantina puso el rico comerciante las velas. La Catedral Vieja se consagró bajo la advocación de Santa María de la Sede, pero he de advertiros que en el siglo XIII la Virgen de la Vega no se encontraba en la catedral, sino en la iglesia del monasterio de Santa María de la Vega. Hubiera sido genial que el comerciante hubiera ido a esta iglesia ribereña y que la protagonista de la cantiga fuera nuestra patrona, que precisamente llegó aquí en los tiempos en los que Berenguela, la abuela paterna de Alfonso X,  fue reina consorte de León y tenente de Salamanca.


Epifanía en un arcosolio del claustro de la Catedral Vieja de Salamanca.


Cantiga CXVI interpretada por Mariano Alises · Luis Delgado · Paula Vega · Eduardo Paniagua.



Miguel Ángel Martín Mas


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jueves, 2 de julio de 2026

El caballero enamorado y la dama renuente

Ya sea en tiempos de las Cantigas de Santa María, del Quijote, en el siglo XXI o en las venideras centurias, siempre ha habido y habrá un bobito enamorado dispuesto a complacer y atender constantemente a una mujer con la que tiene cero posibilidades de establecer una relación, ya sea de tipo romántico o con el único y lujurioso propósito de hacer el acto. Este es precisamente el caso del pagafantas protagonista de la cantiga XVI, un tipo en un estado de imbecilidad transitoria que le condujo a desconectar su cerebro, darle unas vacaciones indefinidas a la lógica y sustituir el sentido común por hormonas descontroladas.


La cantiga del rey Sabio no nos cuenta por qué la dama se mostraba renuente al amor: puede que no le gustara el caballero, que a su vez ella estuviera enamorada de otro, que aspirara a un mejor partido, que fuera lesbiana o que, simplemente, no tuviera gana ninguna de atarse a un tipo que roncaba, masticaba haciendo ruido y que jamás iba a aprender a poner el lavavajillas, aunque, ahora que lo pienso, dicho artilugio no se había inventado en el siglo XIII.


Cantiga XVI, cuyo título es DE COMO SANTA MARÍA CONVIRTIÓ A UN CABALLERO ENAMORADO QUE SE DESESPERABA PORQUE NO PODÍA CONSEGUIR A SU AMADA y cuyo estribillo reza "Quien mujer hermosa y buena quiera amar, / que ame a la Gloriosa y no podrá errar".

Siglos después, Miguel de Cervantes sí va dar voz a la mujer y, ¡rediez!, menudo discurso se marca Marcela, una joven huérfana y rica que renuncia a la vida en la ciudad y al amor para vivir libremente como pastora en el campo. El caso es que, al igual que en la cantiga XVI, también hay un enamorado irredento, un imbécil, vamos, cuyo nombre es Grisóstomo, que termina muriendo de tristeza y desamor. En el funeral de este desgraciado sus amigos culpan a Marcela de su muerte, apareciendo ella de forma inesperada para defenderse de tan injusta acusación con una brillante disertación que aquí sólo puedo reproducir parcialmente:

…Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por solo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía; las claras aguas destos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa!


El famoso discurso de Marcela se da en el capítulo XIV de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Claro, en las Cantigas, una obra medieval en la que la Virgen intercede ante cualquier problema, la mujer objeto del amor del caballero no podía responder como responde Marcela en una obra humanista como es el Quijote, así que, ante el silencio de su amada, el doliente galán marchó a confesarse con un santo abad, al que le rogó que rezase para que la mujer por cuyo amor suspiraba dejara de darle calabazas.


¡Este tío es más pesao que Pepé Le Pew, incluso apesta igual que él!


La incansable mofeta Pepé le Pew acosando a la pobre gata Penélope.

El abad, viendo al caballero loco de amor, enseguida se dio cuenta de que el asunto debía de ser cosa del Demonio, así que se propuso buscar el modo de apartar a ese pobre hombre de la tentación. Es por ello que le dijo: "Amigo, creedme, si a esta mujer queréis, haced lo siguiente: pedídselo a santa María, que es poderosa y os la podrá conceder. Y la forma en que debéis pedírselo es que doscientas veces al día digáis, sin engaño, el Avemaría, de hoy a un año, sin fallar, de rodillas ante el altar".


El caballero hizo lo que se le mandó y rezó diariamente durante todo un año, aunque no doscientos Avemarías por trescientos sesenta y cinco días, eso era de todo punto imposible, ya que sus lucrativos y variados negocios muchas veces le apartaron de su empeño de enamorado, aparte de que ya me diréis quién aguanta rezar tantas oraciones seguidas sin quedarse dormido.


