sábado, 15 de marzo de 2025

La reina de las iglesias

Existe en Salamanca un humilde templo románico que da sopas con honda al hermosísimo Gótico, al pretencioso Renacimiento y, desde luego, al ridículo Barroco. Hablamos, sin duda, de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense. 


Acuarela de Paqui González del Castillo.

Os recordamos que la expresión “sopas con honda” se refiere a la pericia que tiene alguien a la hora de lanzar una piedra con una honda y acertar de pleno. Nada que ver con la sopa de fideos ni con las ondas sobre el agua, sino con la historia de David y Goliat y con los cantos rodados, también conocidos como sopas.


A algunos les gustaría que esta sencilla construcción fuera un simple decorado, como decoración dicen que es la heráldica que luce desde hace casi ochocientos años la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara, que, por cierto, está a tiro de piedra de la iglesia.


Pero la chova piquirroja, ave asociada de forma legendaria al santo de Canterbury, nos anuncia que ahí hay algo más que decoración, sobre todo porque ésta está íntimamente enlazada con el castillo, emblema del rey Alfonso VIII de Castilla.


Un búho sabio nos advierte de que esta iglesia no fue construida en 1175 por dos hermanos supuestamente ingleses, sino en los albores del siglo XIII, en un tiempo en el que una infanta castellana era reina consorte de León.


Berenguela se llamaba y la Grande la llamaron. Casualidad de las casualidades, fue ella la que introdujo en este reino el culto al santo inglés y la que amparó a las Damianitas, que con el tiempo serían conocidas como las Clarisas. 


Ilustración de José Luis García Morán para la exposición "Alba Medieval, una historia de leones y castillos".

En el interior del templo el cielo es una bóveda de estilo Plantagenet. Otra casualidad, ya que Berenguela era hija de Alfonso VIII y Leonor Plantagenet y, además, esta variante de la arquitectura gótica clásica nació en los dominios de su abuela Leonor de Aquitania.


Bóvedas de este estilo también las hay en la Catedral Vieja de Salamanca, edificio en plena construcción cuando Berenguela fue tenente de la ciudad del Tormes. Y qué decir de esa Torre del Gallo, que tanto recuerda a los campanarios aquitanos del Poitou de la abuela Leonor.



Cuatro caras nos miran enfadas, no les ha gustado que nos hayamos ido por las ramas. Quieren que volvamos a la esencia del asunto: la reina, el santo y la iglesia. Dice el reverendo Legidos que puede que sean la tierra, el agua, el aire y el fuego y, por encima de ellas, el éter.





En el ábside principal por fin nos encontramos con santo Tomás de Canterbury, el que fuera gran amigo del rey Enrique II de Inglaterra, el abuelo materno de Berenguela. Sobre el ropaje del arzobispo creemos ver unas aves negras en vuelo…


Un bello capitel con el clásico motivo del caballero cristiano en un lance con un musulmán nos recuerda que la abuela materna de Berenguela, Leonor de Aquitania, y su tío Ricardo Corazón de León participaron en la Cruzadas.


Aunque para caballero cristiano su padre, Alfonso VIII de Castilla, vencedor en las Navas de Tolosa. Y su esposo, Alfonso IX de León, conquistador de Cáceres, Mérida y Badajoz. Y su hijo Fernando III de Castilla y de León, que tomaría Córdoba y Sevilla.


Y, nada, nos vamos ya, que esto se ha alargado demasiado, no queremos quedarnos atrapados para siempre en esta entrada, como le ocurrió a este pobre personaje, que lleva así siglos en la iglesia de Santo Tomás Cantuariense de Salamanca.

sábado, 22 de febrero de 2025

Berenguela y la Virgen de la Vega

Existe la creencia común de que la vistosa técnica artística del esmaltado, que vivió una época de auténtico esplendor durante la Edad Media, llegó a los reinos cristianos de la peninsula ibérica desde Francia. Sin duda, se trata de una simplificación del asunto, ya que, cuando los esmaltes alcanzaron tal auge, Francia no era el país con la organización política que hoy en día conocemos. Además, dicha simplificación nos ha dificultado caer en la cuenta de cuál podría ser el hipotético origen de una de las obras de arte más bellas de la ciudad de Salamanca, la imagen de su patrona, Santa María de la Vega. 


