El rey Alfonso X, alumno aventajado de su abuela Berenguela la Grande, fue, aparte de el Sabio, muy dado a legislar e intentar mejorar la vida de las gentes que habitaban sus dominios de León, Asturias, Galicia, Castilla, Toledo, Sevilla, Córdoba, Jaén y Murcia, es decir, a gobernar más que a figurar, demostrando así que de casta le viene al galgo. Siendo infante mayor, hacia 1240, el joven Alfonso recibió el cargo de tenente de Salamanca y de Alba de Tormes entre otras villas, y, además, el de representante del poder de su padre, Fernando III, en el reino de León.
Alfonso X, monarca de Castilla y de León entre 1252 y 1284, en una miniatura del Libro de los juegos, obra escrita y promovida por él entre muchas otras.
Ejemplo de su afán legislador fue la ratificación en el año 1281 del fuero que su tatarabuelo paterno, Alfonso VII de León, el Imperator totius Hispaniae, había otorgado en 1140 a la villa realenga de Alba de Tormes como modo de ordenamiento jurídico local. De esta manera, el concejo, la asamblea formada por los vecinos que participaba en el gobierno de la villa y las tierras y poblaciones más pequeñas que dependían de ella, podría facilitar la convivencia y repartir justicia entre sus vecinos sin necesidad de soportar un señor feudal por encima de ellos. Aparte del nuevo fuero, Alfonso X concedió a Alba algunos privilegios y algunas medidas legislativas complementarias, entre ellas la de dirigirse a los concejos de Ávila, Béjar, Arévalo, Medina del Campo y demás de la Extremadura comunicándoles su prohibición de ir con armas a la feria albense "para prevenir atentados, robos y reyertas". Esta medida, que se recoge en un documento fechado el 31 de mayo de 1261 y redactado en Sevilla por un notario del rey en lengua castellana, nos da idea de la importancia que debía de tener dicho mercado. Por sorprendente que parezca, pasados ochocientos años, dicho documento se conserva en el Archivo Histórico Municipal de Alba de Tormes, y no sólo eso, porque, además, del pergamino pende todavía un sello de cera con el emblema de la villa; se trata del sello concejil, cuya finalidad en este caso era validativa, es decir, la de dar veracidad al contenido y a las firmas que lo acompañan, siendo su presencia en el diploma una garantía añadida al resto de formalidades. Además, el carácter del sello concejil como signo visible de la existencia diferenciada con personalidad jurídica reconocida de una villa es precisamente una de las causas de su difusión en tiempos de Alfonso el Sabio. Las concesiones de uso de sello y seña que suele incluir dicho monarca en sus privilegios a los concejos castellanos y leoneses significaban justamente eso: el reconocimiento de su personalidad jurídica diferenciada.
En el reverso de este sello pendiente se muestra el elemento arquitectónico que el concejo consideró más representativo de la villa, el puente sobre el río Tormes, que vemos adornado con una bandera. El deterioro de la pieza no nos permite leer la leyenda, pero viendo otros sellos concejiles de la misma época que se conservan, adivinamos que pondría SIGILLUM CONCILII D'ALBA DE TORMES.
Este emblema, que, como vemos, ya representaba a Alba por lo menos desde el siglo XIII, todavía la representa, ya que aparece en el escudo municipal actual, donde también vemos tres estrellas de ocho puntas que no sabemos si ya estaban en el sello concejil medieval, puesto que el deterioro del mismo no nos permite dirimir esta cuestión, o fueron añadidas posteriormente.

El emblema del puente, la bandera y las estrellas también luce en un púlpito del siglo XVII conservado en la iglesia de San Juan, lo que demuestra que este signo de identificación local se mantuvo a pesar de la llegada de los Álvarez de Toledo a Alba de Tormes en el siglo XV. Eso sí con el nuevo régimen señorial se acabó lo concejil y todo eso de que el pueblo sabía gobernarse por sí mismo con la única autoridad superior del monarca, ejercida a través del tenente de la localidad, que él mismo designaba. A partir de entonces y por muchos siglos el emblema con el que más se identificaría a Alba de Tormes sería el jaquelado azur y plata de los Álvarez de Toledo.
Púlpito con el emblema del concejo de Alba de Tormes en la iglesia de San Juan de dicha villa.
Armas heráldicas de los Álvarez de Toledo, señores de Alba de Tormes desde el año 1429, título concedido por el rey Juan II de Castilla y de León.
El anverso del sello concejil muestra un león rampante, el emblema propio del reino al que pertenecía la villa de Alba; esto a pesar de que desde el año 1230 los reinos de León y de Castilla tenían el mismo monarca y de que en 1261, fecha de expedición del documento, estaba en pleno uso el escudo cuartelado de castillos y leones. La leyenda en latín en el reverso parece la misma que la del anverso: SIGILLUM CONCILII D'ALBA DE TORMES, pero no lo puedo asegurar en absoluto.
Cantiga de Santa María XLVIII, en la que no solo se representa una carta de donación con su sello pendiente, sino que además se menciona en el texto: o caualeiro deu a os monges a carta do heredamento con seu seelo (Códice T.I.1., mediados del siglo XIII, Monasterio de El Escorial).
Cada sello concejil era único, ningún otro era como el de Alba de Tormes, ya que mostraban una gran variedad de representaciones figurativas. Los grupos principales estaban constituidos por un emblema (no de estilo heráldico) alusivo al nombre, el santo patrón, un monumento o vista de la población, una escena de navegación o pesca en los puertos... Como ya hemos visto en el caso de Alba, muchos de estos distintivos sigilares se traspasaron luego, a finales del siglo XV y en el XVI, al campo de un escudo para formar las armas de la localidad. Leyendas con invocaciones o en versos latinos métricos o leoninos aparecen en los sellos concejiles de Belorado, Cádiz, Carmona, Carrión, Córdoba, Escalona, Estella, Guadalajara, San Sebastián y Oviedo, yendo acompañadas normalmente de una figura alusiva.
Anverso y reverso del sello del concejo de Córdoba (1360). Boletín de la Sociedad Española de Excursiones nº 12, 1894. Los que gustan de hablar de la Corona de Castilla, quizá deberían fijarse que el sello de esta ciudad, conquistada en 1236, cuando Fernando III lleva ya seis años como rey de los dos reinos, muestra un león y no se ve ningún castillo, lo que significa que la antigua ciudad califal quedó adscrita al reino de León.
En definitiva, Alba de Tormes fue una de esas villas realengas que ha podido conservar su joya sigilográfica en cera del siglo XIII y, además, todavía pendiente de un documento, lo que ha de recordarnos el renombre y prestigio que tuvo y ha de tener esta localidad leonesa, que conserva otras muchas joyas del Medievo de las que hablaremos en otra ocasión, entre ellas el magnífico apostolado conservado en la iglesia de San Juan.
Sello mayor del rey Alfonso X en un documento fechado el 10 de septiembre de 1277. Archivo Municipal de Alba de Tormes.
Sello mayor del rey Alfonso X conservado en el Archivo Histórico Nacional.
Miguel Ángel Martín Mas