viernes, 3 de abril de 2026

Pasión, muerte y resurrección de Cristo en Santa María la Real de Nieva

El 17 de septiembre de 1388 se casaron en la Catedral de San Antolín de Palencia los primeros príncipes de Asturias de la historia, el infante mayor Enrique y Catalina de Lancaster. Él era nieto de Enrique de Trastámara, que en 1369 asesinó y arrebató el trono a su medio hermano Pedro I, que era, ya ves tú qué cosas, el abuelo de ella. Volvían así la paz y las aguas a su cauce en los reinos de Castilla y de León, comenzado el reinado de esta desdichada pareja en el año 1390. Cosas que pasaban en el Medievo, poco después de su proclamación apareció enterrada en un páramo cercano a la actual población segoviana de Santa María la Real de Nieva una imagen de la madre de Cristo, a la que se le daría el nombre de Virgen de la Soterraña.


Catalina de Lancaster, hija del duque inglés Juan de Gante y de la infanta Constanza de Castilla y de León, segunda hija de Pedro I el Cruel. 


Enrique III de Castilla y de León con un careto que hacer honor a su sobrenombre: el Doliente.

La devota reina mandó construir una iglesia y un monasterio en este lugar, que entregó a la Orden de Predicadores, los Dominicos, en el año 1399. En Salamanca también apareció otra famosa Virgen unos años después, concretamente en 1434, la de la Peña de Francia, cuando era reina consorte María de Aragón, cuyas armas heráldicas, al igual que las de su antecesora, también aparecen representadas en el claustro del monasterio segoviano, ya que promocionó sus obras de ampliación. En Salamanca no se pudo por menos que construir otro monasterio, este sobre la segunda mayor altura de la Sierra de Francia que, curiosamente, también fue entregado a los Dominicos, por aquel entonces inmersos en su renovación espiritual y en su incansable afán por convertir a los herejes. De hecho, la que había profetizado que se iban a encontrar una Virgen oculta en lo alto de la Peña de Francia fue una moza judía conversa del pueblo de Sequeros, una ejemplarizante muestra de las mercedes que Dios podía conceder a aquellos judíos que, siguiendo las enseñanzas de los Predicadores, accedían por fin a ser bautizados.


Armas de Catalina de Lancaster sostenidas por dos frailes dominicos en el claustro del Monasterio de la Soterraña. 


Armas de María de Aragón, primera esposa de Juan II de Castilla y de León, en el claustro del Monasterio de la Soterraña. 


Claustro del Monasterio de la Soterraña en Santa María la Real de Nieva. Una orba del princiios del siglo XV que parece de la época del Románico.


La Orden de los Dominicos era conocida como "Los perros de Dios" (Domini Canis), un juego de palabras que presenta a estos frailes como los fieles guardianes y defensores de la fe cristiana, encargados de la predicación y la protección del Evangelio. Este capital del claustro quizá represente a un perro dominico azuzando a un cerdo hereje.

Volviendo a la historia de los primeros príncipes de Asturias, Enrique III de Castilla y de León fue apodado “el Doliente” debido a su precaria salud y a las numerosas enfermedades que sufrió durante casi toda su vida. Padeció dolencias desde muy joven, probablemente de naturaleza neurológica o de origen tuberculoso, que le debilitaron gravemente y afectaron a su carácter y aspecto físico. El calvario del rey terminó en 1406, a la par que dejaba viuda a su esposa Catalina de Lancaster, que, no lo he dicho antes, fue la abuela paterna de Isabel la Católica. Evidentemente, la pasión y muerte de este rey no tuvo resurrección, al contrario de las vividas por Jesucristo, representadas en un friso de la fachada septentrional de la iglesia del Monasterio de la Soterraña, donde, a pesar del ostensible deterioro del conjunto, todavía podemos reconocer algunas de las escenas que durante la Semana Santa cargan los fervorosos y sufridos costaleros de las cofradías.


Fachada norte de la iglesia de Santa María la Real de Nieva.

La primera escena que os quiero presentar es la de la resurrección de Lázaro, episodio que no dejaba de ser un precedente de la de Jesús; vamos, que si eres un lector espabilado de Jn 11,1-45, ves el spoiler claramente.


