domingo, 25 de enero de 2026

Una "mujer cerrada" del siglo XIII

Bien cierto es que no faltan episodios escabrosos en las Cantigas de Santa María, ese cancionero marial promocionado y coordinado por Alfonso X de Castilla y de León entre 1257 y 1283; sonoros versos escritos en galaico-portugués, bellas miniaturas y delicadas partituras musicales muestran la devoción y gratitud de las gentes por las actuaciones milagrosas de la Madre de Dios, pero también dan cuenta de un buen número de miserias y padecimientos humanos. Tal es el caso, en grado sumo, de la cantiga CV, en la que un hombre emplea una extrema violencia para imponer su autoridad marital, reconocida por ley en esa época, con el objeto de castigar y corregir a su atribulada esposa.


La Cantiga CV, como todas las terminadas en cinco, es doble, es decir, contiene doce viñetas en lugar de seis, que es lo habitual en el resto del cancionero. Se trata de la historia de "Como Santa María guareceu a mollér que chagara séu marido porque a non podía aver a sa guisa" (cómo Santa María sanó a la mujer a quien había herido su marido porque no había podido poseerla a su gusto).

La historia comienza con la visita milagrosa que hace la Virgen, acompañada de un grupo de santas, a una niña que jugaba en el jardín de su casa. María le prometió volver a visitarla, esta vez acompañada del Niño Jesús, si guardaba la virginidad durante toda su vida y se apartaba de todo mal. La pequeña, asustada, pero también sintiéndose privilegiada, prometió, ingenuamente, hacer lo que se le pedía. 


No pasó mucho tiempo hasta que llegó el día en el que los padres de la niña pensaron en casarla, ya que en aquella época, en la que las hijas eran moneda de cambio entre las familias, esto se concertaba y consumaba bien pronto. La hermosa doncella se desvivió por explicarle a sus padres que tal cosa no era posible, ya que había hecho voto de virginidad en presencia de la mismísima Virgen María, pero no la creyeron, o no quisieron creerla, porque, en todo caso, nada iba a dar al traste con su ansiado deseo de convertirse en familia del más rico comerciante de la ciudad.  


Así las cosas, la boda se celebró con todo el boato que la fortuna del novio podía ofrecer. Una vez que los contrayentes se habían aceptado publicamente en la iglesia, el siguiente paso para sellar la indisolubilidad del matrimonio era la consumación sexual del mismo. No en vano el sexo entre esposo y esposa tenía dos misiones principales: la procreatio prolis (tener descendencia) y la sedatio conscupientiae, la sedación del deseo, es decir, dejar bien satisfecho al marido para que este no se entregara a la fornicación y la lujuria, graves pecados ambos que un buen cristiano debía evitar cometer. 


La Virgen, por supuesto, no iba a permitir esa consumación, así que, acompañada por un ángel, se apareció durante la noche de bodas en la alcoba de los recién casados. Fijaos en cómo la esposa hace el gesto de rechazar al marido y cómo Santa María coloca su mano sobre el hombro del esposo, adormeciéndolo, calmando así su furor sexual y librando a la doncella de la deuda carnal que había contraído a través del matrimonio.


Pasó todo un año sin que se produjera ayuntamiento alguno entre la pareja, lo que llevó al esposo a consultar con una partera, que, tras una concienzuda inspección genital, diagnosticó un caso claro de "mujer cerrada", una esposa que era fisiológicamente incapaz de consumar el matrimonio. El mundo se le vino encima al acaudalado comerciante que, acostumbrado a tenerlo todo, veía como no iba a poder gozar sexualmente en su propia casa con su esposa y, mucho menos, tener hijos. Ante tal perspectiva, las opciones eran dos para ella, claro está, puesto que el marido no era culpable de nada: el convento o someterse a una cirugía que abriera sus zonas íntimas para así poder formalizar el matrimonio.

La siguiente viñeta deja claro que lo que sucedió fue lo segundo, ya que muestra a la esposa sujetada por cuatro mujeres, una de ella una esclava mora, y al marido —que os recuerdo que era comerciante, no cirujano— con un bisturí en la mano dispuesto a solucionar de una vez por todas la clausio matricis de su esposa, sintiéndose capaz de revertir la atresia femenina como el que talla una cuchara con una navaja.


Aquella mujer, desde luego, ya nunca sería madre, pero eso no era nada, ya que por muy poco no perdió la vida a causa de la enorme cantidad de sangre que se derramó durante esa salvaje cirugía casera.

La pobre víctima, apenas recuperada, acudió a pedir consejo y amparo al obispo de la ciudad, que la invitó a volver con su marido para así evitar males mayores. No, si ya lo dijo un par de siglos después el ilustre profesor de la Universidad de Salamanca fray Luis de León, que en su obra La perfecta casada afirmó: "por áspero que sea el marido, es necesario que la mujer lo soporte".


De hecho, aquí podéis ver al simpático prelado devolviendo a la mujer a su esposo, como el que devuelve a su dueño una mula perdida en el monte. 


La absoluta falta de empatía del obispo hizo estallar a la Virgen, a la que, conducida por la ira y la sororidad, se le fue un tanto la mano lanzando sobre toda la ciudad la maldición del Mal de los Ardientes, una enfermedad provocada por la ingesta de harina contaminada con el hongo Claviceps purpurea, el cornezuelo del centeno, que provocaba dolor en diversas partes del cuerpo, sobre todo en manos y pies, con sensación de ardor y fuego, y posterior gangrena. Muchos fallecieron entre terribles sufrimientos o quedaron con una morbilidad incapacitante. Los más afortunados presentaron solamente náuseas, vómitos, convulsiones y alucinaciones.


En la misma iglesia donde se casó, rodedada de enfermos, la pobre esposa mutilada genitalmente, que con un pecho gangrenado también sufría el Fuego de San Antón, siendo ella inocente y víctima, se quejó amargamente ante la Virgen de lo injusto de su situación y de la de otras personas que nada habían tenido que ver con el acto criminal llevado a cabo por su marido, quien, por cierto y en justicia, fue uno de los primeros en morir tras una horripilante agonía.


Fue entonces cuando la Madre de Dios se hizo carne y le dijo a la mujer demandante que se tendiera sobre la cama en la que, dado su estado de postración, había sido trasladada hasta el templo.


Aquella niña que había hecho una promesa a la Virgen, ahora convertida en mujer y tras haber vivido un tremendo calvario a manos de su esposo, cayó en un profundo sueño durante el cual fue curada de todos sus males.


Y mostrando la piedad que caracteriza a la Virgen, esta concedió a su protegida, que tanto había sufrido por su causa, el don del ósculo curativo, por medio del cual habría de consolar y sanar del Mal de los Ardientes a todo el que lo recibiera con fe y devoción por Santa María.


Además, dotada de dicha gracia pudo dar a otras mujeres la oportunidad que ella nunca tuvo, la de ser madre. FIN



Dos escenas postparto medievales. La primera está incluida en la Biblia de los Cruzados, conservada en la Biblioteca Morgan, y la segunda en el manuscrito de la abadía de Lambach MS73.


Miguel Ángel Martín Mas

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