martes, 10 de febrero de 2026

La hueste de Salamanca en el siglo XII - Parte I

Alfonso VII, intitulado como Imperator totius Hispaniae en la catedral románica de León el 26 de mayo de 1135, día de Pentecostés, reinaba en León, Asturias, Galicia, Castilla y Toledo, ciudad que había conquistado su abuelo materno, el rey Alfonso VI, en el año 1085. Ciudades como Salamanca, Ávila y Segovia, que fueron repobladas durante los primeros años del siglo XII por sus padres, la por entonces infanta leonesa Urraca y el conde Raimundo de Borgoña, se convirtieron de esta forma en escudos del reino de León, es decir, en enclaves estratégicos para su defensa ante posibles incursiones de los almorávides o por si, en el peor de los casos, Toledo caía de nuevo en manos del islam. A su vez también eran puntas de lanza, ya que constituían bases de lanzamiento de ataques de saqueo y castigo sobre tierras musulmanas, lo que los cristianos llamaban “cabalgadas” y los agarenos “aceifas” o “algaradas”.


Hueste en combate en la La Biblia de Maciejowski, Biblia de los Cruzados, Biblia del sah Abás o Biblia Morgan, que con todoss esos nombres se la conoce. La palabra hueste deriva del latín HOSTIS, que significaba originalmente el enemigo del estado y que en la Edad Media pasó a referirse a cualquier grupo de gente armada.


Raimundo de Borgoña y su esposa la infanta Urraca de León, repobladores de Salamanca en el tiempo en el que fueron condes de Galicia. Él murió en 1107 y ella fue reina propietaria y titular de León entre 1109 y 1126.

De este modo, la Salamanca que avanzaba hacia los años centrales del siglo XII se organizaba en torno a tres núcleos: el militar, con el alcázar situado sobre lo que hoy conocemos como la Peña Celestina; el eclesiástico, cuyo centro era la catedral románica que estaba en plena construcción y que, desde luego, también carácter de fortaleza y el azogue, el mercado, que se encontraba en las proximidades de la sede episcopal, que regentaba Berengario, que a su vez era canciller del emperador leonés y hombre de armas tomar en sentido literal.


Capitel en el transepto de la Catedral Vieja de Salamanca en el que se muestra un combate entre un guerrero cristiano y uno musulmán. 

A orillas del Tormes, en una ciudad cristiana tan cercana a la frontera con el mundo musulmán, no es de extrañar que abundaran los guerreros, que se organizaban en torno a lo que se conocían como milicias concejiles. Es este el término empleado por los cronistas de la época para referirse a las fuerzas de defensa y ataque conformadas por los habitantes de un núcleo urbano, que, convocadas y controladas por el concejo de la ciudad o villa, contaban con su propia estructura de mando. Estas milicias debían obediencia al monarca, pero también tenían una cierta autonomía para iniciar sus propias acciones, que les venía dada por los fueros y cartas pueblas, el corpus legislativo que regulaba la vida de la villa y sus tierras a modo de código civil y penal de nuestra época. De este modo, en las villas tormesinas de Alba de Tormes, Salamanca y Ledesma se conformó en el siglo XII un espacio en el que parte de sus habitantes era, según la ocasión, labradores y ganaderos o soldados, siendo peón o infante, armado con las mismas herramientas con las que trabajaba el campo, el que menos recursos económicos tenía y caballero villano el que se podía permitir pagar una loriga, un yelmo, una espada, una lanza, un escudo y una montura de guerra con sus correspondientes guarniciones.