A continuación viene una última cena a la que tan solo asisten diez discípulos, que, de toda la vida de dios, en cualquier quedada de amigos siempre hay alguno que se descuelga en el último momento. Algunos de los apóstoles aparecen o bien con la mano sobre el pecho, o bien señalando a alguno de sus compañeros, gestos que dan cuenta de ese incómodo momento con el que Jesús acabó con el buen rollo. En los platos, peces, primer emblema cristiano, que simbolizarían la ofrenda que Cristo hace a sus discípulos de su propio cuerpo.


A continuación tenemos la escena del lavatorio, en la que que el Galileo está aseando los pies a uno de los apóstoles, mientras que otros tres aguardan su turno con impaciencia, que no todos los días el jefe se muestra tan humilde con sus subordinados.


T
ras quedar todos los pares de pies bien limpios, se representan la oración en el Huerto de los Olivos y a Pedro, Santiago y Juan, que, tras unas copas de vino de más durante la cena, han caído en un placentero sueño. Ninguno de los tres apóstoles conserva la cabeza, inequívoca señal divina que nos advierte al respecto de en manos de quien está el patrimonio histórico-artístico en la comunidad autónoma de Castilla y León.



Ahora vemos a Pedro cortando la oreja derecha a Malco, el sirviente de Caifás, al tiempo que Judas hace su peor "judiada" y besa a Jesús.


La escena del prendimiento, en la que Jesús es apresado por tres hombres armados, dos de los cuales llevan lámparas de aceite, tal y como se cuenta en el Nuevo Testamento, que la gente que esculpía estas cosas solía estar bien informada.


El hijo de María la de Nazaret ante el Sumo Sacerdote Caifás, que, escoltado por dos soldados, coloca su mano sobre el hombro izquierdo de un personaje que está de pie frente a él y que señala al reo con el dedo índice de la mano izquierda, el acusica de turno, vamos.


Aunque no se ve casi nada, a continuación debería ir la negación de Pedro, ya que tras esta escena perdida se ve la presentación de Jesús ante el gobernador Poncio Pilatos que, como no estaba ese día para aguantar chorradas de judíos y, además, había que exculpar en los Evangelios a los romanos, futuros cristianos de pro, del deicidio, decidió lavarse las manos.


La flagelación, que os puedo contar de este episodio que no contara el bueno de Mel Gibson en su película La Pasión de Cristo, que no está mal, pero con esta te sabías el final antes de entrar en el cine, al contrario de lo que pasaba con su magnífica serie de películas Arma Letal.


La narración tallada en piedra prosigue, como no podía ser de otra manera, con Jesús camino del Calvario.


Cristo, crucificado como sedicioso con pretensiones de rey y flanqueado por los famosos legionarios romanos Longinos y Estefatón, el del lanzazo en el costado el primero y el de la esponja empapada en vinagre el segundo. Hay cinco figuras a los pies de la cruz que contemplan a Jesús crucificado, entre las cuales, seguramente, se encontrasen la Virgen, san Juan y María Magdalena. Al contemplar el cadáver de su hijo, la Virgen se lleva la mano al vientre, en una posible alusión a la Encarnación, aunque también es verdad que una vista así le revuelve el estómago a cualquier madre. 





Estefatón, a la derecha de Jesús, en la representación más temprana de la crucifixión en el manuscrito ilustrado escrito en siríaco llamado Rabbula Evangelios, del año 586. Longino no es nombrado aquí.

La siguiente escena se corresponde con el entierro de Jesús, en el que al menos cinco personajes, entre los que se encontrarían José de Arimatea y Nicodemo, depositan el cuerpo de Jesús en el sepulcro


Y para acabar la historia a lo grande, el cantero galileo metido a profeta apocalíptico de nombre Jesús resucita como Jesucristo, surgiendo del sepulcro portando la cruz sobre su hombro izquierdo, que ya tuvo que ser difícil meterla ahí sin desmontarla, aunque así era el arte antiguo, a nadie le preocupaba el realismo que tanto nos preocupa ahora. Por cierto, mirad, los dos soldados que vigilaban el sepulcro se desmayan del susto que se llevan, que ver levantarse a un muerto da mucho miedito por mucho que sea el Salvador, aunque ellos, los pobres, ni siquiera sabían esto.


Y para finalizar esta entrada semanasantera, las tres Marías, María Magdalena, María de Cleofás y María Salomé, encuentran el sepulcro abierto y vacío sobre el cual aparece sentado un ángel que les comunica lo ocurrido.



Hay que reconocer que las tres Marías se conservan bastante mejor, y eso que son mucho más viejas, en un capitel de la ermita de Santa Cecilia en Vallespinoso de Aguilar (Palencia).

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