martes, 2 de junio de 2026

Bernardo del Carpio y Lope de Vega y Carpio

NOTA: antes de leer esta entrada te recomiendo que leas la anterior, la que lleva por título BERNARDO Y SU CASTILLO DE CARPIO.

El insigne dramaturgo y poeta Félix Lope de Vega y Carpio fue condenado a la pena de destierro en el año 1587, ya que, despechado, no tuvo mejor idea que ponerse a escribir y difundir libelos difamatorios y poemas satíricos contra su examante, Elena Osorio, y la nueva pareja de esta, un sobrino del cardenal Granvela, uno de los hombres más poderosos de la Monarquía Hispánica. Así las cosas, el castigo estaba cantado y Lope, tras pasar un tiempo en en Valencia, vino a parar a tierras salmantinas, viviendo en Alba de Tormes entre 1590 y 1595. En la misma villa en la que había sido enterrada la famosa monja Teresa de Jesús hacía apenas siete años, el siempre enamoradizo Belardo comenzó a servir como secretario y gentilhombre de cámara del V duque de Alba, Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont, nieto del Gran Duque.


Lope de Vega recorriendo el paraje sobre el que un día se alzó el castillo de Bernardo del Carpio. Imagen generada con IA.


Antonio Álvarez de Toledo, el V duque de Alba, el jefe de Lope de Vega durante sus años de estancia en Salamanca.

Lope, quien sin duda conocía de sobra al personaje legendario Bernardo del Carpio por las crónicas del siglo XIII y por romances y obras de ficción publicados en el siglo XVI, fue llevado por su inconsciencia a residir muy cerca del lugar en el que supuestamente se erigió el castillo de este héroe medieval con el que compartía el apellido Carpio y la condición de desterrado. Había que hacer de la necesidad virtud, así que quizá fuera por entonces cuando tuvo la ocurrencia de declararse descendiente de un personaje del siglo IX y con el que seguramente no tenía nada que ver. No era extraño en su época que la nobleza y los no tan nobles tiraran de heraldistas y genealogistas para inventarse un pasado que los entroncara con El Cid, Fernán González y hasta el mismísimo héroe griego Hércules. En Salamanca eso mismo ya lo habían hecho los Maldonado con su ridícula historia del antepasado que le quitó cinco flores de lis al rey de Francia; o los Rodríguez de las Varillas, que decían descender del conde don Vela, un infante de Aragón que había luchado en la primera cruzada, ambas cosas atestiguadas por su escudo, cuando en la época en la que supuestamente vivió este personaje no se había inventado todavía la heráldica; o los Zúñiga, que pusieron unas cadenas en su blasón para dar fe de que un antepasado suyo luchó en la batalla de las Navas de Tolosa, cuando en 1212 esta otra familia de arribistas ni estaba ni se la esperaba.

Así las cosas, por qué Lope —dotado de enorme ego, talento y carisma—, iba a ser menos que todos estos nuevos ricos que se inventaban un rancio abolengo; si el héroe medieval que había estrangulado con sus propias manos al franco Roldán tenía su mismo apellido, estaba claro que tenía que ser un ascendiente suyo, para qué iba a andar con más indagaciones, que aquello era el siglo XVI y una buena mentira era un medio como otro cualquiera para confirmar la nobleza y pureza de sangre.

Quizá fuera esta delirante idea de parentesco la que motivó a Lope a dedicar dos de sus obras al héroe:

El casamiento en la muerte y hechos de Bernardo del Carpio, que escribió entre 1595 y 1597 y en la que narra los trágicos amores de los padres de Bernardo (el conde Sancho de Saldaña y la infanta Jimena) y sus hazañas bélicas.

Las mocedades de Bernardo del Carpio, que, al igual que la anterior, era una comedia teatral, pero esta centrada en la juventud y el origen del caballero.


Fue en la primera de estas obras donde Lope contó que Bernardo del Carpio tomó diecinueve castillos a los moros, así que todo apunta a que fue él mismo el que decidió que sus armas heráldicas —exhibidas en las portadillas de algunas de sus obras, como por ejemplo La Arcadia— se compusieran de un campo de gules sembrado con nueve castillos de oro y una bordura de gules cargada de diez castillos de oro, todo acompañado de la leyenda "De Bernardo es el blasón, las desdichas mías son". 


