lunes, 27 de abril de 2026

La peste, la Virgen, la reina, los perros de Dios y la conversión de los judíos

La peste bubónica se llevó por delante a la tercera parte de la población de Europa, sin miramientos, no hizo distingos entre cristianos, judíos o musulmanes; tampoco los hizo entre estamentos sociales, ya que también acabó con la vida del único rey nacido en Salamanca, que fue criado por la noble Inés de Alimógenes entre su Hacienda de Zorita y la población de Tamames, señorío de su esposo, Juan Alfonso de Godínez. Y tras esa muerte, la de Alfonso XI, acaecida el 26 de marzo de 1350 durante el sitio de Gibraltar, solamente vendrían más desgracias, entre ellas la guerra entre su hijo y heredero, Pedro I, y el medio hermano de este, Enrique de Trastámara, que acabó con el asesinato del primero a manos del segundo en 1369.


Ciudadanos de la ciudad francesa de Tournai enterrando víctimas de la peste negra. Miniatura de Pierart dou Tielt, c. 1353.

De la guerra civil librada en los reinos de Castilla y de León tuvieron la culpa las veleidades amorosas de Alfonso el Onzeno, desde luego; por otro lado, la hecatombe provocada durante años por la peste negra se achacó a un castigo divino, al permitir los cristianos que entre ellos vivieran los deicidas judíos, quienes, gracias al episodio evangélico del prefecto romano Poncio Pilato lavándose las manos (Mateo 27:24), habían pasado a la historia como los asesinos de Jesucristo, quedando así exculpados los romanos, que al fin y al cabo terminaron convirtiéndose al cristianismo con el Edicto de Tesalónica, promulgado en el año 380 d.C.


Un judío convence al cristiano Teófilo de hacer un pacto con el Diablo en la Cantiga de Santa María III.

Hacía finales del siglo XIII la Virgen había hecho todo lo posible por castigar a sus paisanos más recalcitrantes y por salvar las almas de aquellos más proclives a la conversión al cristianismo, tal y como se nos muestra en una treintena de las Cantigas de Santa María, recopiladas por el sabio monarca Alfonso X, pero, a pesar de ello, un siglo después, en las principales ciudades de los reinos cristianos hispánicos seguía existiendo un porcentaje muy alto de habitantes aferrados a la fe de Abraham y relativamente aislados por voluntad propia del resto de la sociedad en sus juderías, regidas por la aljama, que también tenía autoridad sobre los judíos que habitaban entre los gentiles en la misma localidad.


Cantiga CVII, la Virgen salva la vida de una mujer judía que había sido sentenciada a muerte por la aljama de su ciudad; por supuesto, la mujer se convierte al cristianismo.

El desastre sanitario, político y económico que se vivió en la segunda mitad del siglo XIV y, sobre todo, la todavía hoy vigente normalización del odio hacia el diferente y su deshumanización —no hay más que ver el trato que los israelíes están dado a los palestinos— provocaron un irreversible deterioro de la convivencia entre cristianos y judíos, teniendo en cuenta, además, que muchos de estos últimos llevaban siglos despertando envidias por la riqueza adquirida gracias a sus lucrativas actividades industriales y de comercio internacional. Así las cosas, no es extraño que surgiera en la ciudad de Sevilla un nefasto personaje, de nombre Ferrán Martínez, más conocido como el arcediano de Écija, que desde el año 1376 estuvo incitando a los destripaterrones cristianos hispalenses en contra de la comunidad judía. Lo peor habría de venir un fatídico 6 de junio del año de 1391 con saqueos, incendios, conversiones forzadas y el asesinato de cuatro mil judíos de la aljama sevillana. Los pogromos se extendieron luego a otras ciudades castellanas y leonesas, y también del reino de Aragón, con consecuencias igualmente desastrosas.


Escena de un pogromo en la Cantiga XII.