Cristo de bronce dorado con esmaltes que se conserva en la exposición permanente Ieronimus de la Catedral de Salamanca. Pieza datada actualmente como de los primeros años del siglo XIII, aunque según la tradición se trata del Cristo pectoral del Cid, es decir, de una pieza del siglo XI.

El caso es que en el siglo XII el rey de Francia mandaba más bien poco, puesto que cada duque o conde franco era en sus dominios mucho más parecido a un monarca que a un noble. De hecho, en la segunda mitad de dicha centuria, la mayor parte del territorio de lo que hoy es Francia estaba gobernada por el matrimonio formado por Enrique II Plantagenet —rey de Inglaterra, duque de Normandía y conde de Anjou— y Leonor —duquesa de Aquitania y Guyena y condesa de Gascuña—, siendo éstos los abuelos maternos de Berenguela la Grande, reina de León y de Castilla.

Dentro de los vastos territorios heredados por Leonor de Aquitania se localizaban dos grandes centros europeos de esmaltería: las localidades de Conques y Limoges. Parece que la industria comenzó en Conques, pero, en el último cuarto del siglo XII, Limoges comenzó a imponerse en el mercado al emplear mejoras técnicas en unas piezas menos elaboradas, lo que daba como resultado un producto más económico. No obstante, en la inclinación de la balanza a favor de esta ciudad también debe tenerse en cuenta la firme determinación de Leonor de Aquitania en este sentido. El caso es que Limoges había sufrido la destrucción de sus murallas y la imposición de abusivos impuestos durante el conflicto que sostuvieron el abad de la abadía de San Marcial y el rey Enrique II. Una vez finalizadas las hostilidades y para compensar de algún modo a los lemosines, gente de sus dominios, Leonor celebró una ceremonia llena de boato y simbolismo en el año 1172 por la que su hijo predilecto, Ricardo, el Corazón de León, reconocido como duque de Aquitania y conde de Poitou en 1169, contraía, en palabras de Régine Pernoud, una especie de "matrimonio místico con la ciudad" al armarse caballero en ella y recibir el anillo de su patrona, santa Valeria.

Lo que nos preguntamos ahora es cómo llegaron los esmaltes a los reinos cristianos hispanos. En entradas anteriores de nuestros Blogs os hemos contado cómo la heráldica y el culto a santo Tomás de Canterbury llegaron a los reinos de Castilla y de León a través de los matrimonios de dos mujeres descendientes de Enrique II de Inglaterra y Leonor de Aquitania. Al reino de Castilla llegaron estas dos corrientes gracias al enlace entre Alfonso VIII y Leonor Plantagenet, contraído en 1170. Años más tarde, en 1197, llegarían al reino de León a consecuencia de la boda entre la hija primogénita de la pareja anterior, Berenguela de Castilla, con el rey Alfonso IX de León, un enlace que duró hasta que, en 1204, se hizo efectiva su nulidad a causa del grado de consanguinidad habido entre los contrayentes. No obstante, a partir de 1230, cuando Fernando III de Castilla, el hijo primogénito de Berenguela y Alfonso IX, fue proclamado rey de León, su madre regresará a tierras leonesas para dejar de nuevo su significativa impronta cultural en obras como la decoración heráldica de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara.


Obra de finales del siglo XII o comienzos del XIII que se conserva en la Colegiata de San Isidoro de León. Se trata de un relicario de madera con diecisiete planchas de esmaltes de tonalidades azules con las figuras de Cristo crucificado y en majestad, María, Juan, Tetramorfos, ángeles y los apóstoles.

