viernes, 2 de enero de 2026

Los frescos de la batalla de Mühlberg en Alba de Tormes

Debo comenzar advirtiendo que soy perfectamente consciente de que la batalla de Mühlberg no es precisamente un episodio medieval, ya que se libró en el año 1547 y, además, muy lejos de Salamanca, pero es que a partir de hoy este blog pasa a llamarse "Salamanca medieval y plus ultra". Por otro lado, aunque no se luchó en nuestros campos, sí que ha quedado un hermoso testimonio de ella en el castillo de Alba de Tormes. 

Dicho lo cual, vayamos con el principal protagonista de hoy, el príncipe elector del Sacro Imperio Romano Germánico y duque de Sajonia-Wittenberg Juan Federico I, que tuvo el dudoso honor de ser pintado para la posteridad en un fresco que decora la sala de armas del Torreón de la localidad salmantina de Alba de Tormes.


Porque, desde luego, no debe de ser plato de gusto pasar a la historia como ese tipo que, con un gran tajo en una mejilla, fue capturado por las tropas del duque de Alba, ya que su obesidad, producto probablemente de la abusiva ingesta de salchichas y cerveza, le impidió huir al galope de su caballo frisón.


El caso es que en 1531 Federico tuvo la mala idea de crear, junto al landgrave Felipe de Hesse, la Liga de Esmalcalda, una alianza de nobles alemanes adherida a la Reforma protestante para confiscar tierras a la Iglesia y defenestrar obispos y príncipes católicos rivales.


Así las cosas, a nuestro católico rey Carlos I, a la sazón el quinto emperador de su nombre en Alemania, no le quedó más remedio que declararle la guerra a la dichosa Liga, puesto que la Reforma luterana ya no era solamente un asunto de poder religioso, sino también político.


Si el 23 de abril de 1521 sus tropas fueron capaces de aplastar a los rebeldes Comuneros de sus reinos de Castilla y de León, ¿por qué no hacer lo mismo con esos díscolos príncipes alemanes que no aceptaban ni su supremacía ni su fe?


La verdad es que este tipo, digno hijo de su miserable padre, no soportaba que nadie le hiciera sombra, ni su propia madre, la legítima reina Juana I, a la que mantuvo cautiva en Tordesillas hasta que murió en 1555, solamente tres años antes que él.


Curiosamente, también un 23 de abril, pero de 1547, el emperador Carlos V avanzaba sigilosamente con su nutrido ejército multinacional hasta la orilla izquierda del río Elba, a la altura de la ciudad alemana de Mühlberg, donde se iba a librar una gran batalla al día siguiente.


Porque en la margen derecha gozaba de un día de asueto el agotado ejército del protestante Juan Federico de Sajonia, que, a pesar de la amenaza imperial, se sentía seguro gracias a lo escarpado de las orillas del río y al hecho de haber destruido todos los puentes cercanos.


El III duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, comandante en jefe del ejército católico en Alemania, aconsejó al Emperador atacar la posición protestante, a pesar de lo que suponía tener que cruzar un río frente a una fuerza enemiga desplegada en una posición dominante.


Once arcabuceros españoles se despojaron de sus ropas y, sosteniendo las espadas entre los dientes, nadaron hasta la otra orilla para hacerse con el puente de barcas del enemigo, produciéndose así una de las más famosas encamisadas de los Tercios.



Al mismo tiempo, un molinero de Mühlberg, resentido con las tropas protestantes porque estas le habían robado un par de caballos, lo que según sus palabras iba a ser causa de su ruina, mostró a los católicos un vado.



Ilustración de Ángel García Pinto.

Así cruzó el ejército imperial el Elba, produciéndose un choque de caballería que aparece representado en una de las tres escenas bélicas que decoran el Torreón de la villa de Alba de Tormes, el único resto que queda de lo que fue un magnífico palacio renacentista.




Al frente de la carga de la caballería católica estaba Felipe I de Lannoy, príncipe de Sulmona, montando un corcel blanco. A su izquierda vemos al joven Hernando de Toledo, hijo ilegítimo del duque de Alba, pero al que tenía más en consideración que a su legítimo hijo Fadrique.