Consciente de sus faltas y deseoso de cumplir escrupulosamente con lo que se le había encomendado, pensando que así iba a poder por fin abrazar y besar a su señora, cabalgó hasta una ermita que estaba bajo la advocación de la Virgen para rezar de corrido todas las oraciones que se había saltado. Y mientras estaba en esta tesitura, mostrando a santa María su pena y su dolor, se le apareció la Madre de Dios, tan hermosa y tan brillante, que no podía mirarla, pero sí escuchar sus palabras, que fueron estas: “Quítate las manos de delante de la cara y mírame, que yo no traigo velo. Entre yo y la otra mujer, la que más te plazca escoge, según tu parecer”.


Y el caballero le dijo: “Señora, Madre de Dios, tú eres la cosa más hermosa que estos ojos míos han visto nunca, por eso, sea yo de tus siervos que amas y voy a dejar a la otra". Y entonces le replicó la Virgen: "Si por amada quieres tenerme, es tan fácil como que durante este año reces por mí de nuevo, tanto como has rezado por la otra". No sé qué pensaréis vosotros, pero yo lo flipo con Nuestra Señora, por lo menos con la de la época de Alfonso X el Sabio.


Como veis, ante el mismo problema, dos soluciones muy distintas, la de finales del siglo XIII y la de principios del siglo XVII. En la cantiga todo depende de la intervención de la Virgen, que representa la misericordia y el orden moral cristiano. En cambio, la seiscentista Marcela rechaza ser considerada responsable del sufrimiento de Grisóstomo y afirma que nadie está obligado a corresponder a un amor no deseado. Por lo tanto, la cantiga presenta el amor desde una perspectiva religiosa y ejemplarizante, donde la Virgen actúa como mediadora y salvadora. Por el contrario, en El Quijote, Cervantes ofrece una reflexión humanista sobre el amor como un sentimiento libre que no puede imponerse.

Eso sí, os lo advierto, en ambos casos el tontolaba del enamorado acabó yéndose antes de la cuenta al otro barrio y, además, como el gallo del tío Kirico, sin plumas y cacareando, y, por supuesto, sin haberle dado una alegría al cuerpo salvo la que hubiera podido darse a mano propia. Aunque, al fin y al cabo, lo que cuenta es el alma, así que fijaos como la Virgen recoge amorosamente la del difunto caballero para depositarla sobre el lienzo que sujetan dos ángeles, que la transportarán hasta el Cielo en una de las elevatio animae más bonitas que he visto nunca, tanto o más que la que eleva el alma de la reina Beatriz de Suabia en la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca. 



Miguel Ángel Martín Mas

martes, 23 de junio de 2026

La Salamanca de Alfonso el Onceno

Charo García de Arriba guía a José Ángel de Caso por la Salamanca de Alfonso el Onceno (1311-1350). Dos programas de lo más interesante que no podéis perderos; destacaría, además, esa propuesta de replanteamiento al respecto de la datación de la techumbre de la iglesia de San Marcos en Salamanca, ya que, como bien se dice, mucho antes de Felipe II hubo otros reyes que casaron en tierras salmantinas con princesas portuguesas, uno de ellos, precisamente, Alfonso XI. 


domingo, 14 de junio de 2026

Nieto del León y señor del castillo de Carpio Bernardo

Llegando a su fin el siglo XII, Alfonso IX, rey de León y Galicia desde 1188, se encontraba rodeado de enemigos; por el este acechaba su primo carnal Alfonso VIII de Castilla, por el oeste su tío materno Sancho I de Portugal y por el sur los almohades, que controlaban al-Ándalus desde 1147. Así las cosas, urgía reforzar las fronteras leonesas, no importaba lo firmado en el Tratado de Tordehumos de 1194, por el que se había acordado con Castilla, entre otras cosas, no construir castillos ni villas fortificadas en el limes entre los dos reinos, es decir, a lo largo de la calzada de la Guinea, que unía Astorga con Mérida. De este modo, el monarca leonés promovió la repoblación y fortificación de una serie de enclaves estratégicamente localizados —Carpio de Alba, Monreal, Monleón, Miranda del Castañar, Salvatierra de Tormes y Salvaleón— que se convirtieron en las piezas clave de un entramado ofensivo-defensivo frente al reino de Castilla, la principal amenaza que se cernía sobre el reino de León.


Iluminación de la Biblia de Maciejowski, Biblia de los Cruzados, Biblia del sah Abás o Biblia Morgan (por conservarse en la Biblioteca y Museo Morgan, Nueva York, Ms M. 638). Mediados del siglo XIII.

En todos estos lugares, por supuesto, hubo un castillo, pero hoy del que nos interesa hablar es del que se levantó en la localidad de Carpio de Alba —una fortaleza de planta rectangular, flanqueada por cubos en sus ángulos y con fuertes muros de gruesa mampostería— que quedó dentro de los límites del alfoz de Alba de Tormes bajo el estatus de realengo.

