Todo el mundo ha oído hablar de la temida lepra o de la mortífera epidemia de peste bubónica que asoló Europa a mediados del siglo XIV y que se llevó por delante, durante el sitio de Gibraltar, al rey Alfonso XI, nacido en Salamanca, por cierto. Menos conocidas son las sucesivas epidemias de una enfermedad que comenzaba con un frío intenso y repentino en todas las extremidades que se convertía después en un fuego invisible que devoraba manos y pies, haciéndolos caer a pedazos, ennegreciéndolos como el carbón, por lo que se decía que estaban consumidos por un fuego sagrado. Se trataba de un padecimiento pestilente que absorbía la carne, separándola de los huesos, y que producía un calor extremo en las entrañas, de ahí que se conociera como el Mal de los Ardientes. A medida que avanzaba la afección, el dolor y el ardor aumentaban hasta terminar con la muerte que, a veces, se convertía en un proceso largo y agónico, ya que los órganos vitales no se veían afectados.
Cantiga de Santa María XCI, que da cuenta de la curación por parte de la Virgen de un grupo de personas que, por sus pecados, sufrían del Mal de los Ardientes.
Otros nombres de dicha enfermedad eran Fuego de San Marcial, Fuego de San Antón, Fuego Salvaje, Fuego Sagrado, Fuego Divino, Fuego de la Bienaventurada Virgen María, Fuego de San Fermín, Fuego del Infierno..., denominaciones diferentes según el lugar donde se extendiera la plaga y que nos hablan de quién enviaba tamaña desgracia o de a quién se recurría para superarla.
Hoy en día tenemos pleno conocimiento de esta enfermedad denominada ergotismo, una intoxicación extremadamente grave causada por los alcaloides que contiene el hongo parásito Claviceps purpurea, comúnmente conocido como cornezuelo de centeno, que —especialmente en años de primaveras muy húmedas consecutivas a inviernos fríos— contaminaba el pan elaborado con dicho cereal, causando convulsiones y alucinaciones (ergotismo convulsivo) o gangrena y pérdida de extremidades debida a la vasoconstricción (ergotismo gangrenoso).
Centeno parasitado por el hongo Claviceps purpurea, que contiene un alcaloide, la ergotamina, que afecta al sistema circulatorio y provoca alucinaciones. Muchos episodios de brujería en la Edad Media tenían su origen en los delirios provocados por el pan contaminado con el cornezuelo.
En el ámbito de los reinos medievales hispánicos el santo al que se solía rogar para aplacar el Mal de los Ardientes era Antonio Abad, que en esta xilografía alemana del siglo XV está representado con todos sus atributos: miembros amputados colgados a la parte superior, enfermos de ergotismo mutilados o con muletas, la letra tau en el báculo y el hábito y campanillas en el báculo o portadas por los enfermos. En la parte de abajo se representan esquemáticamente las llamas, referencia al dolor urente provocado por el Fuego de San Antonio, y el cerdo, que representa a los demonios que el santo fue capaz de someter.
Compartimento inferior derecho del Retablo de San Antonio Abad, del Maestro de Rubió. A la izquierda, se ve el sepulcro del santo, sobre un altar. Un clérigo cura las llagas de un enfermo mientras otros esperan su turno.
La Virgen era otra de las opciones habituales para buscar la curación, es por ello que en las Cantigas de Santa María, obra atribuida al rey Alfonso X de Castilla y de León, encontramos bastantes referencias al ergotismo, estando una de estas cuatrocientas veinte poesías, escritas en galaico-portugués y musicadas, concretamente la XCI, dedicada a la curación de un grupo de personas que sufrían esta enfermedad en Francia.
En la primera viñeta de dicha cantiga se nos muestra a una gente sentada y hacinada que claramente sufre el Mal de los Ardientes, ya que en primer plano podemos ver a dos paisanos que han perdido un pie a causa de la gangrena. Otro grupo, que permanece de pie, muestra su preocupación y parece que disposición a ayudar a sus familiares y a sus vecinos.
En efecto, la cantiga nos cuenta que las personas que están sanas han decidido trasladar a los enfermos hasta el hospital de la abadía de Nuestra Señora en la ciudad Soissons, regentado por los Hermanos Hospitalarios de San Antonio, los Antonianos, una congregación fundada por el noble francés Gaston de Valloire hacia 1095 con el propósito de cuidar de aquellos que sufrían la enfermedad del ergotismo y que llegó a ocuparse de trescientos sesenta y nueve hospitales por toda Europa, uno de ellos en la ciudad de Salamanca.
Ruinas del hospital de San Antón en Castrojeriz (Burgos) fundación del emperador de León Alfonso VII en 1146.
Sanos y enfermos rezaron fervientemente a la Virgen para que les librara de aquel mal de origen desconocido que quemaba por dentro causando agónicos dolores y provocando la pérdida de manos y pies.
De repente, la imagen de la Virgen cobró vida. Todos sufrieron un tremendo susto ante tal prodigio, así los que no estaban tullidos huyeron despavoridos como impulsados por un resorte.
La Virgen se acercó a los enfermos, los bendijo, quedando así perdonados sus pecados, y les curó del terrible mal que padecían.
La historia termina con una multitudinaria procesión de los habitantes de Soissons a la iglesia de la abadía de Nuestra Señora para dar gracias por la ayuda recibida, aunque, inconscientes como eran en aquella época de que la harina de centeno contaminada con el cornezuelo era lo que les hacía enfermar, pronto volverían a verse enfermos postrados por los espasmos musculares, las alucinaciones y el dolor, así que a la Virgen no le iba a faltar trabajo.
Pero el Mal de los Ardientes no se encuentra solamente reflejado en las Cantigas de Santa María, sino también en el arte románico, como por ejemplo en uno de los canecillos de la iglesia de Javierrelate (Huesca), en el que vemos un demonio devorando un pie, aludiendo así con claridad al tormento sufrido por los que padecían esta enfermedad que les hacía perder sus extremidades.
Otros ejemplos, esta vez de exvotos representativos del enfermo de ergotismo, los encontramos en un canecillo de la iglesia de Iguácel, también en Huesca, y en otro de la iglesia de la Colegiata de Santa Juliana en Santillana del Mar (Cantabria).
La peregrinación a Santiago de Compostela era otro de los remedios que resultaban efectivos ante el Fuego de San Antonio, ya que es cierto que los enfermos mejoraban, aunque esto se debía con toda seguridad a que, al alejarse de sus casas, dejaban de consumir el pan contaminado con la harina de la última cosecha infectada con el hongo maligno.

















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