Los cristianos del Medievo lo tenían meridianamente claro: los judíos no fueron solamente los instigadores de la muerte de Jesús, sino también los ejecutores materiales del crimen. No hay más que ver la quinta viñeta de la cantiga de Santa María CXX, una escena de la crucifixión en la que se puede ver a seis personajes de narices aguileñas, símbolo de la obstinación en mantener su "trasnochada" fe, uno de ellos sosteniendo un mazo y otro una lanza. Ni rastro de Longinos o de otros legionarios, ya que, desde que el Imperio romano legalizara el cristianismo en el año 313 y luego lo adoptara como religión oficial en el 380, se convirtió en absolutamente inconveniente que los romanos aparecieran en el relato oficial, los evangelios, como los responsables del deicidio. De hecho, el episodio del lavado de manos de Poncio Pilato, narrado en el Evangelio de San Mateo, fue el punto de partida de esta exculpación y el nacimiento de un sentimiento de odio antijudío entre los cristianos que perduraría durante siglos.


Lavado de manos de Pilato por Duccio Di Buoninsegna.
Para más inri, nunca mejor dicho, los judíos no se achicaron ante el avance imparable del proselitismo cristiano y crearon textos como el Sefer Toledot Yeshu (Libro de la historia de Jesús), una antigua narración que ofrecía una versión alternativa, satírica y polémica de la vida del profeta apocalíptico galileo, que se popularizó durante la Edad Media y que levantó ampollas entre los cristianos. No es de extrañar, ya que en él se cuentan lindezas tales como que María quedó embarazada de Jesús tras la violación de un legionario romano, que el Nazareno era un hechicero y que, de resucitar nada de nada, puesto que lo que había ocurrido realmente es que un paisano, que tenía su huerta junto al santo sepulcro, se hartó de ver cómo durante tres días los acólitos estuvieron pisándole las lechugas y se llevó el cadáver a otro lado.
En
fin, que unos por otros, las relaciones entre cristianos y judíos de la Edad Media nunca fueron
buenas; de hecho, los primeros soportaban mejor a los musulmanes, que es verdad
que, según ellos, profesaban una fe equivocada, pero a su favor tenían que veneraban a María,
la única mujer mencionada por su nombre en el Corán y considerada como una de
las mujeres más puras y santas de la creación y la madre virginal del reconocido profeta
Jesús.
En
las Cantigas de Santa María aparecen varios episodios de odio a los judíos,
destacando entre todos ellos el que se narra en la cantiga XII, y que comienza con
una escena en la que el arzobispo de Toledo está celebrando la misa del día de
la Asunción de la Virgen.
En el momento culmen de la consagración del pan y el vino, con toda la iglesia en completo silencio, se oyó una voz femenina procedente de la figura de la Virgen que acusaba a los judíos de haber matado a Cristo y de ser todavía sus principales enemigos.
En
principio aquello causó un sentimiento de temor, pero rápidamente se pasó al de indignación,
calentando el arzobispo los ánimos aún más si cabía, alentando a la gente a
marchar sobre la aljama a darle su merecido a los pérfidos judíos.
La escena que se encontraron los cristianos que buscaban venganza mil trescientos años después de la muerte de su dios iba a iniciar un episodio de violencia desbocada. Resulta que un grupo de judíos había hecho una figura de cera de Cristo y la estaba golpeando y escupiendo sobre ella.
Además,
habían construido una cruz para recrear el episodio de la crucifixión, la gota
que colmaba el vaso, así que se desenvainaron esas espadas de hoja muy ancha y
de un solo filo, arma típica de la plebe y la milicia medieval, y la sangre de
los hijos de Jacob corrió a raudales ese día por la calles del barrio judío de
Toledo.

Por supuesto, cuando llegaba la, entonces y ahora, inevitable Semana Santa los ánimos se exacerbaban hasta el máximo entre los cristianos. De hecho, hoy en día se mantiene en la ciudad de León la tradición de salir a "matar judíos". Sí, así tal cual es la expresión que, por supuesto, lejos de su significado literal, hoy se utiliza para referirse a una práctica festiva como es salir a beber con la pandilla la típica limonada leonesa, una mezcla de vino con frutas y azúcar. Sin embargo, detrás de esa costumbre inofensiva a día de hoy seguramente pervive un relato transmitido durante generaciones que remite a un episodio de violencia en los tiempos del León medieval.
Afortunadamente, ningún cristiano siente en el presente odio hacia los judíos, sino indignación y asco ante los crímenes cometidos por el estado de Israel que preside Benjamín Netanyahu, que de semita no tiene nada y que es un judío askenazi que, como tal, proviene de unos antepasados germanos convertidos al judaismo que jamás pisaron la provincia romana de Judea y mucho menos Galilea, la patria de Yeshua ben Yosef, al que un judío romanizado muy espabilado y de nombre Saulo convirtió en Jesucristo.
Miguel Ángel Martín Mas
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