Lo cierto es que con tanta tontería Lope se lo puso a huevo a su enemigo Luis de Góngora, que se mofó de las febriles pretensiones genealógicas del Fénix con los siguientes versos del poema “A la Arcadia de Lope de Vega y Carpio”:

Por tu vida, Lopillo que me borres
las diecinueve torres del escudo
porque, aunque todas son de viento, dudo
que tengas viento para tantas torres.


Armas de Félix Lope de Vega y Carpio recreadas por el heraldista salmantino José Moreiro Píriz.

Curiosamente, esas armas con los diecinueve castillos las podemos ver en la iglesia de San Martín de Salamanca, concretamente en el ábside de la epístola, donde se abre un arcosolio que contiene un sepulcro del siglo descubierto durante una restauración llevada a cabo en los comienzos del siglo XX. En la arquivolta está grabado el siguiente epitafio:

+ HIC IACET PETRUS BE/ RNARDI DEL CARPIO FILIU/ S IOANIS BERNARDI DEL C/ ARPIO QUE IBIT XXV DIES IU/ NIY ANO D[omi]NI M[i]L L XXXV CUYUS A/ REQUIESCAT/ IN PACE

Tres cosas hay que decir al respecto de este monumento funerario...

La primera es que la figura yacente no tiene nada que ver con el resto del conjunto, pertenece a un caballero del siglo XVI, y simplemente se pusó ahí en el siglo XIX para sustituir a la figura original, que ya debía de estar prácticamente deshecha.


La segunda es que la epigrafía tallada en el intradós del arco sepulcral no es la original, ya que no incluye la palabra ERA, por Era Hispánica, la forma de datación que se utilizó hasta 1383 en los reinos de Castilla y de León. Si fuera la epigrafía del siglo XII pondría ERA MCLXXIII, ya por entonces se computaban treinta y ocho años a mayores de los que computamos actualmente.


En tercer lugar, no sabemos si Pedro Bernardo del Carpio, hijo de Juan Bernardo del Carpio y fallecido en 1135, era un descendiente del Bernardo del Carpio del siglo IX, pero sí os puedo asegurar que en el momento de su enterramiento nadie puedo esculpir en su sepulcro cuatro escudos con diecinueve castillos, ya que, simplemente, la heráldica no se había inventado por entonces, y mucho menos una que contenía una bordura que, según el heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués, fue una invención castellana de mediados del siglo XIII. Además, cuando se desarrolla la heráldica original, las borduras lo normal es que luzcan un esmalte diferente al del campo, no como en este caso, que en ambos elementos es de gules. 


Nunca podremos saber cuándo se tallaron esos cuatro escudos en el sepulcro de Pedro Bernardo del Carpio, pero a mí no me parece para nada descabellado imaginar a Lope de Vega en la iglesia de San Martín, contemplando embelesado el sepulcro de un caballero del siglo XII que se apellidaba como él. Si el destino le había llevado a ver cada mañana el cerro sobre el que se levantaba el castillo de su heroico antepasado del siglo IX, por qué no le iba a conducir también ante el sepulcro de un ancestro del siglo XII. Y el Fénix de los Ingenios, que también lo fue de los Engaños, quizá decidió encargar que se tallara su recién inventada heráldica sobre ese antiguo sepulcro que, suerte de las suertes, pertenecía a un caballero con el apellido Carpio. Con el paso del tiempo la gente creería que el Bernardo del Carpio del siglo IX portaba un escudo con esas armas, que el poeta había heredado como descendiente suyo y que, por lo tanto, tenía derecho a reproducir en la portadilla de sus obras. Y así es como este coloso de la ficción literaria conseguiría dignificarse en su destierro como miembro de la estirpe de un guerrero también desterrado que dejó profunda huella en las crónicas y los romances. Y, claro, mucho más lustre tenía un escudo con diecinueve castillos que el soso ajedrezado azur y plata de su señor Álvarez de Toledo, que sería todo lo duque que el quisiera, pero no descendía del gran Bernardo del Carpio.

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