El consejo de regencia del rey Enrique III de Castilla y de León, que por entonces contaba con doce años, intentó parar todo aquello, no en vano la monarquía protegía a los judíos, que eran considerados de su propiedad, legislándose en muchos casos con la idea y la esperanza de verlos convertidos a la fe católica, puesto que se confiaba en que unas meras medidas represivas, sin necesidad de ejercer la violencia física, fomentarían esa conversión. En todo caso, se pensó eso de que no hay mal que por bien no venga, ya que aquellas revueltas populares antijudías supusieron una gran oportunidad que había que aprovechar. Una vez restaurado el orden público por uno de los miembros del consejo, Diego López de Zúñiga, este también recibió el encargo de remodelar la judería de Sevilla, que vería sus cuatro sinagogas convertidas en tres iglesias y un convento, recibiendo además el nombre de Villa Nueva, que a partir de entonces sería habitada, en consecuencia, por cristianos nuevos.

Los muchos servicios de Diego López de Zúñiga a la corona castellana y leonesa fueron recompensados en 1396 por el rey Enrique III con varias mercedes, entre ellas las propiedades y bienes de los judíos que perecieron en la matanza sevillana y el señorío de Béjar, ciudad en la que, casualmente o no, habría de encontrarse con una gran comunidad judía que, precisamente, había aumentado su censo con refugiados que habían logrado escapar de los pogromos de 1391, evitando así la muerte o la conversión forzosa. Zúñiga, que había adquirido experiencia en convertir judíos tras los hechos de Sevilla, parece ser que tuvo la genial idea de promover en su nuevo señorío bejarano la procesión del Corpus, que, dados los disturbios que se dice que se produjeron, probablemente hizo pasar por las calles de la judería bejarana para meterle en la cabeza a los herejes bajo su dominio que Jesucristo era Dios y que, en consecuencia, tenía presencia real en el pan y el vino consagrados. Sin duda, la dinastía Trastámara, asistida por sus fieles perros de presa nobiliarios, había comenzado el proceso de destrucción sistemática de la estructura social, cultural y religiosa de las aljamas para forzar la asimilación y borrar, de una vez por todas, la memoria y la identidad de los judíos en estas tierras, lo que culminaría un siglo después la usurpadora y antijudía por antonomasia Isabel la Católica.


Procesión del Corpus, una verdadera provocación y una anatema para los judíos.

Pero antes de la conversión forzosa o la expulsión ofrecidas a los judíos por la pareja conquistadora de Granada, la abuela paterna de ella, Catalina de Lancaster, más sutil, misericordiosa y mejor cristiana que la nieta, intentó atraer a estos a la conversión por las buenas y con inestimable ayuda de la Orden de Predicadores, los Dominicos, unos hábiles profesionales dedicados a convencer por medio de la palabra de las bondades de pasarse al cristianismo.


Dominico predicando en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva (Segovia).

Pero para ello lo primero que había que hacer era reformar y relanzar dicha Orden, que había quedado diezmada y bastante desarticulada a causa de la peste negra. En el año 1399 Catalina de Lancaster —nieta del asesinado Pedro I y reina consorte de Enrique III de Trastámara, el nieto del asesino­— entregó a los Dominicos la iglesia de la población de Santa María la Real de Nieva, que la pareja real había fundado unos pocos años antes, tras la milagrosa aparición de la imagen de una Virgen enterrada en esos lares, tan cercanos a su corte del alcázar de Segovia. Apenas un año después comenzaron las obras de construcción de un monasterio dominico, que gozaría de una importante ampliación en el año 1414, creándose así un verdadero semillero de predicadores que habrían de recorrer los reinos cristianos peninsulares en pos de la conversión de esos judíos que persistían en profesar la fe equivocada. 


Bienvenida a un novicio dominico representada en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.


Un Dominico predica a una aldeana en un capitel del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.

Pero, por si acaso las convincentes palabras de los dominicos no fueran lo suficientemente efectivas, en 1412 se promulgaron las Leyes de Ayllón, redactadas durante la minoría de edad de Juan II, es decir, bajo la corregencia de su madre Catalina de Lancaster y su tío Fernando de Trastámara y con un fuerte componente antijudío, característico del pontificado de Benedicto XIII, el Papa Luna de Avignon, cismático y buen amigo de los Trastámara, que lo apoyaron desde sus reinos de Castilla, León y Aragón, prefiriéndolo antes que a Gregorio XII, que pontificaba desde Roma, y Alejandro V, que hacía lo porpio desde Pisa. Dicho corpus legislativo estaba compuesto por veinticuatro artículos dirigidos a hacer imposible la vida de los judíos no convertidos al cristianismo por medio de la asfixia económica y la segregación social. Así, se estipulaba de forma obligatoria la separación física en juderías, la abolición de la autonomía jurídica y administrativa de las aljamas, la limitación de los desplazamientos, la obligación de los hombres de llevar barba y la de las mujeres de llevar la cabeza cubierta, vestir de forma modesta con paños oscuros y portando una rodela bordada de color amarillo o rojo y la prohibición de ejercer oficios dignos y de provecho tales como el de arrendador, almojarife, médico, cirujano, farmacéutico, droguero, albéitar, herrador, carpintero, jubetero, sastre, tundidor, carniceros, peletero, trapero o zapatero.


