En una entrada anterior ya conté que no era casualidad que el primer apellido del caballero normando Robert de Bracquemont y Hannecourt (1355-1419) fuera también el de la localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte; el hecho es que el monsieur Robin casó a su hija Juana con Álvaro de Ávila, primer señor de Peñaranda, prefiriendo los hijos fruto de este matrimonio emplear el apellido materno castellanizado, dado el gran prestigio alcanzado por su abuelo francés y con intención de distinguirse de otras ramas de la familia paterna. También os hablé del blasón del linaje Bracquemont, que parece que tiene su origen en la heráldica primigenia del siglo XII, la parlante, la que era como un jeroglífico, y que en este caso presentaba un mazo sobre un monte, “hablándonos” así, probablemente, de un antepasado guerrero al que apodaban el Rompemontes.
Hoy lo que pretendo es contaros algunas de las azarosas aventuras vividas por este militar y diplomático normando genearca de los Bracamonte, destacando sobre todas ellas su participación en la huida nocturna del papa aragonés Benedicto XIII del castillo de Aviñón, en el que llevaba casi cinco años cercado por tropas del rey de Francia. Por cierto, precisamente esta semana sale a la venta la última novela de José Ángel Mañas, titulada El enigma del Papa Luna, en la que a buen seguro se narra magistralmente dicho episodio.
Robin de Bracquemont comenzó su carrera militar a los diecinueve años, en 1374, como escudero en el ejército del rey Carlos V de Francia. Unos años después estaba al servicio del hermano del monarca, el duque Luis I de Anjou, con el que participó en la campaña liderada por este para invadir el reino del Napolés, cuya corona reclamaba. La operación fue un absoluto desastre militar y financiero que terminó con el duque muriendo en 1384 en Bari sin corona y sin blanca.
De vuelta a su tierra, Bracquemont recibió la orden de integrarse en otra expedición para reclamar un trono y que también supuso una verdadera debacle para el pretendiente. Carlos VI, rey francés desde 1380, lo envió junto a otros nobles a auxiliar al rey Juan I de Castilla y de León, que pretendía hacerse con la corona portuguesa por el hecho de estar casado con la única descendiente viva del monarca luso Fernando I, fallecido en 1383. No sabemos si Bracquemont estuvo enrolado en la flota francesa que asediaba Lisboa esperando la invasión de Portugal por parte de Juan I o si luchó en la batalla de Aljubarrota, librada el 14 de agosto de 1385, que supuso el fin del sueño portugués del rey Trastámara. De lo que tenemos certeza es de que el normando sí que sacó algo de provecho de esa campaña, el hecho de trabar amistad con Pedro González de Mendoza, mayordomo mayor del monarca castellano y leonés, miembro de uno de los más importantes linajes vizcaínos y padre de la que se convertiría en su primera esposa, Inés de Mendoza y Ayala, con la que tuvo dos hijos y dos hijas, una de ellas Juana de Bracquemont, la primera señora de Peñaranda.
Retrato de Robert de Bracquemont, pintado en el siglo XVIII y custodiado en el Museo del Palacio de Versalles.
Está documentada la presencia de Robin como embajador del rey de Francia en la corte castellana y leonesa entre 1391 y 1405. Su primer cometido como diplomático fue la firma de un tratado entre ambos reinos. Junto al normando aparece también como testigo del acuerdo Fernán Álvarez de Toledo, “el Tuerto”, segundo señor de Valdecorneja y padre de su segunda esposa, Leonor de Toledo, con la que no tuvo descendencia. Bracquemont sabía hilar fino, lo demuestra entroncando con dos de los linajes de trayectoria más ascendente a comienzos del siglo XV y cuyo éxito estuvo determinado por su estrecha vinculación con los Trastámara: primero con los Mendoza, futuros duques del Infantado, y en segundas nupcias con los Álvarez de Toledo, futuros duques de Alba, entre otros títulos que alcanzarán estas dos familias nobiliarias.
En 1393 encontramos a Bracquemont en la corte de Enrique III y Catalina de Lancaster repartiendo entre la nobleza castellana y leonesa dieciséis collares de la Orden de la Cosse de Genêt, delicadas piezas de orfebrería elaboradas con oro y decoradas con esmaltes que servían como reconocimiento de alianza y lealtad por parte del monarca francés Carlos VI.
Catalina de Lancaster y Enrique III de Castilla (Cartagena, c. 1530: 37r). Imagen procedente de la Biblioteca Nacional.
Monsieur Robin, al que terminaron castellanizando como Mosén Rubí, se convirtió de este modo en miembro de esa comunidad caballeresca de diplomáticos que participó en las relaciones entre Francia y los reinos hispánicos al hilo de la Guerra de los Cien Años y en los distintos acontecimientos bélicos que acaecieron en la península ibérica en paralelo o en relación con ese enfrentamiento entre ingleses y franceses.
Caballeros luciendo el collar de la Orden de la Cosse de Genêt, creada en 1387 por el rey Carlos VI de Francia para recompensar a sus cortesanos más fieles.
