Cuatro fueron los tercios creados por Carlos I entre 1534 y 1536 para la defensa de los territorios que la Monarquía Hispánica poseía en el Mediterráneo, ya que el Reino de Francia, el Imperio otomano y los piratas berberiscos, aliados por entonces, ansiaban su conquista. Nacieron así los Tercios de Lombardía, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, siendo este último también conocido como Tercio de Bracamonte por el apellido de su mariscal de campo, que tenía por nombre Gonzalo. Era este choznieto del caballero francés Robín de Bracquemont, cuya hija, Juana, se casó en el año 1400 con el primer señor de Peñaranda, Álvaro Dávila, y de ahí que esta localidad salmantina y uno de los Tercios Viejos compartan ese cognombre tan contundente y evocador como es Bracamonte.
Si, como todo parece apuntar, el origen del apellido Bracamonte es el apodo Rompemontes, dado a un fiero guerrero normando del siglo XI, hay que decir que, tanto Gonzalo como su hermano Pedro, que también combatió en los tercios, hicieron honor con creces a su estirpe. Y es que desde 1564 el Tercio de Bracamonte participó en acciones tan memorables como la toma del Peñón de Vélez de la Gomera, que todavía es territorio español en África, o el auxilio dado a la isla de Malta durante el asedio a la que la sometieron los turcos en 1565.
Armas del apellido Bracquemont, una maza que rompe un monte. Los Bracamonte se dividieron en dos ramas, los que ostentaron el señorío de Peñaranda de Bracamonte, convertido en condado en 1602, y los que ostentaron el señorío de Fuente el Sol. Gonzalo y Pedro de Bracamonte pertenecían a esta última rama de la familia.
La rebelión iniciada en Flandes en 1566 contra el rey Felipe II llevaría al Tercio de Cerdeña, y con él a los dos hermanos Bracamonte, a incorporarse al enorme contingente militar que se reunió en Lombardía bajo el mando de Fernando Álvarez de Toledo, el duque de Alba. Se inauguraba así lo que se conocería como el Camino Español, una de las mayores proezas logísticas militares de la Edad Moderna, cuyo objetivo principal era trasladar tropas, dinero y provisiones desde el norte de Italia hasta Flandes, un recorrido de unos mil kilómetros, para combatir en la guerra de los Ochenta Años.
Este prolongado conflicto bélico fue un buen ejemplo de ese dicho popular que reza que lo que mal empieza mal acaba, en este caso para la Monarquía Hispánica, ya que, a pesar de las hazañas llevadas a cabo por los soldados de los tercios de Felipe II en Jemmingen, Gembloux, Empel o Breda, la guerra se inauguró oficialmente con la batalla de Heiligerlee, una humillante derrota española, y se clausuró con la independencia de los holandeses en 1648.
Lo que ha de resultar más curioso a los peñarandinos es que tanto en el episodio inaugural de la guerra de los Ochenta Años como en su coda estuvieron involucrados, con distinta suerte, los Bracamonte, ya que Gaspar de Bracamonte, tercer conde de Peñaranda, fue el ministro plenipotenciario de Felipe IV en la negociación y la firma del Tratado de Münster, que puso fin a dicho conflicto. Por otro lado, el Tercio de Cerdeña combatió en la citada batalla de Heiligerlee, librada el 23 de mayo de 1568 en la provincia holandesa de Groninga, y que terminó con una aplastante derrota para los españoles, de la que, lamentablemente, fue en gran parte responsable Gonzalo de Bracamonte, que ese día se mostró impaciente, imprudente e indisciplinado y, por su cuenta y riesgo, envió a sus hombres directos a una emboscada preparada por los holandeses en un terreno repleto de fosos creados por la extracción de turba. Ni los enemigos de los tercios ni sus tropas aliadas alemanas daban crédito ante aquella muestra de indisciplina por parte de la que, se suponía, era la nación más formada en los asuntos de la guerra. Ese fatídico día murieron entre cuatrocientos y quinientos españoles, entre ellos algunos que, aun habiéndose rendido, "fueron presos y arcabucearon vivos atados en palos, y algunos mataron con otras crueles formas de tormentos", tal y como nos narra el contador de los tercios Antonio de Carnero en su crónica Historia de las guerras civiles que ha avido en los estados de Flandes des del año 1559 hasta el de 1609. La masacre no fue mayor gracias a la aparición de tres escuadrones de caballería comandados por el capitán Andrés de Salazar, que protegió a los soldados desbandados del Tercio de Bracamonte y puso en fuga a sus perseguidores, que retornaron a la seguridad que les ofrecía el ejército holandés.