Pues bien, parece que el caudal de ese río Plantagenet de difusión cultural también trajo hasta aquí la orfebrería esmaltada, de tal forma que, ya fuera a través de maestros esmaltadores traídos a tierras castellanas o a través de orfebres castellanos formados en Conques y Limoges, en Castilla se localizó en época bien temprana un nuevo e importante centro de esmaltado que se sumaría a los de las dos ciudades francesas, el taller de Silos, que se desarrolló gracias al apoyo de los reyes de Castilla Alfonso VIII y Leonor Plantagenet. Dichos monarcas, promocionando el taller de orfebrería preexistente, contribuyeron al desarrollo de la esmaltería gracias a las donaciones que realizaron entre 1177 y 1202 al por entonces conocido como monasterio de San Sebastián. El posible origen de los esmaltadores llegados a Castilla nos lo desvela la profesora María Luisa Martín Ansón con las siguientes palabras: "La abadía real de Silos, que había atesorado ya los marfiles del califato, atrajo orfebres mozárabes poniéndolos a trabajar en el taller, donde cooperaron con esmaltadores aquitanos".

En el reino de León también encontramos diversas obras esmaltadas con técnica lemosina y cuya datación es coincidente con la llegada de Berenguela como reina consorte, posición de la que gozó de 1197 a 1204. Así, en la Colegiata de San Isidoro de León se conserva una arqueta relicario que muestra una decoración esmaltada diferente en cada uno de sus frentes. Al respecto de uno de ellos, la profesora Lourdes de Sanjosé Llongueras opina que “está ligado, directa o indirectamente, al taller limosino de la corte de Aquitania de finales del siglo XII y la datación que proponemos para este frente de la arqueta es la de 1185-1190”; por otra parte, dice también la profesora que “la datación que proponemos para el frente posterior es la de 1195-1200”. Así las cosas, nos parece importante recordar en este momento que en la Colegiata de San Isidoro de León se conservan también dos estolas sobre cuyo origen y datación no existe duda, ya que sabemos que fueron tejidas o al menos mandadas tejer por Leonor Plantagenet y donadas en los años 1197 y 1198, coincidiendo, precisamente, con el enlace entre su hija Berenguela y Alfonso IX de León.


Detalle del frontal de la arqueta que se conserva en el Museo San Isidoro de León. 

En el caso concreto de Salamanca se conservan dos obras coetáneas a la arqueta de San Isidoro, ambas esmaltadas con la técnica lemosina. La primera de ellas es la imagen de la patrona de la ciudad, Santa María de la Vega, una preciosa Virgen joya que bien pudo ser fabricada en talleres castellanos o leoneses en vez de en Limoges, que es lo que se ha venido considerado tradicionalmente. En cualquier caso, nos parece importante destacar que esta imagen ha sido datada entre los años 1200 y 1205, precisamente en unas fechas en las que la princesa castellana Berenguela, la hija primogénita de Leonor Plantagenet y Alfonso VIII de Castilla, fue reina consorte de León y tenente de la ciudad de Salamanca. A esto habría que añadir el hecho de que los habitantes del monasterio donde estaba ubicada originalmente la imagen fueran canónigos dependientes de la Colegiata de San Isidoro de León, lugar íntimamente asociado a dicha pareja real leonesa. Se trata de dos grandes casualidades, la verdad, o quizá no lo sean.

En opinión de J. Yarza y C. Fernández Ladreda esta imagen de la Virgen de la Vega es la más rica y la de mayores dimensiones (72 x 24x 23 cm) entre el nutrido grupo de imágenes de bronce y cobre con adornos de esmalte españolas y francesas. En lo estilístico, sólo admite cierto parangón con las vírgenes de bronce y cobre con esmaltes del siglo XIII que se exponen en el Metropolitan Museum de Nueva York. 









La Virgen de la Vega, patrona de Salamanca. La imagen era la titular del monasterio salmantino de Santa María de la Vega, situado en la ribera del río Tormes y cuyos moradores eran canónigos regulares dependientes de los de la Colegiata de San Isidoro de León. Ante la ruina del cenobio ribereño salmantino, fue trasladada a la iglesia de San Polo en 1812 y luego al convento de San Esteban, donde permaneció de 1842 a 1904, año este último cuando se instaló definitivamente en el altar mayor de la Catedral Vieja. Es la patrona de la ciudad de Salamanca desde el año 1618. 



