Entre los años 1220 y 1230 unas mujeres salmantinas lideradas por una tal Urraca, de la que nada más sabemos aparte de su nombre, bastante común en esa época en el reino de León, se reunieron para vivir como hermanas en religión en el entorno de una ermita hoy desaparecida. Dicho grupo, que básicamente buscaba mutuo apoyo y seguridad, estaba formado, principalmente, por esposas viudas e hijas huérfanas de caballeros villanos salmantinos; estos habían perecido en la guerra que el rey Alfonso IX estaba librando para arrebatar las principales ciudades de la Extremadura leonesa a los musulmanes. Fue de este modo como nació el beaterío de las Dueñas de Santa María, situado en el mismo lugar en el que se encuentra el Real Convento de Santa Clara de Salamanca, en la ladera sur de un promontorio sobre el que se alza la iglesia de San Cristóbal, templo que fue propiedad de la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro.
Lo siguiente que podemos afirmar a ciencia cierta es que, en 1238, cuando en Castilla y en León correinaban Fernando III y su madre, Berenguela la Grande, la nueva comunidad salmantina ya convivía bajo la misma regla que seguía Clara de Asís (1194-1253) en la iglesia de San Damián, advocación de la que deriva el nombre Damianitas, con el que se conoció a sus seguidoras en los comienzos de su obra. Se regían aquellas mujeres por unas normas que el cardenal Ugolino de Segni les había redactado hacia 1218, dado el disgusto que provocaba entre la curia eclesial la proliferación de beaterios femeninos que no contaban con una regulación aprobada por la Iglesia. No sería hasta el 9 de agosto de 1253, poco tiempo antes de la muerte de Clara Scifi, cuando el papa Inocencio IV promulgaría la regla monástica de unas hermanas que en el futuro se conocerían como Clarisas.
La documentación que se conserva en el archivo de este cenobio salmantino también nos cuenta que en el año 1245 su iglesia monacal ya estaba abierta al culto, pudiendo disfrutar los feligreses que levantaran un poco la vista de una techumbre de par y nudillo decorada con más de un centenar de emblemas heráldicos y que, milagrosamente, todavía se conserva en todo su esplendor. La investigación sobre el origen y el significado de este impresionante conjunto iconográfico está disponible tanto en nuestro blog hermano La chova piquirroja como en un artículo recientemente publicado por la Universidad de Córdoba y que se puede descargar a través del siguiente enlace.
Techumbre de la iglesia del Real Convento de Santa Clara de Salamanca. Está decorada con emblemas heráldicos que hacen referencia las casas reales de León y de Castilla en tiempos de Berenguela la Grande (1180-1246).
Aparte de esta techumbre única en su género, alberga este cenobio salmantino otro tesoro medieval, las pinturas del coro bajo, datadas en su mayoría como de comienzos del siglo XIV, y de las que os iremos hablando en sucesivas entradas de este blog.
Se trata de un conjunto pictórico que en su mayor parte es de estilo franco-gótico y que hay que ubicar cronológicamente entre las realizadas en 1262 por Antón Sánchez de Segovia en la Capilla de San Martín de la Catedral Vieja y las que desde 1350 decoraron las paredes del convento de Santa Clara de la ciudad zamorana de Toro que, por cierto, tienen cierto parecido con las salmantinas.
Pintura situada sobre la entrada de la capilla de San Martín de la Catedral Vieja de Salamanca.
La gran mayoría de personajes representados en estas antiguas pinturas conservadas en Salamanca son santos y santas mártires que se nos muestran en una especie de cómic de superhéroes medievales, dibujado y coloreado sobre las paredes del coro bajo del convento. De hecho, en un tiempo en el que las novelas de caballería todavía no se habían convertido en un bestseller, la lectura favorita para matar el tiempo en los monasterios y las cortes medievales fue una obra titulada Leyenda áurea, una compilación de relatos hagiográficos reunida por el dominico Santiago de la Vorágine, arzobispo de Génova, a mediados del siglo XIII.
La primera superheroína de la que vamos a hablaros hoy es santa Bárbara, representada en el extremo derecho del muro sur del coro bajo con uno de sus principales atributos, la torre con tres ventanas, una por cada miembro de la Santísima Trinidad. Ahí la encerró su padre, Dióscoro, gobernador de Nicomedia, para alejarla de sus pretendientes y de los misioneros que predicaban el cristianismo.
A la izquierda de santa Bárbara nos encontramos a santa Clara de Asís junto a un extremadamente deteriorado san Francisco, ambos bajo un exótico árbol que representa que ellos dos son las ramas principales del tronco del que nace el fructífero movimiento franciscano.