El duque Luis de Orleans, hermano del rey galo, incorporó a su servicio al experimentado, diligente y confiable caballero Bracquemont, al que encargó la que sería su misión más importante, la de capitán de la guardia del papa Benedicto XIII, el aragonés Pedro de Luna, que residía en su sede de la ciudad francesa de Aviñón, a la par que otro papa, Bonifacio IX, ejercía otro pontificado desde Roma. Lo de que la iglesia católica tuviera dos papas era un enorme problema que había surgido en 1378 con los pontífices Clemente VII y Urbano VI y el asunto no iba de diferencias doctrinales, sino de cuál de los dos era el legítimo. El caso es que rey Carlos VI de Francia apoyó al papa Luna hasta 1398, año en el que, harto de la obstinación del maño al negarse a renunciar y poner fin al cisma de una vez, puso bajo asedio el palacio papal de Aviñón. Su hermano el duque de Orleans, por el contrario, mantendría el apoyo al pontífice aragonés y con él la guardia personal comandada por Bracquemont que le había proporcionado en su día.
El papa Benedicto XIII retratado como san Pedro por Juan Rexach
(siglo XV, iglesia de Santa María la Mayor de Morella)
La noche del 12 de marzo de 1403, tras casi cinco años de cerco y a punto de iniciarse el asalto definitivo a la fortaleza, el papa Luna puso en marcha el plan secreto que había acordado con el embajador del rey de Aragón Martín I y con el cardenal de Pamplona. El pontífice de Aviñón reunió a los los familiares y amigos que le acompañaban en el trance para tranquilizarles y le pidió a Robin de Bracquemont que iniciara la operación de fuga a través de los pasadizos subterráneos. Al final de un largo corredor, los hombres del normando retiraron los sillares que tapiaban una puerta cercana a la casa del deán de la catedral y salieron a la calle, dirigiéndose de inmediato a una posada en la que esperaban, llenos de incertidumbre, un grupo de caballeros aragoneses. La corriente del río Ródano y una barcaza de catorce remeros enviados por el cardenal de Pamplona permitió a la comitiva alcanzar el puerto de Arlés y de ahí la seguridad del reino de Aragón, donde terminaría sus días el Papa Luna refugiado en su castillo de Peñíscola.
No es de extrañar esta fidelidad de Bracquemont al papa Luna, que además iba en contra de los intereses de su rey, ya que, apenas dos meses antes de la arriesgada huida de Aviñón, el pontífice aragonés había otorgado indulgencias a todos aquellos que participaran en la empresa de conquista de las islas Canarias, a la par que establecía el futuro régimen eclesiástico que habría de establecerse en el archipiélago. ¿Y qué le iba a Bracquemont en todo eso? Pues mucho, porque había convencido al rey Enrique III de Castilla y de León de que acogiera bajo su protección esta aventura, que iba a ser liderada por su sobrino Juan de Bethencourt, al que había prestado la sustanciosa suma de siete mil libras para invertir en el empeño. Los ambiciosos y emprendedores tío y sobrino normandos buscaban el monopolio del comercio exterior de las islas mediante la concesión, por parte del monarca, del quinto sobre las mercancías procedentes de las mismas, lo que les iba a hacer de oro.
Con su sobrino como señor de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro y receptor de grandes rentas, Robin se dispuso a seguir viviendo aventuras, siendo la siguiente conducir seis naos hasta el golfo de Vizcaya, de donde partiría una expedición que obtendría una clara victoria cerca de Gibraltar frente a una flota combinada de los reinos de Granada, Túnez y Tremecén. Hábil en la guerra tanto en tierra como en el mar, Bracquemont tuvo desde 1405 un papel destacado en el mantenimiento de la flota franco-castellana y leonesa que habría de contrarrestar el poder naval inglés, llegando así a ser nombrado almirante de Francia en 1417, cargo desde el que favorecería la colaboración naval castellana y leonesa con Francia en el Atlántico frente a los ingleses.
En 1410 luchó hombro con hombro junto a su futuro cuñado Álvaro de Ávila y el infante Fernando de Trastámara contra los nazaríes de Granada. De esa campaña, cuyo episodio principal sería la toma de Antequera, saldría el matrimonio de su hija Juana y la estrecha relación con el hermano del rey castellano y leonés, que al poco tiempo iba a convertirse en rey de Aragón con el apoyo, entre otros, de Benedicto XIII. El papa y el normando, al que le debía la libertad y probablemente también la vida, se volverían a encontrar en la ceremonia de coronación de su común amigo Fernando el de Antequera, celebrada el 11 de febrero de 1414 en Zaragoza.
Mientras tanto, en Francia se libraba una guerra civil desde 1407; en este contexto, la ocupación de París en 1418 por parte del bando que apoyaba a la casa de Borgoña frente al de la casa de Orleans, a la que había servido Bracquemont, provocó que este perdiera su título de almirante de Francia y la confiscación de todos sus bienes en su tierra natal. A pesar de la amargura que le supondrían estas pérdidas, no tenía de qué preocuparse, puesto que llevaba años al servicio de los Trastámara de Castilla, León y ahora de Aragón, así que no le iba a faltar de nada.
Robin de Bracquemont redactó testamento en Madrid el 4 de abril de 1419, dejando un legado cuantioso, sin olvidarse de sus sirvientes franceses. Murió ese mismo mes en la localidad toledana de Mocejón, siendo enterrado en la iglesia de San Pedro Mártir de Toledo y luego en la capilla mayor del convento de San Francisco de Ávila, dando lugar al linaje de los Bracamonte, cuya historia es, sin duda, el patrimonio inmaterial más importante del que goza la localidad salmantina de Peñaranda.
Miguel Ángel Martín Mas








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