La infanta Juana, la única descendencia que tuvieron el rey Enrique IV de Castilla y de León y su segunda esposa, la infanta portuguesa Juana de Avis, nació en Madrid en 1462. El 9 de mayo de ese mismo año fue jurada ante las Cortes como princesa de Asturias y heredera de los reinos, pero una parte de la alta nobleza no creía, o quizá no le convenía creer, que esa niña fuera legítima, así que propalaron la especie de que había sido el fruto de las relaciones adúlteras mantenidas entre la reina Juana y Beltrán de la Cueva, la mano derecha del rey y conde de Ledesma entre otros cuantos títulos tales como el de duque de Alburquerque.
Enrique IV de Castilla y de León según el manuscrito del diplomático germano Jörg von Ehingen (1455). Era hijo de Juan II y María de Aragón y medio hermano del infante Alfonso y de la infanta Isabel (futura I reina de su nombre), que eran hijos de Isabel de Portugal.
El maledicente rumor preparó el terreno para una revuelta nobiliaria que forzó al rey a comprometer en matrimonio a su única hija con su medio hermano Alfonso, que en 1464 fue proclamado heredero y sucesor de los reinos. En Salamanca, ciudad dividida desde hacía tiempo en dos bandos nobiliarios irreconciliables, el de Santo Tomé y el de San Benito, apoyaban el levantamiento los linajes pertenecientes al segundo: los Acevedo, Anaya, Fonseca, Palomeque, Godínez, Maldonado, Manzano, Paz, Pereira, Ribas, Hontiveros y Nieto. De hecho, el caballero Pedro González de Hontiveros fue por entonces el rebelde más destacado de la ciudad del Tormes, ya que se apoderó entre 1463 y 1464 del alcázar, enfrentándose a él los Varillas y los Solís, miembros del bando de Santo Tomé.
Página dedicada al linaje Hontiveros, del bando de San Benito, en el armorial salmantino Triunfo Raimundino de Juan Ramón de Trasmiera (primeros años del siglo XVI).
Los Monroy y los Solís, del bando de Santo Tomé, en el Triunfo Raimundino.
La verdad es que los linajes rebeldes de la alta nobleza castellana y leonesa no tenía especial interés por apoyar al infante Alfonso en sus pretensiones al trono, si acaso porque podía ser un pelele al que manejar fácilmente; en realidad lo que sentían era un profundo desprecio por el conde de Ledesma, que, proveniente de una familia de la nobleza menor, se había encumbrado hasta las máximas cotas de poder y al que había que desprestigiar para sacarlo de una vez por todas de la corte.
El conde de Ledesma Beltrán de la Cueva, representado como maestre de la Orden de Santiago, en un retrato idealizado del siglo XIX
El 5 de junio de 1465 los nobles levantiscos dieron un paso más que ha pasado a la historia con el nombre de la Farsa de Ávila, ceremonia ignominiosa por medio de la cual depusieron en efigie al rey Enrique IV para proclamar como nuevo monarca a su medio hermano Alfonso.
Litografía del siglo XIX de Marcelino Unceta del episodio de la Farsa de Ávila. Alonso Carrillo, el arzobispo de Toledo, le quitó la corona al maniquí que representaba al rey Enrique IV; Álvaro de Zúñiga, el conde de Plasencia, le quitó la espada; Rodrigo Pimentel, el conde de Benavente, le arrebató el cetro; Diego López de Zúñiga, el conde de Miranda del Castañar, tiró el muñeco al suelo lleno de furia mientras gritaba: "¡a tierra, puto!".
El legítimo rey recibió la noticia del ultraje al que había sido sometido en Ávila mientras se encontraba en Salamanca, ciudad desde la que pidió ayuda a todos sus partidarios, llegando el primero el que más cercano se encontraba, que no era otro que García Álvarez de Toledo y Carrillo de Toledo, el II conde de Alba de Tormes, que hacía poco que se había cambiado de bando y que vino a auxiliar al rey con trescientos hombres de armas, doscientos caballeros y mil combatientes de las milicias concejiles de sus vastos dominios. El rey decidió retirarse hacia Zamora junto a su esposa y la infanta Isabel, medio hermana del depuesto rey y hermana del recién proclamado. A medio camino, en Ledesma, la comitiva real fue agasajada por el conde Beltrán de la Cueva; desde allí la reina Juana marchó junto a la infanta Isabel a Guarda, ya que esperaba, ingenuamente, recabar la ayuda de su hermano Alfonso V de Portugal.
García Álvarez de Toledo prestó poco después otro gran servicio al rey Enrique IV, ya que un documento del Archivo de la Casa de Alba, una carta del monarca dirigida al conde, datada el 1 de julio de 1466, da cuenta de que el noble tuvo bajo su protección a la princesa Juana en la villa de Alba de Tormes.