Debajo tenemos a san Ambrosio de Milán y san Agustín de Hipona, ambos padres de la Iglesia. Cuenta la Leyenda áurea que un día, siendo Ambrosio muy pequeño, mientras estaba en la cuna con la boca abierta, un enjambre de abejas entró y salió de su boca para luego alejarse y desaparecer. El padre, testigo del milagroso suceso, se convenció de que su hijo llegaría a ser una persona de mérito. Se cree que esta leyenda es debida al juego de palabras entre el nombre propio Ambrosio y ambrosía, el alimento de los dioses elaborado a base de miel.
San Agustín, que había vivido una juventud turbulenta y disipada, se enmendó precisamente gracias a la enseñanzas de san Ambrosio, que, además, le bautizó. Fue el autor, entre otras, de la monumental obra teológica La ciudad de Dios, de ahí que le podamos ver sosteniendo unas construcciones con su mano derecha. Cuenta la leyenda que, paseando Agustín por una playa a la par que meditaba intentando entender la esencia de la Santísima Trinidad, este se encontró con un niño que jugaba en la arena. El santo le preguntó que qué hacía, a lo que la criatura le contestó que estaba sacando toda el agua del mar para meterla en un hoyo que había cavado. Agustín le dijo que eso era imposible y el niño le replicó: "Más difícil es que llegues tú a entender el misterio de la Trinidad".
En el siguiente grupo de pinturas, situado a la izquierda del anterior, podemos ver representados a san Miguel Arcángel, san Andrés, san Jerónimo y santo Domingo de Guzmán.
San Miguel Arcángel está atravesando con una lanza a Lucifer, al que va a arrojar a lo más profundo del Averno al tiempo que santa Clara ora arrodillada dando gracias por la magna victoria del bien sobre el mal.
A la derecha del Arcángel está san Andrés, que aparece crucificado, pero no con clavos, sino con cuerdas, ya que su verdugo, el procónsul romano Egeas, a cuya esposa había convertido al cristianismo, mandó que lo ataran a la cruz para que su sufrimiento se alargara hasta lo indecible y las aves carroñeras se comieran su cuerpo estando vivo.
En la siguiente escena, una de mis favoritas de todo el conjunto pictórico del coro bajo, aparece san Jerónimo junto a su discípula santa Paula, una noble y rica viuda romana a la que había convertido al cristianismo. También se narra el episodio de la curación del león que llegó cojeando hasta el monasterio de la localidad de Belén en el que residía el santo. Este, a pesar del pavor del resto de monjes, se acercó al animal y le quitó la espina que tenía clavada en la pata. El félido se quedó en el cenobio como animal de compañia que, a mayores, realizaba tareas domésticas, de ahí que en nuestras pinturas se le muestre acarreando un haz de leña.
Perros ladrando a unos cerdos, alegoría de los dominicos en su lucha contra los herejes, escena representada en uno de los capiteles del claustro del monasterio de Nuestra Señora de la Soterraña en Santa María la Real de Nieva (Segovia).
Este santo de hábito negro y blanco, casi contemporáneo de la fundación del monasterio damianita de Salamanca, llevó a cabo varias misiones diplomáticas bajo las órdenes del rey Alfonso VIII de Castilla, padre de la reina Berenguela de Castilla y de León, que, casualmente, fue la gran promotora de las Damianitas. En uno de los viajes que Domingo hizo como embajador conoció la herejía albigense y decidió luchar contra ella. En 1206 se trasladó al Languedoc para predicar contra estos apóstatas franceses. Para demostrar la falsedad de la herejía, arrojó al fuego un libro herético y otro ortodoxo, y sólo ardió el primero, episodio que parece estar representado arriba a la izquierda.
No me gustaría cerrar esta entrada sin destacar que en las pinturas del coro bajo de las Claras de Salamanca se pueden ver reproducidos algunos de los emblemas heráldicos que aparecen en la techumbre de la iglesia. Este es el caso en estas viñetas dedicadas a santo Domingo, en las que podemos ver el córvido relacionado con santo Tomás de Canterbury, aunque el artista no se molestó en esta ocasión en pintarle el pico y las patas de color rojo, y dos emblema más que también aparecen ubicados en el arrocabe trasero. Supongo que aquí, pintados más de cincuenta años después de que se pintaran los de la techumbre, sí son mera decoración. Curiosamente, en las pinturas del convento de Santa Clara de Toro, fundado por monjas que procedían del cenobio homónimo salmantino, también aparecen algunos de los emblemas de la techumbre, entre ellos la chova piquirroja.
Tres escudos localizados en el arrocabe trasero de la techumbre de la iglesia y en las pinturas del coro bajo.
Detalle de las pinturas murales que se conservan en Toro.
Miguel Ángel Martín Mas


















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