En 1196 estalló la inevitable guerra entre los reinos de León y de Castilla, teniendo el primero como aliados al califato almohade y al reino de Navarra y el segundo al reino de Aragón. Llegado el verano de 1197 Alfonso IX de León se había quedado sin aliados, así que castellanos y aragoneses entraron en tromba en tierras salmantinas por la frontera de Paradinas de San Juan, tomando la villa de Alba de Tormes y el castillo de Carpio de Alba y estragando los lugares por donde pasaban. 


Iluminación de la Biblia de Maciejowski, Biblia de los Cruzados, Biblia del sah Abás o Biblia Morgan.

La paz llegó en diciembre de 1197 con el matrimonio entre el rey leonés y una infanta castellana, Berenguela, que recibiría, entre otras, la tenencia de la ciudad de Salamanca y que tendría también "sub manu" el castillo de Carpio de Alba, que los castellanos mantuvieron en su poder por derecho de conquista. Como ya expliqué en la entrada titulada BERNARDO DEL CARPIO Y SU CASTILLO DE CARPIO BERNARDO, a la cual os remito, resulta curioso que el castillo de Carpio de Alba comenzara a conocerse como de Carpio Bernardo gracias a las crónicas históricas promovidas por la reina Berenguela, su hijo Fernando III y su nieto Alfonso X, en las cuales, precisamente, nos topamos con las primeras noticias históricas de un heróico guerrero del siglo IX llamado Bernardo, que erigió una fortaleza a orillas de Tormes tras abandonar airadamente la corte de su tío el rey Alfonso II de Asturias.


Bernardo del Carpio por el ilustrador salmantino José Luis García Morán.


Alfonso IX y Berenguela, reyes de León. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS, que se puede visitar en la localidad salmantina de Alba de Tormes. 

El castillo de Carpio Bernardo perdió totalmente su potencial ofensivo-defensivo a partir del año 1230, cuando Fernando III, hijo de Alfonso IX de León, nieto de Alfonso VIII de Castilla y él mismo rey de Castilla desde 1217, fue proclamado también rey leonés, algo que jamás hubiera conseguido sin la ayuda de su madre, la reina Berenguela, que no sólo era mecenas de las artes y las crónicas históricas, sino también una habilísima política, digna nieta de Leonor de Aquitania. En todo caso, un castillo no podía dejarse en manos de cualquiera, su señor debía ser alguien de confianza, así que el rey Fernando III lo entregó a un familiar, Juan Fernández, apodado Cabellos de Oro. Era dicho caballero sobrino del rey, puesto que era hijo de un medio hermano del monarca, el arcediano de la catedral de Salamanca Fernando Alfonso de León, un vástago producto del concubinato mantenido por Alfonso IX con una salmantina de nombre Maura y de la que nada más sabemos.

De la donación de la fortaleza  sí que tenemos noticias gracias un codicilo adjunto al testamento de Cabellos de Oro, que recoge Manuel Villar y Macías en el primer tomo de su Historia de Salamanca, en el que se dice:

Otrosí: mando é tengo por bien que el mi castiello del Carpio, que me dió el rey don Fernando mio sennior, que luego que yo finare, que lo venda Gil Martin, mi mayordomo, é lo que valiere sea para pagar mis debdas.


Juan Fernández Cabellos de Oro (+1303), nieto de Alfonso IX de León, junto a su castillo de Carpio Bernardo. Sus padres fueron el deán Fernando Alfonso de León y la dama Aldara López de Ulloa. Imagen claramente generada con IA.


Alfonso IX de León, que reinó entre 1188 y 1230, tuvo dos esposas, Teresa de Portugal y Berenguela de Castilla, y cinco concubinas, engendrando en total dieciocho hijos.

Pero no fue Juan Fernández Cabellos de Oro solamente señor del castillo de Carpio Bernardo, puesto que durante el reinado de Sancho IV alcanzó también el puesto de mayordomo mayor entre 1288 y 1293 y el de adelantado mayor de la frontera de Andalucía entre 1292 y 1295. Luego, durante el reinado de Fernando IV, desempeñó el cargo mayor de Galicia entre los años 1296 y 1299.


Iluminación de la Biblia de Maciejowski, Biblia de los Cruzados, Biblia del sah Abás o Biblia Morgan.

Tras muchas vicisitudes vividas durante los tumultuosos años que se vivieron en los reinos de León y de Castilla tras el fallecimiento del rey Alfonso X en 1284 y el de su sucesor Sancho IV en 1295, Juan Fernández murió en Salamanca en el año 1303, siendo enterrado en la Catedral Vieja, tal y como él mismo expresó en sus últimas voluntades:

Otrosí: mando que me sotierren en la iglesia de Santa María la See de Salamanca, en la capiella que yo tengo comenzada do yace doña María, mi mogier que foé, é mando que Gil Martin, mi mayordomo, que vaya por Mayor Fernández, mi mogier que foé, é que la traiga á Salamanca, é que la sotierre á par de mí...