Virgen del siglo XIII en la colección del Metropolitan Museum de Nueva York.

Nuestra patrona, además, tiene en el reino de origen de Berenguela dos hermanas: la palentina Virgen de Husillos y la burgalesa Virgen de las Batallas. La de Husillos luce ropajes castellanos similares a los encontrados en el interior de los sarcófagos del Real Monasterio de las Huelgas de Burgos, delatando así que su lugar de factura no fue transpirenaico. Lamentablemente, a las tres vírgenes les falta el cetro original que un día debieron de lucir, seguramente rematado con una flor de lis, pero siguen compartiendo la mirada de sus saltones ojos negros, los mismos que también tienen las efigies yacentes que Blanca de Francia, hermana de Berenguela, encargó para sus nietos Juan y Blanca a mediados del siglo XIII.


Virgen de los Husillos, expuesta en el Museo Diocesano de Palencia. 


Virgen de las batallas de San Pedro de Arlanza, expuesta en el Museo de Burgos.



Efigies funerarias de los infantes Blanca y Juan de Francia, sobrinos nietos de Berenguela de León y de Castilla. 

La segunda pieza de cobre con esmaltes que se conserva en la Catedral Vieja de Salamanca es un crucifijo de pequeñas dimensiones, que ha sido conocido tradicionalmente como Cristo pectoral del Cid. La misma tradición sostiene que llegó a Salamanca hacia 1647 de la mano del arzobispo de Valencia Martín López de Hontivero, aunque la datación de esta pieza es la misma que se ha asignado a la imagen de la Virgen de la Vega. Por lo que se refiere a la teoría no documentada sobre su origen, bien pudiera tratarse de un típico proceso de creación de memoria propio de la Edad Moderna, todo con la finalidad de asignar la propiedad original de la imagen a un insigne personaje como el de Vivar. En cualquier caso, siendo su origen desconocido, lo único que podemos afirmar es que se conserva en Salamanca y que, de nuevo, data de los primeros años del siglo XIII.


Detalle del conocido tradicionalmente como Cristo pectoral del Cid, aunque ya sabemos que no hay que fiarse mucho cuando leemos eso de "según la tradición".

Algo que creemos que merece comentar es que, como hacernos de menos a nosotros mismos frente a franceses e ingleses se nos da de maravilla en este país, muchas obras elaboradas en Silos o en otros talleres peninsulares tradicionalmente se han asignado de forma injustificada a Limoges, sin ni siquiera poner en valor que la técnica de Silos era mucho más elaborada que la limusina y que fue precisamente su exuberancia y perfección, que la hacía más cara, lo que terminó con ella. 

Llegados a este punto, creemos necesario reivindicar que es bastante más acertado y menos anacrónico decir que los esmaltes vinieron a los reinos de Castilla y de León desde los dominios de Leonor de Aquitania gracias a su hija Leonor Plantagenet y a su nieta Berenguela. De este modo, nos parece que no es descabellado pensar que nuestra patrona, la Virgen de la Vega, bien pudo llegar a Salamanca a comienzos del siglo XIII de la mano de Berenguela la Grande, reina de León  y de Castilla y tentente de Salamanca, una mujer empeñada en entregar lo mejor a la ciudad que tenía bajo su mando y a la que quizá no se le haya hecho justicia, ya que parece que no es merecedora de un medallón con su efigie en la Plaza Mayor charra. Por cierto, la misma poca justicia que se hace a la Virgen de la Vega, que no puede ser admirada por los salmantinos y visitantes tal y como fue concebida, para que luciera por sus cuatro costados.

