lunes, 4 de agosto de 2025

La ermita del castillo y el ave de plumaje negro

Sobre un altozano a las afueras de la población montañesa palentina de Barrio de Santa María se encuentra una ermita bajo la advocación de santa Eulalia, joven emeritense merecedora de un culto nacido en el siglo IV y que se extendió exitosamente por toda la península ibérica. De este modo, el nombre Olalla llegó a ser muy común en el reino de León, a lo que hay que sumar que dicha santa es la patrona de un buen número de poblaciones catalanas, incluida Barcelona. Además, hasta la proclamación de Santiago Apóstol, santa Eulalia fue invocada como protectora de los cruzados hispanos que luchaban contra los andalusíes y como patrona de las Españas. Este último dato nos parece relevante, ya que al mismo tiempo que se remataba la construcción de este templo, se produjo la más trascendental victoria de los cruzados hispanos sobre los musulmanes de Al-Ándalus, la de las Navas de Tolosa, batalla librada el 16 de julio de 1212.



Acuarela de la ermita de Santa Eulalia en Barrio de Santa María por Paqui González del Castillo.


"Saint Eulalia", óleo de John William Waterhouse (1885). Sabemos que santa Eulalia es la patrona de las aves, la pregunta es si ya gozaba de dicha atribución cuando se construyó esta ermita cercana a la población de Aguilar de Campoo.

De hecho, se afirma que este hermoso templo se construyó a caballo entre los siglos XII y XIII, es decir, en un tiempo en el que en Castilla reinaba la pareja formada por Alfonso VIII y Leonor Plantagenet. Esto segundo no se dice tanto, y nos parece fundamental, ya que, a nuestro parecer, las pinturas que decoran el interior de este templo contienen algún que otro elemento iconográfico relacionado con la casa real castellana de esa época.



El más evidente de dichos elementos es el castillo, emblema que adoptó Alfonso VIII como parlante de su reino, queriendo así no ser menos que su primo el rey de León Alfonso IX, que había heredado de sus antecesores el emblema del león púrpura en campo de plata. El castillo pintado en la ermita palentina es de la misma tipología a la que pertenece el pintado en los muros del monasterio de Arlanza alrededor del año 1210, aunque la tosquedad y sencillez propias de las pinturas de Santa Eulalia no dejaron constancia del color oro del castillo sobre campo de gules.



También es muy parecido el castillo de Santa Eulalia al que se puede ver en el sello que sujetan Alfonso VIII y Leonor Plantagenet en la miniatura que decora el folio 15 del Tumbo Menor de Castilla, representando la misma la donación en 1174 del monasterio de Uclés a la Orden de Santiago por parte de dichos monarcas. En ambos casos el castillo está pintado con líneas negras y carece de color.



Este emblema de Alfonso VIII también lo podemos encontrar en algunas de las monedas acuñadas durante su reinado, como, por ejemplo, en este dinero de entre 1174 y 1190.

Por otro lado, el castillo presenta junto a él un ave de plumaje negro, formando así un dueto iconográfico que aparece también representado en la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, viéndose claramente en este último lugar que el pájaro es una chova piquirroja, emblema heráldico asociado con Tomás de Canterbury, el santo protector de la dinastía Angevina, a la que, ya veis qué casualidad, pertenecía la esposa de Alfonso VIII, la reina Leonor Plantagenet. Por lo tanto, parece claro que en las pinturas de la ermita de Santa Eulalia se quiere representar el poder encarnado por los monarcas Alfonso y Leonor quienes, precisamente, pasaban junto a su familia temporadas dedicadas a la caza y al descanso en el entorno de esta ermita palentina. De hecho, el cercano monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo experimentó un importantísimo desarrollo, que llevó a convertirlo en un núcleo cultural, social y económico clave dentro de la Castilla medieval, durante el reinado de dichos monarcas.




Tabicas del arrocabe de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara en Salamanca en las que creemos que se reprenta a la reina Berenguela la Grande, hija primogénita de Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet, como descendiente de los Borgoña castellanos y los Plantagenet angevinos y como reina madre de Castilla y de León con un cuartelado en sotuer.


