martes, 2 de junio de 2026

Bernardo y su castillo de Carpio

Es bien conocido ese episodio del Quijote en el que el cura y el barbero entran a saco en la biblioteca de Alonso Quijano con ánimo de expurgarla, advirtiendo el primero que hay dos libros, cuyo protagonista principal es Bernardo del Carpio, que van a ir directos al fuego. Probablemente se trate de la obra de Agustín Alonso titulada Historia de las aventuras y hechos del invencible caballero Bernardo del Carpio, publicada en Toledo en 1585, y de una de Francisco Garrido de Villena, El verdadero suceso de la famosa batalla de Roncesvalles con la muerte de los doce pares de Francia, impresa en Valencia en 1555.

Digo, en efecto, que este libro y todos los que se hallaren que hablan de las cosas de Francia se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer dellos, ecetuando a un Bernardo del Carpio que anda por ahí, y a otro llamado Roncesvalles; que estos, en llegando a mis manos, han de estar en las del ama, y dellas en las del fuego, sin remisión alguna (D.Q., I, 6).


Así las cosas, ante un cura atrabiliario y con ánimo censor y biblioclasta, me parece una honrosa obligación recordar aquí y ahora la figura de Bernardo del Carpio, quien, a buen seguro, causó muchos menos estragos en la mente de Alonso Quijano que los que han causado durante siglos los curas en las de sus feligreses.


Dicho esto, quizá convenga recordar que son tres los héroes de la épica medieval hispánica: Bernardo del Carpio, Fernán González y El Cid. Los dos últimos merecieron sendos cantares, que, no por casualidad, se escribieron en la primera mitad del siglo XIII, cuando el reino de Castilla, nacido en 1157, apuntaba a convertirse en el más poderoso e influyente de toda la península ibérica, todo bajo los auspicios de una monarca de nombre Berenguela, reina consorte de León entre 1197 y 1204 y correinante junto a su hijo Fernando III en Castilla desde 1217 y en León desde 1230. Fallecida Berenguela en 1246 y su hijo Fernando en 1252, a este tándem absolutamente clave para la historia de nuestro país le sucedería un personaje no menos importante, Alfonso X, al que, si se le ha llegado a conocer por el Sabio, ha sido, sin duda, gracias a su abuela paterna, que puso tanto empeño y esmero en el asunto de su educación como en que los reinos de Castilla y de León tuvieran un mismo rey.


Alfonso IX de León y su la reina Berenguela 

Sin embargo, no se conoce ningún cantar épico dedicado a Bernardo del Carpio, pero sí un buen número de romances, lo que podría indicar que es bastante posible que lo hubiera y que no se haya conservado, y que, además, estuviéramos hablando de un personaje histórico mitificado, proceso que se llevó a cabo también con el caballero Rodrigo Díaz de Vivar y el conde Fernán González, de cuya historicidad no duda nadie. No obstante, la controversia sobre la existencia real o ficticia de Bernardo del Carpio sigue vigente, aunque hay que decir que su importancia es independiente de su realidad histórica, puesto que su figura se ha ido construyendo como mito a través de los siglos, dejando una huella imborrable en la literatura y la tradición. Así las cosas, lo cierto es que la historicidad de este héroe de nuestra épica carece de relevancia.


Medallón con la efigie de Bernardo del Carpio en el Pabellón de San Martín, Plaza Mayor de Salamanca.

Lo que sí se conservan son narraciones de la historia de Bernardo en el Chronicon Mundi del canónigo Lucas de Tuy —obra histórica patrocinada por la reina Berenguela—, en la Historia de rebus Hispaniae —escrita por el arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada y promocionada por Berenguela y su hijo Fernando III—, y en la Estoria de España, redactada durante el reinado de Alfonso X el Sabio.


No me parece oportuno hacer aquí y ahora un estudio comparativo de las versiones de la vida de Bernardo del Carpio que ofrecen cada una de esas tres crónicas históricas medievales, ya que se trata de un asunto farragoso y largo de tratar; me limitaré a hacer un compendio y resumen propios para dar cuenta de lo que más o menos se contaba en el siglo XIII de este personaje que, por cierto, vivió en el siglo IX.