FUENTES:
  • De Sanjosé Llongueras, L. (2019). El arca relicario con esmaltes de Limoges del Museo de la Real Colegiata de San Isidoro de León. Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura. Nº. 95, 2, 2019. Págs. 757-813. Pág. 785.
  • Martín Ansón, M. L., El esmalte románico en Madrid. Biblioteca Románico Digital.
  • Martínez Frías, J.M. (2004) El arte románico en Salamanca. Editorial La Gaceta.
  • Pernoud, R. (1965). Leonor de Aquitania. Edición digital Titivillus. Págs. 149-151.

domingo, 2 de febrero de 2025

Salamanca en el siglo XI

La falta de noticias al respecto de la Salamanca del siglo XI es, sin duda, una buena noticia, ya que en ello va implícito que los ataques musulmanes sobre la línea del Tormes cesaron con la muerte de Almanzor en el 1002, haciéndose más imposibles aun con la atomización del califato de Córdoba en reinos de taifas a partir del 1009.


Los reinos de taifas hacia el año 1080.

Además, entre el 1037 y el 1065 reinó en León un tipo bien duro, el infante navarro y conde de Castilla Fernando I, que primero se casó con la infanta leonesa Sancha, hermana del rey Bermudo III, para luego levantarse contra su cuñado y matarle en la batalla de Tamarón, haciéndose con el reino del que su esposa quedaba como titular. El rey consorte leonés tampoco tuvo reparos en matar a su propio hermano, el rey de Pamplona García III, en la batalla de Atapuerca, librada en 1054. Y todo esto manteniendo a raya a las taifas, permitiendo así que los cristianos fueran colonizando poco a poco las tierras salmantinas, especialmente siguiendo el curso del Tormes desde Alba a Ledesma y teniendo como epicentro la ciudad de Salamanca.



Sancha, hija de Alfonso V de León, y su rey consorte, Fernando I. A ellos se debe la construcción del Panteón de los Reyes de San Isidoro de León. Fueron los padres de Alfonso VI, rey de León, Sancho, príncipe en Castilla, García, príncipe en Galicia, Urraca, señora de Zamora, y Elvira, señora de Toro. Los hermanos lucharon por la herencia de sus padres, resultando victoriosos Alfonso VI y Urraca, muriendo Sancho en el sitio de Zamora y quedando García cautivo hasta el día de su muerte. Alfonso VI fue el rey que tuvo un par de encontronazos con el Cid, que al final terminó montándose su propio chiringuito, perdón, principado, en lo que había sido la taifa de Valencia. 


Fernando I de León, conquistador de Lamego (1057), Viseo (1058) y Coimbra (1064), ciudades leonesas en el siglo XI. 

En el año 1085 su hijo Alfonso VI de León conquistó la taifa de Toledo, extendiéndose así la línea de avance cristiano hasta el río Tajo, con lo que Salamanca quedaba definitivamente fuera del alcance de las expediciones de saqueo musulmanas, y más desde que en el año 1147 Alfonso VII de León se hiciera con la ciudad de Coria.


Alfonso VI, rey de León de 1065 a 1109,  representando en el Tumbo A de la catedral de Santiago de Compostela. 

Salamanca ni siquiera fue escenario de alguna de las correrías de Rodrigo Díaz de Vivar, aunque, según la tradición, y hay que ser siempre cauteloso con la tradición, sí llegó hasta la ciudad el Cristo que presidía las misas que su capellán, Jerónimo de Perigord, celebraba durante sus campañas militares. Jerónimo también acompañó al Cid durante la conquista de la taifa de Valencia, ciudad de la que llegó a ser obispo. Una vez fallecido Rodrigo en 1099 permaneció al lado de doña Jimena hasta que se perdió la ciudad levantina en 1102.  Luego se trasladó hasta Salamanca trayendo supuestamente consigo el crucifijo y llegando a ser obispo de esta localidad, de Zamora y de Ávila.


