viernes, 19 de diciembre de 2025

Los sanjuanistas de Paradinas

En la localidad salmantina de Paradinas de San Juan, concretamente en su iglesia y en una casa situada a lado de la misma, se puede ver un blasón nobiliario del siglo XVI tenido por una sirena. Se trata de un escudo cuartelado que en el primer cuartel trae tres fajas, en el segundo un jaquelado, en el tercero ondas y en el cuarto tres flores de lis. La cabeza de la nereida sobresale del jefe del escudo flanqueada por dos Cruces de Malta, mientras la cola se dobla hacia la izquierda del observador.




Iglesia de San Pedro en Paradinas de San Juan.


Casa del comendador en Paradinas de San Juan.

El sentido de dichas cruces maltesas es obvio, ya que blancas y en un campo negro fueron el emblema de la Orden de los Hospitalarios de San Juan y, precisamente, los sanjuanistas fueron dueños y señores de Paradinas desde 1113, año en el que la reina Urraca de León entregó dicha población, sus tierras y sus gentes a esta hermandad formada por un brazo religioso (priores y freires regulares) y otro secular (comendadores y freires laicos). Dicha orden comenzó su labor de asistencia a los peregrinos cristianos hacia 1070, con la construcción de un hospital y una iglesia junto al Santo Sepulcro en Jerusalén, y terminó poseyendo vastos dominios en el Sacro Imperio Germánico, Inglaterra, Francia, la península itálica y, por supuesto, en los cinco reinos cristianos de la península ibérica. 


Freire guerrero hospitalario asistiendo a un herido en la defensa de la ciudad de Acre en 1291, año en el que se vieron abocados a abandonar Tierra Santa. En 1187 ya se había perdido Jerusalén frente al imparable avance de Saladino.

La monarca leonesa tenía buenas razones para hacer esta donación a la Orden Hospitalaria, a la que se sumaría, tres años más tarde, la de las poblaciones de Bóveda de Toro y Fresno el Viejo y, después, la de otras tierras y poblaciones del vecino valle del río Guareña, entre ellas una cuyo nombre no es casual, Torrecilla de la Orden. El establecimiento de los sanjuanistas en ese territorio localizado entre las actuales provincias de Salamanca, Zamora y Valladolid contribuiría a su repoblación, su organización social, su integración en el reino leonés y a su defensa militar, aspecto este último que se hizo necesario al haberse convertido en fronterizo entre el mundo cristiano y musulmán tras la conquista de Toledo en 1085 por parte del rey Alfonso VI de León. 


Urraca I de León (1081-1126), hija de Alfonso VI y esposa de Raimundo de Borgoña y, tras quedarse viuda en 1107, de Alfonso I de Aragón. En julio de 1113 donó la aldea de Paradinas a la Orden de los Hospitalarios de San Juan. Ilustración de José Luis García Morán.


Fotografía de Fernando González. 

Para llevar a cabo la explotación de la comarca vertebrada en torno al río Guareña, la Orden organizará este espacio territorial mediante su habitual sistema de encomiendas. Una encomienda sanjuanista estaría compuesta por el conjunto de rentas y propiedades que se ceden —se encomiendan, de ahí procede la denominación— a un freire de la Orden que recibe a partir de ese momento el nombre de comendador. De este modo los freires y freiras, que también las hubo, contaban con sustanciosos ingresos procedentes de la explotación agropecuaria del territorio, que en parte se emplearían para sufragar la asistencia a los mendigos, los enfermos y los peregrinos que viajaban a Jerusalén, Roma, Santiago o Canterbury. Por otro lado, también había que hacerse cargo de los enormes costes causados por la guerra contra los musulmanes en la península ibérica y en Tierra Santa y, pasado el tiempo, contra los turcos, que en el siglo XVI se convirtieron en una verdadera pesadilla para los cristianos que habitaban las costas del Mediterráneo o surcaban sus aguas.


Soldado de la Orden de los Hospitalarios de San Juan a finales del siglo XIII.

En el año 1174 los sanjuanistas entregaron con carácter vitalicio la mitad de las rentas pagadas por sus vasallos de Paradinas al mayordomo mayor del rey Fernando II de León, el magnate castellano Fernando Rodríguez de Castro, y a su hijo Pedro Fernández, estas a cambio de las tierras que dichos caballeros poseían en Ciudad Rodrigo y Ledesma, pero a la muerte del segundo en 1214 la Orden volvió a ingresar todo el beneficio al tiempo que conservaba las nuevas propiedades integradas en sus dominios. 

