viernes, 19 de septiembre de 2025

La Loa de la reina Beatriz de Suabia

¿Os imagináis que las arpías y dragones que los maestros medievales esculpieron en los capiteles de las iglesias románicas de repente cobraran vida y camparan a sus anchas por nuestras calles? Pues exactamente eso es lo que ocurre en la Loa de la Virgen de la Asunción que, cada mes de agosto, se representa en la localidad leonesa, salmantina y serrana de La Alberca.


Arpía encapuchada en la iglesia de Revilla de Santullán (Palencia). Fotografía de Javier Gago en el grupo de Facebook PASIÓN POR EL ROMÁNICO.


Arpías en el sepulcro de la reina Urraca de Portugal en la iglesia de la Magdalena de Zamora.


Caballero luchando con un dragón en la catedral de Ciudad Rodrigo. 

Dentro de las representaciones dramáticas, la Loa de la Asunción es una loa-entremesada, es decir, una mezcla de loa —alabanza o elogio, en este caso de la Virgen— y entremés de corte moralizante acorde con la doctrina católica. En ella se escenifica la lucha entre el Bien, representado por un ángel de enormes alas armado con una espada, y el Mal, encarnado en un demonio capirotado que galopa a lomos de una bestia fantástica de ocho cabezas —una de ellas caprina y las otras siete de dragón— que vomitan fuego. 





La Virgen se enfrenta al Demonio, transmutado en tres bestias, en la Cantiga de Santa María XLVII.

Mientras el ángel va acompañado por siete virtudes de aspecto angelical, el demonio se presenta con un séquito de siete diablillos que se identifican con los siete pecados capitales. La documentación más antigua que habla de este tipo de representaciones en la comarca de La Sierra de Francia, a la que pertenece La Alberca, es del siglo XVI; no obstante, tal y como afirma José Luis Puerto en su publicación sobre las loas serranas, estas representaciones tienen un evidente sustrato medieval que, lamentablemente, no ha sido investigado tanto como sería deseable. Prueba de que este tipo de espectáculos ya existían en la Baja Edad Media es el Auto de los Reyes Magos, conocido gracias a un manuscrito encontrado en la catedral de Toledo y que ha sido datado en el siglo XIII.




Página del códice toledano en la que comienza el Auto de los Reyes Magos.

Lo que nos ha motivado a redactar esta entrada es que nos parece que la caracterización de los protagonistas de la Loa de la Asunción, sobre todo la de aquellos que representan el Mal, guarda una clara similitud con el aspecto de las bestias que encontramos encaramadas en los capiteles románicos para personificar la iniquidad o las tentaciones terrenales. De ahí que nos haya dado por pensar que es posible que tanto las esculturas de los capiteles como las representaciones escenográficas bebieran de las mismas fuentes: los bestiarios y las representaciones cortesanas medievales. Al menos, parece claro que alguien, en algún momento, se fijó en los capiteles románicos para dar vida a la Loa de la Virgen de la Asunción.


El pastor con su garrote en la representación de la Loa de la Virgen de la Asunción en La Alberca (Salamanca).


Capitel con hombres portando espada y garrote junto a una arpía. Catedral Vieja de Salamanca.

Fijaos, por ejemplo, en este capitel de la Catedral Vieja de Salamanca, que representa a un hombre montado sobre un dragón —animal fantástico típico de los bestiarios medievales en los que, con múltiples versiones morfológicas y variaciones en el número de cabezas, representa invariablemente la maldad—. Mirad a continuación al diablo de la loa de la Alberca subido a lo que allí conocen como la serpiente, la bestia con cuerpo de cabra y siete cabezas de dragón que escupen fuego todas al mismo tiempo.




Paraos a mirar también las arpías situadas detrás del dragón —siendo estas un icono típico del románico para representar las bajas pasiones de la vida y, muy especialmente, el pecado de la lujuria—. Lucen una caperuza puntiaguda que, de manera anacrónica, suele identificarse con un gorro frigio, pero que más bien se parece a la prenda de cabeza con la que se suele distinguir a los judíos que aparecen en las Cantigas de Santa María. Las vemos en nuestra Catedral Vieja, pero también, al lado de dragones, en la portada de la iglesia de San Martín en Salamanca y en otros muchos templos románicos. Mirad ahora la indumentaria del diablo de La Alberca y comprobad cómo su gorro nos recuerda al de las arpías románicas y al de los judíos de las Cantigas.




Judíos representados con sus prendas características según las regulaciones cristianas: túnica corta y manto, sobretodo o guardapolvo y capucha afiblada. Cantiga de Santa María VI.


Dragones en la portada de la iglesia de San Martín en Salamanca. Acuarela de Carmen Borrego.