A la izquierda de Hernando está Antonio de Toledo blandiendo una lanza; dicho caballero era cuñado del duque de Alba y prior de la Orden de Malta, cuya cruz luce sobre la banda carmesí.



A la derecha de la escena aparece el III duque de Alba, que según las crónicas vestía una coraza blanca y oro. A su lado está Mauricio de Sajonia, un noble alemán que cambiaba de bando como de chaqueta, y tras ellos una columna de coraceros que acaba de cruzar el Elba.


Ante el imparable empuje de la caballería y la infantería católicas las tropas de Juan Federico se retiraron buscando la protección del bosque de Lochau, en cuyo margen se produjo la carga liderada por el duque de Alba y que dio la victoria al Emperador.


Protegidos por el estandarte de la Virgen cargaron tres miembros de la estirpe de los Alba: el duque Fernando Álvarez de Toledo, su hijo Hernando de Toledo y su cuñado Antonio de Toledo.




En esa misma escena los protestantes enarbolan sus banderas con las letras VDMIE (Verbum Domini manet in aeternum) y SDCNQCN (Si Deus cum nos quis contra nos).



La intrépida caballería húngara cargó portando banderas con las cruces de Borgoña y al grito de "España", ya que la palabra "imperio" se les atragantaba.




Ilustración de José Luis García Morán. 

La mayor parte del ejército de Juan Federico de Sajonia resultó muerto, herido o prisionero, y sus bagajes y armamento quedaron dispersos por todo el campo de batalla.


Y, como ya dijimos al comienzo de esta historia, el pobre duque de Sajonia-Wittenberg terminó prisionero del Emperador, escena representada en el tercer fresco del Torreón de Alba y que se complementa en la cúpula con unos banderines blancos de rendición.




A pesar de la victoria obtenida por Carlos V en Mühlberg, la Paz de Aubsburgo, firmada en 1555, garantizó que cada príncipe alemán pudiera imponer a sus súbditos su religión, debilitándose así definitivamente la posición del católico emperador en los territorios alemanes.


El duque de Alba, veinte años después de su victoria a las orillas del Elba, encargó al artista italiano Cristóbal Passin que decorara con frescos alusivos a la batalla de Mühlberg su sala de trofeos en Alba de Tormes, donde seguramente exhibía las banderas capturadas a los protestantes durante esa jornada, que también quedaron pintadas para la posteridad en el Torreón de su palacio.



Bandera pintada en el Torreón de Alba, probablemente una de las capturadas a los protestantes en la batalla de Mühlberg, y escudos contenidos en un armorial alemán del siglo XVI. 






Y, en lo más alto, el escudo de su linaje junto a Marte y la Fama, que hace sonar la trompeta de universal resonancia y cuyo sonido, por fuerza, os ha de llevar a visitar la histórica, por muchas razones, villa de Alba de Tormes.



Donde Vulcano y su ayudante, por si acaso, nunca han dejado de forjar armas y corazas para el Gran Duque Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel.




Miguel Ángel Martín Mas

viernes, 19 de diciembre de 2025

Los Sanjuanistas de Paradinas

En la localidad salmantina de Paradinas de San Juan, concretamente en su iglesia y en una casa situada a lado de la misma, se puede ver un blasón nobiliario tenido por una sirena. Se trata de un escudo cuartelado que en el primer cuartel trae tres fajas, en el segundo un jaquelado, en el tercero ondas y en el cuarto tres flores de lis. La cabeza de la nereida sobresale del jefe del escudo flanqueada por dos Cruces de Malta, mientras la cola se dobla hacia la derecha del observador en los escudos que está en el templo y hacia la izquierda en el que está en la casa, lo que parece indicar que este último es una reproducción más moderna y hecha sin prestar atención al detalle de la orientación de la cola.


Escudo en el interior de la iglesia de Paradinas de San Juan.


Escudo en una casa situada al lado de la iglesia de Paradinas.