El caso es que los amores furtivos de la infanta Jimena —hermana del rey Alfonso II de los Ástures (de Asturias, si se prefiere)— con el conde de Saldaña Sancho Díaz tuvieron como fruto a Bernardo. El monarca, indignado y sintiéndose traicionado, encerró a su hermana en un convento y a su vasallo el conde castellano en la fortaleza de Luna, haciendo juramento de mantenerlo en prisión de por vida.

Alfonso II se llevó a su sobrino Bernardo a la corte y, como no tenía hijos, se terminó encariñando con él. Pasado el tiempo, el bebé se convirtió en un joven valiente y gentil que despertaba la admiración de todos; pero llegó un día en el que el rey, que estaba seguro de que ya no iba a tener un heredero, entró en tratos con Carlomagno para rendirle vasallaje, lo que provocó que Bernardo se colocara al frente de los caballeros ástures que se oponían al ambicioso emperador de los francos. Carlomagno cruzó los Pirineos con su ejército, en cuya vanguardia estaba su sobrino Roldán. A la batalla acudieron junto a Bernardo un arrepentido rey Alfonso, concluyendo la misma con la aplastante derrota de los invasores francos.


Ramiro II de León, llamado el Grande (898-951), fue rey de los Ástures entre 931 y 951 y tío de Bernardo del Carpio.

La buena relación entre el rey y Bernardo no habría de durar, ya que, enterado finalmente este último de que su padre biológico, ya anciano y ciego, llevaba años prisionero en el castillo de Luna, le pidió a su padre adoptivo su liberación. Alfonso se la negó, puesto que su honor le impedía romper el juramento perpetuo.

Bernardo, decepcionado y furioso, abandonó la corte y se dirigió con un grupo de caballeros que le eran fieles hacia tierras de Salamanca, donde arrebató a los moros el castillo de Carpio, situado a orillas del río Tormes, aguas abajo de la población de Alba. Desde su fortaleza inició una rebelión contra el rey para lograr la liberación de su padre por la fuerza de las armas, pero, mientras el sobrino combatía a su tío, los moros iniciaron una gran ofensiva contra los cristianos, lo que obligó a Alfonso a solicitar el auxilio de Bernardo, al que prometió conceder la libertad de su padre. Una vez que los cristianos disiparon el peligro agareno, el rey decidió al fin quebrantar su juramento perpetuo, pero se dio la desgraciada circunstancia de que el conde Sancho murió por esos mismos días, así que padre e hijo nunca pudieron llegar a conocerse.


Guerrero de la hueste de Bernardo del Carpio. Ilustración de José Luis García Morán.

Es esta una emotiva historia de amor castigado en la que el rey Alfonso II se mueve entre el cariño que siente hacia su hijo adoptivo, o la gratitud hacia los servicios prestados por el mismo, y un viejo rencor convertido en sagrado por medio de un juramento. Por otro lado, está el héroe, Bernardo, que se encuentra atrapado entre la veneración por su padre adoptivo y el deber para con su padre biológico, al que nunca ha visto. En todo caso, al igual que en los casos de Fernán González y El Cid, es una historia de rebeldía en la que el malo es el rey leonés y el bueno el vasallo castellano rebelde, ya que no hay que olvidar que Bernardo es hijo del titular de uno de los condados castellanos, el de Saldaña.

Así las cosas, todo parece indicar que la historia de Bernardo, redactada en distintas versiones en el siglo XIII, fue una producción literaria más que formaría parte de una serie de maniobras de propaganda castellanista cuyo objetivo era forjar la unión de los reinos de Castilla y de León, que, como ya hemos dicho, tuvieron el mismo rey, Fernando III, desde 1230; todo, como también se ha mencionado, gracias a la astucia política de su madre, la reina Berenguela, que a su vez era hija de Alfonso VIII, el primer rey castellano digno de tal nombre y que en 1157 había heredado un reino que carecía de pasado nacional. Esta descarada propaganda también la encontramos en el Poema de Fernán González, escrito, probablemente, por un monje del monasterio burgalés de San Pedro de Arlanza en tiempos de Berenguela y Fernando III, obra en la que se consigna la siguiente mentira pocha, ya que se obvia a propósito que los reinos que iniciaron la reconquista fueron el de los Ástures (de León desde el 939) y el de Pamplona, luego de Navarra, y que, sin ellos, no habría habido ni reino de Castilla ni reino de Aragón:

Pero de toda Spaña Castiella es mejor,
por que fue de los otros el comienço mayor (...)
Aún Castiella Vieja, al mi entendimiento,
mejor es que lo al, por que fue el çimiento (P.F.G, 157 y 158).