El Cristo de las Batallas, conservado en la Catedral Nueva de Salamanca. 

sábado, 1 de febrero de 2025

Salamanca en el siglo X

Desde el 711, año de la invasión musulmana de la península ibérica, hasta mediados del siglo X, las escasas gentes que habitaban el territorio que hoy conforma la provincia de Salamanca vivieron ajenas a la autoridad tanto de los reyes de León como de los emires de Córdoba. Esta situación iba a cambiar en el verano del año 939, cuando el califa omeya Abderramán III reunió un numeroso ejército para acabar de una vez por todas con el molesto reino de León. Dejando atrás Toledo, el heterogéneo contingente musulmán cruzó el puerto de Guadarrama para dirigirse después hacia el sur del río Duero. Ramiro II de León, puntualmente informado del avance de sus enemigos, se apresuró a reunir a sus tropas, que se completaron con una mesnada enviada por el rey de Pamplona, García Sánchez I, y con huestes de los condes castellanos Fernán González y Ansur Fernández.


Ramiro II de León reinó entre los años 931 y 951 y entre sus muchos méritos estuvo la victoria sobre el califa de Córdoba, Abderramán III, en el año 939 en Simancas. 

La inevitable batalla, librada a las afueras de la población de Simancas, comenzó el 6 de agosto y concluyó cuatro días después con una aplastante victoria de los cristianos. Fue así como la línea de repoblación del reino de León avanzó hasta el río Tormes, rebasando el límite del río Duero e integrando las localidades —algunas recuperadas y otras de nueva creación— de Salamanca, Ledesma, Ribas, Baños, Alhándiga, Peña y otras fortalezas que la Crónica de Sampiro, el obispo de Astorga, no detalla. Con la integración de estas escasamente pobladas localidades seguramente llegó una primera oleada de repoblación, ya que el rey Ordoño III, en el año 953, incluye entre las propiedades que cede al obispo de León “todas las iglesias que edificaron en el territorio de Salamanca los repobladores enviados por mi padre”.


Grabado del siglo XIX representando la batalla de Simancas.


Cruz votiva que el rey Ramiro II regaló a Genadio, abad del monasterio de Santiago de Peñalba, en conmemoración de la victoria de Simancas y como agradecimiento por la ayuda ofrecida por Santiago Apóstol.

La vida en estas poblaciones salmantinas no debía de ser nada fácil, ya que estaban muy alejadas de los centros de poder y enclavadas en la frontera entre dos mundos en guerra, expuestas a ataques y saqueos. No obstante, parece que fueron creciendo y adquiriendo importancia militar, ya que las fuentes musulmanas nos hablan de que en el año 942 el conde de Salamanca Bernardo Nuñez fue vencido junto a los trescientos caballeros que le acompañaban. También hay noticias de que en el año 960 Salamanca contaba con obispo y de que en el año 971 Fernando Flaín, hijo del conde de Salamanca, envió embajadores a la corte cordobesa.

Sin duda, la ciudad de Salamanca y las poblaciones cercanas levantadas en la ribera del Tormes fueron adquiriendo cierto nivel de población y riqueza, ya que, de otro modo, el caudillo Almanzor no se hubiera molestado en atacarlas con tanta furia entre los años 977 y 986. En la primera de dichas fechas saqueó Baños y Salamanca y en los dos años siguientes se cebó con Ledesma. En años posteriores Salamanca y la comarca de La Armuña fueron sus víctimas predilectas, hasta culminar en lo que las fuentes musulmanes denominan “Campaña de las Ciudades”, durante la cual los musulmanes tomaron Alba de Tormes y Salamanca y pusieron sitio a Zamora y León.


Las tropas de Almanzor entran en combate con una hueste cristiana en la Cantiga de Santa María número LXIII. 


Estatua que el ayuntamiento de Algeciras le dedicó en el año 2002 a Almanzor en conmemoración de los mil años de su fallecimiento. Sin duda, se la hicieron por eso de que tanta paz lleves como descanso dejas.