La Anunciación del Maestro de la Virgo inter Virgines (finales del siglo XV). El personaje arrodillado es García Álvarez de Toledo, II conde Alba de Tormes (1464), V señor de Valdecorneja (1464), I conde de Salvatierra de Tormes (1469), I duque de Alba de Tormes (1472) y I marqués de Coria (1472).
Adoración de los Reyes Magos en el reverso de la tabla de la Anunciación del Maestro de la Virgo inter Virgines.
Fachada occidental del castillo de Alba de Tormes en el primer volumen de España artística y monumental (1842). Litografía a partir de dibujo de Genaro Pérezz Villamil.
El fugaz e ilegítimo rey Alfonso XII de Castilla y de León falleció en Cardeñosa (Ávila) el 5 de julio de 1468. Las crónicas hablan de una muerte por pestilencia, aunque quizá no debamos descartar el envenenamiento, puesto que parece que el pelele estaba dejando de ser de utilidad para aquellos que lo habían convertido en monarca. Además, no hay que olvidar que por ahí andaba agazapada su ambiciosa hermana Isabel, la Católica, que fue la que se llevó finalmente el gato al agua sucediendo en 1474 a su medio hermano.
Así las cosas, Enrique IV quedó como rey indiscutido desde 1469, el mismo año en el que concedió al II conde de Alba de Tormes, como recompensa a sus valiosos servicios, el señorío de Salamanca. García Álvarez de Toledo, impaciente por recoger su premio, se presentó en dicha ciudad con un pequeño ejército. Si el orgulloso conde pensaba ser bien recibido por los salmantinos, se equivocaba, ya que era bien sabido tanto por la pequeña nobleza local como por el pueblo llano que pasar de ser habitante de un realengo a serlo de un señorío era mucho más oneroso y degradante, dado que el nuevo señor de la alta nobleza no solía ser tan comedido y considerado como el rey y su tenente. El pueblo salmantino y una parte de la nobleza local, levantados en armas, expulsaron al conde García y sus parciales, provocando entre sus filas grandes bajas, pero el Alba no iba a renunciar a tan jugosa merced real tan fácilmente. Los partidarios del conde, que también los había, los del bando de San Benito, le abrieron al caer la noche la puerta de San Hilario, conocida desde entonces como puerta Falsa. La lucha fue encarnizada, contabilizándose numerosas bajas en ambos bandos, entre ellas la del caballero Pero González Agüero, que murió desangrado tras haber perdido un brazo por un terrible golpe de hacha. La calle a la que daba acceso la puerta de San Hilario recibió el nombre de los Mártires a causa de dicho combate sangriento, siendo hoy en día conocida como la calle Espejo.
Séquito de un noble entrando en una ciudad. Ilustración del Libro de los Torneos de René I d'Anjou (1488-1489).
El conde García abandonó Salamanca sin plumas y cacareando, con su prometido señorío de Salamanca convertido en humo, así que para compensarle el exasperado y resignado rey Enrique IV le concedió el título de duque de Alba en 1472; esto hacía las cosas mucho más fáciles, ya que los albenses estaban domesticados desde 1429, año en el que el rey Juan II concedió el señorío de su villa al arzobispo Gutierre Álvarez de Toledo. Ese mismo año de 1472 el rey Enrique IV facultó al Concejo de Salamanca para demoler el alcázar con objeto de que no pudiera volver a emplearse en el futuro como bastión de rebeldes, concediéndole a su vez varias mercedes a cambio, tales como el peaje que pagaban los ganaderos que cruzaban el puente, los derechos y las rentas de las casas situadas en el distrito del alcázar y, asimismo, la tabernilla del vino blanco, que siempre había pertenecido a los alcaides de la fortaleza.
Heráldica ajedrezada de los Álvarez de Toledo, duques de Alba de Tormes.
Escudo de Alba de Tormes. Afortunadamente, a pesar de ser villa ducal desde 1472, Alba ha conservado en su heráldica actual los elementos contenidos en su sello concejil medieval, los del tiempo en que era una villa de realengo.
La hoy conocida como Peña Celestina es el promontorio sobre el que estaba emplazado el alcázar medieval de Salamanca, que fue ocupado por el caballero rebelde Pedro González de Hontiveros, del bando de San Benito, entre 1463 y 1464. Fotografía de Jessica Knauss.
Y en medio de todas estas vicisitudes el rey Enrique IV concedió a la ciudad de Salamanca, por su lealtad durante la revuelta nobiliaria que orquestó la Farsa de Ávila, una feria franca, es decir, libre del impuesto del portazgo, a celebrar anualmente entre el 1 y el 21 de septiembre y que todavía celebramos los salmantinos del presente, aunque hay que tener en cuenta que lo del 8 de septiembre como día de la Virgen de la Vega no se ideó hasta finales del siglo XIX, siendo obispo un tal Narciso Martínez Izquierdo.
Miguel Ángel Martín Mas
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