El porqué del apellido de la localidad salmantina de Paradinas de San Juan queda claro entonces, pero, ¿de dónde viene su nombre? Pues parece que procede de parietinae, palabra que designaría un lugar abandonado y en ruinas, ya que, probablemente, aquello fue un despoblado, un lugar de paredes caídas, desde la invasión musulmana en el 711 hasta que las tierras salmantinas volvieron a estar controladas por cristianos en el siglo X.

Paradinas de San Juan entraría en nuestra historia medieval con la división del imperio leonés que se produjo tras la muerte en 1157 de Alfonso VII, que decidió legar a su hijo Fernando II Galicia, Asturias y León y a su hijo Sancho III Castilla y Toledo.  El 2 de febrero de 1183 se reunieron en Paradinas Fernando II de León y su sobrino Alfonso VIII de Castilla, que llevaban ya mucho tiempo enzarzados en conflictos fronterizos. Así las cosas, la presencia de la Orden Hospitalaria en Paradinas y en un territorio como el del valle del Guareña también sirvió para establecer una zona neutral en la frontera entre dos reinos cristianos que podían iniciar una guerra en cualquier momento, lo que explica, además, que cerca de Paradinas haya pueblos con nombres tales como Zorita y Aldeaseca, que se apellidan “de la Frontera”, y otros como Horcajo y Chagarcía, que son “Medianero”. De dicha reunión nació el Tratado de Fresno-Lavandera, que hace referencia, respectivamente, a la localidad leonesa de Fresno el Viejo y a la castellana de Carpio y que hizo que las cosas se calmaran entre León y Castilla, al menos durante un tiempo.

Una década después, concretamente en diciembre de 1193, Alfonso VIII de Castilla y el nuevo rey leonés Alfonso IX confirmaron a la Orden del Hospital las villas de Fresno el Viejo y Paradinas de San Juan, hecho que demuestra la importancia que las dos poblaciones sanjuanistas habían adquirido en la conflictiva frontera castellano-leonesa. El monarca leonés confirmó también la pertenencia de ambas a su reino, a lo que el castellano accedía a condición de que no se levantaran castillos que convirtieran esas dos villas hospitalarias en peligrosos baluartes frente a los intereses castellanos. 

El rey leonés se la jugó a su primo castellano haciendo caso omiso de dicha condición y en 1196 se inició una cruenta guerra entre ambos reinos que tuvo uno de sus episodios más destructivos en el verano de 1197, cuando tropas aliadas castellanas y aragonesas tomaron el castillo de Paradinas sin importarles lo más mínimo que este perteneciera a los neutrales sanjuanistas. Después lanzaron una ofensiva que penetró en tierras leonesas y devastó todo a su paso, saliendo la peor parada la villa de Alba de Tormes, que tuvo que ser reconstruida y repoblada.


Ataque castellano-aragonés a Alba de Tormes en 1197. Ilustración de José Luis García Morán.

Los reinos de Castilla y de León gozarían de una definitiva paz entre ellos desde 1230, año en el que Fernando III, rey de Castilla desde 1217, fue también proclamado de León gracias a la habilidad política de su madre la reina Berenguela. Los sanjuanistas, desde entonces volcados en la conquista de Al-Ándalus, permanecieron durante siglos en su encomienda de Paradinas, que junto a las de Val de Guareña formarían un auténtico señorío. Y al frente de cada encomienda estaba un comendador, siendo el de Paradinas de San Juan entre 1522 y 1533 un caballero gallego llamado Ares López Fandiño Mariño de Goyanes, que es, precisamente, el propietario del blasón tenido por una sirena y flanqueado por las cruces de la Orden de San Juan. La presencia de su emblema heráldico en la fachada de lo que fuera la casa comendataria y en la iglesia de la localidad de Paradinas de San Juan deja entrever un sentido legitimador, de reafirmación personalista, junto al deseo de perpetuación de su memoria, ya que él fue el constructor del inmueble y además financió a su costa la reconstrucción del templo paradinense, que se había encontrado en ruinas al comienzo de su mandato, quizá a causa de la destrucción y el saqueo que llevaron a cabo en la zona las tropas de Carlos I durante la guerra de las Comunidades.



Anverso y reverso del sello del Gran Maestre de la Orden de los Hospitalarios (Siglo XIII o XIV). En el reverso podemos ver una pequeña cruz de ocho puntas, pero todavía no es la Cruz de Malta, ya que esta no es adoptada por la Orden hasta que se instala en dicha isla mediterránea en el siglo XVI.