Iglesia de San Pedro en Paradinas de San Juan.


Casa que a veces se identifica como la del comendador de Paradinas de San Juan, aunque se trata de una construcción del siglo XIX situada en el solar que ocupaba el verdadero palacio comendatario, desaparecido hace siglos.

El sentido de dichas cruces maltesas es obvio, ya que blancas y en un campo negro fueron el emblema de la Orden de los Hospitalarios de San Juan y, precisamente, los sanjuanistas fueron dueños y señores de Paradinas desde 1113, año en el que la reina Urraca de León entregó dicha población, sus tierras y sus gentes a esta hermandad formada por un brazo religioso (priores y freires regulares) y otro secular (comendadores y freires laicos). Dicha orden comenzó su labor de asistencia a los peregrinos cristianos hacia 1070, con la construcción de un hospital y una iglesia junto al Santo Sepulcro en Jerusalén, y terminó poseyendo vastos dominios en el Sacro Imperio Germánico, Inglaterra, Francia, la península itálica y, por supuesto, en los cinco reinos cristianos de la península ibérica. 


Caballero hospitalario asistiendo a un herido en la defensa de la ciudad de Acre en 1291, año en el que se vieron abocados a abandonar Tierra Santa. En 1187 ya se había perdido Jerusalén frente al imparable avance de Saladino.

La monarca leonesa tenía buenas razones para hacer esta donación a la Orden Hospitalaria, a la que se sumaría, tres años más tarde, la de las poblaciones de Bóveda de Toro y Fresno el Viejo y, después, la de otras tierras y poblaciones del vecino valle del río Guareña, entre ellas una cuyo nombre no es casual, Torrecilla de la Orden. El establecimiento de los sanjuanistas en ese territorio localizado entre las actuales provincias de Salamanca, Zamora y Valladolid contribuiría a su repoblación, su organización social, su integración en el reino leonés y a su defensa militar, aspecto este último que se hizo necesario al haberse convertido en fronterizo entre el mundo cristiano y musulmán tras la conquista de Toledo en 1085 por parte del rey Alfonso VI de León. 


Urraca I de León (1081-1126), hija de Alfonso VI y esposa de Raimundo de Borgoña y, tras quedarse viuda en 1107, de Alfonso I de Aragón. En julio de 1113 donó la aldea de Paradinas a la Orden de los Hospitalarios de San Juan. Ilustración de José Luis García Morán.


Fotografía de Fernando González. 

Para llevar a cabo la explotación de la comarca vertebrada en torno al río Guareña, la Orden organizará este espacio territorial mediante su habitual sistema de encomiendas. Una encomienda sanjuanista estaría compuesta por el conjunto de rentas y propiedades que se ceden —se encomiendan, de ahí procede la denominación— a un freire de la Orden que recibe a partir de ese momento el nombre de comendador. De este modo los freires y freiras, que también las hubo, contaban con sustanciosos ingresos procedentes de la explotación agropecuaria del territorio, que en parte se emplearían para sufragar la asistencia a los mendigos, los enfermos y los peregrinos que viajaban a Jerusalén, Roma, Santiago o Canterbury. Por otro lado, también había que hacerse cargo de los enormes costes causados por la guerra contra los musulmanes en la península ibérica y en Tierra Santa y, pasado el tiempo, contra los turcos, que en el siglo XVI se convirtieron en una verdadera pesadilla para los cristianos que habitaban las costas del Mediterráneo o surcaban sus aguas.


Soldado de la Orden de los Hospitalarios de San Juan a finales del siglo XIII.

En el año 1174 los sanjuanistas entregaron con carácter vitalicio la mitad de las rentas pagadas por sus vasallos de Paradinas al mayordomo mayor del rey Fernando II de León, el magnate castellano Fernando Rodríguez de Castro, y a su hijo Pedro Fernández, estas a cambio de las tierras que dichos caballeros poseían en Ciudad Rodrigo y Ledesma, pero a la muerte del segundo en 1214 la Orden volvió a ingresar todo el beneficio al tiempo que conservaba las nuevas propiedades integradas en sus dominios. 