Guerrero del siglo XII luchando contra un león en el claustro de la Catedral Vieja de Salamanca. Va equipado con una loriga de cota de malla que le llega por debajo de las rodillas, manoplas y almófar, que es la capucha, también de cota de malla, que lleva bajo el yelmo; en este caso se trata de un yelmo de tipo normando evolucionado, ya que en vez de una simple protección nasal incorpora una máscara que cubre toda la cara. Bajo la loriga llevaría un gambesón, un jubón acolchado que amortiguaba los golpes y protegía la piel del roce con el metal. Porta un escudo de cometa, este con el borde superior recto, lo que favorecía el apoyo de la lanza cuando se montaba a caballo. Las piernas van protegidas con  unas piezas llamadas brafoneras, también hechas con cota de malla.

Las primeras cabalgadas de la todavía desorganizada y poco entrenada milicia concejil de Salamanca se llevaron cabo hacia 1137 sobre la ciudad de Badajoz y terminaron siendo un absoluto desastre, dado que por entonces, literalmente, cada uno hacía la guerra por su cuenta, teniendo en cuenta, además, que ante el caudillo almorávide Tejufín esto era una absoluta una temeridad. Tuvo que llegar un catalán, el conde de Urgel Ponce Giraldo de Cabrera, tenente, entre muchas otras, de la ciudad del Tormes y mayordomo del rey, para que se empezaran a cosechar éxitos militares como el que nos narra la Chronica Adefonsi Imperatoris:

Por la misma época los nobles de Salamanca penetraron en el territorio de Badajoz diciendo entre sí, al ver que el gran señor quería ir al territorio de Sevilla: «Vayamos también nosotros al territorio de Badajoz, consigamos también nosotros un gran prestigio y no cedamos el prestigio de nuestra gloria a ningún jefe militar o caudillo». Y tras reunir un gran ejército, tomaron el camino que conduce a Badajoz, devastaron toda aquella región y consiguieron enormes destrozos e incendios, una gran cantidad de prisioneros entre hombres, mujeres y niños, todo el ajuar de las casas y riquezas de oro y plata en abundancia. Además, se apoderaron de grandes riquezas, caballos y mulos, camellos y asnos, bueyes y vacas y toda clase de animales del campo.



El conde Ponce Giraldo de Cabrera representado junto al emperador Alfonso VII en de este documento de donación a don Guillermo, abad del monasterio de San Martín de Valdeiglesias. La presencia del conde de Urgel en el reino de León se debe a que el Emperador se casó en el año 1128 con Berenguela de Barcelona, hermana del conde Ramón Berenguer IV. El documento es patrimonio de la Región Leonesa del que se apropió la Hispanic Society de Nueva York, donde todavía sigue.

Los éxitos militares cristianos iban a continuar en la Extremadura leonesa, ya que en el año 1142 el emperador Alfonso VII se empeñó en la conquista de Coria, campaña en la que, por supuesto, participaron las milicias concejiles salmantinas, volviendo la ciudad cacereña a manos cristianas el 30 de agosto de ese año y restaurándose así su sede episcopal. En esa misma ofensiva las milicias concejiles de Salamanca y Ávila destruyeron el castillo de Albalat, que se levantaba a orillas del río Tajo, no lejos de la actual localidad de Romangordo.


Escena de asedio de una ciudad en la Biblia de los Cruzados. Unos guerreros portan casco nasal, el más común en el siglo XII, pero otros ya portan el gran yelmo, que cubre la totalidad de la cabeza, lo que nos indica que nos encontramos ante una miniatural del siglo XIII.

Poco después el obispo Berengario y sus clérigos, que parece que formaban una milicia eclesial, suponemos que apoyados por la milicia concejil de Salamanca, integraron en el reino leonés la comarca de Ciudad Rodrigo; es por ello que el emperador Alfonso VII concedió el 4 de agosto de 1144 al belicoso prelado salmantino y a su iglesia la décima parte de los derechos fiscales que le pertenecían en la villa de realengo de Alba de Tormes. Dicha donación se haría en la misma Salamanca y en presencia de la reina consorte leonesa Berenguela de Barcelona y de sus hijos Sancho, Fernando y García.