El heraldista salmantino Julián Álvarez Villar afirmó en un artículo titulado “Recorriendo la provincia. Un problema heráldico de Paradinas de San Juan” que no es capaz de identificar a qué apellido pertenece el primer cuartel del escudo del comendador Ares López; en cambio tiene claro que el segundo cuartel trae en plata tres fajas con dos órdenes de jaqueles de oro y de gules, separadas cada una por una raya o ceñidor de sable, lo que se corresponde con el linaje de los Sotomayor; en el tercer cuartel ve en plata tres fajas ondeadas de azur, propias del apellido Mariño, y en el cuarto cuartel, en campo de azur tres flores de lis, que es Ares. La sirena tenente afirma que es propia de los Goyanes, una rama de los Mariño. 


Recreación de las armas del comendador Ares López Fandiño Mariño de Goyanes por el heraldista salmantino José Moreiro Píriz.




Tumba del comendador de Ribadavia y Paradinas Ares López Fandiño en la iglesia de Santa María en Beade (Orense). El heraldista salmantino Julián Álvarez Villar  se encontró con este sepulcro, que luce un escudo idéntico al que hay en la iglesia y la casa del comendador de Paradinas, en un viaje por Galicia en agosto de 1994. El caso es que Beade fue también una población sanjuanista y con jurisdicción civil y eclesiástica, que extendía también a otras partes del territorio español, entre las que se contaba la localidad salmantina de Paradinas de San Juan.

Por otro lado, lamentablemente se conserva muy poco del templo construido a caballo entre los siglos XII y XIII por los sanjuanistas de Paradinas —quizá en tiempos del primer comendador que se cita en los documentos allá por 1215, un tal Suero Peláez— pero lo que permanece es especialmente evocador. Destacaría un capitel historiado situado en el lado izquierdo del arco triunfal y que representa una epifanía con los Reyes Magos sobre sus monturas y señalando la estrella de Belén, lo que constituye una permanente felicitación navideña que debería ser emblemática de esta localidad salmantina.



A este capital le acompañan otros, igualmente bellos, pero que son solamente una pequeña muestra del magnífico templo que los sanjuanistas debieron de levantar en su encomienda paradinense.




Y despido esta entrada, como no, con una ensoñación, que algún día la casa comendataria de Paradinas se habilite como un espacio expositivo y didáctico permanente dedicado a la Orden de los Hospitalarios de San Juan que, junto a los Templarios y los caballeros Teutónicos, constituyó una de las grandes hermandades de monjes guerreros nacidos en Tierra Santa, teniendo esta como misiones principales el testimonio y defensa de la fe cristiana y el servicio a los pobres.


Escudo del comendador Ares López Fandiño Mariño de Goyanes en el interior de la iglesia de Paradinas de San Juan.


Blasón del linaje Altamirano en el interior de la iglesia de Paradinas de San Juan.  En 1490 nació en esta localidad Juan Gutiérrez Altamirano, gobernador de Cuba entre 1524 y 1527 y primo, consejero y albacea de Hernán Cortés, el conquistador de Méjico. Por otro lado, se sabe que un tal Álvaro Altamirano fue comendador de la Orden de San Juan en el siglo XVII.


Retrato de Juan Xavier Joachín Gutiérrez Altamirano Velasco, VII conde de Santiago de Calimaya, descendiente de Juan Gutiérrez Altamirano, ca. 1752. El primer cuartel de su blasón muestra el escudo que se puede ver en la capilla de los Altamirano de la iglesia de San Pedro de Paradinas de San Juan. 



Miguel Ángel Martín Mas

viernes, 19 de septiembre de 2025

La Loa de la reina Beatriz de Suabia

¿Os imagináis que las arpías y dragones que los maestros medievales esculpieron en los capiteles de las iglesias románicas de repente cobraran vida y camparan a sus anchas por nuestras calles? Pues exactamente eso es lo que ocurre en la Loa de la Virgen de la Asunción que, cada mes de agosto, se representa en la localidad leonesa, salmantina y serrana de La Alberca.


Arpía encapuchada en la iglesia de Revilla de Santullán (Palencia). Fotografía de Javier Gago en el grupo de Facebook PASIÓN POR EL ROMÁNICO.


Arpías en el sepulcro de la reina Urraca de Portugal en la iglesia de la Magdalena de Zamora.


Caballero luchando con un dragón en la catedral de Ciudad Rodrigo. 

Dentro de las representaciones dramáticas, la Loa de la Asunción es una loa-entremesada, es decir, una mezcla de loa —alabanza o elogio, en este caso de la Virgen— y entremés de corte moralizante acorde con la doctrina católica. En ella se escenifica la lucha entre el Bien, representado por un ángel de enormes alas armado con una espada, y el Mal, encarnado en un demonio capirotado que galopa a lomos de una bestia fantástica de ocho cabezas —una de ellas caprina y las otras siete de dragón— que vomitan fuego. 