Lamentablemente, dicha capilla se encontraba en el brazo norte del transepto de la seo salmantina, que desapareció en el siglo XVI durante las obras de construcción de la Catedral Nueva, la cual absorbió y derribó esa parte de la estructura románica original. Como resultado de esta modificación, los sepulcros medievales situados en esa zona desaparecieron o fueron trasladados a otro lugar. Lo que sí nos queda de nuestro protagonista es un epitafio del siglo XVIII grabado sobre una lápida de pizarra con las letras pintadas en oro. No por casualidad dicha inscripción se encuentra junto al magnífico sepulcro del padre de Juan, el arcediano de la catedral Fernando Alfonso de León.


AQUI YACE DON JUAN FERNANDEZ, RICOHOMBRE, ADELANTADO MAYOR DE LA FRONTERA Y MERINO MAYOR DE GALICIA. HIJO MAYOR DE DON FERNANDO ALFONSO Y DE DOÑA ALDARA LOPEZ Y NIETO DEL REY DON ALFONSO IX DE LEON, QUE FINO EN SALAMANCA AÑO DE 1303.


Sepulcro de Fernando Alfonso de León, padre de Juan Fernández Cabellos de oro, ambos descendientres del Alfonso IX de León por vía del concubinato real.

Juan Fernández tuvo una tercera esposa, Juana Nuñez de Lara, que debió de fallecer después de él y que suponemos que, dado el afán mostrado por el Cabellos de Oro para que sus mujeres fueran enterradas a su lado, también tendría su sepulcro en la capilla familiar situada en el brazo norte del transepto, que también desaparecería con las obras de la Catedral Nueva; pero quizá no todo está perdido, ya que al pie del tempo catedralicio, en el lado de la epístola, a día de hoy domingo 14 de junio de 2026, junto a unos trastos que no sé explicaros por qué están ahí, podemos ver uno de los sepulcros medievales más antiguos conservados en nuestra ciudad, con una heráldica real tan vieja que creo que sólo la supera la de la techumbre de la iglesia del Convento de Santa Clara. Casi borrados por el tiempo y la desidia todavía se atisban los dos calderos heráldicos de la casa de Lara y el félido del reino de León, que, visto lo visto, parece ser que el esposo de la difunta, al igual que otros descendientes de Alfonso IX por vía del concubinato real, los Gil de Soverosa, también se sintió con derecho a lucir.




Sepulcro de Juana Nuñez de Lara, tercera esposa de Juan Fernández Cabellos de Oro en la Catedral Vieja de Salamanca. Juana era señora de Valdenebro (Soria) e hija de Nuño Fernández de Lara y de Inés Íñiguez de Mendoza. Este sepulcro fue identificado por Faustino Menéndez Pidal de Navascués en su obra (2011) Heráldica de la Casa Real de León y de Castilla (siglos XII-XVI).


León en el sepulcro de Martín Alfonso, hijo de Alfonso IX de León y de su concubina Teresa Gil de Soverosa (iglesia de Sancti Spiritus de Salamanca). 


León en el sepulcro de María Méndes de Sousa, esposa de Martín Alfonso (iglesia de Sancti Spiritus de Salamanca).


Armas de la casa de Lara, a la que pertenecía Juana Núñez de Lara. 


Señal heráldica del rey de León, adoptada por su nieto Juan Fernández Cabellos de Oro y por otros de sus descendientes ilegítimos, es decir, que no fueron fruto de un matrimonio canónico, sino de un concubinato.

Y ahí, en ese noble rincón de la Catedral Vieja convertido ahora en improvisado trastero, donde nadie se para a mirar la maravilla que perdura, está el recuerdo de la última señora de la fortaleza de Carpio Bernardo, que, tal como mandó su último señor, fue vendida, terminando en manos del concejo de Salamanca en el año 1313. Luego, en fecha desconocida, el castillo volvió de nuevo a ser propiedad real, ya que sabemos que, en 1465, el rey Enrique IV donó la villa de Carpio Bernardo, con toda su tierra y fortaleza, a García Álvarez de Toledo, último conde y primer duque de Alba de Tormes, a cuya casa pertenecía todavía en 1752, según indica el Catastro del Marqués de la Ensenada. De ese nido de águilas fronterizo entre los reinos de León y de Castilla hoy sólo quedan unas ruinas, ya que un mandato salido de las Cortes de Toro de 1505 conllevó su demolición, algo acorde con el firme deseo de los Reyes Católicos de evitar que algún noble levantisco se viera tentado de hacerse fuerte tras los muros de una fortaleza.


Miguel Ángel Martín Mas


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