A finales del siglo XIII, en la misma época en la que Alfonso X de Castilla y de León tutelaba la magna obra Cantigas de Santa María, los cristianos de todos los reinos estaban absolutamente convencidos de que los judíos cometían asesinatos rituales con niños bautizados para vengarse de Cristo, desencadenando así su liberación y vuelta a la Tierra Prometida. Además, también se decía que robaban hostias consagradas para profanarlas y finalmente clavarlas sobre una tabla, recreando así la crucifixión de Jesús. A mayores, también existía el rumor de que sustraían de las iglesias imágenes marianas y crucifijos para escupir sobre ellos y posteriormente cubrirlos de excrementos. Es decir, que los judíos, por lo visto y siempre según los cristianos, no paraban de hacer "judiadas", sustantivo que todavía pude escuchar durante mi infancia.
Cantiga XXXIV - Judío robando un icono mariano para luego tirarlo en una letrina en connivencia con el Demonio.
Por otro lado, estaba también el peliagudo asunto del Talmud, esa “infame” colección de libros con la que los judíos medievales habían relegado la sagrada Torá y sus enseñanzas, coincidentes con las de la Biblia. Precisamente, en París, en el año 1240, se organizó una disputa pública para juzgar el contenido del Talmud. Durante la misma salieron a relucir una serie de pasajes que, se creía, incitaban a los judíos a hacer todo el mal posible a los cristianos: se ordenaba “matar al mejor de los cristianos”, se estipulaba que “un cristiano que observa el sabbat o estudia la Ley merece la pena de muerte”, que no era pecado “engañar a un cristiano de cualquier manera”, “que Dios dio a los judíos todas las posesiones de los gentiles”, o que "los cristianos son inmorales y bestias".
En los reinos de Alfonso X a todo esto habría que sumarle el punto de inflexión que supuso para los judíos que en 1279 el monarca ordenara la ejecución de su almojarife mayor, el hebreo Zag de la Maleha. El rey castigaba así a su recaudador por el uso indebido que este había hecho de las rentas de la corona, al consentir dedicar parte de ellas, a petición del infante mayor Sancho, a pagar las deudas contraídas por la estancia de la reina Violante en Aragón, que hacía un año que había puesto tierra de por medio entre ella y su irascible y violento marido. Esas rentas deberían haber sido destinadas a la campaña de conquista de Algeciras, que precisamente fracasó por falta de recursos, lo que enfureció al rey Sabio, que también hizo que pagaran justos por pecadores, mandando encerrar temporalmente a todos los judíos en sus sinagogas y doblando la cantidad que las aljamas debían pagar anualmente.
Cantiga LXXXV- La Virgen le muestra a un judío cual es el destino de las almas de aquellos que no se convierten a la fe verdadera.
Así las cosas, no es de extrañar que nos encontremos cantigas en las que los judíos son tratados como aliados del Diablo, infanticidas, profanadores, deicidas o avariciosos. De hecho, la cantiga IV, en la que precisamente se narra un infanticidio, es un tanto especial, ya que, para variar, la víctima no es un niño cristiano, sino el hijo de un judío que, imitando a sus compañeros de escuela, había tomado la comunión sin ser consciente de lo que hacía.
La primera escena muestra a un maestro escuela que está leyendo un libro a sus alumnos, que están sentados en el suelo. Todo es paz y tranquilidad en el aula, sería porque era la Edad Media, porque lo que es ahora... Nadie podía ser consciente de la tragedia que estaba a punto de desencadenarse.
Al terminar la lección, el maestro llevó a los niños a misa, y como era interino y no conocía bien la clase, no se dio cuenta de que uno de sus alumnos, de nombre Abel, era judío. El caso es que la Virgen aprovechó el despiste del docente y durante el momento de la comunión, cobrando vida su figura, ella misma, la muy pilla, colocó la hostia consagrada en la boca del pequeño hijo de Judá.
De vuelta a casa, el incauto niño sefardí, que acababa de hacer la primera comunión a causa de la ignorancia del maestro al respecto del pin parental, contó todo lo ocurrido durante la cena familiar.
El padre de Abel, que era un judío dedicado a la fabricación de vidrio y que, por lo tanto, tenía un potente horno en casa, lanzó al pobre muchacho a las llamas en un ataque de ira. Lo mismo hubiera sido más conveniente para todos pedir una reunión al maestro, pero es que el hombrito ya estaba hasta los huevos del insistente proselitismo de los cristianos, que por aquel entonces eran tan pesados como lo son ahora los de la secta de los testigos de Jehová. La madre y la tía del zagal, a las que tampoco le agradaban mucho los cristianos, pero a las que tampoco les hizo ninguna gracia lo del ver al desgraciado niño asándose como un pollo, se pusieron a gritar como posesas, atrayendo así la atención de sus vecinos bautizados.
Estos entraron en la casa y fueron testigos del milagro de como la Virgen María salvó al muchacho judío de las llamas sin que este hubiera sufrido ni la más mínima quemadura.
El que terminó en el horno para no salir, tras un juicio ultrarrápido por violencia vicaria, fue el padre. La madre y Abel fueron bautizados, salvándose así ambos de las llamas del Infierno, que consumirían para la eternidad el alma del vidriero judío tras haber sido su cuerpo consumido por las del horno de su taller.
Miguel Ángel Martín Mas