Chova piquirroja, un ave de la montaña palentina que, seguramente, Leonor Plantagenet, introductora en estas tierras del culto a santo Tomás de Canterbury por mandato de su padre, no esperaba encontrar en sus visitas estivales a la zona. Desde luego, debió de parecerle una verdadera señal, dadas las historias que circulaban sobre el martirio del arzobispo de Canterbury y sobre cómo unos cuervos se mancharon patas y pico con la sangre milagrosa del santo, convirtiéndose así en chovas piquirrojas. 


Heráldica de la ciudad inglesa de Canterbury, con tres chovas piquirrojas en campo de plata y un jefe de gules que contiene el león de oro del rey Enrique II de Inglaterra, padre de Leonor Plantagenet, reina consorte de Castilla. 


Sello de Leonor de Aquitania, madre de Leonor Plantagenet, obsérvese el ave posada sobre el orbe.


Heráldica atribuida al arzobispo Thomas Becket en la catedral de Canterbury.

El ave de color negro de la ermita palentina no tiene pintado ni el pico ni las patas de color rojo, suponemos que porque el artista, que no parece que fuera de los más duchos, no tenía tampoco tanta ni tan buena información para realizar una obra como la que llevó a cabo el que decoró la techumbre salmantina, que además tiene todas las trazas de haber tenido la más generosa de las financiaciones.

El dúo castillo-chova piquirroja también lo hemos encontrado en el Libro de los Caballeros de Santiago, el armorial ecuestre más antiguo de Europa. Uno de esos caballeros de comienzos del siglo XIV, Johan Pérez de Frías, porta un escudo cuartelado conteniendo ambos emblemas, por lo que suponemos que esta forma de representar a la pareja real debió de ser habitual entre al menos 1170, fecha de su matrimonio, y 1246, fecha de la muerte de su hija Berenguela de Castilla y de León. Seguramente ambos emblemas adornaban más techumbres y paredes del reino, pero solamente nos han llegado tres ejemplos: el de Salamanca, el de Palencia y el de Burgos, aunque éste último ya pertenece a una fase en la que hasta la caballería villana se apropiaba de una heráldica que antaño había sido privativa de la realeza. 



Por si esto fuera poco, un motivo muy repetido en las pinturas de la ermita es una cruz con cuatro flores de lis, una entre cada uno de sus brazos, iconografía también representada en monedas acuñadas por los monarcas de León y luego también por los de Castilla. Precisamente, esta moneda que presentamos a continuación proviene de la ceca de Palencia y pertenece al período en el que reinó Urraca I.



Y, abundando en los elementos representativos de la realeza contenidos en las pinturas de Santa Eulalia, no podemos dejar de hablar de este precioso dragón acompañado de una enorme flor de lis. 



Hay que advertir que el lirio, aunque se suele pensar que es emblema propio de los reyes de Francia, ya aparece en el siglo XII en representaciones de la realeza leonesa como ésta de Urraca de Portugal, madre de Alfonso IX de León, o en uno de los sellos empleados por el mismo monarca. Normal, siendo el lirio en origen emblema de Cristo, el ungido, y siendo los monarcas medievales proclamados tras su unción. 



Además, la reina Leonor Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania y, por lo tanto, hermana de Ricardo Corazón de León, vino a Castilla desde la corte de Poitiers, ciudad cuya patrona era y es santa Radegunda, para la que existe una leyenda que cuenta que, empleando una cruz y agua bendita, mató a un dragón que asolaba la abadía de la Sainte-Croix, que ella misma había fundado.


Santa Radegunda lavando los pies a unos pobres. Vidriera de la iglesia de Santa Radegunda en Poitiers, desde cuya corte llegó Leonor Plantagenet para casarse con Alfonso VIII de Castilla. Una de las hijas de la pareja, Blanca, llegó a ser reina de Francia.


Ilustración generada con IA de santa Radegunda, que con la cruz de Cristo, el lirio de los valles, acabó con el temible dragón que devoraba a las monjas de su abadía.