Bien es cierto que, mientras en la Loa albercana el Bien y sus virtudes salen al paso del diablo y sus tentaciones para expulsarlo de la localidad, en los capiteles románicos suele faltar la escenificación del mismo, aunque todo el mundo sabe que este se encuentra en el interior del templo, concretamente en el ábside principal. No obstante, también son típicas las representaciones de un caballero con armadura que, como el ángel de La Alberca, se enfrenta al mal blandiendo su espada. Así lo vemos, por ejemplo, en el capitel de la Catedral Vieja de Salamanca al que hemos hecho referencia. Se trata de la lucha constante de los mortales frente a las tentaciones mundanas.


Caballero luchando con una leona en el claustro de la Catedral Vieja de Salamanca.


Caballero luchando con un oso en el exterior de la catedral de Ciudad Rodrigo.

Os invitamos ahora a que nos acompañéis a visitar la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca, obra, según nuestra interpretación, promocionada por la reina Berenguela la Grande (1180-1246). Pensamos que los emblemas heráldicos de esta armadura representan iconográficamente los hechos históricos más importantes de los reinos de León y de Castilla durante la primera mitad del siglo XIII. Entre dichos hitos se encuentra el fallecimiento de la reina Beatriz de Suabia —primera esposa de Fernando III, nuera de la reina Berenguela y fallecida en 1235, cuando contaba con tan solo treinta y dos años—. El caso es que la iconografía que rodea a la representación heráldica de dicho fallecimiento nos hace imaginar que estamos presenciando una loa similar a la albercana representada sobre esas maderas. En el arrocabe del lado de la epístola, donde se refleja la vida terrenal de los reyes y reinas representados, se figura al diablo de dos formas: por medio de una arpía con cara humana, caperuza puntiaguda, cuerpo alado y patas de cabra y, por otra parte, a través de un dragón que vomita largas lenguas de fuego. Como vemos, ambos animales fantásticos tienen muchos puntos en común con la caracterización del diablo y la serpiente de La Alberca.






Pero el Mal no podía lograr que una mujer tan buena como la reina Beatriz de Suabia se quedara esperando sine die para alcanzar la gloria celestial. La monarca consorte, por la que su suegra sentía veneración, fue calificada por las crónicas coetáneas como "buenísima, bella, modesta y sabia". Así las cosas, en el arrocabe del lado del evangelio de la techumbre medieval del convento de Santa Clara, enfrentadas a la arpía y al dragón, vemos dos enormes flores de lis —símbolo de realeza por aquel entonces— cuyos pétalos laterales se han convertido en unos pares de alas tan prominentes como las del ángel de La Alberca. Sin duda, el Bien ha vencido al Mal y el alma de la reina se eleva al cielo, un final similar al de la loa albercana, en la que el demonio huye vencido por el ángel y sus virtudes para que el pueblo puede celebrar de nuevo su fiesta.



Somos conscientes de que lo anteriormente expuesto solamente demuestra, a lo sumo, que en el siglo XIII se representaba el Bien y el Mal por medio de iconos similares a los de la Loa, pero que de ello no se puede deducir que hace ochocientos años ya se hicieran representaciones teatrales de esa eterna lucha, pero, dejadnos soñar y prestadnos, por favor, un ratito más de atención...

Las arpías, dragones y alas de la techumbre de la iglesia de Santa Clara están figuradas en una obra narrativa que se sirve de la iconografía heráldica para transmitir el argumento de una historia, en concreto, la sucesión de los reinos de León y de Castilla en la primera mitad del siglo XIII. Sabemos también que la heráldica nació en el marco de las cortes de Poitiers y Castilla de la mano de mujeres como Leonor de Aquitania y su hija Leonor de Castilla, abuela y madre, respectivamente, de Berenguela la Grande. En dichos ambientes cortesanos, los emblemas heráldicos eran senhales que servían para identificar a los personajes que participaban en representaciones de germen occitano y glosadas por los trovadores. Así las cosas, lo mismo que las arpías y dragones aparecen en la obra heráldico-narrativa de la iglesia de Santa Clara, no es descabellado pensar que, en aquellas representaciones cortesanas, cuando un personaje fallecía, las arpías con gorros frigios y los dragones lanzallamas hicieran acto de presencia. Seguramente el alma del finado lucharía contra ellos haciendo uso de sus virtudes para conseguir un ascenso directo al cielo. Se eludía así el fastidioso purgatorio, un invento cuya existencia fue confirmanda por la Iglesia en el siglo XIII con su habitual intención de hacer caja.


Fernando III de Castilla y de León y su esposa Beatriz de Suabia en el claustro de la catedral de Burgos.

Así pues, dejadnos soñar visualizando que en la techumbre de Santa Clara existe la representación iconográfica de una loa por el alma de la reina Beatriz de Suabia. Permitidnos que miremos esas maderas, casi ocho veces centenarias, y vislumbremos las llamaradas de fuego de los dragones y el rechinar de dientes de las arpías mientras el alma inmaculada de la reina Beatriz sale a su paso.


