Existe una hipótesis sugerente, aunque difícil de demostrar de forma concluyente, según la cual parte del imaginario fantástico contenido en los bestiarios medievales podría haber estado influido por el descubrimiento accidental de fósiles de grandes animales prehistóricos. En una época en la que los conceptos de extinción, evolución o millones de años eran completamente desconocidos, el hallazgo de enormes huesos incrustados en la roca debía de resultar profundamente desconcertante. Para un campesino, un pastor, un minero o un cazador medieval, encontrar un cráneo gigantesco con enormes dientes, una vértebra del tamaño de un escudo o un fémur mucho mayor que el de cualquier animal conocido solo podía admitir una explicación lógica dentro de la cosmovisión de su tiempo: aquellas criaturas debían de existir todavía, aunque habitasen lugares remotos e inaccesibles.
Imagen generada mediante IA que imita una viñeta de las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, en la que un dinosaurio de la especie Baryonyx aparece en la orilla de un río del Cretácico.
No obstante, puede que dicha creencia ya estuviera extendida desde tiempos más antiguos, ya que no hay más que echar un vistazo a esta crátera corintia de mediados del siglo VI a. C. En ella se representa el rescate de Hesíone por Hércules, quien combate al monstruo marino enviado para devorar a la princesa troyana y que, desde luego, parece el craneo fosilizado de un animal antediluviano incrustado en una roca.
Crátera corintia conservada en el Museum of Fine Arts de Boston.
Poseidón envió un monstruo marino para castigar a la ciudad de Troya y un oráculo decretó que la princesa debía ser sacrificada para apaciguar a la bestia. Hércules aceptó enfrentarse al monstruo a cambio de una recompensa prometida por el rey. En la escena, el héroe aparece armado con arco y espada mientras combate a la criatura, al tiempo que Hesíone, situada junto a él, le tira piedras. Tras dar muerte al monstruo y salvar a la joven, Hércules no recibió la recompensa acordada, lo que desencadenó una expedición contra Troya.
Magnífico libro de Adrienne Mayor, historiadora de la ciencia antigua y folclorista clásica estadounidense, cuya tesis principal es que muchos mitos y creencias populares están basados en las interpretaciones de la naturaleza que hacían las culturas precientíficas.
Precisamente, nos encontramos con una bestia en la cantiga CLXXXIX, que tiene por título "Esta es sobre un hombre que iba a Santa María de Salas se encontró un dragón en el camino y lo mató, pero quedó leproso por su veneno y después lo curó Santa María" y cuyo estribillo reza de la siguiente manera: Bien puede curar Santa María de cualquier veneno / pues es madre del que venció al basilisco y al dragón.
Siendo la Virgen "madre del que venció al dragón", no es extraño que este animal fantástico esté profusamente representado en el arte religioso medieval, no hay más que ver los pintados en la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, los que aparecen en capiteles y portadas de multitud de iglesias románicas y el que mató Santa Marta, la Tarasca, acción bellamente mostrada en las pinturas del monasterio de Santa Clara de Toro y que se pueden ver musealizadas en la iglesia de San Sebastián de los Caballeros de esta misma ciudad.
Santa Marta y Tarasca que desfilan el día del Corpus en la ciudad de Zamora.
Según nos cuenta dicha cantiga, un animal con forma de dragón se cruzó al oscurecer en el camino de un peregrino valenciano, que se había extraviado, y que se dirigía hacia el santuario oscense de Nuestra Señora de Salas.
Muerto de miedo, pero confiando en el poder protector del manto de Nuestra Señora, no corrió, sino que rezó, lo que le imbuyó ánimo, corrió hacia la bestia y le asestó tal mandoble con su viejo espadón que le partió el corazón en dos.
Este santuario oscense se fundó alrededor del año 1200 bajo el mecenazgo de la reina Sancha de Castilla, esposa y viuda del rey Alfonso II de Aragón, madre de Pedro II de Aragón y tía del rey Alfonso VIII de Castilla, por el que sentía un especial cariño.
Alfonso II de Aragón y su consorte Sancha de Castilla en el Liber Feudorum Maior, de finales de siglo XII.
Talla románica de la Virgen oscense de Salas.
Miguel Ángel Martín Mas
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