La Virgen se enfrenta al Demonio, transmutado en tres bestias, en la Cantiga de Santa María XLVII.

Mientras el ángel va acompañado por siete virtudes de aspecto angelical, el demonio se presenta con un séquito de siete diablillos que se identifican con los siete pecados capitales. La documentación más antigua que habla de este tipo de representaciones en la comarca de La Sierra de Francia, a la que pertenece La Alberca, es del siglo XVI; no obstante, tal y como afirma José Luis Puerto en su publicación sobre las loas serranas, estas representaciones tienen un evidente sustrato medieval que, lamentablemente, no ha sido investigado tanto como sería deseable. Prueba de que este tipo de espectáculos ya existían en la Baja Edad Media es el Auto de los Reyes Magos, conocido gracias a un manuscrito encontrado en la catedral de Toledo y que ha sido datado en el siglo XIII.




Página del códice toledano en la que comienza el Auto de los Reyes Magos.

Lo que nos ha motivado a redactar esta entrada es que nos parece que la caracterización de los protagonistas de la Loa de la Asunción, sobre todo la de aquellos que representan el Mal, guarda una clara similitud con el aspecto de las bestias que encontramos encaramadas en los capiteles románicos para personificar la iniquidad o las tentaciones terrenales. De ahí que nos haya dado por pensar que es posible que tanto las esculturas de los capiteles como las representaciones escenográficas bebieran de las mismas fuentes: los bestiarios y las representaciones cortesanas medievales. Al menos, parece claro que alguien, en algún momento, se fijó en los capiteles románicos para dar vida a la Loa de la Virgen de la Asunción.


El pastor con su garrote en la representación de la Loa de la Virgen de la Asunción en La Alberca (Salamanca).


Capitel con hombres portando espada y garrote junto a una arpía. Catedral Vieja de Salamanca.

Fijaos, por ejemplo, en este capitel de la Catedral Vieja de Salamanca, que representa a un hombre montado sobre un dragón —animal fantástico típico de los bestiarios medievales en los que, con múltiples versiones morfológicas y variaciones en el número de cabezas, representa invariablemente la maldad—. Mirad a continuación al diablo de la loa de la Alberca subido a lo que allí conocen como la serpiente, la bestia con cuerpo de cabra y siete cabezas de dragón que escupen fuego todas al mismo tiempo.




Paraos a mirar también las arpías situadas detrás del dragón —siendo estas un icono típico del románico para representar las bajas pasiones de la vida y, muy especialmente, el pecado de la lujuria—. Lucen una caperuza puntiaguda que, de manera anacrónica, suele identificarse con un gorro frigio, pero que más bien se parece a la prenda de cabeza con la que se suele distinguir a los judíos que aparecen en las Cantigas de Santa María. Las vemos en nuestra Catedral Vieja, pero también, al lado de dragones, en la portada de la iglesia de San Martín en Salamanca y en otros muchos templos románicos. Mirad ahora la indumentaria del diablo de La Alberca y comprobad cómo su gorro nos recuerda al de las arpías románicas y al de los judíos de las Cantigas.




Judíos representados con sus prendas características según las regulaciones cristianas: túnica corta y manto, sobretodo o guardapolvo y capucha afiblada. Cantiga de Santa María VI.


Dragones en la portada de la iglesia de San Martín en Salamanca. Acuarela de Carmen Borrego.

Bien es cierto que, mientras en la Loa albercana el Bien y sus virtudes salen al paso del diablo y sus tentaciones para expulsarlo de la localidad, en los capiteles románicos suele faltar la escenificación del mismo, aunque todo el mundo sabe que este se encuentra en el interior del templo, concretamente en el ábside principal. No obstante, también son típicas las representaciones de un caballero con armadura que, como el ángel de La Alberca, se enfrenta al mal blandiendo su espada. Así lo vemos, por ejemplo, en el capitel de la Catedral Vieja de Salamanca al que hemos hecho referencia. Se trata de la lucha constante de los mortales frente a las tentaciones mundanas.


Caballero luchando con una leona en el claustro de la Catedral Vieja de Salamanca.


Caballero luchando con un oso en el exterior de la catedral de Ciudad Rodrigo.