Alfonso X el Sabio, hijo de Fernando III y la reina Beatriz de Suabia, le decicó a su madre la Cantiga de Santa María CCLVI. Aquí la vemos besando la figura de una virgen para rogarle la curación de una enfermedad.

Charo García de Arriba
Miguel Ángel Martín Mas

Referencias: 

PUERTO HERNÁNDEZ, J.L., Teatro Popular en la Sierra de Francia: las loas. Castilla Ediciones, Valladolid, 2001.

CID LUCAS, F. "La mujer con patas de cabra de Las Hurdes los posibles orígenes de la leyenda", Revista de folklore, 455 (2020), pp. 4-12.


Imágenes de la Loa de la Alberca 2025 © de Virgilio Sánchez.

sábado, 30 de agosto de 2025

Monsieur Robin de Bracquemont

La localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte, antes conocida como Peñaranda de Cantaracillo y después como Peñaranda del Mercado, tomó su tercer y definitivo apellido de un noble normando que se puso al servicio de la monarquía de Castilla y de León hacia finales del siglo XIV. Hablamos de Robert de Bracquemont y Hannecourt (c. 1355-1419), que en 1386 fue enviado a la península ibérica desde la corte francesa junto a otros nobles para auxiliar al rey Juan I. Dicho monarca, tras haber sufrido una estrepitosa derrota frente a portugueses e ingleses en el verano de 1385 en Aljubarrota, se enfrentaba por entonces a una invasión de tropas inglesas comandadas por el pretendiente al trono castellano y leonés Juan de Gante, duque de Lancaster, casado con Constanza de Castilla, hija del rey Pedro I el Cruel, que había sido asesinado por su medio hermano Enrique II el Fratricida, padre de Juan I, en 1369.


Retrato de Robert de Bracquemont, pintado en el siglo XVIII, custodiado en el Museo del Palacio de Versalles.


Ilustración de la batalla de Aljubarrota por José Luis García Morán. Caballeros castellanos y leoneses se ven sorprendidos por las trincheras cavadas por las tropas portuguesas y por los mortíferos arcos largos galeses. 

La guerra dinástica entre los descendientes de Pedro I de Borgoña y Enrique II de Trastámara llegó a su fin con el matrimonio entre una nieta del primero, Catalina de Lancaster, y un nieto del segundo, Enrique III, quienes, tras el enlace, se convirtieron en los primeros príncipes de Asturias de nuestra historia. A Robert de Bracquemont le debió de gustar esta tierra, ya que, después de servir en la corte de Juan I y Beatriz de Portugal, “renovó contrato” y se quedó en la de sus sucesores, que fueron precisamente los primeros príncipes de Asturias. Fue embajador de Francia y prosperó de tal modo que se le otorgó el título de almirante mayor de Castilla. Su apellido se terminó convirtiendo también en el de Peñaranda debido a que una hija suya, Juana de Bracquemont, se casó con el primer señor de la ciudad, el mariscal de Castilla Álvaro Dávila, que había ascendido en la escala social gracias a los méritos adquiridos en campaña junto al hermano del rey Enrique III, el infante Fernando de Antequera, que, en 1412, sería proclamado rey de Aragón. Fundado en 1418 el señorío de Peñaranda con Álvaro Dávila y Juana de Bracquemont al frente, sus descendientes pensaron que el apellido extranjero de su madre tenía mucho más lustre que el apellido de origen toponímico de su padre, que además sonaba a judeoconverso, así que lo adoptaron como su primer cognombre, transformándose así el Bracquemont en Bracamonte.

Robert de Bracquemont, que era conocido por el diminutivo Robin, terminó castellanizado como Mosén Rubí de Bracamonte, que no deja de ser la transcripción de una mala pronunciación castellana del francés "Monsieur Robin de Bracquemont". El normando, además de sus destrezas guerreras, trajo a Castilla y a León su heráldica familiar, que contenía un mazo y un galón triangular que recuerda a la forma de un monte.


Armas de los Bracamonte: en campo de plata un mazo y un monte de sable. También encontramos otra variante de las mismas: en campo de sable un mazo y un monte de plata. Infografías de José Moreiro Píriz.

Algunos han querido ver en dichas figuras heráldicas dos atributos masónicos como son el mallete y la escuadra, pero nada tiene que ver una heráldica normanda del siglo XIV, o quizá mucho más antigua, con tal hermandad iniciática que nació a comienzos del siglo XVIII. Advierto que lo que viene a continuación lo vio antes que yo el peñarandino empeñado en deshacer mitos Manuel Corral Baciero; el caso es que todo parece apuntar a que la heráldica de Robert de Bracquemont es un producto de la heráldica parlante nacida en el Oeste de Francia en el siglo XII y que, por supuesto, nada tiene que ver con la masonería. 