No vuelve a haber noticias de estas tierras hasta el año 1102, cuando el conde Raimundo de Borgoña, yerno del rey Alfonso VI, restauró la sede episcopal de Salamanca, a la que el rey Alfonso VII se refiere como “destruida durante largo tiempo por la crueldad de los paganos y sin poblador que la habitara” cuando confirma dicha restauración en el año 1107. Seguramente, la despoblación no fue tan total como afirma el monarca; es cierto que los musulmanes no se establecieron en la línea del Tormes, parece ser que solamente les interesaba causar el mayor daño posible en tierras cristianas y volverse a sus cálidas tierras cargados con un sustancioso botín, pero los cristianos tornarían a sus hogares más pronto o más tarde, sobre todo tras la muerte por enfermedad de Almanzor, seudónimo que significa “el Victorioso”, acabándose así, por fin, la pesadilla. 


La península ibérica a finales del siglo X.

FUENTE: "El marco histórico de los constructores del románico: Salamanca desde el reinado de Alfonso VI al de Alfonso IX" de José Luis Martín Martín. 

sábado, 2 de noviembre de 2024

Los sepulcros de la iglesia de Sancti Spiritus

Alfonso IX de León, con su reino constreñido entre los de Portugal y Castilla, territorios ambos desgajados del solar leonés en el siglo XII, solamente fue capaz de agrandar sus dominios tomando Salamanca como base de operaciones para conquistar la ciudad de Cáceres en 1229 y las de Mérida y Badajoz en 1230, el mismo año de su muerte. Siendo la guerra una de las principales faenas de un rey medieval, no era menos importante la de la política de alianzas, así que en 1191 el monarca leonés se casó con su prima Teresa de Portugal, con la que tuvo un hijo y dos hijas, y, tras la anulación papal del vínculo en 1196, contrajo un año después matrimonio con su prima segunda Berenguela de Castilla, que le dio cinco vástagos —entre ellos el siguiente rey de León, Fernando III— y de la que se vio forzado a separarse en 1204, de nuevo a causa del molesto asunto de la consanguinidad.

Viendo truncadas las alianzas con los reinos luso y castellano, Alfonso IX recurrrió al concubinato —una especie de matrimonio civil ante el que el papa solía hacerse el tonto— para establecer vínculos con familias nobles de los territorios fronterizos, que a cambio de sumar sangre real a su linaje estarían dispuestas a apoyarle en caso de conflicto con los reinos vecinos. Inés Íñiguez de Mendoza, Estefanía Pérez de Faiam, Aldonza Martínez de Silva y Teresa Gil de Soverosa fueron las cuatro nobles damas que fueron reinas extraoficiales de León, a las que hay que añadir a una salmantina a la que conocemos simplemente como Maura. Entre unas y otras, siete hijos y once hijas, todos orgullosos cachorros de León.


Medallón en la plaza Mayor de Salamanca dedicado a Alfonso IX de León, monarca al que las guerras y los líos de faldas todavía le dejaron tiempo para fundar el Estudio General de Salamanca en 1218. Sus ex suegros, los reyes de Castilla, hicieron lo propio en Palencia seis años antes. Alfonso X de Castilla y de León, nieto del primero y bisnieto de los segundos, daría el título de Universidad al Estudio de Salamanca en 1252.

En todo caso, podemos decir que la mujer de su vida, o por lo menos con la que más tiempo estuvo, fue Teresa Gil de Soverosa, una noble portuguesa con la que convivió doce años desde 1218 hasta su muerte. De esta unión nacieron tres hijas, Sancha, María y Urraca, y un hijo, Martín Alfonso de León, cuyo sepulcro y el de su esposa, María Méndez de Sousa, se conservan en el presbiterio de la iglesia de Sancti Spiritus de Salamanca, templo que es el único resto que permanece en pie del monasterio del mismo nombre, fundado por la pareja en 1268 y cedido a la Orden de Santiago al año siguiente.




Sepulcro de Martín Alfonso, hijo de Alfonso IX de León, y algunos detalles del mismo.