Heráldica de la abadía de la Sainte-Croixe de Poitiers, curiosamente con cuatro flores de lis entre los brazos de la cruz, una fórmula también representada en Santa Eulalia y en monedas de los reyes de León y de Castilla.

Por otro lado, flores de lis representativas de la realeza castellana y leonesa podemos encontrar también en buen número en la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca.



Una vez destacados los que pensamos que son elementos referidos la realeza castellana contenidos en las pinturas de la ermita de Santa Eulalia, no podemos dejar de decir que, aparte de todo lo anterior, el conjunto pictórico medieval es fantástico, así que no podemos dejar de mostrároslo con la interpretación que han ofrecido los historiadores del Arte para las escenas allí representadas…


Los castigos del infierno.


Santa Eulalia y santa Catalina de Alejandría con la rueda del martirio.



San Pedro con las llaves del cielo.







Escenas del pesaje de las almas y su posterior elevación al cielo.


El toro de san Lucas es el único elemento del tetramorfos que se ha conservado.

De entre todas esas escenas queremos destacar ésta, muy deteriorada, pero donde todavía se puede apreciar a un personaje, que parece un clérigo sujetando un libro, rodeado de, al menos, dos personajes que portan espadas. Es imposible saber qué se representa ahí, pero no podemos dejar de decir que dicha escena nos recuerda a la típica representación del martirio de Tomás de Canterbury. Como ya hemos dicho, éste era el santo protector de la dinastía de la que provenía la reina Leonor Plantagenet. Quizá sea sólo nuestra calenturienta imaginación, pero convencidos como estamos de que en la ermita hay elementos que representan a la pareja real castellana, no parece descabellado que se representara dicho martirio junto a la escena del infierno para advertir de lo que le sucedería a aquellos que no respetaran o agredieran a un sacerdote. Quizá el esfuerzo y dinero empleados en la construcción del Románico de la montaña palentina tuviera como objetivo rematar la cristianización de una población que sentía muy lejano el poder religioso y político emanado desde Burgos y que, seguramente, mantenía ciertas costumbre paganas que no eran del gusto ni de los piadosos reyes Alfonso y Leonor, ni mucho menos de su hija Berenguela, habituales visitantes de la zona.


Escena sin identificar en la ermita de Santa Eulalia de Barrio de Santa María (Palencia).


Asesinato del arzobispo Tomás Becket representado en una pintural mural de hacia 1200 en la iglesia de Saint James en Bramley (Hampshire - Inglaterra).



Escena del asesinato del arzobispo de Canterbury Tomás Becket. Iglesia de Santa María de Tarrasa. No parece tan descabellado encontrar similitudes entre ambas escenas, lástima no disponer de una máquina del tiempo.

Y para despedirnos os ofrecemos unas fotografías de los elementos que decoran el exterior de esta ermita, cuya localización y conjunto pictórico la convierten en una de las construcciones más especiales del románico palentino.


El pecado original.


Ángel barbado, hay otro en la cercana iglesia de Revilla de Santullán.


Lucha de bestias. 


Una arpía con barba y la otra sin ella.


Dragones enfrentados, un motivo que también se encuentra, mucho mejor conservado, eso sí, en la iglesia de la población francesa de Talmont-sur-Gironde, bajo la advocación de santa Radegunda, patrona de la patria chica de la reina Leonor Plantagenet. 



Puerta original del templo en madera de tejo.


Capiteles junto a la puerta de la ermita.

Miguel Ángel Martín Mas
Charo García de Arriba

domingo, 6 de julio de 2025

Fernando el de la USAL y su madre la Grande

Hoy tenemos a bien contaros unas viejas historietas de una madre y un hijo que correinaron en paz y armonía en un tiempo de guerra, pero también de fundación de universidades...


La reina madre Berenguela, el rey Fernando III y el infante mayor Alfonso en una ilustración realizada por José Luis García Morán para la exposición "Alba Medieval - Una historia de leones y castillos".