El porqué del apellido de la localidad salmantina de Paradinas de San Juan queda claro entonces, pero, ¿de dónde viene su nombre? Pues parece que procede de parietinae, palabra que designaría un lugar abandonado y en ruinas, ya que, probablemente, aquello fue un despoblado, un lugar de paredes caídas, desde la invasión musulmana en el 711 hasta que las tierras salmantinas volvieron a estar controladas por cristianos en el siglo X.

Paradinas de San Juan entraría en nuestra historia medieval con la división del imperio leonés que se produjo tras la muerte en 1157 de Alfonso VII, que decidió legar a su hijo Fernando II Galicia, Asturias y León y a su hijo Sancho III Castilla y Toledo.  El 2 de febrero de 1183 se reunieron en Paradinas Fernando II de León y su sobrino Alfonso VIII de Castilla, que llevaban ya mucho tiempo enzarzados en conflictos fronterizos. Así las cosas, la presencia de la Orden Hospitalaria en Paradinas y en un territorio como el del valle del Guareña también sirvió para establecer una zona neutral en la frontera entre dos reinos cristianos que podían iniciar una guerra en cualquier momento, lo que explica, además, que cerca de Paradinas haya pueblos con nombres tales como Zorita y Aldeaseca, que se apellidan “de la Frontera”, y otros como Horcajo y Chagarcía, que son “Medianero”. De dicha reunión nació el Tratado de Fresno-Lavandera, que hace referencia, respectivamente, a la localidad leonesa de Fresno el Viejo y a la castellana de Carpio y que hizo que las cosas se calmaran entre León y Castilla, al menos durante un tiempo.

Una década después, concretamente en diciembre de 1193, Alfonso VIII de Castilla y el nuevo rey leonés Alfonso IX confirmaron a la Orden del Hospital las villas de Fresno el Viejo y Paradinas de San Juan, hecho que demuestra la importancia que las dos poblaciones sanjuanistas habían adquirido en la conflictiva frontera castellano-leonesa. El monarca leonés confirmó también la pertenencia de ambas a su reino, a lo que el castellano accedía a condición de que no se levantaran castillos que convirtieran esas dos villas hospitalarias en peligrosos baluartes frente a los intereses castellanos. 


Maestre de la Orden de los Hospitalarios de San Juan.

El rey leonés se la jugó a su primo castellano haciendo caso omiso de dicha condición y en 1196 se inició una cruenta guerra entre ambos reinos que tuvo uno de sus episodios más destructivos en el verano de 1197, cuando tropas aliadas castellanas y aragonesas tomaron el castillo de Paradinas sin importarles lo más mínimo que este perteneciera a los neutrales sanjuanistas. Después lanzaron una ofensiva que penetró en tierras leonesas y devastó todo a su paso, saliendo la peor parada la villa de Alba de Tormes, que tuvo que ser reconstruida y repoblada.


Ataque castellano-aragonés a Alba de Tormes en 1197. Ilustración de José Luis García Morán.


Freires hospitalarios sanjuanitas en la cantiga de Santa María CCLXXV.

Los reinos de Castilla y de León gozarían de una definitiva paz entre ellos desde 1230, año en el que Fernando III, rey de Castilla desde 1217, fue también proclamado de León gracias a la habilidad política de su madre la reina Berenguela. Los sanjuanistas, desde entonces volcados en la conquista de Al-Ándalus, permanecieron durante siglos en su encomienda de Paradinas, que junto a las de Val de Guareña formarían un auténtico señorío. Y al frente de cada encomienda estaba un comendador, siendo el de Paradinas de San Juan entre 1522 y 1533 un caballero gallego llamado Ares López Fandiño Mariño de Goyanes, que es, precisamente, el propietario del blasón tenido por una sirena y flanqueado por las cruces de la Orden de San Juan. La presencia de su emblema heráldico en la iglesia de la localidad de Paradinas de San Juan deja entrever un sentido legitimador, de reafirmación personalista, junto al deseo de perpetuación de su memoria, ya que fue él mismo quien financió la reconstrucción del templo paradinense, que se había encontrado en ruinas al comienzo de su mandato, quizá a causa de la destrucción y el saqueo que llevaron a cabo en la zona las tropas de Carlos I durante la guerra de las Comunidades.