Una carnicería representada en el claustro del monasterio de Santa María la Real de Nieva.

Detrás de todo esto estaba, por supuesto, un Domini canes, un Dominico, casualmente otro buen amigo del antijudío papa Luna, el valenciano Vicente Ferrer, que pasó por la ciudad de Salamanca entre 1411 y 1412 para predicar en la sinagoga nueva, actual iglesia de la Veracruz, consiguiendo así la conversión de muchos judíos e iniciándose el declive de la aljama de Salamanca, que se vería forzada a ceder el control de todos sus bienes y de su escuela talmúdica a la universidad y al concejo.


Vicente Ferrer, un santo dominico empeñado en que los judíos se convirtieran al cristianismo.

Así las cosas, no es extraño que en este contexto de empecinamiento cristiano en la conversión de los judíos surgiera la leyenda de la moza santa de Sequeros, una tal Juana Hernández, una conversa que en el año 1424 se levantó en su propio funeral para anunciar los mensajes que había recibido del Cielo, entre ellos la existencia de la talla de una Virgen que llevaba enterrada más de doscientos años en algún rincón de la Peña de Francia. La imagen fue encontrada, como se había encontrado la de Santa María la Real de Nieva, y, por supuesto, sobre nuestra emblemática Peña se erigiría un convento dominico que recordaría desde las alturas a los judíos refugiados en nuestras sierras salmantinas que el tiempo de persistir en sus erróneas creencias estaba llegado a su fin. Y como parece ser que los judíos de Béjar necesitaban todavía un pequeño empujoncito hacia el amor de Cristo, en el año 1446 se encontró otra imagen de la Virgen en esta localidad, la que se sigue venerando bajo la advocación de El Castañar.


El marrano de san Antón, una tradición de la localidad salmantina de La Alberca que lo mismo se inició como forma de detectar criptojudios. Supongo que por la misma razón la matanza doméstica del cerdo siempre fue una actividad que se llevaba a cabo con todas las puertas abiertas a la comunidad.

Bueno, qué más os puedo contar, bien es sabido que todas estas mierdas antijudías medievales tuvieron su culmen con el Holocausto perpetrado en pleno siglo XX contra esta etnia en pleno siglo XX, gran parte de la cual nunca tuvo antepasados que habitaran Judea o Galilea, ya que se trata de descendientes de norteafricanos (judíos sefardíes) o de eslavos y bálticos (judíos asquenazíes) convertidos al judaísmo. En todo caso, siglos de persecución y el terrible trauma sufrido con la Shoá les hizo creer que tenían derecho a presentarse en Palestina, formar un nuevo estado y robar las tierras y la vida a sus habitantes ancestrales, que seguramente sí descienden de los judíos que habitaban esa tierra en tiempos de Jesús y cuyos descendientes a su vez se convirtieron al Islam con la conquista árabe del 634 d.C.


Un buen número de israelíes tiene de semita lo que Michael Jackson, que en paz descanse, tenía de caucásico. Por ejemplo, el verdadero apellido de Benjamín Netanyahu, actual primer ministro del estado de Israel, es Mileikowsky, ya que su ascendencia es la de polacos convertidos al judaísmo. Al migrar su padre a Palestina tras el Holocausto este se cambió el apellido por otro que sonara a judío que, por cierto, significa "don de Dios", una verdadera paradoja, ya que el primer ministro israelí con su política de holocausto palestino es, sin lugar a dudas, el peor regalo envenenado que haya podido recibir nunca el pueblo judío.


Miguel Ángel Martín Mas

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