Nuestro buen rey Fernando III, hijo de Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla, nació muy cerca de la localidad de Peleas de Arriba, concretamente en un monte que se extendía a ambos lados del camino entre Zamora y Salamanca. En aquel tiempo, en los albores del siglo XIII, los monarcas se pasaban la vida recorriendo sus dominios, así que lo del parto del heredero Montesino fue un asunto más que su madre tuvo que atender durante la ruta.


Fernando III de Castilla por parte de madre y de León por parte de padre.

Alfonso X el Sabio nos cuenta en la Cantiga CCXI que, siendo un niño su padre, su madre, la reina Berenguela, lo llevó ante la Virgen del monasterio de San Salvador de Oña para que le curara de la misteriosa enfermedad que estaba apagando su vida. La Virgen burgalesa salvó al pequeño Fernando, menos mal, porque ese crío estaba destinado a ser rey de Castilla y de León y un exitoso cruzado. De hecho, a partir de 1230, una vez proclamado también como monarca leonés, Fernando se vio con fuerzas de lanzar su gran ofensiva contra los moros, a los que arrebató, entre otras muchas ciudades y fortalezas, Córdoba en 1236 y Sevilla en 1248.


Un niño recobra milagrosamente la salud en la Cantiga XXI.

Quizá no huelgue decir que la insigne y docta reina madre Berenguela estuvo casi todo el tiempo ahí, gobernando los reinos junto a su hijo Fernando, llegando incluso a organizar la logística de sus campañas contra Al-Ándalus. Lástima que no llegara a ver Sevilla conquistada, ya que la Grande murió en noviembre de 1246, dos años antes del gran triunfo de su hijo.

El enfermizo rey Fernando, que terminó convirtiéndose, como no, en un gran devoto de la Virgen, tenía por costumbre colocar una figura de la misma en la portada de la mezquita principal de las ciudades que conquistaba; pero no era esta la única muestra de su devoción, ya que durante sus exitosas campañas militares cargaba en el arzón de su silla con una imagen de Nuestra Señora que le regaló su primo el rey Luis IX de Francia. No es de extrañar, entonces, que el rey Fernando le estuviera enormemente agradecido a la Virgen, incluso después de dejar este mundo, lo que ocurrió en el año 1252. La Cantiga CCXCII nos habla precisamente de este agradecimiento póstumo...


Cantiga CCXCII - El maestro Jorge y el anillo del rey.

Érase una vez un rey llamado Alfonso X que mandó construir en la catedral de Sevilla unas suntuosas tumbas con estatuas para sus padres, los monarcas de Castilla y de León Fernando III y Beatriz de Suabia. Además, colocó un anillo de oro adornado con un enorme rubí en un dedo de la estatua de su padre. Una noche, el difunto rey Fernando se le apareció en sueños al maestro Jorge, el orfebre que había forjado el anillo y engarzado la piedra preciosa.


El motivo de dicha visita, en plan Cuento de Navidad de Dickens, fue que el monarca creía que tan preciosa joya debería lucir en el dedo de una figura de la Virgen en vez de en su real mano de alabastro.


El orfebre, seguro de que tenía una importante misión que llevar a cabo, salió en plena noche de su casa para dirigirse a la catedral sevillana, abriéndole las puertas un somnoliento deán que, conmovido con la historia del sueño, hizo lo que se le pidió.


Y lo que se le pidió fue, precisamente, quitarle el anillo a la figura del rey Fernando para ponerlo en la de la Virgen María.




Al día siguiente, el orfebre y el deán informaron al rey Alfonso X y al obispo hispalense del milagro que había sucedido, quedando ambos, monarca y prelado, desbordados de fe y devoción; mirad qué caritas se les quedaron.


Pero el rey Fernando III no sólo estaba muy agradecido a la Virgen, sino también a Salamanca, ciudad que había sido tenencia de su madre entre 1197 y 1204 y de su hijo Alfonso hacia 1240 junto a Ciudad Rodrigo y Alba de Tormes. Esta es la representación heráldica de su proclamación como rey de León en el arrocabe de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, en un cenobio damianita de esos que su madre, Berenguela la Grande, promocionó y protegió. Por cierto, los escudos cuartelados de la tabica superior fueron una innovación heráldica surgida en estas tierras para indicar que Fernando, rey de Castilla desde 1217, lo era también de León desde 1230.