Anverso y reverso del sello del Gran Maestre de la Orden de los Hospitalarios (Siglo XIII o XIV). En el reverso podemos ver una pequeña cruz de ocho puntas, pero todavía no es la Cruz de Malta, ya que esta no es adoptada por la Orden hasta que se instala en dicha isla mediterránea en el siglo XVI.


El heraldista salmantino Julián Álvarez Villar afirmó en un artículo titulado “Recorriendo la provincia. Un problema heráldico de Paradinas de San Juan” que no es capaz de identificar a qué apellido pertenece el primer cuartel del escudo del comendador Ares López; en cambio tiene claro que el segundo cuartel trae en plata tres fajas con dos órdenes de jaqueles de oro y de gules, separadas cada una por una raya o ceñidor de sable, lo que se corresponde con el linaje de los Sotomayor; en el tercer cuartel ve en plata tres fajas ondeadas de azur, propias del apellido Mariño, y en el cuarto cuartel, en campo de azur tres flores de lis, que es Ares. La sirena tenente afirma que es propia de los Goyanes, una rama de los Mariño. 


Armas del comendador Ares López Fandiño Mariño de Goyanes.




Tumba del comendador de Ribadavia y Paradinas Ares López Fandiño en la iglesia de Santa María en Beade (Orense). El heraldista salmantino Julián Álvarez Villar  se encontró con este sepulcro, que luce un escudo idéntico al que hay en la iglesia y la casa del comendador de Paradinas, en un viaje por Galicia en agosto de 1994. El caso es que Beade fue también una población sanjuanista y con jurisdicción civil y eclesiástica, que extendía también a otras partes del territorio español, entre las que se contaba la localidad salmantina de Paradinas de San Juan.

Por otro lado, lamentablemente se conserva muy poco del templo construido a caballo entre los siglos XII y XIII por los sanjuanistas de Paradinas —quizá en tiempos del primer comendador que se cita en los documentos allá por 1215, un tal Suero Peláez— pero lo que permanece es especialmente evocador. Destacaría un capitel historiado situado en el lado izquierdo del arco triunfal y que representa una epifanía con los Reyes Magos sobre sus monturas y señalando la estrella de Belén, lo que constituye una permanente felicitación navideña que debería ser emblemática de esta localidad salmantina.




Reproduccción realizada con IA.

A este capital le acompañan otros, igualmente bellos, pero que son solamente una pequeña muestra del magnífico templo que los sanjuanistas debieron de levantar en su encomienda paradinense.




Y despido esta entrada, como no, con una ensoñación, que algún día la casa comendataria de Paradinas se habilite como un espacio expositivo y didáctico permanente dedicado a la Orden de los Hospitalarios de San Juan que, junto a los Templarios y los caballeros Teutónicos, constituyó una de las grandes hermandades de monjes guerreros nacidos en Tierra Santa, teniendo esta como misiones principales el testimonio y defensa de la fe cristiana y el servicio a los pobres.


Blasón del linaje Altamirano en el interior de la iglesia de Paradinas de San Juan.  En 1490 nació en esta localidad Juan Gutiérrez Altamirano, gobernador de Cuba entre 1524 y 1527 y primo, consejero y albacea de Hernán Cortés, el conquistador de Méjico. Por otro lado, se sabe que un tal Álvaro Altamirano fue comendador de la Orden de San Juan en el siglo XVII.


Retrato de Juan Xavier Joachín Gutiérrez Altamirano Velasco, VII conde de Santiago de Calimaya, descendiente de Juan Gutiérrez Altamirano, ca. 1752. El primer cuartel de su blasón muestra el escudo que se puede ver en la capilla de los Altamirano de la iglesia de San Pedro de Paradinas de San Juan. 



Miguel Ángel Martín Mas

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