Capilla de Mosén Rubí en la ciudad de Ávila, mandada construir en el siglo XVI por doña María Herrera y don Andrés Vázquez Dávila como panteón familiar y llamada así en honor de su famoso antepasado normando Robert de Bracquemont.




Heráldica de los Bracamonte que aparece tanto en el interior como en el exterior del la capilla de Mosén Rubí y que nada tiene que ver con la masonería.

Dicha heráldica sería parlante porque sucede que el apellido Bracquemont se puede descomponer en dos vocablos, bracque y mont, siendo obvio el significado del segundo; por otro lado, bracque comparte raíz con el verbo break (en inglés, romper) y en francés existe el vocablo brac, usado de manera coloquial con el significado de escombro. Parece, en consecuencia, que esa heráldica parlante nos habla de un posible antepasado de Robin de Bracquemont al que apodaban el Rompemontes, lo cual viene muy al caso, dada la casta guerrera normanda de la que provenía el genearca de los Bracamonte. Quizá un antepasado de Robin podría haberse ganado dicho sobrenombre y heráldica durante su participación en la batalla de Hastings (1066), en la que el ejército normando del duque Guillermo el Conquistador derrotó al ejército anglosajón del rey Haroldo II, que, precisamente, estaba desplegado sobre una colina.

Caballeros normandos en el año 1066, fecha de la batalla de Hastings.


  Guerreros normandos representados en el Tapiz de Bayeux, en el que se representa la invasión normanda de Inglaterra en el 1066.


Iglesia de Nuestra Señora en la localidad normanda de Bracquemont, lugar de origen de Mosén Rubí.


Este es el escudo actual de la localidad normanda de Bracquemont, lo que indica que Robin de Bracquemont trajo esa heráldica consigo en 1386, tratándose de las mismas armas que podemos ver en la capilla de Mosén Rubí de Ávila y que, por supuesto, nada tienen que ver con la masonería. Desde luego, este debería ser el escudo municipal de Peñaranda de Bracamonte y no el que tiene actualmente, que luce cinco castillo de oro en campo de azur y es muy bonito, pero que es totalmente ajeno a la historia de esta localidad.


Escudo actual de de Peñaranda de Bracamonte, que no es otra cosa que un auténtico despropósito, ya que nada tiene que ver con esta localidad salmantina, sino con el caballero Gómez Sánchez de Peñaranda, perteneciente a un linaje soriano y alcaide de la fortaleza de Peñaranda de Duero (Burgos). En consecuencia, también habría que cambiar el escudo de la Diputación de Salamanca y con eso ya alguno le va a dar un soponcio por el esfuerzo y coste que suponga.


Escudo municipal de la localidad vallisoletana de Rubí de Bracamonte, donde sí supieron introducir al menos una parte de la heráldica parlante de los Bracquemont. 

El señorío de Álvaro Dávila y Juana de Bracquemont se convirtió en condado siglos después, concretamente en el año 1602, siendo el conde más insigne don Gaspar de Bracamonte y Guzmán (1595-1676), virrey de Nápoles, que antes fue embajador plenipotenciario de Felipe IV en la firma del Tratado de Münster, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años.


Retrato de don Gaspar de Bracamonte y Guzmán (1647-48) por Gerard ter Borch, Museo Boymans Van Beuningen.

Se conserva en el parque de la Huerta de Peñaranda de Bracamonte un escudo cuartelado de piedra que creo que se puede asociar a la figura del VII conde, Bernardino Fernández de Velasco y Pimentel, fallecido en 1771, correspondiendo el primer cuartel al apellido Bracamonte, el segundo al apellido Dávila y el tercero al apellido Guzmán, los tres heredados de su padre; el cuarto cuartel contiene el apellido Pimentel, que era el de su madre. En el primer cuartel las armas de los Bracamonte aparecen con una bordura azur cargada de anclas que recuerdan que Robin de Bracquemont fue almirante de Castilla.



 Probables armas del VII conde de Peñaranda de Bracamonte. Este blasón procede del desaparecido convento de San Francisco y hoy en día está expuesto a la intemperie en el Parque de la Huerta de Peñaranda. Infografía de José Moreiro Píriz.



Armas de un conde de Peñaranda de Bracamonte en la iglesia de San Miguel en Peñaranda. A pesar del deterioro que sufren los escudos, todavía puede verse el martillo del apellido Bracamonte en el primer cuartel.

San Luis IX rey de Francia y Peñaranda de Bracamonte

El inexorable paso del tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a un monarca medieval esculpido en piedra en la segunda mitad del siglo XVIII....