Por otro lado, hemos de tener en cuenta que Berenguela era, por parte de su madre, la reina consorte castellana Leonor Plantagenet, nieta de la famosa Leonor de Aquitania, titular de la corte que era la vanguardia cultural del momento y donde el amor cortés y la épica inglesa y francesa eran el pan nuestro de cada día. No es de extrañar, entonces, que Berenguela quisiera para su reino castellano una épica autóctona, y de ahí nacerían el Cantar de Mío Cid, el Poema de Fernán González y, probablemente, un desaparecido cantar de Bernardo del Carpio. Todo esto sin olvidar que los cruzados francos desertaron del ejército de su padre apenas unas jornadas antes de que se librara la batalla de las Navas de Tolosa, que terminó con la gran victoria de las huestes hispanas. Llegó entonces, sin duda, el momento de sacar pecho, y nada mejor para eso que unas buenas historias épicas propias con la que contrarrestar la épica francesa, que bien es cierto que ya cantaban los juglares desde tiempo inmemorial, pero que había que consignar por escrito para la posteridad y a mayor gloria de Castilla, el reino que había liderado el triunfo cruzado del 16 de julio de 1212.


Llegados a este punto, una vez establecida la relación entre el personaje épico de Bernardo del Carpio y la frenética actividad política y cultural de la reina Berenguela, su hijo Fernando III y su nieto Alfonso X, quizá convenga contar lo que sabemos del castillo que supuestamente Bernardo, según versiones, construyó o arrebató a los moros a orillas del río Tormes y en las cercanías de la villa de Alba, ya que este relato nos va a permitir establecer otra nueva y sorprendente relación con la que fuera la reina madre de Castilla y de León durante buena parte de la primera mitad del siglo XIII.


Restos del castillo de Bernardo del Carpio en la localidad salmantina de Carpio Bernardo.

El caso es que en el año 1196 dos reyes y primos hermanos, a los que conocemos como Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León —aunque en realidad eran I de Castilla y VIII de León— iniciaron una nueva guerra, motivada otra vez por la constante disputa por la posesión de los castillos fronterizos. Esta vez el castellano contó con la inestimable ayuda de su también primo hermano el rey Pedro II de Aragón. En el verano de 1197 el castellano y el aragonés entraron en tromba en el reino de León arrebatando a los Hospitalarios, que eran neutrales en un conflicto entre monarcas cristianos, su castillo de Paradinas de San Juan para luego dirigirse a “astragar” las tierras del alfoz de la villa de Alba de Tormes y de la ciudad de Salamanca. A los estragos causados por castellanos y aragoneses en campos y poblaciones leonesas se sumó la toma del castillo de Carpio de Alba, el que legendariamente había sido propiedad de Bernardo, y del de Monreal. No puedo dejar de mencionar que la narración de cómo Bernardo toma el castillo de Carpio en la Estoria de España de Alfonso X, “yendo por su caualleria Tormes a asuso contra Alua”, me recuerda sospechosamente al episodio de la toma de esa misma fortaleza por las huestes castellanas y aragonesas en 1197:

Bernaldo, pero que uencio, muy grand pesar ouo por que non pudo llegar al rey. Et dizen que yuro que nunqua se partirie de guerrearle et de fazerle quanto malpudiesse fasta que diesse su padre. Despues desto fuesse yendo por su caualleria Tormes a asuso contra Alua, et quando llego a un otero que es a tres leguas de Salamanca, arremetio el cauallo, et subio en somo del otero, et cato a todas partes, et uio toda aquella tierra tan fermosa et tan complida de todas las cosas que mester eran a omne, et fizo y en aquel lugar un castiello muy fuerte et muy bueno, et puso nombre Carpio; et dalli adelante llamaron a el Bernaldo del Carpio (PCG., 11,373).