Aquel podría haber sido el peor día de la vida del mariscal de campo Gonzalo de Bracamonte y del capitán de arcabuceros Pedro de Bracamonte, pero, muy cercanos en el tiempo, vinieron otro peor y uno más, si cabe, más aciago. El caso es que tras la victoria del duque de Alba en Jemmingen, batalla librada el 21 de julio de 1568, el Tercio de Bracamonte volvió a marchar por la zona en la que sufrió la severa derrota y posterior masacre unos meses antes, desatándose entre sus hombres un sentimiento de rabia y venganza que les llevó a saquear e incendiar casas y a asesinar cruelmente a numerosos civiles, sin que su mariscal de campo pudiera poner freno a tantos desmanes. Qué acciones tan repugnantes se llevarían a cabo esa jornada para que el duque de Alba, que era el terror de Flandes, decidiera disolver el Tercio de Bracamonte. El rey Felipe II mostró por medio de una carta su confianza en las decisiones del duque de Alba y se mostró benevolente con los hermanos Bracamonte: "cuanto a lo que me escribisteis de las causas porque habíais reformado el tercio de Cerdeña, yo no tengo que decir, sino que, por las mismas me parece muy bien hecho, y que, pues don Gonzalo de Bracamonte y don Pedro, su hermano, no tuvieron culpa, quedará acerca de mí, a la figura que merecen".
Arcabucero español. Pedro de Bracamonte sirvió al lado de su hermano Gonzalo como capitán de arcabuceros.
Para vergüenza y escarnio de los soldados del Tercio de Bracamonte se organizó una ceremonia en la que se rompieron las astas de sus banderas y se quemaron sus bandas rojas, el distintivo oficial de los soldados de la Monarquía Hispánica para reconocerse en el campo de batalla. Gonzalo de Bracamonte fue nombrado maestre de campo del Tercio de Flandes, salvando así su reputación y excusándole de lo acontecido en la batalla de Heiligerlee y de los crímenes de guerra cometidos por sus hombres sobre civiles inocentes; aquello no fue para nada una recompensa, teniendo en cuenta el avispero en el que se iba a convertir la guerra en Flandes, que habría de llevarse la vida del mismísimo Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, en 1578, dos años antes de que la parca reclamara también a Gonzalo de Bracamonte en circunstancias que desconocemos.
De este modo el veterano mariscal de los tercios se ahorró ver el triste destino que tuvo su hermano Pedro, quien, de vuelta a Ávila, tuvo que empeñar sus armas y su ropa para poder malvivir. Tampoco pudo ver la caída en desgracia de su hermano Diego, el VI señor de Fuente el Sol, el hijo primogénito de Mosén Rubí de Bracamonte, el noble que fuera primer patrón de una hermosa capilla familiar en la ciudad abulense. Diego, a diferencia de sus hermanos Gonzalo y Pedro, vivió lo suficiente para terminar harto de las locas aventuras militares del rey Felipe II, hartazgo que le llevo a escribir y repartir por las calles de Ávila unos pasquines en los que se animaba a la población a negarse a entregar lo que el rey urgía a pagar, ya que las arcas reales estaban vacías tras el desastre sufrido por la Gran Armada, enviada contra Inglaterra en 1588. Diego de Bracamonte fue condenado a muerte como traidor, siendo ejecutado en la plaza del Mercado Chico de Ávila el 17 de febrero de 1592.
Capilla de Mosé Rubí en Ávila.
Castillo de Fuente el Sol, construido por Álvaro de Bracamonte a principios del siglo XV.
Y hasta aquí llegó la historia de estos tres hermanos Bracamonte que vivieron y murieron en nuestro Siglo de Oro, etiqueta histórica que, seguramente, se ideó sin pensar que no es oro todo lo que reluce.
Miguel Ángel Martín Mas







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