Según un documento que se conserva en los Archivos de la Universidad de Salamanca, en el año 1243 el rey Fernando III se empeñó en que hubiera Estudios Generales en nuestra ciudad, confirmando así los fueros y costumbres que diera su padre, Alfonso IX de León. Luego vendría su hijo Alfonso el de las Cantigas, que le daría el impulso definitivo a la Universidad de Salamanca.



Todo esto está muy bien, pero lo que nos causa profunda desazón es que la Historia y la Historia del Arte suelen olvidarse de las mujeres, y quizá convendría tener en cuenta que, cuando se fundó el Estudio de Palencia en 1212 y Fernando III "otorga y manda" en 1243 que lo hubiera en Salamanca, la reina Berenguela era la que realmente manejaba el cotarro cultural en los dos reinos. Quizá, si fuéramos conscientes del indudable papel que tuvo la reina de León y de Castilla en la fundación de estas dos universidades, no serían tan inconcebible para algunos señoros viejunos que la USAL tuviera por fin una rectora.


Lo han vuelto a hacer, lo de las mujeres a la mierda, ya sabéis, pero esta vez en pleno siglo XXI. Le han dedicado un medallón a Alfonso IX en la Plaza Mayor de Salamanca y no se lo han concedido a su esposa Berenguela, que no nos cabe duda que hizo mucho más que él por la ciudad de la que fue tenente. En el pasado ya esculpieron a las reinas propietarias Isabel I y Juana I por detrás de sus consortes, si es que no aprendemos.


Los reyes de León Alfonso X y Berenguela en una ilustración realizada por José Luis García Morán para la exposición "Alba Medieval - Una historia de leones y castillos".

Bueno, de todas formas, lo de relegar al olvido a Berenguela y a otras grandes tales como su nieta la reina María de Molina no nos extraña, es lo que se viene haciendo habitualmente. De hecho, tampoco se relaciona a Berenguela con la construcción de la iglesia de Santo Tomás Canturianse de Salamanca, siendo ella precisamente la introductora del culto a dicho santo inglés en el reino de León y su madre en el de Castilla. Tampoco se la relaciona con la construcción de la Catedral Vieja, que dicen los historiadores del arte que luce bóvedas de estilo Aquitano/Platagenet, siendo ella hija de Leonor Plantagenet y Leonor de Aquitania y coetánea de dicha construcción. Por supuesto, cómo llegar a plantearse que la imagen de nuestra patrona, la Virgen de la Vega, llegó a Salamanca por mediación de ella, ¡qué locura sería esa! Mucho menos vamos a plantearnos que pudiera fundar un monasterio damianita, orden bajo su promoción y protección, además en una ciudad de su tenencia, y a mayores decorar la techumbre de su iglesia con emblemas heráldicos relacionados con ella misma y sus parientes de la realeza castellana, leonesa e inglesa.


Acuarela de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense en Salamanca por Paqui González del Castillo. 


La Virgen de la Vega, patrona de Salamanca. 

En fin, que mientras no nos metamos en la cabeza que las mujeres de la realeza medieval hacian muchas más cosas que bordar y tener hijos, nos perderemos muchas cosas interesantes que han estado sin comprenderse durante muchos años. Y es que, amigos, desgraciadamente, no se estudia lo que no se comprende y no se comprende lo que no se estudia, prejuicios aparte, claro, que esos nunca faltan.




Páginas del Chronicum Mundi de Lucas de Tuy en la que podemos leer que, en realidad, el reinado de Fernando III  de Castilla y de León fue el reinado de su madre Berenguela la Grande.

jueves, 12 de junio de 2025

Berenguela de León, reina de Jerusalén y emperatriz de Constantinopla

Hoy queremos hablaros de una infanta leonesa, de nombre Berenguela, hija de Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla, que llegó a ser reina de Jerusalén y emperatriz del Imperio Latino de Constantinopla.


Berenguela de León, reina de Jerusalén entre 1224 y 1225 y emperatriz de Constantinopla entre 1231 y 1237.