Ataque de las tropas de Alfonso VIII de Castilla y de Pedro II de Aragón sobre la villa de Alba de Tormes en el verano de 1197. Ilustración de José Luis García Morán para la exposición permanente ALBA MEDIEVAL - UNA HISTORIA DE LEONES Y CASTILLOS.

No lo dicen las crónicas, pero mucho me temo que castellanos y aragoneses también se hicieron, de una forma u otra, con la joya del reino de León, la ciudad de Salamanca. Digo esto último porque esa guerra concluyó gracias al acuerdo de matrimonio entre el rey leonés y la por entonces infanta castellana Berenguela, quien, aunque no contó entre sus arras con la pujante ciudad del Tormes, terminó siendo tenente de la misma entre 1197 y 1204, año en la que se vio forzada a separarse de su marido por la presión ejercida por el papa, dado el grado de consanguinidad existente entre la pareja real leonesa. También sabemos que los castellanos retuvieron durante años el castillo de Carpio de Alba —del que solamente quedan unos restos que podemos ver hoy en día sobre las alturas que vigilan el Tormes en la localidad de Carpio Bernardo—, ya que, en el Tratado de Cabreros, firmado en 1206 entre los primos homónimos, el rey castellano acordó devolver al rey leonés dicha fortaleza. Vamos, que tanto la ciudad de Salamanca como el castillo de Carpio Bernardo fueron durante años lugares que estuvieron “sub manu” de la reina Berenguela, la misma que promovió y patrocinó que se consignaran por escrito las hazañas y desventuras de ese personaje del siglo IX hijo de los amores furtivos entre una infanta asturiana y un conde castellano y la que, probablemente, decidiría que el castillo de Carpio de Alba se llamara de Carpio Bernardo.


Tratado de Cabreros del Monte (1206).

Y creo que ya va siendo hora de ver morir al héroe y, precisamente, en la Estoria de España del rey Alfonso X el Sabio nos encontramos una referencia a la muerte de Bernardo:

En el XXI anno (del rey Alfonso III el Magno) murió e noble caballero Bernaldo del Carpio, así como cuenta don Lucas de Tuy…

Es decir, hacia el año 887, ya que Alfonso III de Asturias fue coronado en el 886. En ningún momento se dice dónde murió Bernardo ni de qué modo, así que eso dio lugar a que surgieran diferentes leyendas al respecto, siendo la más conocida una que sitúa la tumba del héroe, no os lo vais a creer, en Aguilar de Campoo, justo al lado del monasterio de Santa María la Real, cenobio fundado por los padres de Berenguela y situado en una zona habitual de recreo estival de la familia real castellana. Y en esa localidad palentina, en una angosta cueva que se abre en la Peña Longa, se conserva todavía la tapa de un sepulcro en la que, en letra gótica, se puede leer:

Aquí yace sepultado el noble y esforzado cavallero Bernardo del Carpio, defensor de España hijo de don Sancho Díaz conde de Saldaña i de la infanta doña Ximena hija del rey Alonso llamado el Casto. Murió por los años de 850.




La cueva del enterramiento de Bernardo del Carpio y el monasterio de Santa María la Real en Aguilar de Campoo.

Sin duda, se trata un enterramiento totalmente inventado, no es extraño, puesto que esta era una artimaña habitual de los monasterios, que creaban historias ficticias para atraer curiosos y peregrinos que contribuyeran a llenar las arcas del cenobio. De hecho, el rey Carlos I visitó la tumba de Bernardo dos veces, la primera en 1517, acompañado de su hermana Leonor, y la segunda en julio de 1522, ocasión en la que se llevó la espada de Bernardo, Durandarte, que se contaba que el héroe hispánico había arrebatado al caballero franco Roldán. Dicha espada todavía se conserva en la Armería Real de Madrid y, sin lugar a dudas, no se trata de una espada del siglo IX, sino del siglo XVI, pero eso a los cortesanos pelotas de turno del Emperador y a él mismo les dio igual, ya que lo importante era hacer sentir al guiri gustoso de dejarse timar y que venía a reinar aquí, pasando incluso por encima de su mismísima madre, que entroncaba con la más antigua monarquía cristiana hispánica.


Otros sentirían la misma tentación años después, no en vano nuestro Fénix de los Ingenios tenía Carpio por apellido, pero esa será otra historia…

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