Os invitamos ahora a que nos acompañéis a visitar la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, obra, según nuestra interpretación, promocionada por la reina Berenguela la Grande (1180-1246). Pensamos que los emblemas heráldicos de esta armadura representan iconográficamente los hechos históricos más importantes de los reinos de León y de Castilla durante la primera mitad del siglo XIII. Entre dichos hitos se encuentra el fallecimiento de la reina Beatriz de Suabia —primera esposa de Fernando III, nuera de la reina Berenguela y fallecida en 1235, cuando contaba con tan solo treinta y dos años—. El caso es que la iconografía que rodea a la representación heráldica de dicho fallecimiento nos hace imaginar que estamos presenciando una loa similar a la albercana representada sobre esas maderas. En el arrocabe del lado de la epístola, donde se refleja la vida terrenal de los reyes y reinas representados, se figura al diablo de dos formas: por medio de una arpía con cara humana, caperuza puntiaguda, cuerpo alado y patas de cabra y, por otra parte, a través de un dragón que vomita largas lenguas de fuego. Como vemos, ambos animales fantásticos tienen muchos puntos en común con la caracterización del diablo y la serpiente de La Alberca.






Pero el Mal no podía lograr que una mujer tan buena como la reina Beatriz de Suabia se quedara esperando sine die para alcanzar la gloria celestial. La monarca consorte, por la que su suegra sentía veneración, fue calificada por las crónicas coetáneas como "buenísima, bella, modesta y sabia". Así las cosas, en el arrocabe del lado del evangelio de la techumbre medieval del convento de Santa Clara, enfrentadas a la arpía y al dragón, vemos dos enormes flores de lis —símbolo de realeza por aquel entonces— cuyos pétalos laterales se han convertido en unos pares de alas tan prominentes como las del ángel de La Alberca. Sin duda, el Bien ha vencido al Mal y el alma de la reina se eleva al cielo, un final similar al de la loa albercana, en la que el demonio huye vencido por el ángel y sus virtudes para que el pueblo puede celebrar de nuevo su fiesta.



Somos conscientes de que lo anteriormente expuesto solamente demuestra, a lo sumo, que en el siglo XIII se representaba el Bien y el Mal por medio de iconos similares a los de la Loa, pero que de ello no se puede deducir que hace ochocientos años ya se hicieran representaciones teatrales de esa eterna lucha, pero, dejadnos soñar y prestadnos, por favor, un ratito más de atención...

Las arpías, dragones y alas de la techumbre de la iglesia de Santa Clara están figuradas en una obra narrativa que se sirve de la iconografía heráldica para transmitir el argumento de una historia, en concreto, la sucesión de los reinos de León y de Castilla en la primera mitad del siglo XIII. Sabemos también que la heráldica nació en el marco de las cortes de Poitiers y Castilla de la mano de mujeres como Leonor de Aquitania y su hija Leonor de Castilla, abuela y madre, respectivamente, de Berenguela la Grande. En dichos ambientes cortesanos, los emblemas heráldicos eran senhales que servían para identificar a los personajes que participaban en representaciones de germen occitano y glosadas por los trovadores. Así las cosas, lo mismo que las arpías y dragones aparecen en la obra heráldico-narrativa de la iglesia de Santa Clara, no es descabellado pensar que, en aquellas representaciones cortesanas, cuando un personaje fallecía, las arpías con gorros frigios y los dragones lanzallamas hicieran acto de presencia. Seguramente el alma del finado lucharía contra ellos haciendo uso de sus virtudes para conseguir un ascenso directo al cielo. Se eludía así el fastidioso purgatorio, un invento cuya existencia fue confirmanda por la Iglesia en el siglo XIII con su habitual intención de hacer caja.


Fernando III de Castilla y de León y su esposa Beatriz de Suabia en el claustro de la catedral de Burgos.

Así pues, dejadnos soñar visualizando que en la techumbre de Santa Clara existe la representación iconográfica de una loa por el alma de la reina Beatriz de Suabia. Permitidnos que miremos esas maderas, casi ocho veces centenarias, y vislumbremos las llamaradas de fuego de los dragones y el rechinar de dientes de las arpías mientras el alma inmaculada de la reina Beatriz sale a su paso.


Alfonso X el Sabio, hijo de Fernando III y la reina Beatriz de Suabia, le decicó a su madre la Cantiga de Santa María CCLVI. Aquí la vemos besando la figura de una virgen para rogarle la curación de una enfermedad.

Charo García de Arriba
Miguel Ángel Martín Mas

Referencias: 

PUERTO HERNÁNDEZ, J.L., Teatro Popular en la Sierra de Francia: las loas. Castilla Ediciones, Valladolid, 2001.

CID LUCAS, F. "La mujer con patas de cabra de Las Hurdes los posibles orígenes de la leyenda", Revista de folklore, 455 (2020), pp. 4-12.


Imágenes de la Loa de la Alberca 2025 © de Virgilio Sánchez.