Nuestra historia comienza cuando el noble francés y rey de Jerusalén Juan de Brienne visitó la corte castellana de Fernando III en marzo de 1224, donde tuvo la oportunidad de entrevistarse con la reina madre Berenguela. El monarca jerosolimitano en el exilio iba de camino a la corte leonesa y en peregrinación a Santiago de Compostela y, unos meses antes, había pasado por la corte de París, donde había conocido a Blanca de Castilla, la reina de Francia, hermana de la monarca castellana.


El conde francés Juan de Brienne, rey de Jerusalén desde 1210 a 1225 y líder de la Quinta Cruzada.


Llegada de Juan de Brienne a Acre y su coronación como rey de Jerusalén.

Gracias a ambas entrevistas se concertó un matrimonio, el de Juan de Brienne y Berenguela de León, hija de la reina madre de Castilla y de Alfonso IX de León y, a la sazón, sobrina de la monarca francesa. En el momento del enlace ella tenía veinte años y él unos cincuenta. Pero, ¿por qué motivo se entregó la infanta leonesa a un buscavidas entrado en años y dos veces viudo como Juan de Brienne? Buscavidas, sí, porque el caso es que el aventurero y cruzado francés tenía el título de rey, pero no tenía reino, ya que Jerusalén estaba en manos musulmanas desde que Saladino la tomara en el año 1187. Además, por entonces solamente era regente, ya que su primera esposa, María de Montferrato, la propietaria del reino, había fallecido a finales de 1212, heredando el trono su hija Isabella II, menor de edad, que terminaría casada con el emperador germano Federico II, que, desde luego, no iba a permitir que nadie más que él ostentara el título de monarca jerosolimitano. Así que, sin reino y sin corona, Juan apostó de nuevo a ser rey casándose en 1214 en segundas nupcias con la hija del monarca León II de Armenia, Estefanía, de la que enviudó en 1220.


Dibujos marginales de espadas acompañadas por los escudos de armas invertidos del reino de Jerusalén y de su monarca Juan de Brienne, modo del que se da cuenta de su fallecimiento. La mitra y el báculo invertidos hacen referencia a la muerte de Ricardo II, obispo de Durham. Imagen tomada del folio 125v de la Historia Anglorum, Chronica majora, Parte III.

Las prisas de las hermanas Berenguela de León y de Castilla y Blanca de Francia por casar a Juan de Brienne con la infanta Berenguela, hija de la primera, estaban motivadas por el deseo de evitar que éste se desposara con la infanta Sancha, la hija mayor de las dos que Alfonso IX de León había tenido durante el matrimonio con su primera esposa, Teresa de Portugal. La reina Berenguela, la segunda esposa del monarca leonés, defendía así los intereses de su hijo Fernando III de Castilla, que aspiraba a ser rey también de León tras la muerte de su padre. De este modo, sacrificando una dama, la infanta Berenguela, el hermano y bisoño rey castellano tendría más fácil hacerse con otro reino al no tener que competir con otro candidato varón, que además era un conocido cruzado muy apreciado por el papa.


Escudo de armas del reino de Jerusalén.

Aquella operación de matrimonio castellano-jerosolimitano no fue precisamente barata, no en vano se trataba de convencer a Juan de que renunciara a la posibilidad de ser, ni más ni menos, que rey consorte de León, así que la reina madre castellana se vio abocada a dotar a su hija homónima generosamente y a pagar todas las cuantiosas deudas que acumulaba el que iba a convertirse en su yerno. De este modo, el rey cruzado quedaba libre de cargas, se llevaba una esposa mucho más joven que la que le había ofrecido en principio y, para rematar, entroncaba con un solo matrimonio con la casa real castellana y con la leonesa.


Moneda de Juan de Brienne como rey de Jerusalén.