No conocemos dónde se encontraba el niño de diez años Martín Alfonso cuando se desató la crisis que se vivió a la muerte de su padre, ni siquiera sabemos si se le consideró como candidato al trono de León, pero se cree que Teresa Gil de Soverosa y sus hijos optaron por refugiarse en tierra gallega, donde la madre ostentaba un gran poder, para prudencialmente mantenerse lejos de la corte de Fernando III, monarca de Castilla desde 1217 y de León desde 1230, y sobre todo de su progenitora Berenguela. Pero la reina madre de Castilla y de León era una mujer que tenía solución pacífica para todo, así que fomentó las buenas relaciones entre ambas familias del difunto rey leonés por medio de su nieto, el infante Alfonso, futuro monarca X de su nombre, que a la sazón era sobrino de los hijos de Teresa.






Sepulcro de María Méndez de Sousa luciendo el emblema de consorte de un hijo del rey de León y los luneles propios de su apellido Sousa.

Hasta tal punto fue estrecha la relación que el infante Alfonso tuvo una hija con su tía María Alfonso de León en 1241, a la que además pusieron por nombre Berenguela, no sabemos si para aplacar la ira de la abuela monarca o más bien en reconocimiento a las buenas artes políticas de la misma, con las que había logrado convertir en aliada a una familia que podía haber sido feroz enemiga. Además, en 1251, el rey Fernando III otorgó a su medio hermano Martín Alfonso la tenencia de la ciudad de Salamanca, aunque en esta concesión pudo tener un papel intermediador el infante Alfonso, que había tenido con anterioridad la ciudad y que en ese momento era quien gobernaba el reino leonés en representación de su padre. Una vez que Alfonso X fue proclamado rey en 1252, concedió a su tío Martín Alfonso, a mayores, las tenencias de las villas salmantinas de Pereña de la Ribera y Villares de Yeltes. 


Detalle del sepulcro de Sancha Alfonso, hermana de Martín, fallecida en 1270 y también enterrada en un monasterio femenino de la Orden de Santiago, el de Santa Eufemia de Cozuelos (Palencia). El emblema del león acompañado de flores lis reivindica su pertenencia a la familia real leonesa.

Martín Alfonso Gil de Soverosa mantuvo la tenencia de la ciudad del Tormes hasta el año 1267, convirtiéndose en uno de los principales personajes de la corte castellana y leonesa desde que su sobrino Alfonso fuera proclamado rey en el año 1252.



En la iglesia de Sancti Spiritus en Salamanca podemos ver estos escudo que no son contemporáneos de los sepulcros, pero que seguramente estén inspirados por unos más antiguos, ya que contienen el león y la flor de lis, muestra de la pretensión de los Gil de Soverosa de pertenecer a la familia real leonesa, aunque la matriarca hubiera sido concubina de Alfonso IX y no su esposa, con lo que su descendencia no tendría derechos sobre el trono.

Martín debió de fallecer después del 3 de noviembre de 1269 y antes del 17 de abril de 1272, fecha en la cual María Méndez de Sousa, declarándose viuda, donó varias heredades al monasterio de Sancti Spiritus de Salamanca, según se menciona en la documentación de dicho cenobio, nacido a comienzos del siglo XIII como encomienda para acoger a las esposas de los caballeros salmantinos que partían a la guerra, motivo por el cual las monjas adoptaron el nombre de Comendadoras. Más tarde, la adscripción de este convento a la Orden de Santiago por donación de Martín Alfonso y María Méndez hizo que fuera conocido como de las Comendadoras de Santiago.



Escudos en el interior de la iglesia de Sancti Spiritus de Salamanca que representan a Martín Alfonso de León como caballero de la Orden de Santiago y a María Méndez de Sousa como perteneciente al linaje de los reyes de Portugal. Son, sin duda, heráldicas inventadas siglos después de haber muerto las personas que se pretende representar.


Armas y efigies imaginadas de los fundadores del monasterio de Sancti Spiritus de Salamanca.


Miguel Ángel Martín Mas

San Luis IX rey de Francia y Peñaranda de Bracamonte

El inexorable paso del tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a un monarca medieval esculpido en piedra en la segunda mitad del siglo XVIII....