Adhémar de Monteul obispo de Puy-en-Velay, en una batalla de la Primera Cruzada. British Library Yates Thompson MS 12. 


Capitel de un caballero luchando contra un dragón en la catedral de Ciudad Rodrigo (Salamanca).

El mayor exíto militar del reino de León en el siglo XII llegaría el 17 de octubre de 1147 cuando, con la inestimable ayuda de una flota de pisanos y genoveses, se conquistó la ciudad de Almería, un rico nodo comercial que atraía mercaderes de África oriental, Egipto, Siria y otras partes más distantes y que era famoso por su cerámica, vidrio y túnicas de seda. No es de extrañar que a la vuelta de exitosas campañas militares como esta algunos caballeros villanos de Salamanca se mostraran extremadamente generosos en favor de la salvación de sus almas. Tal sería el caso de Miguel Domínguez, un rico hacendado salmantino que consignó en su testamento en 1150 que, entre otras cosas, se dieran doscientos maravedís para las obras de la catedral, trescientos maravedís para que se hiciera una imagen de oro y plata que adornaría el altar y cuarenta maravedís para la iglesia de Santa María de la Vega. La posesión de tales cantidades y el hecho de que contara con esclavos y esclavas moras, casas cerca de la catedral, una pesquera junto al huerto del obispo y las aldeas salmantinas de Zaratán y Palacios, cercanas a Ledesma, solamente eran posibles tras haber participado en incursiones de saqueo llevadas a cabo sobre territorio musulmán y, sobre todo, en la conquista de la opulenta ciudad de Almería.




Arcada románica de una casa que se encontraba en lo que hoy es la calle Tentenecio de Salamanca, junto a la catedral, y que fue incorporada a la iglesia de la localidad de Carbajosa de la Sagrada pobablemente a comienzos del siglo XX. Bien podía haber pertenecido el inmueble a uno de los caballeros villanos salmantinos enriquecidos gracias a las cabalgadas llevadas a cabo sobre territorio musulmán. Fotografías de la asociación salmantina Ciudadanos en Defensa del Patrimonio. 

Otro caso sería el de Blasco Sánchez, que, temeroso de morir en combate contra los moros, en 1161 consigna en su testamento que se deje a la Orden de los Hospitalarios de San Juan su aldea de Barazas y Azaron y al cabildo catedralicio la aldea de Coleo, cien maravedís y que, a mayores, se haga una tabla de plata y oro con el producto de la venta de sus casas y viñedos. Sabemos, además, que Blasco, además de caballero villano y hacendado era comerciante, ya que en sus últimas voluntades también se habla de unas tiendas que regentaba junto a la puerta del Río.



Personajes nobles esculpidos en una de las puertas de la iglesia de Almenara de Tormes. Es posible que el románico que se contruyó a orillas del Tormes y de su afluente el Cañedo fuera sufragado con el botín obtenido con las cabaldas llevadas a cabo por la milicia concejil de Salamanca sobre territorio musulmán.



Canecillos de la iglesia de Santibáñez del Río, que fue prácticamente destruida por una crecida del Tormes y que hoy en día se encuentra dejada completamente de la mano de Dios.

Alfonso VII cosechó sus últimos exitos militares en 1155 conquistando Andújar, Pedroche y Santa Eufemia, aunque en 1157 perdería las villas de Baeza y Úbeda para finalmente perder también Almería y, además, la vida durante el camino de vuelta de su última campaña contra al-Ándalus. Temeroso de que se produjeran luchas por el trono entre sus dos hijos mayores había dejado testamentado que Sancho fuera rey de Castilla y Toledo y Fernando de León, Galicia y Asturias. Sería este último monarca, el segundo de su nombre, el que restauraría la diócesis de Ciudad Rodrigo, lo que le acarrearía graves problemas con la milicia concejil de Salamanca, aunque esa es otra historia que contaré en cualquier otro momento.


Miguel Ángel Martín Mas

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