En 1225 Federico II del Sacro Imperio Germánico, yerno de Juan de Brienne, le despojó de todos los derechos que pudiera ejercer sobre el reino de Jerusalén, así que la infanta leonesa solamente fue monarca jerosolimitana durante un año. No obstante, tres años más tarde, Juan y Berenguela recuperarían su condición de monarcas al convertirse en emperadores-regentes del Imperio Latino de Constantinopla, teniendo a su cargo, como tutores, al heredero, Balduino II, por entonces menor de edad. María de Brienne, de cinco años, hija de los regentes, fue prometida al niño emperador. De este modo, madre e hija terminaron siendo, contra todo pronóstico, co-emperatrices de Constantinopla.


Armas del Imperio Latino de Constantinopla. 

Los últimos años de vida de Juan y Berenguela no iban a ser precisamente tranquilos, ya que Constantinopla sufrió entre 1235 y 1236 el asedio de las tropas aliadas del emperador de Nicea Juan III Ducas Vatatzés y del zar búlgaro Iván Asen II. Juan de Brienne murió el 27 de marzo de 1237, a la edad de sesenta y un años, y su esposa Berenguela pocos días después, el 12 de abril de 1237, con treinta y tres años, probablemente ambos a causa de la peste que se había apoderado de la ciudad durante el largo asedio al que había estado sometida.


Posible tumba de Juan de Brienne en la iglesia de San Francisco en Asís. Todo parece indicar que el cruzado tomó el hábito franciscano en sus últimos días.

Aparte de la primogénita, María, Juan y Berenguela tuvieron tres hijos: Alfonso, Luis y Juan, que quedaron huérfanos de padre y madre y rodeados de enemigos a las edades aproximadas de nueve, siete y cinco años respectivamente. No sabemos exactamente cómo se desarrollaron los hechos, pero alguien, quizá su abuela materna Berenguela de Castilla y de León o su tía abuela materna la reina Blanca de Francia, o ambas, se las arregló para sacar a los niños del avispero de Constantinopla y llevarlos con sus parientes a la corte francesa, pasando los tres más tarde, ya de adultos, también por la castellana-leonesa, donde figuran como testigos en diplomas rubricados por su primo el rey Alfonso X.

Con el paso del tiempo el primo de Berenguela de León, Luis IX de Francia, nombró a Alfonso de Brienne gran chambelán de Francia, adquiriendo luego por su matrimonio también el título de conde de Eu. En 1265, acudió a la llamada de Alfonso X de Castilla y de León para combatir a los musulmanes norteafricanos. Allí mostró un gran valor, lo que le valió un mensaje de felicitación del papa Clemente IV.​ Acompañó luego a Luis IX durante la Octava Cruzada, contrayendo, al igual que el rey galo, la disentería o la fiebre tifoidea, no se sabe cuál de las dos enfermedades exactamente, muriendo en agosto del año 1270.


Armas de Alfonso de Brienne. Los tres hermanos Brienne eran nietos de Alfonso IX de León y bisnietos de Alfonso VIII de Castilla. 



Sello de Alfonso de Brienne en la confirmación por Alfonso de Brienne, conde de Eu, y su esposa María de Lusignan, de una concesión a la abadía de San Antonio, París

El segundo hijo varón, conocido como Luis de Acre por el lugar de su nacimiento, se casó con la vizcondesa Agnès de Beaumont y Maine, y se cree que hacia 1255 estaba instalado en la corte de su primo carnal el rey Alfonso X de Castilla y de León.



Sepulcros de Agnès de Beaumont y de Luis de Brienne, fallecido en 1297, en la abadía francesa de Nuestra Señora de Étival-en-Charnie.


Vidriera en una capilla de la abadía francesa de Nuestra Señora de Étival-en-Charnie en la que se representa a Agnès de Beaumont y a Luis de Acre.

El benjamín, Juan, llegó a alcanzar el cargo de gran mayordomo de Francia. En 1275, Felipe III de Francia lo envió a Castilla para representar los intereses de los infantes de la Cerda, los hijos de su hermana Blanca y del infante Fernando de la Cerda, el primogénito de Alfonso X, que había fallecido ese mismo año.


Biografía de Juan de Brienne publicada en el año 2013 por la Universidad de Cambridge.

San Luis IX rey de Francia y Peñaranda de Bracamonte

El inexorable paso del tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a un monarca medieval esculpido en piedra en la segunda mitad del siglo XVIII....